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05 abril, 2009

Semana Santa: mis "pasos"

Es duro, para quien ama Andalucía, su cielo, su luz, sus gentes, sus vinos y sus comidas, pasar la Semana Santa a más de 1000 km...es duro pero conviene aceptar lo que el destino te va ofreciendo, adaptarte y, en la medida de las habilidades de cada cual, escabullirte. Eso voy a hacer yo estos días, gracias a la generosidad de los hermanos Aragón (Bodega Sanatorio, en Chiclana de la Frontera). Justo hace un año nos iba comentando Chano sus vinos, en muestras que, después, generoso, me mandaría a casa. Han dormido el sueño de los justos durante un año entero y ahora las voy a sacar a pasear. Los vinos de los Aragón, de la Bodega Sanatorio, van a ser nuestra "medicina" para superar la nostalgia del alejamiento, se van a convertir (con el debido respeto), en mis "pasos" de esta semana santa que tendrá que ser barcelonesa a la fuerza, aunque en alma siga siendo andaluza: si la penicilina cura las enfermedades, el jerez resucita a los muertos (A. Fleming, citado en la web del Consejo Regulador de Jerez). Así pues, en este Domingo de Ramos algo disgustado en la ciudad (nubes bajas no permiten que el sol brille rotundo), he abierto una botella de amontillado de los hermanos Aragón. Ellos lo comercializan con el nombre de El Neto, aunque mi copa procede de una muestra de Chano, de una botella sin etiqueta comercial. El origen es el mismo, por supuesto.

Los vinos de Chiclana de la Frontera no pertenecen a la zona de crianza y expedición de los vinos de Jerez (reservada para quienes tienen bodega en los municipios de Jerez de la Frontera, Sanlúcar de Barrameda y el Puerto de Santa María), pero sí a la de producción del Marco. Sus uvas base son las mismas, su sistema de crianza y envejecimiento, también (anque en lo que conozco, con menos criaderas), pero la orientación hacia el mar, la recepción de la brisa y la composición del suelo y la vegetación colindante, dan resultados propios. Sé que me estoy metiendo en camisa de once varas, pero cualquier persona entrenada en los vinos de los distintos municipios del Marco sabe qué diferencias hay entre un fino, una manzanilla y un fino chiclanero. Y de aquí, para arriba, claro. Pero haberlas, haylas.

Así pues, me dispongo a preparar estos días, hoy, Domingo de ramos, con un buen tiento del amontillado de Bodega Sanatotorio. Y en los días que toque, saldrán a hacer su paseo un oloroso viejísimo (Viernes Santo), un palo cortado (Sábado de Gloria) y un moscatel viejísimo (Domingo de Resurrección). Lo de las pijotas, acedías y ortiguillas sí que no sé cómo lo voy a resolver, pero por ahora, ahí va este amontillado, de solera de edad indeterminada, pero de muchos años también: color de la miel de castaño, con trasunto yodado y algún reflejo verdoso. Transparencia, trasluz, aroma de la salina bajo el sol. Almendra salada. Brisa y algo de frescor. Cola de carpintero y madera vieja. Acero y punzón, en nariz y en boca. Plenitud, gran largueza en boca. Flor poderosa en el posgusto. Con tiempo en copa y más temperatura se vuelve más amable, casi dulce, pierde acero para mudar al dulce de leche y al toffee. Si estuviera en Jerusalén, me echaba a la calle, vamos.

11 abril, 2008

IEC # 9: armonías



Olaf ha tenido la buena idea, en su convocatoria de IEC #9 Maridajes, de provocar la imaginación de los participantes a la búsqueda de nuevas proporciones, maridajes, armonías. De todas las posibles definiciones del concepto, yo me quedo con la palabra griega y con ésta: "3. f. Conveniente proporción y correspondencia de unas cosas con otras." Tentado estuve de proponer una proporción que me ronda en la cabeza entre las formas de una escultura y las de un vino, pero se cruzó en mi camino una armonía inesperada y no tuve dudas. Para IEC # 9 ésta era la que me apetecía proponer. La otra, que espere su turno.

La que hoy propongo no es mérito mío y los parroquianos en Chiclana de Bodega Sanatorio (Manuel Aragón, S.L.) sabrán bien de qué les hablo. Para mí fue novedad absoluta y me llegó al corazón del paladar en pocos segundos. La propusieron, aún sin saberlo, Diego y Chano Aragón en la cata que hicimos en su bodega y es una de las habituales, junto con otras chazinas, buenas aceitunas y almendras, en su repertorio: ellos sacan, para acompañar a su fino Granero las mejores morcilla y butifarra chiclaneras (foto superior). Para quien no esté avezado al tema, hay que decir que, de siempre, Chiclana ha sido famosa por sus derivados del cerdo, por sus carnes y por sus verduras (ahí está la extraordinaria Berza de Resurección como muestra) y yo, que del cerdo bebo hasta sus andares y no había probado jamás estos embutidos, me quedé literalmente encantado.


Las mejores carnes, sus grasas, sus especias, embutidas y cocidas en tripa limpia, con o sin sangre, curadas y cortadas a rodajas sin freir, dan como resultado un embutido finísimo, delicado, en que sobresale la limpieza del sabor de la carne y la delicadeza y casi dulzor del combinado de especias que acompaña, con el comino y la sutil pimienta de aliados. Tuve la ventaja de que la variedad de vinos de crianza biológica y oxidativa de los Aragón seguía en la mesa mientras íbamos tomando el embutido. Y amigos, con el fino y el fino amontillado la cosa estaba rica, sin duda, pero cuando uní, en casi áurea proporción en mi paladar, la butifarra de Chiclana con el oloroso de la muestra del tonel (que comercializan con el nombre de Oloroso Tío Alejandro), la armonía echó casi chispas: la ligera untuosidad de este oloroso, el buen pero no excesivo grosor en boca, iban acompañados de un carácter ligeramente abocado que se complementaba a la perfección con la finura y dulzor de la butifarra. Dos dulzores que corrían casi en paralelo pero acababan cruzándose en un instante mágico en que uno, el del oloroso, potenciaba y realzaba en boca al otro, el del embutido. Dos finuras, además, la de la palomino tratada con mimo en soleras de muchos años, y la de la carne del cerdo chiclanero, que armonizaban a la perfección y se ofrecían, la una a la otra, nuevas, desconocidas (¡para mí!) y muy convenientes proporciones. ¿Chiclana pura en vías de extinción? Chiclana pura que hay que reencontrar, preservar, reconocer y potenciar.

04 abril, 2008

Camarón en la Venta de Vargas



La Venta de Vargas (en la plaza de Juan Vargas, s/n, telf. 956881622) es uno de los restaurantes más tradicionales de San Fernando. Trabajan sólo productos de la tierra, de Chiclana, de Estero, de Sanlúcar, de La Isla, de Cádiz...El lugar es conocido por el disco de Camarón, por supuesto, pero a mí me gustaría destacar que se trabaja allí desde 1924 y que merece la pena echar un ratillo, bien en la barra, bien en las mesas, para disfrutar lo que me parecieron a mí sus dos productos estrella: las tortillitas de camarones y el tocino de cielo. Había berza también, pero quedó ya para otra ocasión. Sobre las primeras, y habiendo dejado ya atrás la harina de garbanzo, destacaría su textura sabrosa y el buen camarón de la Isla que llevan, aunque quizás les sobre un poco de aceite. Del segundo, que es el postre estrella de mi cuerpo, nada puedo decir: mirad la fotografía, que habla por sí sola. El mejor tocino de cielo que he probado jamás en Andalucía. Y habré comido...



02 abril, 2008

La Bota de Amontillado


El Equipo Navazos sigue dando grandes alegrías a los buenos aficionados. Recorren aquello que les es más natural, familiar y conocido, prueban, reprueban, seleccionan y embotellan con la complicidad de las bodegas elegidas y acaban sacando al mercado ediciones limitadísimas de auténticas maravillas.
En esta ocasión, y a la vuelta del viaje al Marco de Jerez, una de mis botellas de la serie La Bota de..., la n.9, me estaba llamando a gritos. Había probado amontillados muy interesantes, pero de perfiles bien distintos (Coliseo, por una parte, de Valdespino, en Jerez, pero sanluqueño; El Neto, por la otra, de Bodega Sanatorio, chiclanero: ambos de muestras de bota), y me había desayunado con la trágica muerte de una joven cocinera, Judith Oliveras. Tocaba rehacer mi mapa emocional y mi pacto con el destino y nada mejor para ello que una comida sencilla pero con ingredientes de primera clase. Este amontillado (en este caso, manzanilla que ha abandonado ya la frontera de la crianza biológica para adentrarse en las profundidades de la oxidativa) ha sido seleccionado por Navazos en la bodega de crianza de Sánchez Ayala y embotellado en octubre de 2007 (¡1400 botellas!). La bodega se encuentra en el barrio de La Balsa de Sanlúcar, zona ganada al río en su tramo final en terrenos de cultivo trabajados durante años para aprovechar la humedad del subsuelo del estuario (terreno de navazos). Con 20ºC y una solera de muchos años, conviene abrir la botella unas horas antes de la primera copa, si es posible conviene no terminar la botella y dejar que se vaya expandiendo a lo largo de unas semanas en la fresquera. Se puede empezar a tomar sobre los 13-14ºC pero es recomendable dejar que suba de temperatura en copa, para ir notando su evolución. Como suelo hacer sólo con los vinos excepcionales, transcribo directamente mis notas, sin más:

"Capa baja, filtra la luz dándole una tonalidad verde ambarina, caoba joven poco tostada. Leve acetaldehído en nariz, cumpliéndose lo anunciado: abro la botella dos horas antes de la degustación primera (la botella evolucionará, lo sé) y el comedor se impregna de aroma de bodega sanluqueña. Muy poderoso y penetrante en nariz. Salino pero templado al mismo tiempo, calor de poniente. Almendras saladas, un mínimo toque amielado, avellanas ligeramente tostadas. Untuoso en copa y en boca pero, al mismo tiempo, de leve perfil acerado, fino. Envuelve, se alarga tras el primer trago: el mar, la oscuridad de la bodega, la aceituna, la madera vieja en el aire de la bodega, se apoderan por larguísimos minutos de tu boca. Con un poco de temperatura, dirías que asoman cáscaras de naranja amarga." Hasta aquí mis notas. Es un vino enorme, que hay que probar alguna vez, que hay que disfrutar bien solo, bien con un pescado de raza y carnes prietas, sabroso pero que no quite protagonismo al vino (¡cosa difícil, por otra parte!). En mi caso, fue el bejel ("lluerna" en catalán, Trigla Lucerna) que mira curioso a vuestra derecha. Una pieza enorme con la que hicimos (espinas y cabeza) un sabroso caldo de pescado (fumet), estilo Carme Ruscalleda, que acabó en sopa de pescado con fideos y arroz. Y el bejel, de la forma más simple posible: horno a 200ºC, sal, un mínimo de pimienta, aceite, laurel, un chorretón de limón y a la mesa. Resultado espectacular: qué grandes son estos Navazos y cuánto saben. No os privéis de probar este vino, por favor: en Coalla Gourmet lo ofrecen por 31,90 euros. Es una inversión que beneficiará a vuestro cuerpo y alegrará vuestro espíritu a lo largo de intensos y largos momentos.

Interior de la Bodega Sánchez Ayala por Polakia.

Postscriptum. Tras esta primera nota, la botella sigue por supuesto bien viva y evolucionando su contenido, precioso y bien protegido. El vino se está volviendo más redondo, se abre más y su paso es cada vez más amable y, casi, de guante de terciopelo. Van ganando, aunque poco, peso los matices cítricos y los frutos secos (algo de almendra amarga, quizás) y se va atemperando su salinidad.

28 marzo, 2008

En Medina Sidonia, el convento "de arriba"


Foto del campo desde Medina Sidonia By Photoblues

Medina Sidonia era una de mis asignaturas pendientes en Cádiz. Nos acercamos a ella un soleado día de marzo, transparente, frío, brillante (casi como el de la foto), trepamos por sus cuestas, nos maravillamos con su alcazar, con los restos del castillo en lo alto del monte, con sus extraordinarias vistas a los cuatro vientos, con su universo de pájaros. Gozamos de su mercado de abastos, de su ayuntamiento, de sus iglesias y calles enrejadas y casi sin buscarlo, topamos de golpe, casi en lo más alto, con un convento...


"En Cuaresma y Semana Santa, sólo se atiende el torno", rezaba un letrero. Avisados como estábamos de la riqueza de la pastelería de Medina Sidonia y aún sin haber identificado el sitio al que entrábamos, nos dirigimos rápidamente al torno. Allí esperaba una persona que trabaja para el convento y le preguntamos. "Nunca se sabe...si han hecho dulces, se los venderán...", contestó a nuestra pregunta. Sonó la campana y tras interminables minutos de espera (ya se sabe: el tiempo en clausura no es el mismo que fuera de ella), se oyó una dulce voz, "¿Tienen algo de dulces, hermana?", le pregunté. Y por respuesta, la callada, unos segundos más, tras los cuales gira el torno y reaparece su interior abarrotado de dulces presentes. La hermana informa "son tortas pardas y rosquillas". Pienso "si pudiera, la besaba". Nos lo quedamos todo, dejamos un buen donativo para que las hermanas sigan rezando y trabajando para todos nosotros, y marchamos la mar de satisfechos con nuestro "botín".


En el convento de Jesús, María y José, el convento de "arriba" de Medina Sidonia (calle de la Misericordia), de las Agustinas Recoletas, se vive y reza en clausura desde 1687 y desde que el dulce es dulce en la capital del ducado, dos son los manjares que destacan y brillan más que el sol: el alfajor y la torta parda. Ésta, de la que nos llevamos una buena provisión, da fama al convento y a la ciudad. Hecha con pasta de almendras, se rellena con cabello de ángel y la masa se recubre de nuevo con almendra y azúcar. El cabello endulza y suaviza, engalana la almendra, y para un goloso como yo, el resultado es de fiesta mayor. De vuelta a casa, y tomada la pasta con una buena copa de Ariyanas, el placer está garantizado. Ya sabéis, si pasáis por Medina Sidonia, para arriba y sin pereza...


Foto de "Ventana asidonense" By Miguel Roa

26 marzo, 2008

Bodega Sanatorio en Chiclana


Chiclana de la Frontera es conocida en los últimos años por el turismo de playa; por sus mastodónticos hoteles convertidos en metáfora de la anticiudad; por los rebaños de turistas hiperbóreos, sanísimos, haciendo deporte desmedido; por los campos de golf antinaturales, que han convertido marismas y caños en real anécdota, y etc. Yo no voy a criticar eso porque da de comer a mucha gente, pero sí voy a decir que ese tipo de crecimiento ha sido desmedido en Cádiz (¡y en tantos lugares de las costas españolas!), descontrolado y se ha comido, en el camino, a otra Chiclana que existía y era conocida y apreciada por muchísima gente, en la zona y fuera de ella.

La superfície de viñedo plantada y el vino que en sus bodegas se hacía son una buena muestra de cuanto digo. Hace más de veinte años que se vienen arrancando cepas en Chiclana y de más de 50 bodegas existentes quedan, ahora mismo, menos de diez. Jesús Barquín me lo había aconsejado y gracias a la intermediación de Eduardo Ojeda (¡Navazos, vaya, ¡menudo lujo!) se pudo hacer realidad la visita. "En Chiclana, tengo pendiente de hace tiempo, Sanatorio", me dijo Jesús. Ése era un buen consejo, no lo dudé, concertamos la cita y para allá que nos fuimos. Bodegas Sanatorio tiene una historia que arranca de finales del siglo XVIII y debe su "malnombre" (de hecho, la razón comercial es Manuel Aragón, S.L., y sus propietarios son Diego y Chano Aragón) al hecho de que sus antiguas instalaciones, ventana frente a ventana, estaban junto al sanatorio de Chiclana. Lo tenían claro los enfermos, y nosotros con ellos: vino es salud, tomado con tino. Diego, a punto ya de jubilarse, y Chano, al mando de las operaciones enológicas de la bodega, nos recibieron con gran cortesía y hospitalidad y lo que yo pensaba que sería una visita de cumplido, se convirtió en más de tres horas de apasionante charla sobre toda la gama de vinos de la bodega, sobre sus matices y sabores, con una cata sistemáticamente preparada y explicada por Chano y secundada por Diego con mil anécdotas e historias interesantes.

Sanatorio posee los viñedos, por ejemplo, de sauvignon blanc más meridionales de Europa. Y hace también un tinto con muy poca madera (apenas cuatro meses) y unos aromas bien interesantes. Y tiene una gama completísima nacida, cómo no, de la tradición de la palomino, que incluye el antaño bien conocido fino chiclanero (nada que ver con lo que se puede hoy beber en la mayor parte de locales de la zona), un fino amontillado, un amontillado, un palo cortado, un oloroso y varios moscateles, además de novedades como un sauvignon blanc de vendimia tardía y uva botritizada. Probamos muchísimas muestras directas de tonel y descubrí no pocas cosas interesantes (entre ellas una combinación que saldrá a escena el 11 de abril, con IEC #9), pero Chano casi me pidió que no detallara descripciones de sus vinos hasta que no recibiera algunas muestras para catar con más calma en casa. Así lo haré, por supuesto, pero no quiero dejar de destacar, por lo menos, el fino que probé (creció en copa durante 3/4 de hora), el amontillado y, sobre todo, un oloroso delicadamente abocado y un moscatel viejísimo, muy atractivo, mucho. Me despedí con un sabor agridulce: dulce porque es siempre bonito y agradable descubrir nuevas (¡para mí!) bodegas que trabajan con enorme dedicación, con gran amor hacia su tierra y tradiciones, abiertas también a la innovación y con resultados de los que poder hablar con orgullo. Agrio porque cuando les pregunté sobre el futuro de la casa y su continuidad en generaciones venideras (¡qué tema tremendo, el del relevo generacional, en la zona!), ambos torcieron el gesto y comentaron el poco futuro que sus descendientes veían en la bodega. Ojalá me equivoque y sigamos gozando de este referente chiclanero por muchos años.

La foto de la playa de Chiclana By MeLicA.

24 marzo, 2008

De toneles y pijotas


Más de uno se preguntará a qué cuento viene el título de la entrada de hoy, que si juego de palabras, que si acertijo...Ni lo uno ni lo otro: se trata de la mejor forma que se me ha ocurrido de resumir lo que fue, en los días últimos pasados en Chiclana, una de las jornadas más memorables. Que el Grupo Estévez, tras la compra del Real Tesoro y el traslado (cinco delicados y duros años) a las nuevas instalaciones, se ha convertido en una de las más importantes referencias mundiales para el Marco de Jerez, nadie lo duda. Que Eduardo Ojeda (en la foto, oficiando ante uno de sus mayores tesoros), su enólogo, es el corazón entusiasta y palpitante de sus vinos, es decir, de su alma, puede que no todos lo sepan. Eduardo tuvo la generosidad y amabilidad de recibirnos, de pasearnos por la bodega y, sobre todo, de mostrarnos, de "venenciarnos", de maravillarnos, con el estado actual de sus vinos: descubrimos de nuevo los secretos de Macharnudo Alto, nos paseamos por Inocentes y por Tio Diegos, nos detuvimos en Niños, nos acomplejamos ante la maravilla de Coliseos y nos perdimos directamente ante Toneles. El momento fue especial, buscado como culminación de una sesión imposible de resumir aquí en notas (quien conozca los vinos y el lugar y el personaje, sabe ya de qué hablo), único. Si Toneles, bebido de la botella, es ya una experiencia importante, tomado directamente de la bota se convierte en algo casi místico: a ese color cercano a la pez con puntas yodadas, que tiñe la copa de noche cuando rompe en madrugada, se le unen aromas de chocolate amargo con dejes de vainilla,

de cafés torrefactos, de sabroso tabaco maduro y de compota de frutos negros. El tonel superó mi recuerdo de la botella, quizás porque esperaba algo todavía más concentrado. En el mes de marzo de 2008, el trago salió más fresco y vital que nunca, más cítrico y anaranjado, casi como si ese moscatel que fue, esa rosa, ese azahar se hubieran apoderado para siempre de la solera casi centenaria. La cosa, por increíble que os parezca, no terminó aquí, no. Siguió en Sanlúcar, donde pudimos probar varias manzanillas y hacernos una idea bien exacta de qué va a representar el número 10 de la serie, ya mítica, de La bota de... Una bomba, no os digo más. Y para rematar el asunto y justificar de paso, si hiciera falta, el título de la nota, terminamos en un local del que no me es permitido dar el nombre. Cuando comenté, en la mesa (tomando alguna foto), que escribiría una nota sobre el asunto, casi se me echan encima. Aunque sea un "secreto" conocido de entendidos, ¡¡¡hay que preservar la pureza del lugar!!! Uno se tiene que poner la mesa, uno, si quiere (¡y Eduardo quiso!: nos tomamos una manzanilla pasada, sí, sí, pasada de veras, de auténtico vértigo) se trae la bebida, uno pide sus platos (la mejor fritura del pueblo y una de las mejores de la provincia y un producto fresquísimo y muy sabroso) y quien rige los destinos del local (una persona tras la barra, otra en la cocina) solicita el nombre de un intermediario. Quien se ofrece es voceado sistemáticamente para que recoja las cosas que van saliendo: "ÁAAALVAROOOOOO, LAS PIJOOOOOOOTAAAAAASSSSS"!!!!!!!!! Y se entera todo el mundo, claro, y tras las pijotas, las acedías y los chocos y la ensalada con melva...Un extraordinario ejemplo de que para ofrecer honestidad y calidad, no hacen falta grandes precios ni alharacas. Y ese pescado, con la manzanilla...no se me ocurre combinación mejor. Basta la voluntad, la discreción y el compromiso con la calidad. Ya sabéis ahora de dónde viene el título de la nota. Gracias, Eduardo, por la jornada: va por ti la crónica y que por muchos años sigas ahí, haciendo tan bien las cosas y contándolas con tanto amor y pasión. No explicaremos el secreto de tu proverbial salud y buen humor, ¿verdad?

21 marzo, 2008

Pasos y armonías


Pienso que no hace falta creer en dioses o en religiones para emocionarse ante un paso en la semana santa andaluza. No voy a concretar, aunque en esta ocasión el "pretexto" sea la visión de una Virgen Dolorosa en San Fernando (Cádiz), antes de su salida. Emociona, intimida a ratos, sorprende siempre, la intensidad con que el pueblo andaluz vive el eterno viaje de Cristo de la Cruz a la Resurección, del infierno a la vera del Padre. Mucho respeto me produce, además, y variados motivos de reflexión. Uno de ellos, no podía ser de otra forma en este cuaderno, es el de la armonía. Armonía la que se da entre la pasión de la imaginería andaluza y el fervor del pueblo que atiende a los pasos, que cumple con sus penitencias, que le canta al Cristo crucificado o que acude, en espeso silencio, a la procesión de imágenes y cofrades. Armonía la que me propuse resolver, también, entre la contemplación de estas imágenes nacidas de la devoción popular y la pasión que siento por los vinos andaluces, sobre todo los que son, por tantas cosas, únicos. Los de crianza biológica y oxidativa. Alder Jarrow planteaba no hace mucho variadas armonías: ¿con qué música tomarías tal vino? ¿Con qué vino contemplarías ese paisaje? le comentaba yo. ¿O con qué complemento ideal disfrutarías de esta pintura o de aquella lectura?


Dicho de otra forma, ¿con que vino digeriría yo las emociones vividas ante la visión de un paso como éste? Muchas vueltas le he dado y mucho ha pesado en mí, en positivo por supuesto, la muy reciente visita a Valdespino (en Jerez, de la mano de Eduardo Ojeda, de la que escribiré pronto). Mi respuesta es: una botella de Amontillado Coliseo. Por supuesto, tratándose de la COLECCIÓN, con mayúsculas, de Valdespino, se trata de un vino único. Nacido de soleras centenarias, este vino generoso de 22ºC catado a pie de tonel, ofrece sensaciones tan únicas como las de Dolorosa: un color ambar subido, casi de caoba recién bruñida, pero con matices de yodo y ese reflejo mínimo de verdor que presentan todos los vinos de palomino que han envejecido muchos años en bodega y que están en una fase evolutiva importante. Aromas de barniz de inmediato, de cola de carpintero y de pegamento, aires de lentitud y de parsimonia en copa, de meditación, se alteran ante la finura del cítrico, ante el recuerdo de las nueces y ante un fondo de licor de abadía. De pronto, la saeta rompe el silencio del paso, en la bodega: una entrada en boca poderosa, casi afilada, con poder, con alcohol asombra por su carácter amable, por su persistencia, por su final interminable. Llega, lo ves, te emociona su andar vivo, pero al mismo tiempo de cadencia amable y lenta, y no quieres que se marche. El amontillado Coliseo es, sin duda, un vino para la meditación y para saborear, de puertas para adentro, las emociones vividas en el exterior.

16 marzo, 2008

Cádiz



Días de descanso entre el Marco de Jerez y la Bahía de Cádiz. Tierra de privilegio, tierra de ensueño para quien ama el buen comer y el mejor beber. Momento llegará para comentar alguna de las cosas que hayamos podido hacer. Hoy quiero concentrarme en la ciudad de Cádiz. Tarde de vigilia, tarde de preparativos para las primeras procesiones de Domingo de Ramos. Tarde de agradable temperatura, de cálida luz y de cielo deslumbrante. Cádiz me atrae por variedad de cosas, pero las que más son tres y dos de ellas las recoge esta sobrecogedora fotografía de bitacora1967: la calidez de su luz y de su cielo en los tránsitos de estación (de invierno a primavera y de otoño a invierno) es una de ellas. Su catedral, trasunto hispano que transita de Bramante a Borromini, es la segunda. Parece levitar cuando la baña la luz de poniente: hoy hemos entrado en ella a las cinco de la tarde y la calidez que filtraban los rosetones, la atmósfera que creaba, nos ha conmocionado por su belleza. La tercera son sus plazas. Cádiz vibra en sus plazas, la vida surge de las callejuelas del casco histórico y explota en ellas, con la misma alegría que las burbujas desbordan la copa: la plaza de las Flores, la de la Candelaria, la de San Francisco, la de San Antonio, la de la Catedral, y mi preferida, la del Mentidero (uno que es frívolo "colecciona" "plazas" triangulares que ha ido conociendo con los años...). Cádiz revienta bajos los naranjos en flor y los mirlos en cortejo. Cádiz: hay que vivirla. No os la perdáis.