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27 mayo, 2018

Còsmic de Salvador Batlle Barrabeig

Salva a la Vajol autoretrat 25 de maig 2018
Autorretrato de viñatero en su condición de titán. Salvador Batlle Barrabeig en La Vajol, anochecer del 25 de mayo de 2018

Lo que este hombre ha sido capaz de hacer en cinco años en sus viñedos de Agullana y La Vajol (Altíssim Empordà) y Rodonyà (Serra del Montmell), al resto suele llevar una generación: recuperación, regeneración y conservación van de la mano de la creación y de la visión.

La Vajol (viñedo en la foto) es la visión, la sinestesia de un hombre de la tierra que camina por encima de las nubes: ve cosas donde el resto no. No quiero hablar hoy de vinos, sino de la persona. Ya lo dijo mi maestro, Marco Aurelio: ‘nada hay más admirable que el arte de la naturaleza, que sin haberse asignado más límites que los propios, cambia y aprovecha todo para hacer nuevas producciones. La naturaleza no necesita materia extraña. Ella sola se basta y encuentra todo lo necesario: lugar, materia y arte’ (traducción de Joaquín Delgado para errata naturae, Marco Aurelio, Pensamientos para mí mismo, Madrid, 2017, 8, 50).

Salva nace de la tierra, es naturaleza y piensa y actúa como ella, tal y como la describía el emperador-filósofo: no tiene más límites que los que él se impone y allí donde está, encuentra la forma de convertir en materia y arte (sus vinos de 2017 son eso) la tierra que trabaja. Su herencia no son solo esos vinos sino su visión integradora: de la tierra, con ella y para ella.

Me siento contento y orgulloso de poder andar con él trozos de su camino.

Còsmic Vinyaters

12 febrero, 2018

Añejo Cencibel, Solera Familiar 1893

Esencia Rural, Añejo Cencibel Solera Familiar 1893
1893. Cuando un hombre y una mujer se casaban en La Mancha, juntaban lo mejor de las cosechas anteriores de las dos familias. De ese vino de dos casas que representaba ya lo mejor de cada una de ellas, hacían una sola solera, en una sola bota.

De esta bota tenía que nacer un "nuevo" vino añejo (rancio en mis tierras) que simbolizaba la nueva unión: dos familias y dos soleras para una nueva familia y una nueva solera. Los años de amor, de complicidad con la tierra y de diálogo con el oxígeno, la madera y el clima, iban redondeándola hasta convertirla en el vino que salía en las celebraciones y días de fiesta.

Existía la tradición de que esta bota de vino añejo podía refrescarse, por supuesto, con vino nuevo de añada, pero no hacerse saca alguna de ella hasta que, por lo menos, pasaran 20 años de la fecha del matrimonio. Solidez y compromiso para los hijos que tenían que llegar.

1997. Hace ahora 21 años, Julián Ruiz Villanueva (campesino en Quero y alma de Esencia Rural) recuperó la vieja solera de cencibel de sus bisabuelos, que fecha del día de su boda en 1893. 21 años cuidándola, recomponiéndola, refrescándola con esa misma cencibel con la que tan a gusto está. Hasta que hace 7 años llegó a la conclusión de que la cosa, vendimia tras vendimia, ya estaba en su punto bueno y no mejoraba. Momento, pues, de empezar a preparar una saca y de que el vino siguiera su camino de evolución en una botella.

Que es la que ven ustedes en la foto superior. Es un vino rancio seco de cencibel manchego, con 17,8%. Único porque puedo hablar de él habiendo bebido una copa. Irrepetible porque nace de una boda y no de otra. Inclasificable porque es la vocación labriega de Julián, junto con su pasión por las cosas de su tierra, la que recupera esa vieja tradición manchega y familiar. Con certeza, no pocas familias conservarán esa bota en su casa. Algunas quizá la habrán mantenido y refrescado y podrán disfrutar todavía de ella.

2018. Pero pocos, muy pocos, habrán tenido la generosidad de invitar al mundo entero (vaya, al que consiga llegar a alguna de estas botellas...) a la boda de sus bisabuelos. Yo he estado allí y no me atrevo a juzgar ni, casi, a describir el vino. La vida y la muerte han pasado  por él. Los nervios y las inquietudes. Las zozobras y las guerras. Las cosechas buenas y la alegría del vino nuevo. Una vida de campesinos que jamás fueron conscientes de qué hacían porque eso, lo que hacían, era lo único que sabían, querían y podían hacer. Quizá para ellos no fuera muy meritorio porque todos, antes y después, habían hecho poco más o menos lo mismo.

Pero yo no. Yo me he asomado al perfil de esa historia emocionante y he sentido, en ese único trago (inquieto y nervioso todavía el vino), el vértigo de la nueva unión: el añejo de la solera de 1893 ante su nueva vida, en un mundo que parece desconocer casi todo de quienes aportaron esos primeros vinos. El principio y el fin, la luz y la oscuridad, la sequedad y la amabilidad, el alcohol y la intensidad, el poso del café y la algarroba, los pámpanos que adornaban la mesa y el pan recién horneado.

Creo que no es un vino para juzgar o para opinar. Es un vino para sentir y para estremecerse. Es un vino para poder decir que, aunque la inmensa mayoría esté muy lejos de lo que representa, con él tenemos nuevo hilo para seguir tejiendo una historia de complicidad con la tierra. Aunque muchos piensen que todo está perdido y que cada vez menos gente comparte cierta sensibilidad y manera de hacer las cosas, el Añejo Cencibel 1893 de Julián Ruiz está aquí para demostrar y recordar que seguimos vivos. Hay tiempo para charlar y trabajar, para mirar y contar, para entender y escuchar, para beber y gozar. Para entender que la vida, con cosas como las que me pasaron este pasado sábado cuando Julián nos explicó su vino, tiene un sentido distinto. Sin juzgar ni valorar. Hay un tiempo para explicar y un tiempo para transmitir.

Mark Twain decía que hay dos momentos claves en la vida: cuando nacemos y cuando sabemos por qué y para qué nacemos. Lo primero lo pasé ya; de lo segundo me estoy dando cuenta estos últimos meses y especialmente (las circunstancias que, queramos o no, nos acompañan) estos últimos cuatro días en Barcelona. No he podido ni querido ir a todo, no porque no valore mucho el trabajo de todos en la organización de sus cosas. No. Es porque necesito sentirme cómodo en la charla con la gente y en el entendimiento de sus cosas. De ese tipo de momentos, nacen historias como las que Julián y su vino me contaron. Mi trasunto Marco Aurelio lo dice bien claro en sus reflexiones, y yo pasé muchos años sin hacerle caso... : "si te limitas a actuar conforme a la naturaleza de tu ser y a decir sencillamente la verdad en tus palabras, vivirás feliz. Y nadie puede impedir que te conduzcas de este modo". Alguien puede impedirlo, claro está. Uno mismo. Ya no.

01 enero, 2018

Antonio Vílchez y Omar Khayyam

Antonio Vílchez Valenzuela
Antonio Vílchez tiene una bodega que se llama Naranjuez y que es expresión, como poquísimas de las que yo conozco, de la personalidad combinada de la tierra y de la persona con las que convive. Naranjuez es la materialización de las "badlands" de Marchal (Granada), las "malas tierras" fruto de la erosión que junto al río mudan en fertilidad. Naranjuez es la mejor expresión de que un clima desértico, con temperaturas extremas entre el día y la noche a lo largo de todo el año, puede acabar en fragante y concentrada uva. Naranjuez es símbolo de la capacidad de una persona por crecer y aprender de cuanto hace y a cada paso que da.

Antonio Vílchez es un hombre esencial en todo, en delgadez y en palabras. Odia la retórica supérflua y la palabra de más. Quiere vivir tranquilo con sus pocas hectáreas, y sin prisas. Es hombre de palabras sentidas, es decir, de palabras que recuperan, cuando las dice, un sentido antiguo. "La prisa mata" podría ser su divisa, en efecto, además del nombre de uno de sus vinos (para mí) emblemáticos. Años de contemplación de la vida desde su mismísimo corazón han dejado huella. Como la ha dejado el tiempo en que ha visto todo desde lo alto de una torre de vigilancia. Sus vinos están hechos de toda esa experiencia y saber de vida. Sus vinos, sin conocer a Antonio, se pueden disfrutar pero no se entienden. Diréis, puede que con razón: ¿y qué más da, si lo que conviene es beberlos sin más?

Y yo os contestaré que sí, que da más porque estos vinos, como Antonio, están hechos de la materia de sus silencios y de la aprehensión de las sensaciones que, en cada momento, la viña da. De una persona que cuenta su tiempo no por años o meses o días, sino por estaciones, hay que escuchar y atender todo. No solo sus vinos. Si te quedas con eso, te quedas a medio camino de todo y con la nada en el zurrón. Antonio ama y cita de memoria al poeta persa Omar Khayyam, que además de epicúreo post litteram, era filósofo, matemático y astrónomo. Miraba al cielo para comprender las cosas de la tierra. Antonio, además de hacer eso, se mira a sí mismo y a su alrededor, para comprender con una lucidez que transmite, cada vendimia mejor, a sus vinos.

Como Omar Khayyam, Antonio sabe que estamos hechos de instantes y de fugacidad, que no hay que ilusionarse con la riqueza y la belleza: "puedes perderlas: aquélla en una noche; ésta, en una fiebre". Como Omar, Antonio ha sabido detener su marcha para tratar "de ser feliz. ¿Por qué te afliges, pequeña mía? Dame vino; la noche se acerca". Como Omar, en fin, Antonio sabe que la prudencia consiste en gozar el momento que pasa. Porque "lo futuro, ¿qué encerrará?" Antonio Vílchez, sus vinos, sus momentos, sus palabras: nos hacen mejores porque nos hacen disfrutar tanto como reflexionar sobre cómo somos y por qué hacemos las cosas como las hacemos. Antonio, como Omar Khayyam, es hombre de palabras fundamentales y de vinos con alma. Cada día más.
Naranjuez, Pinot Negro 2017

22 octubre, 2017

Otoño es Afros Vinhao 2009

Raw, living Autumn
Me gusta ser otoño. El cielo recupera sus transparencias y la tierra empieza a reposar tras el parto de la uva. Los colores de la naturaleza incitan también a cierto descanso y la temperatura, fresca sobre todo por las mañanas, manda mensajes al cuerpo de quietud y recogimiento. Me gusta ser otoño y pensar que el invierno tardará mucho en llegarme.

"El cel s'aclareix. Tants anys intentant ser primavera, assumir que ets tardor i resar perquè no arribi l'hivern massa aviat. I l'estiu que rebenti sol. I per a l'instant, gràcies". De j.l.badal, Les coses que realment han vist aquests ulls inexistents, :Rata_, Barcelona, 2017, p.12.

"El cielo aclarece. Tantos años intentando ser primavera, asumir que eres otoño y rezar para que no llegue el invierno demasiado pronto. Y el verano que reviente solo. Y en cuanto al instante, gracias". (mi pobre traducción de este párrafo brillante de Badal).

Me gusta ser primer otoño. Sus frutos son contundentes y parecen encerrados en sí mismos. Pero en cuanto los abres y los trabajas con tus manos, te das cuenta de que encierran la verdad de la tierra: son simiente de alegría, de colores, de sabor concentrado y preparado para alargar las horas y recibir al invierno. Son ovalados o esféricos, son uva, granada, membrillo y calabaza. Tendremos vino todo el año, haremos carne de membrillo y cabello de ángel y durarán mucho también. Y las granadas: solo ellas saben cómo la cultura de la supervivencia se identifica con su deambular por las estaciones. Son la promesa de todo, siempre.

Soy otoño y me ha costado llegar aquí. Siento que el momento es bonito, es el preciso, es intenso y no quiero que nadie lo precipite ni me lo robe. "Es muy hermoso el otoño, aquí en Caces; los rastrojos del último verano arden en cada esquina y las hogueras florecen, como mirtos ofrecidos a los dioses antiguos, cerca y lejos. Se dibujan más allá de la neblina delicada y fugaz, recordándome que también yo, un día de estos, habré de encender una muy grande con todo lo que se quedó martilleando en la memoria. A ciertas alturas hay que ser uno mismo sin ningún arrepentimiento...Yo sé que hay algo sordo, profundo que trabaja sobre la tierra almacenando sueños. Es difícil ser otoño, fácil ser brusca primavera".  De Xuan Bello, Escrito en el jardín, Xordica, Zaragoza, 2017, p.83.

Quiero gozar de cada momento de mi ser otoño. He pasado mucho para llegar a él y disfruto, ahora, todo lo que me haga sentir otoño. Afros Vinhao 2009. Es un vino del primer otoño. Te hace sentir que la frescura, la sinceridad y la entereza están todavía en ti porque están en él. También, y de una manera íntegra, la fruta. Este vino de Vasco Croft, Pedro Bravo y Rui Cunha en la zona del río Lima (ya en Viana do Castelo), está hecho con la uva vinhao (en la zona del Vinho Verde, sí, pero es que hay mucha uva tinta aquí!) de la mejor forma para que almacene los recuerdos de la tierra y los sabores de la fruta. Es vinhao que es souzao que es sousón y se macera, pisa, prensa y fermenta entre lagares y acero inoxidable. Reposa y se embotella. 12,5%.

La tierra, que agradece el trato amable (podríamos llamarle casi biodinámico), se transforma muy lentamente en la botella, y la fruta crocante y ácida del vinhao viaja íntegra por el tiempo como lo hizo el monolito de 2001 de Stanley Kubrick: en el pasado está el futuro y no hay más que estar atento para recogerlo y leerlo, para beberlo y saborearlo. Estamos a tiempo: "hoy es siempre todavía "(Xuan Bello, p.81). Frescura, humedad, neblinas mañaneras, fresas silvestres, labranza y el impacto de un trago íntegro que te transmite aquello que la vendimia y el primer vino fueron. Es el sabor del primer otoño que te invade con suavidad y te dice, de nuevo, que estás en casa cuando otros ofrecen su paisaje en forma de vino. Los pámpanos transforman ahora el sol en rojez, el frío azul y gris del Atlántico muda en calidez, y ya sabes que tienes otro vino para el invierno de la vida. Pero no tengo prisa para que lleguen esas nieves que han de convertir mi memoria en un paisaje blanco y gris donde no distinguiré cielo de tierra.  Me gusta ser otoño y que Afros Vinhao 2009 esté en mí.

Afros Vinhao 2009

28 julio, 2017

Domaine Carterole, Hjv 2016

Sue Hubbell, Un año en los bosques, Errata naturae, Madrid, 2016, traducción de Miguel Ros González, p.230: "puede que este año se siegue, puede que no. Mis ojos han dejado de ver la belleza en la uniformidad".

HJV 2016

Henry David Thoreau, Caminar, Angle editorial, Barcelona, 2017, traducció i introducció de Marina Espasa, p.74: "on és la literatura que fa parlar la Natura? Hi hauria d'haver un poeta que pogués impressionar els vents i els corrents i posar-los al seu servei, fer-los parlar per ell. Algú que retornés a les paraules el seu sentit primitiu, com fan els grangers a la primavera quan tornen a clavar les estaques que el fred ha descalçat. Algú que excavés les paraules cada vegada que les fa servir, i que en trasplantés a la pàgina les arrels plenes de terra. Algú les paraules del qual fossin tan certes i fresques i naturals que semblés  que creixen com els brots quan s'acosta la primavera, encara que quedessin mig abandonades entre dos fulls rancis en una biblioteca".

(Mi versión castellana de la traducción de Espasa, que es excelente): "¿dónde está la literatura que hace hablar a la Naturaleza? Tendría que existir un poeta que pudiera imprimir vientos y corrientes y ponerlos a su servicio, hacer que hablen por él. Alguien que devolviera a las palabras su sentido primitivo, como hacen los agricultores cuando, al llegar la primavera, vuelven a clavar las estacas que el frío ha descalzado. Alguien que cavara las palabras cada que vez que las utiliza y que sea capaz de trasplantar a la página sus raíces llenas de tierra. Alguien las palabras del cual fueran tan ciertas y frescas y naturales que diera la sensación de que crecen como brotes cuando se acerca la primavera, aunque quedaran medio abandonadas entre dos hojas rancias en una biblioteca".

¿Por qué no podemos pensar que Joachim Roque (Domaine Carterole) sea uno de esos poetas que tiene la capacidad de hacer hablar a la Naturaleza? Banyuls, su tierra, allí donde crecen sus cepas de garnacha gris y de vermentino (Hjv 2016 está hecho con esas uvas al 50%), está cortada sobre el mar en pendientes imposibles de esquisto gris. El trabajo es duro y concentrado, intenso. Sus "palabras" están en las manos y en el azadón, cavan la tierra, vendimian la uva y trasladan a la botella la frescura del mar y la sequedad de los vientos del norte. Son escuetas pero elocuentes, sencillas y sinceras. Sus palabras son uvas.

Su vino de garnacha gris y vermentino (tres semanas fermentan con su raspón, de forma espontánea; se prensan con delicadeza y siete meses más pasan en barricas nuevas de roble; se embotellan sin más) y él, Joachim, son quienes describen con sintaxis cierta y fresca y amable, sincera e intensa, el perfume provocador del tomillo en flor, los aromas de la fermentación y la vida en movimiento que late en la copa. Su mirada y su escritura están llenas de hinojo silvestre, de viento de Levante y de hollejos, de flor de limonero y de laderas que se abalanzan hacia un mar de sonrisa amable. Laurel y mejorana decoran también esa hoja perdida. En el aire limpio de la mañana, la biblioteca, que es la Naturaleza, abre sus puertas a los cuatro vientos.  Permanece en el lector el recuerdo de una rebanada de buen pan con una cucharada de confitura de naranja.

Hjv 2016 de Domaine Carterole tiene el sabor de la tierra y el valor de su personalidad. Para quien la entiende (Joachim Roque),  el viñedo es un libro de páginas abiertas siempre por escribir y su vino tiene la energía de una transformación incluso personal.  El vino es ese brote de primavera que, año tras año, renueva nuestro compromiso con la inmortalidad.

21 junio, 2017

Thoreau, Dillard y un cumpleaños

(“Porque somos seres vivos, estamos en el punto de mira de la belleza”)

Desde Briones tras la lluvia del 11 de abril de 2013

Para celebrar el bicentenario del nacimiento de Henry David Thoreau, el 12 de junio de 1817, os propongo unas notas de lectura veraniegas con Annie Dillard, a propósito de su Una temporada en Tinker Creek, errata naturae, Madrid, 2017 (en traducción de Teresa Lanero Ladrón de Guevara, ISBN 978-84-16544-33-2), publicado originalmente en 1974. Su experiencia y su escritura beben tanto del río Tinker como Thoreau lo hizo de la laguna Walden. Además, Dillard debe mucho a Thoreau. Y yo les debo mucho a ambos. Como es costumbre en este tipo de escritos, los entrecomillados son de Annie Dillard o de sus citas y el resto de texto es mío. Casi como si fuera un escrito a cuatro manos. Un honor que me proporcionan la lectura y la osadía. Porque “la naturaleza" -dijo Thoreau en su diario- "es siempre mítica y mística y emplea todo su genio en la más mínima obra” (p.189).

P.181: “’no pierdas nunca tu bendita curiosidad’, dijo Einstein. De modo que saco el microscopio de la estantería, coloco una gota de agua de la charca de los patos sobre la lámina de cristal e intento mirar a los ojos a la primavera”.

P.187-188: “si analizas una molécula de clorofila, obtienes ciento treinta y seis átomos de hidrógeno, carbono, oxígeno y nitrógeno relacionados de un modo preciso y complejo alrededor de un anillo central. En el centro del anillo hay un único átomo de magnesio. Ahora bien, si quitas ese átomo de magnesio y en su lugar exacto colocas un átomo de hierro, obtienes una molécula de hemoglobina”.

La sangre roja de los seres humanos es exactamente igual a la sangre verde de las plantas, sólo cambia un átomo de hierro… Es buena idea tenerlo en cuenta para acercarnos a ellas y entenderlas con otra predisposición: es como si habláramos de la sangre de la tierra...

Manos manchadas de sangre de la tierra del Priorat

P.291: “soy la superfície del agua con la que juega el viento; soy pétalo, pluma, piedra”.

P.22-23: “si el paisaje pone de manifiesto alguna certeza, es que la exageración es la verdadera esencia de la creación. Después de aquella primera exageración de la creación, el universo ha seguido operando exclusivamente con exageraciones…con un vigor siempre renovado. El espectáculo completo ha sido enérgico desde el principio”.

P.27: “Soy una exploradora, por tanto, y también una acechadora, o el mismísimo instrumento de la caza. Algunos indios solían tallar prolongados surcos a lo largo de los astiles de madera de sus flechas. A esos surcos los llamaban  ‘marcas del rayo’ porque se parecían a las grietas curvas que el rayo traza en los troncos de los árboles. La función de las marcas del rayo es la siguiente: si la flecha no mata a la presa, la sangre de la profunda herida se canalizará a través de esos surcos y goteará por el astil hasta derramarse en el suelo, de manera que el descalzo y tembloroso arquero podrá seguir el rastro de gotas sobre las hojas anchas, sobre las piedras, hasta cualquier tierra salvaje, por profunda y poco común que sea. Yo soy el astil de la flecha, tallada de arriba abajo por luces inesperadas e incisiones del mismo cielo, y este libro es el rastro perdido de la sangre”.

Hay que usar el poder de nuestros sentidos y de nuestra mente como si de flechas que atraviesan el aire se tratara, que se clavan en cualquier cosa que llame nuestra atención. Pero nosotros no matamos, observamos y, a veces comprendemos, y dejamos que la marca del rayo que ha penetrado en nosotros nos convierta en transmisores del rastro perdido que nos ha emocionado.

P.30: “pero si cultivas una pobreza y una sencillez saludables y el hecho de encontrar un centavo te cambia literalmente el día, en este caso, como el mundo está sembrado de centavos, con tu pobreza” (diría, casi mejor, con tu actitud) “habrás comprado días irrepetibles. Es así de simple. Lo que ves es lo que recibes”.

Viñedo Dos puntas en cevreros (Ávila)

La actitud del naturalista ante la vida es ésta: estés donde estés, vive y mira atentamente porque tu felicidad será aquello que veas y aquello que veas será aquello que, en cada momento, serás. No hay que olvidar que la naturaleza se abre paso en cualquier sitio… he visto cosas hermosas, que me han alegrado y regalado el día, tanto dentro de un avión, en la cola de la pista de despegue (crucé la mirada con una garzeta real), como en mis caminatas por cualquier viñedo (un zorro perplejo ante la táctica, perfectamente estudiada, de dos conejos para despistarle). Sin olvidar que escuchar, sentir y oler es tan importante como ver y mirar. Como observa Dillard (p.53), “cuando camino sin cámara, mi propio obturador se abre y la luz del momento se fija en mis entrañas de haluro de plata. Cuando veo de este modo, soy, ante todo, una observadora sin escrúpulos”.

Hay que volver a caminar sin cámara fotográfica para que la luz de cada acontecimiento entre en nuestro cuerpo y se fije sin trabas en la película “fotográfica” de nuestra sensibilidad. P.55: “el secreto de la vista es, por tanto, la perla más valiosa. Si pensara que un lunático cualquiera puede enseñarme a encontrarla y a guardarla para siempre, caminaría descalza y tambaleante a lo largo de cientos de desiertos detrás de él. Pero aunque la perla puede hallarse, no puede buscarse. La literatura de la iluminación nos lo revela cada vez: a pesar de que le puede llegar a quien la espera, es siempre un regalo y una completa sorpresa, incluso para el más experimentado de los maestros”.

P.122: “Esto es, ahora sí, esto es. Experimentar el presente de manera pura es vaciarse hasta quedarse hueco; es recoger la gracia como quien llena su taza bajo una cascada. La conciencia no impide vivir el presente. De hecho, la gran puerta del presente sólo se abre  cuando existe una percepción más intensa…la conciencia de uno mismo, sin embargo, sí dificulta la experiencia del presente. Es el instrumento que desconecta a todos los demás. Mientras me ‘pierdo’ en un árbol, soy capaz de sentir el olor de su frondoso aliento o de calcular las cuerdas que supondrían su madera, puedo arrancar sus frutos o hervir té sobre sus ramas, y el árbol sigue allí. Pero en el instante en que me vuelvo consciente de mí misma al realizar una de esas actividades…el árbol desaparece de mi vista, es arrancado de cuajo como si nunca hubiera estado allí. Y el tiempo, que se deslizaba sin cesar hacia el interior del árbol aportando nuevas revelaciones como hojas flotantes, cesa. Se contiene, se apacigua, se estanca”.

Me gusta perderme en los vinos cuando noto que me llaman y quieren decirme algo. Todo desaparece, entonces, de mi vista pero los ojos del interior se abren. Soy capaz, en ese momento, de ver amaneceres y otoños en la copa, vientos y mareas, sombras y raíces, la fuerza de un árbol y la magia del pájaro que huye. Puedo moverme por su paisaje, hablar con quien lo ha hecho y sentir y describir sus revelaciones.

P.154: “uno no atrapa el presente, no lo consigue con anzuelos y redes. Uno lo espera con las manos vacías. Así es como te llenas”.

P.53: “algo se rompió en mí, algo se abrió a la par. Me llené como un odre de vino nuevo. Respiré el aire como si fuera luz; vi la luz como si fuera agua. Yo era el borde de una fuente que el arroyo llenaba para siempre; era el éter, la hoja en el céfiro; era una partícula de piel, de pluma, de hueso”.

P.55: “el secreto de ver es navegar con viento solar. Pule y extiende tu espíritu hasta que tú mismo seas una vela afilada, traslúcida, que navegue de costado con el más mínimo soplido”.

Tarda virgiliana com mai al Priorat set 2006

No hay que conocer a Séneca ni haber leído a Ovidio, no hay que saber qué escriben los romanos a sus muertos o cómo decoran sus sarcófagos, para poder describir a la perfección en qué consiste la eternidad y, con ella, la inmortalidad. Tiene que ver con la observación atenta de la naturaleza en cualquiera de sus manifestaciones y a lo largo de las estaciones, que Dillard practica con perfecta intensidad: (p.111) “…en fin. He estado pensando en el cambio de las estaciones. Este año no quiero perderme la primavera. Quiero diferenciar entre el último frío del invierno y el frío de fuera de temporada, es decir, el de la primavera. Quiero estar ahí en el momento  en que el pasto se vuelva verde. Siempre me pierdo esa revolución radical…este año quiero tender  una red a través del tiempo y decir ‘ahora’, al igual que los hombres plantan banderas en el hielo y la nieve y dicen ‘aquí’. Pero me da la sensación de que será tan imposible atrapar la primavera por la cola como desatar el aparente nudo de la piel de la serpiente; no hay bordes donde agarrarse. Ambos son bucles continuos”.

"Aiòn" fue hijo de Cronos (identificado casi siempre, por error o no, con “El tiempo”), quien fue hijo de “Ouranós”, “el cielo”; y "aièi", que es adverbio hijo del dios, significa “siempre, sin cesar, continuamente” en griego clásico. Cicerón tradujo el concepto por Aeternitas y su representación gráfica es un joven sin edad rodeado, en el interior de un círculo perfecto, por los frutos que representan las cuatro estaciones, un bucle al que no hay que agarrarse porque ya estamos dentro de él. Basta con estar atentos a aquello que sucede en la naturaleza para integrarnos en ese devenir cíciclo. Basta con querer convertirse en superfície del agua que corre junto al viñedo, en viento que trae el fresco del mar a las cepas o en cielo estrellado bajo el que una uva feliz duerme. Basta con ser roca o abejaruco, retama o flor de olivo.

P.113: “el calendario, el tiempo y el comportamiento de las criaturas salvajes están sutilmente conectados entre ellos. Todo se superpone con suavidad durante unas pocas semanas en cada estación y luego se vuelve a enmarañar”.

P.123: “la inocencia es un mundo mejor. La inocencia ve que esto es, que ahora sí, y considera que el mundo y el tiempo son suficientes. La inocencia no es una prerrogativa de los niños y de los cachorros, y menos aún de las montañas o de las estrellas fijas en el cielo…para nosotros, la inocencia no es algo perdido; el mundo es un lugar mejor que todo eso. Como cualquiera de los dones del espíritu, está ahí si la quieres, disponible para quien la pida”.

La inocencia significa otorgarte el poder de la sorpresa, la inocencia es dejarte sorprender. Por eso he estado siempre en contra de las catas a ciegas como juegos de vanidad, por una parte (a ver quién sabe más…) o como juegos sin más (juego a adivinar y a decir “qué poco sé…” o “cuánta humildad proporciona el vino”), porque no necesito ninguna funda sobre la botella para dejarme sorprender ni para decir qué pienso. Tampoco hace falta mirar la etiqueta  para concentrarse en el interior de la botella y para dejarse llevar por su vino. El problema, quizá, es que muchos vinos te llevan a ninguna parte. La inocencia es dejarte llevar por tu sensibilidad y por tus sentimientos, no por etiquetas o por comentarios y opiniones de otros: beber aquello que la botella y la copa te ofrecen sin pensar ni saber quién lo ha hecho. Y a ver qué te dice… para eso no hace falta otra cosa que saber que todos tenemos el don de la inocencia y de la sorpresa. Pero como todas las cualidades, hay que saber que la tienes, hay que reconocerla y querer practicarla.

P.124: “lo que yo llamo inocencia es la falta de conciencia de sí mismo que tiene el espíritu en un instante de pura devoción hacia cualquier objeto. Es, al mismo tiempo, receptividad y absoluta concentración. Uno no necesita convertirse en un cachorro para ello, no debería”.

P.125: “la vida es movimiento; el tiempo es un arroyo vivo que transporta luces cambiantes. Mientras me muevo, o mientras el mundo se mueve a mi alrededor, la plenitud de lo que veo se hace añicos…el presente es un lienzo que se entrega sin reservas. Sin embargo, aunque no dejen de rasgarlo, aunque se lo lleve la corriente, sigue siendo un lienzo”.

Llaurant Les Tosses

Plantearse un paisaje con viñedos como si de un lienzo se tratara. Cada día lo descubres de nuevo porque cada día es distinto. Y el vino que nace de una actitud así, el vino que hace la gente que se entrega a diario a su trabajo en el campo y que quiere embotellarlo en la plenitud con que lo conoce, ese vino no conoce fronteras. Ese vino se mueve cada día, cambia cada día y hay que entregarse con plenitud a él y a descubrir sus metamorfosis. No sé si hay muchos o pocos vinos así. Sé que he podido ya beber unos cuantos de ellos en mi vida. También sé que me quedan muchísimos más por descubrir. No hace falta mucha publicidad ni redes sociales para beber así: hay que saber entregarse al presente que un vino te regala también sin testigos. Cada cual sabrá cuándo merece realmente la pena hacerlo.

P.131: “la idea que tiene de la inmensidad un hombre ciego es un árbol. Poseen cuerpos robustos, habilidades especiales, almacenan agua fresca, perduran”.

(P.138) “estoy sentada bajo un sicomoro: soy un caparazón blando y descascarillado, vulnerable al más mínimo soplo del viento o azote de la arena. El presente de nuestra vida parece distinto debajo de los árboles. Los árboles ejercen su dominio”.

P.151: “el camino de la perfección consiste en la facilidad para hacer las cosas dejándolas caer por su propio peso”.

El camino de la perfección consiste, además, en dejar que las cosas sean, en no intentar manipularlas ni llevarlas donde tú quieres que vayan. Hace falta un entrenamiento de años y equivocarte muchas veces, pero se consigue. (P.344: “en la naturaleza -escribió Huston Smith- el acento recae sobre lo que es, más que sobre lo que debería ser”). Finalmente, disfrutas viendo cómo las cosas son y descubriendo su belleza instantánea. Cuántas veces me he equivocado “juzgando” (ya no juzgo…) a vinos y personas por lo que yo pensaba que tenían que ser… Ya no juzgo: conozco, charlo, abro y bebo y sé, al instante si estoy disfrutando de un momento de belleza y de emoción o no. La perfección, en este sentido, es un instante de felicidad y todos podemos acceder a ella. Y (p.158) “la belleza en sí es un lenguaje para el que no tenemos clave; es la cifra muda, el criptograma, el código incólume e innacesible”. Puesto que no hay clave, no hay dos vinos hermosos iguales: es un criptograma que, cada vez, hay que intentar descifrar pero con la mente en blanco y sin prejuicios. Porque nunca se repite su fórmula.

P.175: “hay una suerte de energía muscular en la luz del sol que es comparable a la energía espiritual del viento. En los días de sol, la energía solar que recibe media hectárea de terreno equivale a cuatro mil quinientos caballos de vapor. Estos caballos se propagan en todas direcciones, como esclavos construyendo pirámides y fabricando, de abajo arriba, un mundo nuevo y firme”.

Todos sabemos que hay vinos así, vinos llenos de la energía del sol y de la fuerza de los caballos que han trabajado el campo. Hay vinos llenos del viento que viene del mar con sus luces y aromas; o de la tierra interior, con su arcilla y su polvo. Hay vinos ante los que sientes estar ante esa media hectárea llena de energía, de luz y de fuerza intuitiva.

P.204: “pero es aquí, en la Tierra, donde la textura me interesa sobremanera. Dondequiera que hay vida, hay enredo y desorden: el encrespamiento de un liquen ártico, la maraña de broza a lo largo de una orilla, la articulación de la pata de un perro, la forma en que una línea recta se convierte en una curva, en una escisión o en un nudo. Nuestro planeta se caracteriza por ser escarpado, por sus montañas agolpadas al azar, por los márgenes crispados de sus costas”.

(P.206) “porque somos personas vivas y porque estamos en el punto de mira de la belleza, hay otro elemento que interviene por fuerza. La textura del espacio es una condición del tiempo. El tiempo es la urdimbre, la materia es la trama de la belleza tejida en el espacio y la muerte es la lanzadera…lo que quiero hacer, entonces, es añadir tiempo a la textura, pintar el paisaje en un pergamino que no pueda desenrollarse y dejar que el globo terráqueo gigante dé vueltas en su soporte”.

Texturas, colores, líneas rectas que intuyen y aman la curva, el tiempo, la urdimbre como materia para la belleza, el alborozo, pintar el paisaje en una copa de vino. Con la complejidad que dibuja Dillard me gusta percibir el mundo de los vinos que amo. Y con la sencillez y humildad con que ella vive y escribe su día a día, me gusta descubrirlos y beberlos. El color y las texturas de mi vida, los pliegues de mi tiempo y de mi recuerdo siempre han tenido la forma de los aromas, la textura de los sabores, la fuerza de los colores. Hacen que me sienta vivo y que pueda transmitir las cosas que vivo de otra manera. Porque (p.209) “todos deberíamos ser capaces  de evocar visiones de forma voluntaria para tener siempre presente la importancia de la textura en el tiempo”. El vino es la textura de un paisaje que evoluciona en el tiempo.

P.207: “de repente recordé el color y la textura de nuestra vida  tal y como la conocimos -esas cosas que se nos han olvidado por completo- y pensé, mientras seguía buscando en la franja ilimitada: ‘qué buena época fue aquella, una buena época para vivir’”.

P.215: “la complejidad es lo que viene dado desde el principio, el patrimonio; en ese carácter inextricable reside la resistencia de la complejidad que evita el fallo de cualquier vida. Ésta es nuestra herencia, el paisaje moteado del tiempo”,  (p.235) “porque la noción de variedad infinita de detalles y multiplicidad de formas es agradable; en la complejidad están los márgenes de la belleza y en la variedad están la generosidad y la exuberancia”.

Els Escurçons de Mas Martinet

Porque somos seres vivos, estamos en el punto de mira de la belleza

En las fronteras de la complejidad se esconde la belleza. La aventura cotidiana consiste en atravesar esas fronteras y conocer los detalles de un nuevo paisaje, las formas de un nuevo vino, la generosidad y exuberancia de un nuevo ser humano que mira todo de otra manera. En la variedad reside el gusto.

P.267: “puede que vea que algo sucede ante mí; puede que solo vea luz sobre el agua. Vuelvo a casa entusiasmada o apaciguada, pero siempre distinta, viva. ‘Se dispersa y se reúne -decía Heráclito-, viene y va’ Y yo quiero estar en el camino de su cauce y que su aliento invisible me refresque”.

P.347: “estar aquí tal como somos. Me encantan los pequeños casos, los diez por ciento…el caso es -dice Van Gogh- que somos artistas en la vida real y lo importante es respirar tan fuerte como podamos”.

P.387: “permanece al acecho de las grietas. Cuélate por una grieta del suelo, date la vuelta y descubre, más que un arce, un universo. Así es como pasas la tarde, y la mañana del día siguiente, y la tarde del día siguiente. Pasa la tarde. Deja que transcurra, ya que no puedes llevártela contigo”.

P.372: “la muerte del yo de la que hablan los grandes escritores no es un acto violento. Se trata simplemente de la unión con el gran corazón de roca de la tierra durante su rotación. Se trata simplemente del cese lento de las premuras de la voluntad y del parloteo del intelecto: está esperando como una campana hueca con el badajo inmóvil. Fuge, tace, quiesce. Es en la propia espera donde se halla el meollo”. (P.388) “Ves que las necesidades de tu espíritu se han cubierto cuando lo has pedido y has aprendido que esa increíble garantía se mantiene. Ves morir a las criaturas y sabes que morirás. Y llega un día en que no necesitas la vida” porque todo tú eres ya vida, concentrado por completo en ella y para ella, sin accesorios inútiles. Reconocer y concentrarse en lo imprescindible, en las cosas esenciales, hace que los márgenes de la vida desaparezcan y que todo sea inclusión. Todo es vida entonces, sea cual sea tu estado, estés con quien estés y donde estés. Y ya nada importa porque eres, también, piedra y roca, viento y pájaro, río y mar. Calla, descansa, disfruta con aquello que la naturaleza te da empezando por ti mismo. Cuando percibes que llega ese momento estás ya, eres ya el corazón de la roca y formas parte del bucle del tiempo. Tu mortalidad, que siempre ha mirado al infinito que vaga en ti, es ya inmortal. Conseguirlo a través de un paisaje con viñedos y de una copa de su vino auténtico: ese es el tema.

P.390: “Emerson lo vió. ‘Soñé que flotaba a voluntad en el gran Éter y vi que este mundo también flotaba, pero no estaba lejos, sino reducido al tamaño de una manzana. Entonces un ángel lo cogió y me lo pasó diciendo: `debes comértelo´. Y me comí el mundo’. Entero”.

Haz algo más que comer. Bébete el mundo. Entero. Ya sabes cómo hacerlo, ya sabes cómo reconocer con qué hacerlo. Hazlo. ¡Que pases un feliz verano!

05 junio, 2016

Abel Mendoza Selección Personal 2012

Con este vino de Abel y Maite sucede de forma especial: sientes que ofrece la paz y la armonía que las personas que lo hacen tienen con la tierra donde han nacido y con la naturaleza en la que crecen sus uvas. Como todos ellos, es un vino hermoso. Para más detalles, lee aquí
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10 abril, 2016

125 años no son nada

Chipironcitos fritos de La Fitorra Hotel Cèsar en Vilanova i La Geltrú

9 de abril de 2016. Celebramos 125 años de tradición hotelera ininterrumpida en el Hotel Cèsar de Vilanova i la Geltrú. Otros emplazamientos, otros nombres para el hotel, otros apellidos incluso para sus propietarios, pero siempre una misma voluntad. La que la familia Nolla ha sabido mantener durante los últimos decenios. Somos clientes discretos del hotel y de su restaurante, La Fitorra, desde hace unos diez años. Me gusta observar y ver cómo se construyen y desarrollan las cosas. Y para poder explicarlas, en este caso no había historia que resumiera mejor el espíritu de las hermanas Nolla y de Joanaina Escalas que la pequeña fábula con la que David Foster Wallace se dirigió a los estudiantes del Kenyon College el 21 de mayo de 2005 (la traduzco del libro de Nuccio Ordine, La utilitat de l'inútil. Manifest, Quaderns Crema, Barcelona, 2013, p.29):

"Érase una vez dos peces jóvenes que nadaban y se toparon, por casualidad, con un pez más viejo que iba en dirección contraria; el pez viejo saludó con la cabeza y les dijo: 'buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?' Los dos peces jóvenes continuaron nadando un rato; por fin, uno de ellos miró al otro y le dijo: '¿qué demonios es el agua?'"

Foster Wallace proporcionaba la clave de lectura de su relato: "el significado de la historia de los peces es sencillamente que las realidades más obvias, ubicuas e importantes son, con frecuencia, las más difíciles de ver y de discutir". Ordine remata: "como sucede a los dos peces más jóvenes, no nos damos cuenta de qué es realmente el agua en la que vivimos cada minuto de nuestra existencia." La historia de los dos peces que no saben qué es el agua por la que nadan me sirve para explicar que el ambiente que se vive y respira en el Cèsar es como el "agua" en la que vivimos: cuanto sucede en el hotel entra de forma natural y "obvia" en nuestro cerebro. Como el "agua" en la que vivimos, los pequeños detalles son los que justifican cada minuto que pasamos en él.

Esos pequeños detalles "tienen la belleza de la segunda mirada, el tipo de belleza que sólo se revela con la intimidad" (Jonathan Franzen, Puresa (Purity), Editorial Empúries, 2015, p.762, mi traducción del catalán). Así es como siento la evolución del Cèsar y de La Fitorra: los colores de las paredes, los detalles en el patio, las flores y plantas que lucen en los parterres, incluso los troncos cortados y no arrancados para que apoyen nuevos adornos... Las segundas miradas revelan la auténtica belleza de las cosas y de las personas, la belleza de aquello que no es tan aparente ni inmediato a la vista... Y en la cocina de La Fitorra siguen haciendo las cosas bien, sin estridencias y mejorando: los chipironcitos fritos con cítricos de la foto superior me llevaron a Los encuentros en la tercera fase sin más. Realmente tan ricos que parecían de otra galaxia. Y por primera vez en mi vida, descubrí que el nuevo rol de Manel Avinyó (Clos Lentiscus, Can Ramon, Viticultors del Montgròs) es el de Richard Dreyfuss... Su espumoso, método tradicional con segunda fermentación en botella, DO Penedès en la cosecha de 2013, es una de las mejores formas de comunicarse (esa música...) con la gastronomía y el territorio del Garraf marítimo: 62% malvasía de Sitges y 38% xarel.lo, sin azúcares añadidos y 20 meses en rima (degüelle de diciembre de 2015) que aportan aromas de maquia, sequedad y frescura del atardecer, retama lamiendo la cal. Una maravilla.

Hotel Cèsar, chipironcitos de Vilanova y Clos Lentiscus Blanc Brut Nature 2013 en el restaurante La Fitorra: todo predispone, con amable sencillez, a entender que el "agua" siempre está a tu alcance porque vives en ella. Basta con que sepas mirar con atención y entender. Y pasarán otros 125 años sin que nos demos cuenta.
Clos Lentiscus Blanc BN 2013

29 febrero, 2016

Les Tallades de Cal Nicolau 2010

Les tallades de cal Nicolau 2010
Esta es la mínima historia de un vino único, nacido de un viñedo único, hecho con una uva única por una persona única. Este es un vino del que hablar en un día único, cada cuatro años, sí, pero único. Es la historia de un bisabuelo que llegó a El Masroig para trabajar en carreteras y puentes. Es la historia de un bisnieto que nació en El Masroig para hacer vinos que hablaran como pocos de esta tierra tocada por la luna y las estrellas. Es, también, la historia por escribir de un tataranieto que ya está haciendo vino con las uvas de picapoll tinto que su tatarabuelo plantó y que su padre cuida y hace crecer para él.

Les Tallades de Cal Nicolau 2010, DO Montsant, 14%, picapoll tinto. Un vino hecho a golpe de ciclos lunares, con la huella de la tierra de panal en sus venas y la marca del Montsant en sus poros. Tierra y raíces. Secano y sol. Madera noble y luna. Intensidad y amabilidad. Austeridad y ligereza. El vino de una tierra que se expresa con intensidad en sus aromas. Huele a cal y a frutas. Huele a ciruelo y a coca de cerezas. Huele a Montsant y a río. Huele a flor de romero y a pino. Huele a lino y a esparto. Huele a oscuridad y a regaliz de palo. Energía del campo, aires de misterio, de negrura de luna nueva, de concentración y de sosiego. Cuando la tierra respetada y la luna hablan y alguien las escucha, cuando las cepas y su fruta encuentran a una persona que las observa y las entiende, nacen vinos como este Les Tallades de Cal Nicolau 2010 de Joan Asens (Orto Vins).

29 enero, 2016

Guía Melendo del Champagne 2016/2017

portada_guia_melendo_2016-2017
Nos habíamos saludado en alguna cata pero no nos conocíamos. Nos encontramos por primera vez ante unos cuantos de los mejores vitivinicultores de la Champagne hace ahora cuatro años, en Terre et Vins de Champagne en Aÿ. Nos volvimos a saludar, esta vez con mayor efusión: reconocer a alguien que, por el solo hecho de estar en Aÿ, ya sabes que es uno de los tuyos, alegra y agrada. Confieso sin rubor que tras el saludo, me dediqué a lo mío. Y él, claro, a lo suyo. Pero no pude dejar de observar y ver qué hacía y cómo lo hacía... Jordi Melendo era, hace cuatro años, hace muchos más y ahora, una referencia en el mundo de las burbujas, primero las de la DO Cava, después las de Champagne. Y ver con quién charlaba, qué vinos bebía, etc., daba pistas al apasionado que apenas sabía nada, que era yo.

Me sorprendieron dos cosas: más que parecerme que él conocía a todo el mundo, tuve la certeza de que todo el mundo le conocía a él. Pasó mucho más tiempo saludando y charlando que bebiendo... Me impresionó y, casi al caer la tarde, cuando las prisas para el regreso empezaban a mandar, me atreví a preguntarle. Y me contó de su pasión desmedida, de su amor por esta tierra y por sus gentes, de la magia de las burbujas del norte y, sobre todo, de su plan de viajes. Me enseñó una agenda y me dijo, con precisión, los días (¡¡¡un día de cada mes!!!) en que había conseguido los billetes de avión más baratos para viajar a Paris y de allí a la Champagne. Durante un año, una vez al mes... Me descubrí (llevo siempre gorra o sombrero...) y pensé: "éste es uno de los hombres mejor informados del mundo sobre algo que lo que quieres conocer todo. Hay que seguirle a fondo". Y eso he hecho en los últimos años. Mi pasión y mis conocimientos sobre los vitivinicultores y las maisons de la Champagne entera, han crecido gracias a las lecturas que Jordi Melendo nos ha ido proporcionando, todas llenas de vivencias personales, de notas y marcas de interés: sus Historias del Champagne. Maisons y Vignerons, Alboraya-Valencia, 2012 (978-84-695-4887-5) revelan cientos de cosas de la historia oculta de algunos de los más interesantes productores de la zona.

Su primera Guía Melendo del Champagne 2014, Barcelona, 2014 (978-84-616-9866-0) es, todavía, un instrumento de gran utilidad: con un perfil tipográfico limpio y de cómoda lectura, te abre las puertas de un montón de productores que conocía poco y, además, introduce por primera vez en España y con champagnes, una cata a ciegas que valora cada uno de los vinos catados. Lo hace, además, con la colaboración de un grupo de grandísimos profesionales y expertos: Ballesteros, Asenjo, Bao, Corman, Centelles, Guerra, Mercier, Murciano y Romeralo. Tremendo. Pues la Guía Melendo del Champagne 2016/2017, Barcelona, 2015 (978-84-608-2045-1) mejora cuanto acabo de decir. Podía parecer difícil pero lo hace... Más vinos catados, una ampliación del Comité de Cata (con Cavero, Nolla, Cruz, Gómez -el bueno, Adolfo, no yo-, Marcos, Seijas y  Villalón), una paginación más rica y agradable a la vista, un montón de fotos sugerentes proporcionadas por el CIVC y, por supuesto, el nudo intacto de la cuestión: la selección debidamente anotada, puntuada y valorada en función de la relación que los expertos han establecido entre el PVP de una botella y la calidad que han percibido en ella.

Para los que sentimos esta atracción irracional (así la siento) por la más pura expresión posible de los distintos "terroirs" de la Champagne, esta Guía Melendo se ha convertido en un instrumento esencial para comprar y beber bien y, además, para hacerlo bien asesorados. Encuentro buenas noticias e informaciones y sé, gracias al contraste con sus opiniones, que he abierto y conozco ya buenas botellas de algunos de los mejores "vignerons": Agrapart, Bedel, Boulard, Couche, Coulon, Marie Courtin (Dominique Moreau), Goutourbe, Jacquesson, Laherte, Larmandier-Bernier, Léclapart, Pascal, Selosse, Tarlant... Y lo mejor (en mi caso) es que siguen proponiendo botellas y buenas valoraciones de gentes a las que no he bebido. Felicidad completa, sin duda, que me deja sólo una pregunta: ¿por qué no están algunos más que también me vuelven loco? Verbi gratia Brochet, Bérèche, Bouchard, Doquet, Dufour, Egly-Ouriet, Horiot, Lassaigne, Prévost, Vouette&Sorbée (los Gautheron), Ledru, Val'Frison... La duda se despejará, sin duda, en la próxima edición porque ahora ya sé que la ambición de Jordi es la de ir creciendo en cantidad y en calidad para consolidar lo que ya se confirma en esta edición 2016/1017: la Guía Melendo del Champagne acabará siendo un referente no sólo hispano (ya lo es), sino también internacional.

23 enero, 2016

Vinos en voz baja

Vinos en voz baja Costumbres 2013 garnacha
Apenas les conozco (una hora de conversación intensa con Isabel Ruiz y Carlos Mazo), no he pisado sus viñedos (sólo he visto alguna foto, que sugiere mucho, pero sólo eso) y no conozco su bodega (aunque sepa que han empezado en 2012 como bodegueros de garaje y, ahora, de prestado todavía en casa de otros). Pero me atrevo a escribir sobre ellos y a hablar un poco de su manera de ver las cosas. Por supuesto, a describir también las sensaciones que algunos vinos suyos me han regalado. Por razones muy variadas que no vienen al caso de este post, la Rioja está de nuevo en primera plana. Digan lo que digan, la Rioja estaba languideciendo. No hablo ya de dormirse en los laureles porque supongo que las ventas y el nombre y prestigio (muy bien ganados) de la DOC me desmentirían. Hablo de apego a la tierra, hablo de cultivo respetuoso y lo menos intervencionista posible, hablo de preservar las características de cada terruño (sí, terruño, porque aunque no tenga tradición la palabra como sinónimo de "terroir" en castellano, "terruño" es la tierra natal de uno -según la RAE- y, por supuesto, la de las uvas también: la lengua evoluciona) en la botella y en la copa, hablo de conocer con nombres y apellidos viñedos, viticultores y vinicultores como protagonistas y, casi, demiurgos en el descubrimiento de una alma renovada en esta tierra de privilegio.

En pasado, sin duda. Languidecía. Porque hace ya unos años que unos pocos (no voy a cometer el error de poner edades ni adjetivos porque, aquí y por fortuna, algunas generaciones se mezclan) han empezado a andar otro camino. Respetuosos con su pasado (no siempre el más reciente), sensibles con el trabajo de quienes no maltrataron el viñedo con productos de síntesis, amantes de la recuperación de cepas viejas (también con variedades muy propias), conscientes de la necesidad de que la Rioja hable en la copa y en la botella de otra manera. Casi siempre sin hacer ruido, cierto, y en voz baja. Casi siempre, también, con vinos y actitudes que me hacen detener, girar la mirada y escuchar con profunda atención. Después, beber y pisar algunas tierras (las de Carlos e Isa todavía no...) y entender que en la Rioja (no hablo de zonas porque en todas ellas detecto este movimiento) están sucediendo cosas. Como hace bien poco describía Víctor de la Serna (en un tuit que precedía una cata de Rioja'n'Roll en Elmundovino), es "excitante y emocionante". Porque los que amamos sin paliativos ni matices la viña cultivada con los mínimos aderezos y su fruta sabemos que este movimiento es lento pero imparable, También en la Rioja.

No voy a dar hoy más nombres que los de Carlos e Isa, Vinos en voz baja, pero sólo tenéis que repasar posts, tuits e instagrams (míos y de unos pocos más, sensibles a cuanto se mueva alrededor de lo que Goode y Harrop vinieron en llamar "authentic wines") para saber de quiénes hablo. Vinos en voz baja es de Aldeanueva de Ebro y trabajan, pues, en la Rioja Baja. Digo yo que la coincidencia de adjetivos no es casual porque su actitud es exactamente esa: estamos en una zona dura, casi denostada o, por lo menos, poco querida y apreciada y vamos a recuperar el orgullo y la pasión de los nuestros para iluminar de forma renovada las variedades más significativas, la viura y la garnacha. Después llegarán otras, autóctonas de la zona. Viticultura sana, responsable, con el uso de la menor cantidad de insumos (sustancias ajenas a la naturaleza) posible, con la mínima y sólo la imprescindible intervención de la tecnología y con respeto hacia la energía que esta tierra quiere liberar de nuevo. Y a la chita callando. Escuchando mucho, mirando y, además, viendo, aprendiendo y avanzando poco a poco.

Vinos que son Costumbres en esta bodega errante y que quieren devolver al bebedor de hoy sensaciones de antaño. No hay mejor "prueba del algodón" para estos jóvenes que el que los mayores beban sus vinos y suelten un "caramba... esto me suena!!! Me recuerda los vinos de cuando era mozo!!!". No pocas veces he escuchado ya esta expresión en la Rioja y en otras partes de España. Entonces, los ojos de los jóvenes se iluminan y saben que van por el buen camino. El tiempo no pasa en balde y no todo tiene porqué ser igual (tampoco es ese el objetivo. Si lo fuera, harían arqueología/antropología del vino. Y no es eso...). Pero los sabores y las sensaciones, ahí están...De dos de los vinos "en voz baja" quiero decir cuatro palabras hoy. Del Costumbres 2013 blanco, 13,5%, monovarietal de viura, y del Costumbres 2014 tinto, garnacha de la que no sé el grado ni nada porque Carlos me dio una muestra previa a la comercialización. El primero tiene la madera muy medida aunque se nota... Tiempo en botella le falta pero sus virtudes ya asoman: la pureza y aromas del sabinar en el monte bajo. La flor de manzanilla en su momento culminante. La retama. Algo de mantequilla salada, Juncos y vegetación verde. Pan tostado. Viveza. El segundo me enamora, sin más. Recupera las sensaciones de la garnacha de tierras duras y secas que ofrece frescura y vida al vino gracias al uso sabio del raspón: raspón y garnacha, unión imbatible, natural. Algo de madera hay, por supuesto, pero el placer es inmediato, no necesita mucho reposo ni diálogo con la botella este vino. Fruta fresca y maquia (maquis, "macchia"). Alegrías de la casa. Picotas  ácidas. Pimienta roja. Pimiento rojo asado a la brasa. Bolas de ciprés. Tinta china roja. Ciruelas negras crujientes. Sabroso y redondo. Sencillo que no simple. Fresco y austero.

Carlos Mazo e Isabel Ruiz pertenecen a este grupo de gente riojana (aunque no todos nacidos en la Rioja) que vuelve a excitarnos y a conmovernos con sus vinos. Siempre los ha habido, por supuesto, para los que amamos el vino y respetamos esta tierra histórica, y de todos los estilos y características además. Pero ahora unos pocos saben distinto y su "canción" y manera de explicar las cosas es, también, distinta. Renovada y mínimamente intervencionista aunque con la vista bien puesta en el retrovisor. La Rioja, también la Rioja Baja, mola de nuevo. Mola mazo, si me permiten el juego de palabras. Y perdón...

05 enero, 2016

Vall Llach 1998 (y dos)

Vall Llach 1998 dos
El 2 de diciembre de 2013 publicaba una nota sobre una botella de 0,75L de Vall Llach 1998. Hoy quiero empezar el año 2016, que será un año distinto y muy lleno de cosas interesantes (algunos indicios y mi olfato apuntan a ello), con un comentario sobre una botella mágnum de Vall Llach 1998. No voy a repasar mi archivo histórico del blog pero creo que es la primera vez que publico una nota sobre el mismo vino en una misma añada. Se lo merecen tanto el vino como el viñedo del que, de forma destacada, procede la cariñena que le da el alma (Mas de la Rosa), como los actuales propietarios de la bodega (Llach y Costa), que están dando a su proyecto un espíritu renovado. Es reconfortante ver cómo la reflexión sobre la tecnología en el campo y en la bodega hace dar algunos pasos atrás a quienes, desde siempre (por lo menos desde la llegada de los "young ones") y aunque se les reconozca menos que a otros, han marcado tendencia en la DOQ Priorat.

Vall Llach está ahí, sin duda, y ver cómo ahora los animales están volviendo a arar alguno de sus viñedos y cómo los tratamientos se reducen y adaptan a una escala que la naturaleza pide para poder sobrevivir con dignidad y sus cepas bien altas, es gratificante. Como lo es, claro, seguir y comparar las primeras añadas de la bodega con las que están saliendo ahora para hacerse una idea de hacia dónde pueden ir las cosas. Sobre el vino, las uvas y la vinificación ya hablé en el post de diciembre de 2013. Me voy a concentrar, pues, en este mágnum de Vall Llach del 1998, primera añada en que la bodega embotelló su portaestandarte. Juego con ventaja... Bebo el vino en mágnum y la botella no había salido de la bodega hasta el día en que llegó a casa.

A diferencia de lo que hice con la botella anterior, tuve que decantar: el corcho se estaba deshaciendo, los aromas del vino prometían (el corcho no olía a TCA) y hacía falta preservar el genio que parecía querer despertar de su letargo de más de 15 años en botella. Lo tomé con 24 horas de decantación y seguí bebiéndolo a lo largo de los siguientes tres días. El vino se mostró entero y perfecto y evolucionó sobre todo en su densidad y cuerpo: se aliaba con el oxígeno no sólo a través de las moléculas de aroma que liberaba sino también a través de la estructura de sus polímeros. Aquí me matarán los químicos orgánicos,  claro, pero daba la sensación de que la masa del vino iba cambiando con los días, aumentando y ganando, en efecto, en cuerpo y densidad.

El vino empezó con pequeños aromas terciarios que iban asomando a mi nariz y paseando por mi paladar sin pausa, discretos pero tenaces. Con rapidez, algunos aromas primarios (me atrevo a proponer que entre éstos no sólo hay que contar con los de las frutas sino también con los de las tierras donde éstas se alimentan), se mezclaron con los terciarios y el paisaje que mi cabeza recompuso fue el de la emoción y el vértigo que produce una copa que contiene el alma de una tierra. El cálido almacén de las hojas de tabaco que maduran. La pizarra con hierro y siglos de intemperie, mojada y secada por un sol que no azota. Las aceitunas negras muertas y el aceite de primera prensada con un poco de sal. El palo mascado de regaliz. El vino se muestra íntegro, perfecto, profundo, con una boca redonda, unos taninos suaves y nobles. El corazón de los troncos que ardieron y que mantiene el rescoldo de la llama en el hogar. La pureza del monte bajo: tomillo y orégano secos, un poco de laurel. Bouquet garni.

El vino muestra una profundidad de escalofrío. La cariñena del Mas de la Rosa es fina y delicada, penetra el corazón de la tierra y lo transporta a la copa. Y el corazón palpita y se agita todavía en un vino que apenas ha llegado al otoño de su vida. El hueso de la ciruela seca pasea por mi boca. Hojarasca y humus. El alma del bosque habita este vino. El ratón husmea... Ratatouille y sus hermanos y primos saltan alborozados. La mina del lápiz. El grafito. La mermelada de cerezas con las horas y los días: la otra uva clave de este vino, la cabernet sauvignon, muestra su grandeza. Otoño en estado puro, de nuevo: paz y alegría por el trabajo bien hecho. Tierra y paisaje en la botella. Un punto goloso y casi tánico de las variedades francesas (un buen porcentaje de merlot hay también), los años y la excelente conservación dibujan el perfil de un vino fino y ágil en el trago, complejo y, al mismo tiempo, de una mediterraneidad que enamora. Con más horas: algarroba madura, chocolate negro a la taza con algo de agua, el fresco sótano excavado en la roca de llicorella, la madera y el reposo. Esencia y corazón de una tierra que amo, el Priorat, que he tenido el renovado privilegio de poder beber. Uno puede llegar a tener un vino vivo en la botella de mil maneras distintas. Una, entre todas, es la imprescindible y la que no puede fallar jamás: la mejor fruta de los mejores viñedos posibles es la que más años se mantiene. Vall Llach 1998 es otra deliciosa e innecesaria prueba de la existencia de este axioma.

11 octubre, 2015

La Alpina Peregrina - The Pilgrim Alpine

La alpina peregrina 2014 2
Imaginemos que una persona siente tal pasión por su tierra que decide concretarla en uno de sus frutos, un fruto que antaño era uno de sus rasgos distintivos. Imaginemos que esta persona dedica las horas de su tiempo libre a estudiar cómo esta uva llegó a su tierra, cómo se implantó y cómo fue desapareciendo. Imaginemos que esta persona, no contenta con la parte teórica de su saber, decide buscar las cepas de esta uva que quedan en los valles de su tierra, en Cangas y en Candamo. Imaginemos que encuentra esas cepas, que tiene la fortuna de que la persona que dirige la estación biológica del CSIC que se dedica a estudiar (entre otras cosas) la ampelografía es, vaya, de esa misma tierra. Imaginemos que consiguen aislar y reproducir las mejores cepas de verdejo negro, que es trousseau, que es maturana tinta, que es merenzao, que es bastardo, que es tintilla. Imaginemos que un vivero en La Rioja (de esto sabrán un rato...) reproduce estas plantas. Imaginemos que esta persona planta unas pocas, no para producir a nivel comercial sino para hacer unos pocos litros de vino por el placer convivial y, por eso, homérico de poder regalarse a sí mismo y a los amigos con unas gotas de ese sabor peregrino y auténtico.

Imaginemos que esta persona existe, que se llama Fran Xixón, que tiene esos centenares de plantas de verdejo negro en el Valle de Candamo (Asturias) y que los cuida de una forma absolutamente artesanal. De la misma forma hizo este vino en 2014, la añada que he tenido la inmensa fortuna de poder beber. Tiene tan poco vino que lo embotella en 37,5 L. Tiene tan poco vino que sólo lo bebe con amigos o lo regala por el placer de conocer una opinión. Y yo he sido uno de esos afortunados...Hoy rompo una norma no escrita de este blog. Hablo de un vino que, por ahora, es imposible comprar. Pero esta historia y el vino que salió de la botella merecen toda la atención y todos los elogios. Y además, ofrecen el placer de una pasión embotellada y la alegría de una historia de peregrinos revivida a través de sus cepas y su vino. Emoción, pues. Y deseo de compartir con vosotros este placer. 12,5%, uvas despalilladas a mano, uvas fermentadas de forma espontánea con las levaduras del viñedo. Vino con maloláctica parcial, creo. Vino sin ningún tratamiento en la bodega.

Me metí dentro del vino y entendí que los cardenales podrían entrar en la Capilla Sixtina para elegir papa con unas pocas botellas de él. Comprendí por qué a De Gaulle le encantaban los vinos de Chauvet. Percibí la esencia de la fruta en la frescura y concentración de este vino. Vi cómo Miguel Ángel preparaba sus frescos, olí esa humedad de caliza sobre la pared. Entendí la ligereza en el trazo y la expresión rotunda en la forma. Flechas de zarzamora salían de las paredes. Cohetes de acidez explotaban en el cielo. Las copas de los árboles eran frondosas. Y el suelo estaba lleno de vida. Pieles azules, almas verdes. Pimienta negra y roja en el talego. Laurel en la puerta de la casa de labranza. Fresas salvajes al borde del camino. Vino joven, vino arrollador, vino que habla de profundidades desde un lecho de verdor.  Vino de hadas y elfos. A ratos casi te engaña y te habla de un encuentro de monjes: entre la trousseau y la pinot noir. ¿De qué hablarían? De hollejos y pepitas, de acidez y de raspón, del momento mejor para la vendimia. Vino artesano, vino fino, vino para pensar y entender hacia dónde nos lleva una pasión como la de Fran. Manojo de violetas silvestres con un color y una tensión de aromas casi olvidados. Un punto salvaje y algo rústico del barrantes: algo de verdejo negro tiene ese híbrido... Agua del manantial del que beben las violetas. Con botellas como ésta uno elige a un papa como Francisco: bueno, sencillo, alegre, dicharachero pero profundo, amable pero contundente, comprensivo y clarividente, cómplice. Qué noche la de aquella votación... Gracias, Fran, de veras. Gracias.

04 octubre, 2015

Caus Lubis de C. Esteva: 25 años

Caus Lubis 25 anys
Carlos Esteva es el hombre necesario, el hombre tranquilo y de convicciones sólidas. También es el hombre discreto. Si alguien me preguntara: ¿qué consideras imprescindible para que un territorio vinícola, una DO, una tierra de vinos... arranque y encuentre algún rumbo? Contestaría sin dudas: gente como Carlos Esteva en él. Carlos educó su paladar en los grandes restaurantes de España y de Francia, aprendió, disfrutó y se enamoró de vinos emblemáticos franceses, italianos y españoles. Y tras una etapa de su vida por la que todos tenemos que pasar (qué soy, hacia dónde voy), su camino le llevó al Garraf, a Can Ràfols dels Caus. Esa etapa sucedió en Menorca. En ella vendimió uva, la pisó con los pies, la prensó (no sé cómo...) y por primera vez, y de una forma por completo intuitiva, hizo vino.

En Can Ràfols dels Caus encontró una masía de cuatro paredes justas y un techo, que ha convertido en baluarte espiritual de "garrafidad". En sus tierras encontró la pureza entre montes que le ha permitido (desde siempre) vinificar con las levaduras del viñedo y, desde hace unos ocho años, trabajar además la tierra en biodinámica. En su zona se atrevió a intentar poner en una botella el mensaje de su sueño: se pueden hacer buenos vinos de larga guarda con alguna de las grandes uvas europeas en una tierra como el Garraf. Plantó merlot, chenin blanc, pinot noir, incrocio manzoni. Y tras 25 años y muchos, muchos, vaivenes, algunos tuvimos hace bien poco la ocasión mágica de comprobar que esa botella y ese mensaje llegaban intactos a la playa de nuestros labios, al puerto de nuestras bocas, a la rada de nuestra sensibilidad.

25 años de Caus Lubis, ni más ni menos. Merlot plantado en 1983. 1,4 Ha, en suelo arcillo-calcáreo (La Vinya del Ros), con orientación noreste. Le Tertre Rôte-boeuf y François Mitjavile en la cabeza de Carlos y el merlot en las plantas madurando siempre con paciencia, macerando con sus pieles unos pocos días, fermentando siempre con sus propias levaduras a 25ºC, haciendo la maloláctica espontánea, criándose durante doce meses en  roble francés y haciéndose, en realidad, el vino en la mejor crianza posible: la de la botella guardada en buenas condiciones en la bodega un mínimo de ocho años. ¿Cúanta gente tiene la capacidad y la visión de mostrar algo parecido? Me descubro ante un bodeguero que es empresario, claro, y que tiene en estos momentos como gran novedad en el mercado Caus Lubis 2003. Sé que no puede ser el ejemplo a seguir por todos. Lo sé tan claramente como sé que gente como él es la imprescindible, la necesaria: tienen una visión, un concepto, una idea, y encuentran la fuerza y el coraje necesarios para llevarla a cabo.

En el Hotel Omm de su hermana y admiradora número 1, Rosa Mª Esteva, y con una selección, un orden de cata y un servicio del vino impecables y modélicos liderados por Audrey Doré, desfilaron unos cuantos de esos mensajes embotellados. Por el orden en que los bebimos (nadie escupió nada...) y obviando detalles técnicos de las añadas (que ahora no me apetece explicarles. Como dice Carlos, "los buenos vinos ya expresan cada uno cómo ha sido la añada"), sucedió lo siguiente. 2003: regaliz, infusión de tomillo, romero, un vino increíble, profundo, intenso y apabullante. Arcilla, frescura y una barra de especies única. El Ras-el-Hanout del Garraf. 2004. Mucho más volumen que en 2003. Frambuesas y zarzamora, mucha fruta y algo de madera. Redondo, casi esférico. Cuatro meses de fermentación alcohólica natural en una añada perfecta, acabarán dando un vino para la inmortalidad de la casa. Y de todos los que lo bebamos. Cuando salga al mercado... 2006. Está en la fase de la apoteca. Vieja farmacia llena de hierbas de los Pirineos. Algo de acetato de etilo todavía y cola de carpintero. La ebanistería tiene que pulirse, el mozo tiene que barrer y limpiar el taller tras el trabajo del maestro. El vino se va a redondear en la botella. Hay tiempo. 1999. El armario de la mejor ropa de la abuela: parafina. Tomillo y lavanda secos. Musgo y tierra del bosque profundo en otoño. Astringencia de la madera, pureza de la uva, frescura y acidez. Fruta (ciruelas ácidas) y regaliz. Sorprendente. Emocionante. Uno de los grandes. 1998. Fruta más roja (arándanos) y azul (mirto), madurez en nariz. Pero en boca... en boca es profundo y ácido, más fino que 1999. Es penetrante y delicado. Cuando un vino huele a la ceniza de sus sarmientos se ha convertido en uno de los grandes. 1998 huele a eso. 1997. El polvo del camino, el incienso del oficio bizantino. Un vino que está cerca del final de su vida pero que muestra todavía la liturgia de los grandes momentos. Ciruelas en conserva. Sequedad calcárea. La esencia destilada del monte.

Gracias por estos 25 años, Carlos, y por la ocasión única: eres el hombre necesario, tienes la visión imprescindible, posees el privilegio del tiempo en el vino.
Carlos Esteva

04 septiembre, 2015

Vall Llach 1999

Mas de la Rosa de Vall Llach
De Porrera a la vinya del Mas de la Rosa hay un desnivel de 400 metros. Y para llegar a la cima de la viña, un poquito más. Una anciana, Rosa su nombre, andaba y desandaba este camino cada día. Era su viñedo de cariñena, plantada en 1900: un patrimonio del que vivir y que había que preservar. Historias poco conocidas, quizá, del Priorat: quienes se quedaron cuando el trabajo fácil estaba en las ciudades y lo más complicado era no romper el vínculo con la tierra y sobrevivir con lo que ella te diera (y en Mas de la Rosa da uva extraordinaria pero escasa...), salvaron muchos viñedos del abandono. El Priorat histórico nos ha llegado gracias a ellos y hoy podemos beber algunos vinos extraordinarios porque ese esfuerzo silencioso, ese sueño improbable, fue recogido, entendido e interpretado.

Por Lluís Llach y Enric Costa, por ejemplo, socios fundadores del Celler Vall Llach. Una mañana la anciana salió de casa. Había decidido que no subiría más a ese viñedo imposible...Se cruzó con Lluís y le preguntó si querría comprar su viña. Imagino una cierta mirada de sorpresa de él, pero reaccionó enseguida: "¡vamos a verla!" Ese mismo día, el viñedo de Mas de la Rosa pasaba a Vall Llach. Ellos, LLuís, Enric y ahora el hijo de Enric, Albert, sabían ya cómo era esa fruta. Una de las niñas bonitas del Priorat, una de las cariñenas orientadas al sur en viñedo de 700 msnm que sólo se puede trabajar con azadón por el tremendo coster en el que vive suspendida. Un viñedo centenario y, con los años, aislado. Entre brumas, soles impenitentes, garbinadas salvadoras y atardeceres amables, esta cariñena madura lenta como pocas. Su concentración y el momento de vendimia son sus secretos. Y en Vall LLach esto lo saben desde 1998 cuando el que, en aquel momento, era su vino emblemático, el Vall Lach protagonista de este post, recibía ya la mayor parte de su uva de los viñedos de Finca Cabacés y de Mas de la Rosa (50%).

En un atardecer mágico, en el que Lluís y Albert obsequiaron a algunos amigos con una extraordinaria vertical de este vino, desde 1999 hasta el ya presente 2008, yo me quedé con dos en mi corazón. 1999 Y 2005. Hoy recupero mis recuerdos de este 1999 (era la tercera vez que lo bebía y todo seguía encajando en mi álbum mental de vinos preferidos) para deciros de él que es un emblema, un símbolo de un Priorat que la gente parece casi rechazar. Enric Costa, LLuís LLach y el agrónomo que les acompañaba en ese momento, Ricard Pasanau, creían no sólo en la bondad infinita de esta tierra del Priorat y en sus uvas más enraizadas. También creían en que una mezcla equilibrada de cabernets sauvignons y merlots (entre otras...), podía hablarnos del alma de esta tierra desde la copa. No se equivocaban. Puede que no piense yo como ellos, pero siempre he reconocido (ante botellas como ésta) que el tiempo les ha dado la razón. No a todos, cierto. Pero a ellos, entre otros, sí.

Es un vino que muestra la finura y la elegancia propia de los inmortales. No está evolucionado ni en color ni en aromas ni en sabores. La cariñena histórica aporta profundidad y sentido de campo: suave perfume de llicorella oscura, ligero anís estrellado, frescura, avidez de las cerezas en su punto junto con la calidez de la ciruela del fraile. La altura y el reposo en la maduración de la uva dan cosas así. El merlot y el cabernet sauvignon (35 y 15%) siguen envejeciendo de maravilla y aportan equilibrio al conjunto y un aire bordelés, también. ¿Quién, amante de los vinos sin más, puede criticar esto si el vino que bebes es extraordinario? El Priorat era así en 1999 y este Vall Llach es una de las mejores muestras de que se hacían vinos finísimos, pensados para un largo goce y una vida placentera. El merlot trae recuerdos de fruta más roja de septiembre (madroño) y el cabernet sauvignon se ha integrado tan bien que permite, sin más, beber en la copa final de otoño y primer invierno: rescoldos, ceniza, calor de hogar. Humus. Recogimiento y reflexión. No hace falta añadir mucho más...

Es un gran vino y siempre lo ha sido por más que la añada sea una de las poco apreciadas en la DOQ... El auténtico valor que tiene para mí este Vall Llach 1999 llega cuando lo comparo con otros 1999 que he bebido estos últimos años  y me doy cuenta de que se ha convertido, a la chita callando casi (hablar de 2000, 2001, 2004 ó 2005 es más sencillo y agradable), en un clásico inmortal del Priorat. Afortunados los que tengan alguna botella de las 9748 que se prepararon en abril de 2001: les esperan largas horas de placer. Elijan bien con quién la comparten...

28 junio, 2015

E. Brochet Les Hauts Meuniers 2008

Brochet Les Hauts Meuniers 2008 anvers
Emmanuel Brochet es una de las personas más discretas, sensibles y dedicadas al viñedo y a sus vinos que conozco en la Champagne. Discreción y sensibilidad tanto como pasión e ideas claras. Su Le Mont Benoît es un NV atractivo y que me llena de satisfacción. Uno de mis preferidos. Y su proyecto de monovarietales, que viene acariciando desde 2006 (en realidad desde mucho antes... de 2006 es el primer Blanc de Blancs que he bebido...), ofrece ahora una culminación largamente esperada. Les Hauts Meuniers 2008 es un monovarietal de meunier de la parte alta de Mont Benoît, de un viñedo plantado en 1962. Ligeramente al sur de Reims y algo al oeste (Villers-aux-Noeuds), el suelo es arcillo-calcáreo y limoso. El "vin clair" ha pasado 11 meses en barrica, el vino no ha sido estabilizado ni filtrado y el dosaje ha sido mínimo (2,5 gr/L). No ha hecho la maloláctica y ha dormido en la bodega hasta hace unos meses. El degüelle que he bebido (23 de junio de 2015) es de marzo de 2015. Puede que le falte algo de reposo en botella pero el vino (primera vez que lo bebo) es tan atractivo e interesante ya en estos momentos que no me privo de un breve elogio y de una cálida recomendación. 916 botellas.

Lías. Hinojo silvestre. Gâteau des Rois. Perfume de meunier: es un meunier atípico, en boca se expande de una manera casi sobrenatural pero en nariz muestra  una gran finura y delicadeza. Viene a la cabeza un caballo salvaje al que consigues poner la brida. El meunier es un caballo al galope y éste Les Hauts Meuniers ha sido embridado ya y empieza a mostrar tanto músculo como elegancia y afabilidad. Nueces y almendras amargas. Coca de Llavaneras, con ese punto de crema pastelera, de almendra fileteada, de piñones, de limón, de hojaldre y de harina bien horneada. Un vino ideal para tomar con cualquier cosa que venga del cerdo, cualquiera...Bajo la finura y el velo de la discreción del vino y de su hacedor, se esconde un fuerte carácter y una promesa de largos años de vida. El corazón fresco y verde de Reims. Rusticidad de la piel del membrillo. Seda de su dulce. Un vino que no olvidaré.

14 marzo, 2015

Las raíces de Jerez y de Montilla

Navazos-Niepoort vino blanco 2011
Esta semana he tenido una oportunidad única. En apenas cuatro días, he podido beber dos vinos que describen, dibujan, buscan y nos explican las raíces de una misma historia desde perspectivas distintas. La historia de dos vinos del 2011 que nos dice cómo fueron y cómo son las raíces de los vinos no fortificados en el Marco de Jerez y en Montilla-Moriles. Porque en el principio no fue el encabezado, o no sólo el encabezado. Desde el siglo XVIII por lo menos, tenemos documentado que la práctica del encabezado convivía en Sanlúcar de Barrameda, con la factura de vinos blancos: vinos de listanes (palomino fino) que se hacían con los mejores mostos de los pagos blancos de albariza y se criaban (sin alcoholes añadidos) buscando los efectos benéficos de la ingestión del velo en flor. La página web del Equipo Navazos lo explica a la perfección y la voluntad de sus creadores, en este caso con la colaboración del maestro Niepoort, es la de proponernos esa recreación de las raíces de Jerez y Sanlúcar en el siglo XVIII, con este Navazos-Niepoort vino blanco 2011.

Mosto de palomino fino de pago histórico sanluqueño en albariza que sólo ha conocido la fermentación en bota con las levaduras del viñedo y de la bodega, y la crianza con la levadura en flor durante nueve meses.  Ni más ni menos. Embotellado en 2012 a 12,5% (no hay, pues, otra cosa que mosto hecho vino gracias a la sucesión de levaduras y a la culminación de la faena con la saccaromyches cereuisiae, la "levadura flor") y reposado, afinado, meditado, evolucionado (en mi caso) durante tres años más. Este 2011 se muestra ya como un estilete, como un fino aguijón de sal, que atraviesa campos de flor seca de camomila y matas de hierbabuena (qué frescura...) antes de penetrar en tu paladar. Brisa de talco, raíces de albariza. Madera vieja noble, Recuerdo de setas secas rehidratadas. Se nota el trabajo fascinante de la botella: es, ahora mismo, un vino más fino, más pulido, brillante y vibrante.

José Miguel Márquez, en Marenas Viñedo y Bodegas, propone un ejercicio muy parecido pero desde una experiencia distinta. A mi modo de ver, claro. El proceso de Jose no es tanto el de la documentación historiográfica, cuanto el de la reflexión personal a partir de lo que él ha conocido en su tierra. Viñedos en Montilla y uva Pedro Ximénez que pasó, casi siempre, por el mismo tipo de proceso que el palomino fino. Jose, a la búsqueda de la memoria perdida de los viticultores que le precedieron, puso también en varias botas su cosecha de 2011. Dos de ellas, las nn.2 y 3, han pasado dos años con el PX bajo velo en flor, en la oscuridad y ligera humedad de su bodega subterránea. El vino se ha hecho solo, libre. Jose ha ido observando y aprendiendo, probando hasta decidir que en 2014 vaciaba las botas y embotellaba ese vino blanco  a 14%, sin traza alguna de alcohol añadido. Como también hizo Equipo Nazavos, Márquez ha querido embotellar memoria y tradición, raíces y PX  bajo flor.

Ni más ni menos: de nuevo, la recuperación del mismo tipo de vino pero en Montilla. Por supuesto, aquello que más destaca en el PX bajo velo 2011 de Marenas es el mayor tiempo que el mosto, después vino de PX, ha pasado en contacto con la levadura flor. La mutación de la levadura en dos años, sus fases de reposo, reproducción, mutaciones genéticas siempre en las mismas dos botas, nos ofrecen un tesoro único: un paisaje de opulencia, de exuberancia, de generosidad en un vino de oro que, como ya sucedió con el primero, ganará con años de botella. Si las encontramos... Ahora sabe a levadura, sabe a pan recién horneado tomado al fresco del amanecer (también es un vino fresco) con ese chorretón de buen aceite, sabe a brisa atlántica embotellada pasada por el tamiz de las tardes de agosto en la albariza montillana. Sabe a matorrales de la sierra y sabe a mieles.

Ambos vinos saben a tradición, saben a raíces recuperadas, saben a su tierra y al sudor de sus gentes, saben a sabiduría popular. Son vinos emocionantes, vinos para combinar con mil platos distintos (aperitivos encurtidos, pescados, pastas, algunos arroces, un montón de quesos...) pero que tomados solos ofrecen su perfil más auténtico: el beneficio de la reflexión de aquello que fue, en nuestros cuerpos y mentes, hoy. Un privilegio del que todos debieran poder gozar.
Marenas PX bajo velo 2011

22 febrero, 2015

Clos Saron Out of the Blue 2012

Clos Saron Out of the Blue 2012
California Sierra Foothills: una zona de viticultura bien delimitada  (American Viticultural Area: AVA)  y de larga tradición. No sé si en toda su extensión (más de 10 mil Km2), pero una de sus características más llamativas es que el suelo de arenisca volcánica permite que las cepas sean plantadas en su propio pie y al margen de la filoxera. No hablamos, en el caso de Clos Saron y su cinsault Out of the Blue 2012, de cualquier cosa: cepas en pie franco de 1880... Sin duda se trata de un experiencia singular con un tipo de uva que conozco más o menos bien pero de la que no paro de descubrir matices y gracias. Out of the Blue 2012 es 94% cinsault, más un 3% syrah y otro 3% tempranillo. Con una viticultura entre biodinámica y orgánica y una intervención mínima en la bodega (no hay siembra de levaduras, no hay trasiegos, no hay estabilizaciones, no hay filtrados, puede que sulfiten un poco pero sólo en el embotellado...), 13,4% y madera siempre vieja, este vino me ofrece un titular inesperado: cinsault que vuela con alas de garnacha.

El primer golpe de nariz es perturbador, arrollador, de una fragancia y un atractivo enormes: pastel de cerezas, volumen, esfericidad, sedosidad, perfección aérea. Es un vino que sube y sube. Tiene una sólida base en las raíces, cierto, pero al contrario que sus lejanos parientes europeos, este cinsault en pie franco californiano no se queda en ellas, no profundiza en vertical. Sube y te lleva en volandas. Huele también a aceitunas negras, casi a olivada con buen aceite (el toque del syrah). Muestra gran fluidez y alegría, pero también pide sus dosis de concentración: es un vino de matices con una enorme capacidad para ser bebido y disfrutado. Sencillo y complejo al mismo tiempo. Ciruelas en sazón. Aromas de fermentación, secundarios. Levaduras, cake  de grosellas. Acidez y frescura. Cinsault dibuja vinos casi azules: Out of the Blue 2012 sale del fondo del sedimento marino y toca el cielo con escaleras de fruta roja. Vino rojo, casi cárdeno que sube por peldaños de fuego hacia un cielo que le sonríe, azul y lleno de luz.

25 enero, 2015

Pedra de Guix 2011: fiesta y placer

Pedra de Guix 2011
Mañana es el cumpleaños de mi madre. Mujer imprevisible donde las haya, abierta y directa, sólo me pidió una cosa: que propusiera vinos que sirvieran para todo...para entrantes con pescado, para platos principales con pescado y carne, para un postre con chocolate (su pastel): la única precisión que tenía. Le gusta de veras cocinar y mucho de lo que sé lo he aprendido en años de ver y de comer con ella, con su madre y con mi abuela paterna. Pero hoy, que ha sido cuando nos hemos encontrado para celebrarlo, hoy...lo único que le apetecía era estar con y para nosotros. Y pensó que cocinar se lo impediría. Para gran sorpresa nuestra, se ha descolgado con los cocineros "pret-à-tout" de Pamboli, Jordi Llobet y Sergi Costa. Reputados profesionales que ejercen su arte de los fogones en Mont Sant Benet y en la Fundació Alícia, reparten también horas y talento en cocinas particulares. Juro (y no lo hago nunca) que ha sido un espectáculo emocionante ver, cómo con la complicidad de mi madre y de Joan, su esposo, preparaban, cocinaban, remataban emplataban, servían explicaban, recogían...Una gozada de alto nivel que nos ha dejado a todos con la sonrisa en los labios, el estómago reconfortado y la sensación de haber vivido una experiencia única.

Por el hecho de ser un cumpleaños que mi madre quería celebrar de manera especial y porque ha sido la primera vez en que he podido ver cómo unos grandes profesionales trabajaban con la sonrisa en la boca en cocinas que de profesionales no tienen nada...Experiencia única. Habrá sido casualidad, pero Baco estuvo hoy conmigo...y sin saber en absoluto de qué iba el menú, los platos y los vinos han ido desfilando con una sintonía notable de aromas y sabores. De todo lo comido y bebido, a pesar de los pesares, una combinación ha destacado para mi gusto por encima de las demás. Una crema de boletus suave y delicada, con tropezones de gamba de cuerpo entero, jamón ibérico crujiente y setas shimeji ha triunfado con una de las 300 botellas magnum de Pedra de Guix 2011 de Terroir al Límit (DOQ Priorat). Me gusta beber vino de los amigos en las ocasiones importantes... Y este es, para mí (en 2011), uno de los grandes blancos de la DOQ: 1/3 de Pedro Ximénez de El Lloar, 1/3 de garnacha blanca de Poboleda y 1/3 de macabeo de Torroja, con uvas sin despalillar y muy suavemente pisadas, que serán prensadas (vertical, de madera) con rapidez y sutileza para terminar su fermentación y su educación (durante casi 24 meses) en fudres. 13% de alcohol. Me gusta beberlo fresco, no frío: esencia del mejor Priorat. Romero, hinojo silvestre, miel, aceitunas arbequinas, almazara, sol y sal. Acidez y cuerpo. Agilidad y presencia. Con los minutos, auténtico buqué garni y, por encima de todo, laurel y hierbabuena.

Sutil mineralidad que ha acompañado de maravilla el bocado de shimeji; discreta salinidad que ha sintonizado con el cuerpo prieto de la gamba; aromas de sotobosque que han hecho su buen guiño al boletus. Y la amabilidad de la crema que ha hecho intuir un suave atardecer en el Priorat de octubre, con el recuerdo del sol sobre la piel sedosa del membrillo. Qué fiesta la de la buena compañía (presentes y ausentes), qué placer el de la buena gastronomía. Qué mujer y qué ideas, las de mi madre: per molts anys poguem celebrar el teu aniversari!
Crema de ceps

02 noviembre, 2014

Terroir al Límit Les Manyes 2011

Les Manyes 2011
Qué mas da la DO o la DOQ: garnachas de altura en los viñedos sobre Escaladei, en las estribaciones ya occidentales de la Serra Major, entre 700 y 800 msnm. Suelos de arcilla roja y cantos rodados, suelos muy viejos del Montsant, los que proceden de lo más profundo del mar. Altura, frescura, temperatura, raíces. No todas las grandes garnachas tienen por qué dar cosas hermosas en las mismas condiciones, cierto, pero éstas de la parte alta de Escaladei tienen algo especial...Masdeu, L'Espectacle, Les Manyes... Como explicaba en las Horas de la Primavera Sara Pérez, la garnacha de esta zona (y, por supuesto, algunas otras como su Escurçons), tienen una "naturaleza expansiva, amable, llena de matices, aérea y poderosa". Les Manyes 2011 es un vino que empieza así: con fruta, mucha fruta, expansiva, aérea, parece que un globo de esa fruta roja y oscura esté elevándose por momentos ante tu paladar. Amplitud y seriedad en boca. Tanino jugoso y rústico a la vez, algo cuadrado. Sin florituras y con empaque. Mirto. Humedad al amanecer en la altura del Priorat. Frescura sin límites.

Al mismo tiempo, profundidad de sabores. Pastel de cerezas. Compota de ciruelas. Pimienta roja. Buqué garni: laurel y tomillo sobre todo. Con las horas, orégano: el monte bajo cercano a los viñedos se hace presente en la copa. Se me antoja un buen fricandó de llata de ternera con llenegas negras. La melosidad de la seta, la delicadeza de la carne, la fruta y la frescura de Les Manyes…Es un vino más ancho que afilado, más amplio que recto, invade con suavidad el paladar en toda su amplitud. Arcilla fresca antes de empezar a amasarla con tus manos de niño. Tinta china azul. Brezo. Con las horas, el tanino se vuelve más oscuro, más serio y rústico. Con los días (sí, lo confieso...a pesar de todo, quise conservar la botella un par de días), el vino se alarga, gana en esbeltez y ligereza, aunque mantiene su seriedad y empaque. Este es un vino para grandes platos de caza: sangre y menudillos, bosque y frío. Invierno y aves de paso. Un arroz de becada me viene de nuevo a la cabeza. O una liebre cómo sea. Este vino me recuerda el placer, antiguo, del trago largo y fresco del Priorat que salía de los pellejos de cuero que llevábamos en las excursiones. Esfuerzo. Trabajo. Placer de otros tiempos. Vino de siempre. Mediterráneo en estado puro… Felicidad del banquete homérico tras la larga y dura travesía.

Mares y océanos de dos continentes, en apariencia ajenos y lejanos, se reúnen en este vino. Bajo la majestad del Montsant y con la serenidad del monte Fuji. La intensidad, la belleza, la frescura escondida de las calas bajo los pinos del Mediterráneo que, por azares de la historia no escrita, se han convertido en monte alto, se reúnen con la fragancia, serenidad y, también, belleza e intensidad del jardín de cerezos en flor. Así veo y bebo Les Manyes 2011 ahora mismo. Así lo siento.