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22 abril, 2014

Para Sant Jordi 2014: el suplemento


El 14 de junio de 2013 entregué a la editorial mi libro sobre vinos naturales en España. Sus páginas contenían la descripción de una utopía, es decir, un " 1. f. plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación." En realidad, no era un libro sobre vinos, sino de viajes, y una autobiografía, que mezclaba lecturas con experiencias, viajes con vinos vividos, bebidos y charlados, comprensiones y voluntades para describir un plan optimista y, por supuesto, utópico: en un mundo ideal, el vino que me gustaría hacer era el que describía en la primera parte del libro. Y en el mundo real de la España vitivinícola que he vivido desde 2006 hasta 2013, algunas de las personas, paisajes, viñedos, cepas y bodegas que hacían vinos que se acercaban a esa utopía, eran descritos en la segunda parte del libro.

La tesis era clara y en los últimos días ha sido rabiosamente actualizada por la muerte de García Márquez: José Lezama Lima, "la naturaleza termina engullendo el paisaje formado por Macondo y la casa. En algún momento se rompió el diálogo del hombre con la naturaleza y la estirpe fue condenada a la soledad". En algún momento entre el final de la Guerra Civil y algún Plan de Desarrollo, se rompió en buena parte de España el diálogo entre el hombre y sus paisajes con viñedo. Antonio Saborido lo definió mejor que nadie: "los agros perdidos". Cepas abandonadas o cultivo subordinado a la producción y a la tutela de la industria química y a la maquinaria que permitía pasar menos horas en el campo, abandono de las variedades propias de cada lugar. Pérdida, pues, de parte importante de una cultura vitivinícola centenaria.

El libro quería explicar las historias de algunas de las personas que se resisten (da igual la edad que tengan, cuál sea su condición, el lugar de España en el que hagan su vino, las uvas con las que lo elaboren...) al avance de la monotonía industrial, perseverando en su polisemia artesanal: como decía, Jules Chauvet, el vino, cuanto menos lo toques, mejor. Y en el campo, cuantas menos cosas tengas que hacer, mejor también. No hay añada que se parezca a otra, no hay dos tierras plantadas con un mismo clon que den la misma uva, no hay dos personas que se planteen hacer el vino exactamente de la misma forma. Beberse un paisaje con la menor intervención posible. Eso quería explicar a través de algunas de las personas que lo hacen hoy posible.

Pero han pasado los meses...Han llegado caras nuevas, nuevos viajes, experiencias, nuevos vinos vividos y bebidos. También quedaron personas y bodegas con los que no pude concertar una cita: vinos que ya me gustaban  y llamaban la atención antes de entregar el libro pero sobre los que no pude escribir porque no había pisado sus viñedos. Con todos estos momentos, que no pudieron entrar en el libro, he garabateado una libreta. Creo que no voy a escribir otro libro y me parece bonito (sean las bodegas más o menos conocidas: de todo habrá para quien decida pasar por aquí y leer) que en el primer Sant Jordi que el mío va a vivir en la tranquilidad y sin presentaciones, con los amigos que decidieron tenerlo en sus casas, comparta las notas de esa libreta. Aquí van, pues, las personas, bodegas y vinos, que formarían parte de un primer suplemento del libro, con una mínima opinión sobre cada uno de ellos. Como en el libro, se trata de una selección.

Aquellas bodegas que podían haber salido en el libro porque las conocía antes del 14 de junio de 2013, he bebido y disfrutado sus vinos pero no pude visitar por mil razones distintas: Bodegas Dagón, de Miguel Márquez Sahuquillo: él es como su uva, bobal. Bodegas Naranjuez, de Antonio Vílchez: hombre libre con enorme talento. Comando G, de Fernando García, Daniel G. Jiménez-Landi y Marc Isart. Bodega Marañones, de Fernando García y J. Fernando Cornejo: los corazones de la garnacha de Gredos. Bodega y Viñedos Mengoba, de Gregory Pérez: alma borgoñona para la godello. Descendientes de J. Palacios, de Álvaro Palacios y Ricardo P. Palacios: la mencía puede ser, también, suprema y austera delicadeza. Bodega Dominio del Urogallo, de Nicolás Marco: orgullo de terruño y de variedades autóctonas. Azul y Garanza Bodegas, de María y Fernando Barrena y Dani Sánchez Noguè: dominio del desierto, donde también hay frescura. Loxarel Vitivinicultors, de Josep Mitjans: pureza y sabiduría. Casa Pardet, de Josep Torres: el sabor de la tierra. Celler Laureano Serres Montagut, de Laureano Serres: torrente indomable. Bodegas y Viñedos Alfredo Maestro, de Alfredo Maestro: otro torrente indomable. Marenas. Viñedo y Bodega, de José Miguel Márquez: la reflexión y la fidelidad, la perseverancia y la pausa, sabiduría antigua. Ton Rimbau, de Ton Rimbau: la visión y la autenticidad.

Aquellas bodegas que no podían haber salido en el libro porque las he conocido mejor después del 14 de junio de 2013. He bebido sus vinos y he pisado ya alguno de sus viñedos, pero no todos. No les conozco tanto...: Bodega Couto Mixto, de Francisco Pérez Diéguez: en Mandín vive un duende. Ulibarri Artzaiak, de Iker y Asier Ulibarri: la fuerza de la integridad. Mas Candí, de Ramon Galimany, Toni Carbó, Mercè Cuscó y Ramon Jané: creen y llegarán. Celler Jordi Llorens, de Jordi Llorens: su fruta lo dice todo. Clot de les Soleres, de Carles Mora: creo en ellos, sus cepas crecerán y ellos también. Celler Partida Creus, de Massimo Marchiori y Antonella Gerosa: Leonardo son dos, trabajan en el viñedo y en la cocina. Succés Vinícola, de Albert Canela y Mariona Vendrell: el trepat es poliédrico y viene más. Celler Còsmic Vinyaters, de Salvador Batlle: todo. Sedella Vinos, de Lauren Rosillo: otra Axarquía es posible. Almaroja, de Charlotte Allen: Puck en Fermoselle. Sexto Elemento, de Rafa López: esto de Venta del Moro es para estudiarlo con calma. Finca Llano Rubio, Viña Enebro, de Juan Pascual López Céspedes: piedras y cascajo, torrente y cordialidad, tranquilidad.

Adega José Aristegui, de José Luis Aristegui: yo siempre hago caso de Marc Lecha. Quinta Milú, de Germán R. Blanco: qué gozada de fruta y de hombre. Sicus Terrers mediterranis, de Eduard Pié: a la pureza por la reflexión. Celler Vinya Oculta, de Amós Bañeres: sorpresa y encanto. Alemany i Corrió, de Irene Alemany y Laurent Corrió: su camino es largo, su llegada, mágica. Lagar de Sabariz, de Pilar Higuero: poco pero intenso. Bodegas Cueva, de Mariano Taberner: a la chita callando. Celler Finca Parera, de Rubén Parera: calentando motores. Laboratorio Rupestre, de Eric Rosdahl: procede de una época en que no había separación entre continentes. The Wine Love, de Gonzalo Gonzalo y Mar Cambero: ¡qué bien suena esta Rioja! Clar de Castanyer, de Rafael Sala: discreción e intensidad. Cava Vendrell Olivella, de Joan Manel Vendrell: alegría y reencuentro. Daniel Ramos Wines, de Daniel V. Ramos: talento desbordante. Infraganti Tierra y Vino, de Pablo Parro y Ricardo López: el campanazo que está llegando.

Aquellas bodegas sobre las que, aunque no están en el libro, he escrito en el blog y podrían salir en cualquier sitio...Por supuesto, he bebido y disfrutado sus vinos no pocas veces: Clos Mogador, de René Barbier y Isabelle Meyer: esencia, pureza, libertad, con ellos las cosas tienen un sentido. Mas Martinet Viticultors, de Josep Lluis Pérez: el Leonardo da Vinci del Priorat, su reflexión y su experiencia nos devuelven la esencia. Venus La Universal, de René Barbier y Sara Pérez: con ellos podría cerrarse el círculo en el Priorat. Quiero estar dentro cuando eso suceda. Cellers Joan d'Anguera, de Josep y Joan Anguera: valientes, sabios, raíces profundas, hay que beber su cambio. Castell d'Encús, de Raül Bobet: el que más sabe tenía que llegar a una conclusión así. Bodegas Nanclares, de Alberto Nanclares: bondad, comprensión intuitiva, identificación completa con su viñedo. Adega As Furnias, de Juan González Arjones: emoción, recuperación, alegría de la vida junto al río que fue mar.

Sobre intuiciones no puedo escribir ni recomendar. Primero hay que beber los vinos. Pero tengo anotaciones para seguir buscando. Y creo que se confirma algo que comentaba en el libro: lo que sucede en España, como ya  pasara en Francia hace casi 40 años, no es una moda pasajera debida a la crisis económica y sistémica, sino un cambio de actitud: en estas personas, con sus viñedos y paisajes, con sus uvas y vinos, en sus bodegas, la relación entre hombre y naturaleza con cepas se ha recompuesto. Si habláramos del tanto por ciento de botellas en el mercado que esto representa, seguro que sería una cifra muy baja. Pero lo que interesa ahora es destacar la calidad y significado de lo que está sucediendo, no la cantidad. Y está sucediendo. Y está empezando a suceder bien.

¡Muchos libros y muchos vinos para todos!

La primera fotografía es de un viñedo de Barranco Oscuro, en la Contraviesa. La segunda, de Les Tosses, de Terroir al Límit, en el Priorat (de Rafel López-Monné). La tercera, del viñedo de Olivier Rivière en Navaridas, la Rioja. La cuarta, de un viñedo de Bernardo Estévez, en Arnoia. La quinta,  de Finca Sanguijuela de Federico Schatz, en Ronda y la sexta, de La Casilla de Juan Antonio Ponce, en Iniesta. Hermosos viñedos, todos ellos. Grandes vinos. Mejores personas.

19 enero, 2014

A Pita Cega 2011: cosechando sabores


Mi relación con Pilar es muy reciente (10 de enero de 2014, a las 21:19 empezó) y puedo decir que casi no nos conocemos. No he pisado sus tierras, no conozco su viñedo ni su casa. No he visto sus manos ni su sonrisa. Pero ahora ya sé, pequeños detalles que ella misma me ha contado o he leído, que lo que encuentre el día que vaya a San Amaro (Ourense) me gustará. La cosa empezó mal: una botella en una cata a ciegas (cada vez las soporto menos...) estuvo a punto de mandar al garete todo. Yo había leído cosas de A Pita Cega (quién no...aunque ahora ya creo que a Pilar no le gusta nada esta parte de su nueva vida, es así: se habla de ella y de su vino) y la botella salió mal, con una reducción importante y el vino casi roto...Por poco la borro de mi lista mental porque pensé "un blufff...". Nunca te fies de tu primera impresión, sobre todo si viene de una cata a ciegas. Nunca. Esa lección he aprendido con los años. Da a los vinos que crees (por lo que sea) que te pueden decir algo, una segunda oportunidad.

El cartero siempre llama dos veces y casi siempre tiene que ver la cosa con fermentaciones varias y levaduras, del tipo que sea...El 10 de enero a la hora apuntada, Pilar me escribe "Muchas gracias por aceptar desde las viñas de A Pita Cega (organic wine)". Hablaba de "la amistad" en feisbuc y yo, que uso poco ese programa para "charlar", me enganché...que si "me estoy bebiendo tu libro"; que si "¿has bebido A Pita Cega?"; que si "sí, pero la botella salió mal"; que si "tienes que darle otra oportunidad"; que si "la jodimos si me la mandas porque no escribo de los vinos que me mandan, a no ser que sean amigos"; que si "yo no quiero que escribas sino que le des otra oportunidad"; que si "¿cómo te llamas" (porque con tanta canela andaba yo ya mosca); que si "yo te mando la botella y si la disfrutas, bien; y si te parece muy perra, pues al estofado o con la ensalada"; que si "¿la ensalada, perra?"; que si "no...perra la botella"; que si "soy yo la que trabaja en la viña, en el gallinero y en el corral"; que si "el vino se hace solo; una enóloga hace las analíticas"; que si "yo estudié pero aprendí lo que no le haría jamás a mi tierra y lo dejé"; que si "yo aprendo poco, dejo que la viña viva como quiera y que el vino fermente cuando quiera. Los respeto: ellos saben más que yo"; que si "mi paisaje de viña es un lugar mágico"; que si "los viticultores ofrecemos nuestro vino como parte de nosotros mismos".

Y aquí paro. Lo que he transcrito entre comillas, lo reproduzco con permiso de Pilar. Cuando alguien se identifica así con un paisaje con cepas y hace vino como parte fundamental de su manera de ser ante ese paisaje, me interesa. Cuando alguien escribe (en la etiqueta del vino) que "cultivamos de forma orgánica biodinámica para lograr el equilibrio de este organismo vivo (i.e. la tierra), tratamos las cepas con infusiones de hierbas del propio terreno y de forma homeopática", me interesa. Cuando alguien considera que su masa madre (con la que hornea pan de aire desde hace muchos años), sus gallinas y sus ovejas, forman parte de su viñedo tanto como sus cepas, me interesa.  Cuando alguien escribe que "en bodega somos meros observadores de un proceso natural y dejamos que la naturaleza se exprese, no necesitamos reparar errores", me interesa. Cuando alguien afirma que "elaboramos el vino desde el viñedo y actuando con sutileza, entregamos al vino la personalidad de la tierra que lo alberga", me interesa. Cuando mis amigos de Elmundovino consideran que un vino blanco nacido de un viñedo cultivado de esta forma (¡homeopatía!) es su mejor vino blanco de España en 2013, me interesa.

Albariño, treixadura (cada vez me llama más esta uva...) y otras...13,7%. Para los detalles, vayan ustedes al blog y verán, sin más, que estamos ante una tierra feliz, que habitan personas, animales, cepas, insectos, árboles y flores que se sienten cómodos en ella. Esta tierra, estas personas, tienen que dar un vino feliz, que provoque sonrisas, que coseche y ofrezca los sabores de la tierra en forma de vino. Ni más ni menos. En copa de respeto (Borgoña) y bebido a lo largo de varios días. Escribo sin haber leído ninguna nota de cata. Esto es la descripción de varios momentos de felicidad presentidos, la crónica de una segunda oportunidad bien aprovechada: monte, musgo, cuerpo. Paseo señor por la copa. Graso en nariz y en el paladar. El prado al amanecer. Verdor y salud. Frescura con empaque. Zumbido de abejas en el campo. Polinización y alegría. Albaricoque. Pureza y profundidad. Anchura y vastedad. Nísperos maduros. Vino de matices que va contando cosas desde un carácter aparentemente sencillo. Casi goloso. Frutales y cepas. Sol de atardecer. Entre rapaces andan las bestas. Membrillo casi maduro. Merienda, pan y levadura. Cera de abeja. Hierbabuena y verbena. Ajedrea y lavanda. Hinojo salvaje y romero. Las cosas del campo. Gracias, Pilar, por esta segunda oportunidad y por la celofana violeta que cubría con delicadeza los huevos que se rompieron (no todos) junto a la botella que llegó sana. Nos veremos pronto.

25 julio, 2013

El año que viví intensamente

Devastation by Mònica Quintana
Me debía un texto de este tipo. Quizá, también, se lo debía a algún amigo que pedía con insistencia un resumen de mi viaje por la España vitivinícola que más me interesa ahora. Pero no va a ser solo eso. No puedo. Desde julio de 2012 hasta el momento en que escribo (dos días antes de Santiago de 2013), han sucedido tantas cosas y las he vivido con tal intensidad, que mi vida ha cambiado. Yo he cambiado. Puede que para bien, pero todavía no estoy seguro...Iremos viendo. De momento, prometo no citar a ningún poeta ni filósofo. Como mucho, a gente del vino que, a ratos y aunque no lo sepan, también embotellan poesía y nos hacen sentir, con un buen trago, más cercanos a Schopenhauer y a la luna. Aviso: prepárate, que hoy va para largo.

El año empezó de la peor manera posible. Con dos terribles incendios (hace pocos días se recordaba en el Ampurdán -un abrazo, Víctor- ese primer año con actos y exposiciones), que mataron a cuatro personas y pusieron en peligro los viñedos de alguno de los pueblos con mayor tradición vinícola de la zona. No se ha hablado tanto de ello, pero también en mi otra zona de privilegio en Catalunya, el Priorat, hubo algún incendio que preocupó seriamente a muchos, noroeste del Montsant. Por suerte, aquí nada pasó a mayores. Empezamos la vendimia la tercera semana de agosto y con ella, empezaba también mi pequeño sueño, una utopía que, con los meses, se ha ido convirtiendo en hermosa (muy pequeña, pero hermosa) realidad: habíamos acordado con Dominik y Brunnhilde que mi mayor ilusión tenía que encontrar un espacio para nacer. Y ese espacio era Terroir al Límit, sus uvas y su bodega. "Haz el vino que te apetezca. Sabemos que es lo que más te gustaría hacer".
Rosat 2012 
Y lo hice, vaya si lo hice. Vendimié, comí mucha uva, escogí la que me pareció mejor para el vino que tenía en la cabeza, pisé, tapé, empezó la fermentación espontánea. Prensamos a los pocos días. No filtramos, no estabilizamos, no clarificamos. El vino, ya hecho en las distintas garnachas que podían formar el "coupage" final, reposó en barricas de madera usada y en acero inoxidable. Los últimos meses (a partir del 21 de enero de 2013), ya ensamblado y oliendo y sabiendo más o menos a lo que yo quería, el vino se hizo joven en una damajuana de 100L. Era una prueba y la cosa da para lo que da. Lo embotellé, botella a botella (sí, lo confieso, calculo haberme bebido en esa operación no menos de tres o cuatro litros...¡cómo disfruté!), el 2 de abril de 2013. Y hemos bebido, con Dominik, Brunnhilde y con unos amigos, tres botellas desde entonces. El 18 de junio, el 5 y el 12 de julio. El vino, rosado del Priorat (ese era mi primer sueño), nos gusta mucho. Lo confieso: ha salido bastante cerca de lo que tenía en la cabeza. Las botellas que se vendan, lo serán en un conocido restaurante de Girona. El resto, para los amigos. Muy pocas...El año que viene, ¡más!

Mientras mi rosado para Terroir al Límit (lo escribo, lo leo y todavía no me lo creo...) iba haciéndose, yo empezaba otra aventura, en paralelo. Quería escribir un libro sobre el vino que más me gusta; sobre cómo creo yo que se puede hacer; sobre qué actitudes y maneras de estar en el viñedo y en la bodega me interesan más;  y, por supuesto, sobre algunas de las personas que hacen esos vinos en España. Tenía tiempo por delante, tenía las ganas, encontré la ocasión propicia. Y la cacé al vuelo. No quería en absoluto hacer un libro con refritos del blog, una selección de posts, una antología...No. Quería escribir de cabo a rabo desde cero, a partir de lo que tenía en la cabeza y con las experiencias que me fuera dado vivir a lo largo de este año. Por primera vez en mi vida firmé un contrato para escribir un libro, con una fecha de plazo de entrega: 15 de junio de 2013. Y me lancé. Los primeros meses (hasta enero de 2013) fueron de mucho trabajo en casa: lecturas, codos, ordenador y escritura ante la pantalla. Mi entrenamiento en otros ámbitos me ayudó, claro, pero a finales de enero estaba ya agotado, con una buena parte del libro esbozada (que no bien escrita...) y con la familia mentalizada de que en febrero iba a empezar la segunda parte de mi aventura. Me iba para completar el sueño: recorrer España entera (al final se quedó fuera un trozo de la cornisa cantábrica...¡prometo volver!)  con el coche; para pisar los viñedos que me apetecía pisar; para beber con sus creadores, los vinos que más me apetecía beber en los paisajes donde nacen; para oler campos y montes; para conocer a las personas. Y para vivir, sin más, "en la ruta, de nuevo".
Portada RBA
Creo que el viaje ha sido lo que ha cambiado mi vida. Salí de casa el 18 de febrero de 2013 y la última anotación en mi diario, en la que formalmente me doy por despedido, es de 18 de mayo de 2013. Sí, seguí la idea de Basho: "desde tiempos inmemoriales, el arte de escribir un diario de viaje ha sido una actividad muy popular".  Quizá de una manera menos tensa e intensa que la de Siylvain Tesson, con su La vida simple (lectura imprescindible, sabio consejo de mi amigo Marc Lecha), quise consignar todo lo que sucedía fuera y dentro de mi cuerpo. Hubo algún alto en el camino, incluso una vuelta a casa, pero fueron tres meses de enorme intensidad, que nada tiene que ver con hacer las cosas con rapidez.  Planificaba mi viaje y mis etapas cada quince días, más o menos, y nunca preveía más de dos visitas en un solo día. Casi siempre, una sola visita: siempre con charlas sin reloj, siempre sin pedir nada ("quiero probar esto o lo otro", jamás), siempre dejando que las cosas fluyeran de forma natural y al ritmo que la persona con la que estaba quisiera.

Funcionó, muy bien diría. No recuerdo ni un solo chasco, ni una cita fallida, ni una persona que, cuando se da cuenta de que estás allí solo para escuchar y para entender a su tierra y a sus vinos, no dé todo para que te sientas mejor y para explicarte todo. Cada dos o tres días, buscaba un día entero de soledad, para poder asimilar cuanto iba aprendiendo, para redactar mis notas, para (de vez en cuando...) escribir un post en el blog. Hubo mucho y bueno, pero, sin duda, hubo hitos, momentos que se han quedado clavados ya para siempre en mi corazón y en mi memoria. Me salen así, de forma espontánea: las horas y días pasados con Rafa Bernabé, las pelotas de mondongo de su madre, los embutidos, pan y vinos tomados con Simón en La Mata: todo empuje, todo corazón, todo bondad. El pollo campero y la amistad sin condiciones de Ramón Saavedra. La pequeña charla con el padre de Federico Schatz, en La Sanguijuela (un paraíso en la tierra), y esa imagen, que no se borrará jamás, del abuelo atando cepas al alambre con el cochecito de su nieta al lado. Barro hasta los tobillos con Fabio Bartolomei y la homérica sopa que tomamos con su garnacha de Sotillo de la Adrada. La única persona con la que he comido dos veces en este viaje, hombre generoso y sabio, de prodigiosa memoria y ciceroniana humanidad, que quiso mostrarme su mejor cara allí donde pasó momentos inolvidables: El Escorial. Víctor de la Serna, una persona imprescindible para entender al vino en España, hoy.
Mariquita en el viñedo de Bernardo
Marc Isart...un hombre que entiende a la tierra y a los vinos como pocos en este país. Merece todo el reconocimiento que seamos capaces de darle bebiendo sus vinos de Bernabeleva. El hombre tranquilo: Mario Rovira sigue fiel a su destino y a su intuición, a pesar de todo y de todos. Es una de mis imágenes: los montes Aquilianos nevados al atardecer y yo saliendo de su nueva bodega-almacén, a punto de estrenar. Me llevo a Galicia entera en el saco: no hay nada que me disguste de esta tierra, nada. José Luis Mateo y la comida con su padre, Alfonso, en A Canteira, un momento para entenderme, gracias al ejemplo de José Luis; Sebio y su tremenda generosidad y ganas de compartir todo conmigo, no solo conocimientos (esa charla de madrugada); Bernardo Estévez: quizás el espíritu más equilibrado y cercano a la tierra de cuantos he conocido; Xurxo Alba y la madre que lo parió, qué mujer y qué hijo...Conmigo van esa tortilla de patatas, esa raya, las mejores filloas de mi vida y ese atraco a mano desarmada y ante testigos de Xurxo (en su furgoneta, que es una metáfora de su vida) para que, yendo ya hacia una presentación pública de sus vinos (ante casi 100 personas...), fuera yo ¡y no él! quien los presentara. Cómo lo pasé esa noche...¡Gracias, Silvia! Rodri...jamás habrá palabras para describir su generosidad y su amistad: por fin pude pisar su bodega nueva, allí donde sus vinos despegarán definitivamente.

De Galicia siempre salgo llorando y pensando cuándo podré volver...En La Rioja me quedé prendado de la fuerza y magnetismo de Roberto Oliván y con la emoción de pisar, por primera vez en compañía, los primeros viñedos propios de Olivier Rivière (La Losada, en Navaridas). Navarra es tierra de lobos, ya se sabe, y haber podido disfrutar un día entero de la pasión, amor y conocimiento que ponen Elisa y Enrique en "domesticar" a los suyos, tiene un gran valor para mí. A alguien podría parecerle que de Catalunya lo sé todo...este viaje me ha demostrado que estoy muy lejos de eso. Buenos consejos me llevaron a Montse Molla, Carlos Alonso, Joan Fabra, Didier Soto y Núria Dalmau. Ellos me han mostrado el alma de una tierra, el Ampurdán, que vive con cepas desde hace más de 2500 años. Del sur me quedo con el recuerdo de una lección magistral sobre sulfitos en el vino que nos dio Josep Lluis Pérez, maestro donde los haya, y con la valentía, alegría y confianza con que los hermanos d'Anguera afrontan la nueva etapa en su bodega. Del centro, me quedo con los brazos siempre abiertos de los Bartra, en su uilla rural del siglo IV d.C., en Sant Pere de Ribes. Algo único, por cómo son y por los vinos que hacen: allí me siento en casa. Y de mis saltos a las islas, dos fogonazos: el de la tarde al sol de poniente en La Hornaca (Tenerife), con Jesús, Visi y sus galletas de parmesano. Y la comida familiar con Xesc de son Durí, en Vilafranca de Bonany.

He aprendido de las personas, sí, como nunca había hecho antes.
La Losada en Navaridas de Olivier Rivière
Pero también he aprendido con ellas: cómo trabajan su tierra y  cómo la entienden. A su lado, he aprendido que beber cierto tipo de vino es una de las formas más naturales, espontáneas y lúcidas de volver a un paisaje, a un territorio, a su cultura. He aprendido que algunas personas siguen siendo la medida de todas las cosas, también en el viñedo y con su vino. He aprendido que el mundo del vino que más me gusta está hecho de pocos ruidos y de muchos susurros. He aprendido que allí donde generaciones de agricultores plantaron cereal, no hay que plantar cepas: probablemente no funcionarán o no lo harán como debieran. He aprendido que hay sitios donde es la tierra la que habla y nosotros los que tenemos que callar, mirar mejor y entender. Después, si hace falta, actuar. He aprendido que el secreto de un terruño en una botella consiste en huir de la monotonía industrial para buscar la polisemia artesanal. He aprendido que, en viñedos trabajados con la biodinámica, la presencia de microorganismos beneficiosos para la tierra es mayor que en otro tipo de terrenos. He aprendido que si un viñedo está sano y no ha tenido especiales problemas durante el año de la cosecha; si la uva se ha vendimiado en su justo punto y entra sana, fresca y en condiciones a la bodega, hay que hacerse a un lado y dejar que el vino se haga lo más solo y tranquilo posible. Porque lo más importante ya está hecho.

He aprendido que las levaduras indígenas son imprescindibles porque forman parte del ADN del viñedo, son las que se encuentran en la piel de sus uvas, en sus flores y árboles, en la historia de una bodega, las que van a permitir que el vino sepa al lugar donde ha crecido su uva y donde se ha hecho. He aprendido mucho pero tampoco hace falta ser exhaustivo, ¿verdad? Volví de mi viaje con tiempo suficiente para ir digiriendo cuanto había vivido y conocido. Me concentré en la parte final de la redacción del libro y algunas de las bodegas y personas que me dieron tanto pasaron a formar parte de él. No todas, por desgracia, porque el número de páginas era limitado. Estar de nuevo en Barcelona me "obligó" a abandonar mi soledad y a volver a compaginar actividades. Me descentró un poco, cierto, pero seguí conociendo a personas y bodegas, algunas de las cuales se han convertido ya en piezas importantes de un nuevo orden de cosas en mi vida. Terminé el libro y lo entregué en el plazo previsto. De hecho, ¡un día antes! ¡Porque nadie se había dado cuenta de que el 15 de junio de 2013 era sábado! Si todo va según lo previsto, me dicen que saldrá a la calle el 17 de octubre de 2013.

Sortida de sol sobre el Priorat BY Rafael López-Monné
En los últimos meses he participado, además, en un proceso de selección que, con probabilidad, me llevará a cambiar de trabajo en septiembre, en otra ciudad. Dejo algo que conozco bien y me adentro en un bosque de novedades que me apetece y para el que ya veremos si estoy preparado...Pero entro. A todo esto...¿alguien pensaba que los dioses se quedarían tan tranquilos contemplando cómo todo le iba más o menos bien a este pendejo? Mis dioses suelen ser buenos cuando los tratas bien, y Baco es mi protector: ¡le hago ofrendas a diario! Pero hay envidias...siempre las ha habido y este barbudo Odiseo ha sido sometido a un pequeño castigo. El dios del mar mandó olas que arrastraron el barco hasta las rocas. Ahora escribo desde una playa: no sé todavía si es la de los Feacios...Hambre, sed de vino, sal, cosas que te ponen a prueba. ¿Pensabas que podrías escapar sin pagar precio alguno a un año así? Insensato. A ese pecado se le llamaba "húbris" en griego antiguo: orgullo, altanería, insolencia, impetuosidad, injuria, testarudez. Daño. Los dioses castigan a los humanos por esa afrenta. Y ahora, escribo el post que necesitaba escribir unas horas antes que me digan si Poseidón gana o, sencillamente, me ha pegado un buen susto. Justo para decir: no te pases, Joan, todo tiene un límite y hay que saber sufrir, también. Prefiero que sea así: tenía muchas ganas, necesidad casi de escribir este texto y publicarlo hoy. A modo de agradecimiento por tantas cosas, por todo lo que he podido hacer, por todo lo que he aprendido y sentido, por todo lo que he recibido de tanta gente en el año que viví intensamente.

La primera foto es de Mònica López Quintana. La última, de Rafael López-Monné.

Postscriptum, redactado el 25 de julio de 2013 a las 9:00. Dicen los informes, y ratifica el médico, que los "aliens" que llevaba en el cuerpo sufren una "ausencia de signos de malignidad". Jodida estilística: ¿no podrían haber usado una figura menos rocambolesca que la lítotes? Por ejemplo: está usted cojonudo. Hoy se levanta la ley seca, además, y puedo comer casi de todo. No les cuento cómo terminaré el día. No porque no quiera, es que no podré hacerlo. ¡¡¡MIL gracias a todos los que os habéis interesado por mi estado de salud!!!

Postscriptum  2, redactado a la misma hora. Ni en la peor de mis pesadillas hubiera pensado que este post tenía que acabar lamentando profundamente lo que ha sucedido en Galicia. Ese accidente de tren, como siempre con las muertes imprevistas, deja a mi pequeña historia de un año en el lugar que le corresponde, mínimo. Y solo me alienta, ahora mismo, a llevar mi cabeza y mi corazón al lado de los que están sufriendo y van a sufrir las consecuencias de una tragedia de tales dimensiones.

03 junio, 2013

Celler Escoda-Sanahuja

Els Bassots d'Escoda-SanahujaJoan-Ramon Escoda se muestra tal y como son sus vinos: sin dobleces, francos y sinceros, con los matices que la tierra de la Conca de Barberà (DO Conca de Barberà) y las características de la añada quieran dar a sus uvas, y sin tapujos. Es de los que dice lo que hace y hace lo que dice. Su manera de trabajar la tierra (en suelos muy calcáreos, con variada profundidad de arcilla y bastante canto rodado, 9 Ha en la zona de su bodega, en Prenafeta; y 4 Ha en la de la viña La Llopetera, todas de propiedad, más la uva con certificación ecológica que compra en Blancafort) es la de la biodinámica: hace su propio compost con boñiga de oveja y de los caballos percherones que tiene en la propiedad (aprenden a labrar los viñedos, pero ése es un oficio complicado y su tierra la trabajan, todavía, las máquinas, aunque poco: una de sus viñas emblemáticas, Els Bassots, de chenin blanc, llevaba cinco años sin haber sido labrada hasta que tuvo que darle una ventilación a principios de 2013); aplica, con unas maravillosas mochilas metálicas que le hicieron ex profeso en Alemania, las dinamizaciones de los preparados 500, 501 y Maria Thun; no utiliza cobre y sus cepas reciben sólo azufre (una mano). Es de los que se atreve a trabajar sin sulfitos en todo el proceso de vinificación y de embotellado, aunque no atiende de manera especial al cuidado de una atmósfera anaerobia y superreductora. Obviamente, sus vinos saben a ese concepto, como saben a lo que más importa a Joan-Ramon: la añada. Para él, y eso es en lo que más insiste, lo único que cuenta es la añada, la añada y…sí, ¡la añada!

Su bodega está llena de depósitos de acero inoxidable y de barricas con la excepción de la pequeña tinaja de barro en la que elabora, junto a la otra mitad de su alma (Laureano Serres, de Celler Laureano Serres Montagut, en Pinell de Brai), el vino ¿Vamos? ¡Vamos!, del que se siente muy orgulloso de su cosecha 2012. Laure aporta el 50% de los mostos con que se hace este vino único, de cariñena y macabeo, mientras que Joan-Ramon propone el otro 50%, con cabernet sauvignon y sumoll blanco. El resultado, con fermentación alcohólica en tinaja de barro y algo de velo en flor, es un vino muy atractivo, con aromas a tierra mojada tras la lluvia de agosto, con aires de ceniza de sarmiento (¡y no ha tocado la madera!) y de cerezas. También probé lo que va a ser el Brutal 2012, es decir la parte de Joan-Ramon embotellada sola pero hecha de la misma forma y con el añadido de algo de sumoll tinto. Incisivo, vertical, eléctrico…Y en el patio están ya, reposando, dos enormes vasijas de barro de Miravet de 2000L, ¡hechas en 1904! Los vinos de Escoda-Sanahuja tienen otra característica: sus fermentaciones alcohólicas arrancan cuando quieren y paran, claro, cuando quieren. Normalmente son muy largas. Eso le da un plus de complejidad al vino y a sus sabores. Cuando probé lo que va a ser Els Bassots 2012 (100% chenin blanc), el trabajo de las lías estaba muy presente (aromas a levaduras prensadas), pero el vino te llenaba todos los poros: flor de tilo, complejidad muy grande, carnosidad e intensidad. Va a ser una gran añada para uno de sus vinos emblemáticos. El otro vino que más me gusta de Joan-Ramon, La Llopetera, es un monovarietal de pinot noir y 2012 va a ser, de nuevo, una añada especial, para seguir de cerca. Con apenas una maceración de cuatro días, prensado y fermentación alcohólica en inox, será un vino casi sin barrica, que va a devolvernos la esencia del puro zumo de fruta (uva, se llama uva) fermentado. Creo que va a ser de las mejores que he probado jamás de esa finca, con una floralidad grande y un sabor a picota desbordante. ¡Aires del sur de la Borgoña en la Conca de Barberà!

Me fui contento de Prenafeta. Escoda-Sanahuja sigue progresando y pronto vamos a ver allí un edificio que va a integrar un pequeño restaurante y la nueva bodega: en la foto, Joan-Ramon me muestra el trabajo hecho con las paredes subterráneas, increíble. El comedor de ese restaurante será una atalaya de privilegio sobre la llanura de Montblanc. Desde allí, un programa de cocineros de todo el mundo, que Joan-Ramon ya tiene apalabrados (secreto, secreto…), hará nuestras delicias en períodos de por lo menos seis meses. Comer allí y beber vinos de Escoda-Sanahuja y de los viñerones que trabajan como él va a ser delicioso. Y una realidad dentro de no mucho tiempo.
Tu es Petrus

21 mayo, 2013

Orto Vins con Joan Asens

El Palell d'Orto Vins Son cuatro payeses de El Masroig con una larguísima tradición cooperativista en sus familias. Dos hermanos, los Beltran, y dos primos hermanos, Asens y Jové, que se conocen desde que nacieron, aunque después cada cual siguiera un poco su camino. Quizás el más conocido sea Joan Asens, sobre cuyos conocimientos increíbles , sensibilidad y experiencia en el Priorat sentó Álvaro Palacios durante años las bases del éxito de su Ermita. Pero ésta es una bodega en la que todos, con sus tierras y su trabajo, son imprescindibles. Cada cual es importante en las cosas que sabe hacer mejor, sea en el campo o en la bodega o en la venta de vinos. Se reencuentran gracias al destino. En el lapso de unos dos años, mueren los padres de algunos y les dejan en herencia viñedos. Si el lapso hubiera sido mayor, a saber hacia dónde habría tirado cada cual. Pero ese tiempo fue suficientemente corto como para que cuajara en ellos la idea: vamos a hacer por primera vez vino de nuestros viñedos y con nuestra propia marca. Esto sucedía (sic) el 18 de julio de 2008, día en que nacía Orto Vins, en la DO Montsant. No tienen bodega propia (elaboran en la cooperativa de El Molar) pero no les hace la más mínima falta para sacar al mercado una colección de vinos que, sin más, me parece de lo más interesante, atractivo, bien hecho y respetuoso con su tierra que he bebido estos últimos años en España.

Se llaman Orto por dos razones: porque aluden a ese momento en que todo astro atraviesa la línea del horizonte para hacérsenos visible (así sucedió con ellos y sus viñedos, que pasaron años trabajando para otros o llevando esas uvas a la cooperativa) y porque es el prefijo que, en griego, significa “rectitud, trabajo bien hecho, belleza”. Eso son sus vinos: rectos, honestos, bien hechos, bellos. En tierras de limo (panal, muy característico de la zona), arcillas y cantos rodados, que se extienden siguiendo la línea de monte y valles abierta en pendiente hacia el Ebro cercano, estos hombres se consideran, ante todo, payeses, gente que ama su tierra y que, por lo tanto (pero ojo, la consecuencia no es, ni mucho menos, automática porque hay montones de payeses que actúan de otra manera, la mayoría para ser claro), la conoce a fondo, la cuida y le da sólo lo que necesita (ellos, sobre todo con prácticas biodinámicas y un seguimiento escrupuloso de todas las operaciones, tanto en el campo como en bodega, con un ojo puesto en los ciclos de la luna). En segundo lugar, se consideran “vendedores de paisaje”. Embotellan las bondades de sus fincas, te hacen disfrutar con las características de la añada y te ofrecen los sabores de las uvas más emblemáticas: la garnacha, tinta y peluda, la cariñena, la tempranillo, la picapoll negre, entre las tintas; la garnacha blanca, para sus blancos; y la planta, la tripó de gat, la mamella de monja, la picapoll blanca, la trobat y el cep de sant Jaume, como blancas para su dulce. El dulce tinto lo hacen con las garnachas. Los dulces son naturalmente dulces (sin corte de la fermentación con ningún tipo de alcohol) y la vendimia de sus uvas les hace únicos: dura desde el primer día que van a vendimiar hasta el último porque de cada cepa separan, siempre, siempre, todas las uvas pasas que encuentran. Todas. Y éstas son las que van al dulce. De paso, alejan la sombra de la sobremaduración del resto de sus vinos.

Todos ellos muestran aspectos interesantes. Los Blanc d’Orto se ofrecen, por ejemplo, como Flor (con una maceración sólo de 24 horas, mosto flor, levaduras autóctonas y fermentación espontánea en inox, más 7 meses con sus lías: el 2012, por ejemplo, fermentó durante más de 4 meses y muestra, ya ahora, una intensidad y una fuerza espectaculares) o como Brisat (las pastas de la garnacha blanca, una vez liberado el mosto flor, retienen todavía líquido y empiezan a fermentar con esas pieles, más concentradas y con menos mosto; unos tres días después, esa brisa es prensada y termina la fermentación en botas de 500L, con sus madres y durante unos siete meses). Sus tintos fermentan lo que dura un mes lunar (28 días, de luna a luna) en inox (el Orto, con cariñena mayoritaria, menor garnacha tinta y pequeños aportes de cabernet sauvignon y tempranillo; posterior crianza de seis meses en roble francés de tercer o cuarto uso) o en botas de 500L (el Comes d’Orto, con equilibrio entre garnacha y cariñena y una crianza de 12 meses en barricas de 225L, también de tercer o cuarto vino). Sus Singularitats son vinos muy especiales, monovarietales hechos con la uva de la que cada uno de ellos considera su mejor y más expresivo viñedo. Su nombre es el del viñedo: La Carrerada, de Josep Mª Jové, una cariñena penetrante y cautivadora; Les Pujoles, de Jordi Beltran, una tempranillo de gran frescura y concentración; El Palell, un viñedo mágico de garnacha peluda de 1950, envolvente y tan sencillo de beber como el agua; y mi preferido por distinto, por único y porque se hace con una uva de la que queda poquísimo en la DO, Les Tallades de Cal Nicolau (el bisabuelo de Joan, que emigró de Serós al Masroig para construir el puente que une al pueblo con el Molar y gracias al cual su bisnieto hace ahora el vino allí), de picapoll negro, vino de concentración, suave rusticidad, flor de violeta, tanino algo rústico.

2012 fue año de gran sequía en la zona, tras un 2011 ya tremendo. Bajó mucho la producción por cepa pero la uva consiguió concentrar sus sabores de forma muy intensa. Y llegó sana: las pasas quedaron ya para un récord histórico. Habrá menos botellas (no del dulce), pero atentos a cuando salgan los vinos tranquilos porque serán, todas ellos, experiencias realmente únicas. Probamos con Joan todas las Singularitats: las cosas llamativas que tienen siempre, las mantienen pero más expresivas y concentradas.  2013...Con Joan (¡ésa es su pierna!), me he hecho ya una primera idea de cómo están reaccionando las cepas a tanto sufrimiento. Estaremos con ellas, viendo cómo crecen sus frutos. Como siempre, será emocionante e intenso encontrar cómo fue esa añada, en esa tierra, en unas botellas. Con Orto Vins eso está asegurado. La primera garnatxa peluda del Palell Orto Vins

18 mayo, 2013

El fin del viaje: un nuevo principio

Foto amb barba del 18 de febrer …miseri, quibus 
 intemptata nites. 
me tabula sacer 
votiva paries indicat uvida 
suspendisse potenti 
vestimenta maris deo. 

 …desgraciados, aquellos para quienes brillas,
sin posibilidad de que te conozcan.
Una pared del templo donde colgué la tablilla
votiva explica que he ofrecido mi mojada
ropa al poderoso dios del mar.

He sobrevivido, en palabras de Horacio (Carm., 1, 5, estrofa final). Uno de mis poetas habla de cómo sobrevivió él a un naufragio de amor. Sustituyamos "amor" (que brilló para él sin posibilidad alguna de ser alcanzado) por "viaje", por "conocimiento", por "pasión" hacia los paisajes, las culturas y las personas que hacen vino en España. Es la mejor descripción que se me ocurre de este viaje.

18 de febrero de 2013 a 18 de mayo de 2013 (con alguna interrupción el último mes)
11.400 km
6 libretas de 19x15 cm
12 libretas de 9x14 cm
5 rotuladores V7 de Pilot
188 cm (sigo igual)
86 kg (1 kg de más)
1 tinajero y
68 bodegas después,

vuelvo a casa ayer por la noche con la sensación de que las personas que no viven su pasión, la que sea, de una forma intensa son dignos de compasión (miseri). Porque creo que ésta es la mejor manera de conocer en profundidad (en mi caso) cómo son los vinos, porqué nacen en éste y no en aquél viñedo, cómo son las personas que los hacen, qué te cuentan sobre ellos allí donde los hacen. Y lo más importante, a qué saben estos vinos tras haber escuchado, visto y olido sus paisajes, tras haber paseado por sus viñedos, tras haber hablado con sus creadores. La naturaleza se comunica también a través de los vinos. A veces, incluso, a pesar de quienes los hacen. Mucha gente disfrutará del vino de otras formas. Y todas son buenas y respetables. La mía es ésta. Ya lo sé.

El campo, el viñedo, el paisaje en una botella de vino y de la forma más sincera y con menor intermediación posible. Eso he buscado y tantas veces, la inmensa mayoría, lo he encontrado. Vosotros sabéis quiénes sois: me habéis abierto las puertas de vuestras casas, de vuestras bodegas, de vuestros campos. Me habéis dado mucho más de lo que yo jamás podré devolveros. Me habéis hecho vivir el vino de otra forma. He escuchado mucho, he hablado poco, he preguntado menos. He visto y observado, he olido y me he maravillado. He escrito mucho, mucho más de lo que ha salido en el blog. En este mar revuelto y lleno de corrientes traidoras y ruidos ensordecedores, que es el mundo del vino, existen muchas pequeñas islas donde se encuentra la paz, la tranquilidad y una forma más amable y natural de entender las cosas. La gente que he conocido en este viaje. Muchas veces, lo he comprobado, no existía más comunicación física entre vosotros que la conversación que yo iba teniendo con todos sobre todos. Siempre procuraba que la gente supiera de dónde venía, a dónde iba, qué hacía.

Pero también es cierto que, aún no siendo conscientes de ello, todas esas islas, todas esas personas que tienen una sensibilidad especial hacia su tierra, sus cepas y sus vinos, están conectadas por un mismo hilo que he intentado seguir a lo largo del viaje. Pocas veces me he perdido aunque, ahora lo sé, no he podido parar en todas las "islas" que existen. Algunas se me escaparon y quedan para momentos futuros. ¡Pero quedan! Ahí están. Horacio sobrevivió a ese viaje de amor. Yo he sobrevivido a mi viaje, más excéntrico (me han tomado por todo) y por eso, hoy, ofrezco los ropajes de esa travesía al poderoso dios del mar. Y os digo, a todos los que me habéis podido recibir, a todos los que queríais pero algo lo ha impedido y a todos los que ahora sé que estáis pero todavía no he podido beberos ni veros, os digo que no estáis solos. Que en vuestras islas de heterodoxia y, no pocas veces, de marginación (cuántas historias de este tipo no me habréis contado), cada día habrá más gente (en este y en otros países), que buscará vuestros vinos y que los disfrutará porque son la manera más sencilla, intensa y transparente de ver y beber paisajes con cepas.

Yo pienso seguir: buscando, conociendo, pisando, charlando, bebiendo y compartiendo paisajes, vinos y experiencias. No concibo otra forma de vivir el mundo del vino que no sea ésta: la más convival, amable, sincera y bien informada que me sea posible ofrecer. En el camino nos encontraremos. Foto sense barba el 18 de maig

14 mayo, 2013

Carlos Alonso y Carriel dels Vilars

Carlos Alonso, alias David Crosby, de Carriel dels Vilars
Carlos Alonso es uno de los mejores ejemplos de productor NO (definición acuñada por el gran Rafa Bernabé): no hace nada, en el campo o en la bodega, que favorezca el vigor productivo de la cepa o que enmascare los aromas y sabores de sus uvas. No labra, no ara, no hace poda en verde, no aclarea, no abona, no riega, no clarifica, no estabiliza, no filtra, no abrillanta, no sulfita. Nada, es decir, NO. Sus cepas son lo más parecido a un estadio inicial de adaptación de la uitis siluestris a la uitis uinifera que me haya sido dado conocer en España. Y sus vinos saben de otra manera, sin duda alguna. Sus mostos puros, nacidos de suelos vírgenes e íntegros, de gran acidez, áridos y con pizarra, en cierta altura y con buenas exposiciones al sol y a los vientos, fermentan en tinos de cerámica vidriada que él mismo construyó en el interior de la bodega. Lo que pretendía no pasaba por la puerta y él se ganaba la vida arreglando casas: la piedra y la obra son, también, cosa suya, y él hizo sus depósitos. Por supuesto, fermentan con las levaduras que traen del viñedo. De la fermentación alcohólica parcial, con azúcar todavía por convertir en alcohol, pasan a botellas de cava recicladas, donde terminarán esa fermentación. Método ancestral, sin más. Un método que encaja con el carácter de Carlos y con la mejor expresión de sus uvas. Primer tapón, crianza en botella (este vino jamás toca la madera y cuanto aroma terciario desarrolla es por el trabajo que las lías siguen haciendo en botella), reposo. Degüelle en “frío” (esto quiere decir: neverita junto al lavamanos donde degüella y punto) y relleno de la botella con exactamente el mismo vino base. Envejecimiento en rima apelotonada (nuevo concepto que conocimos en la bodega con el ángel que me guió). El tiempo que haga falta, aunque no menos de doce meses. De aquí para adelante, lo que el mercado le pida. Un aviso al “mercado”: el mercado tiene que ir a Carlos porque Carlos no va al mercado. Su espumoso ancestral se vende en Carriel dels Vilars (Espolla). Y punto. Y os aseguro que la excursión merece mucho la pena. Aunque si uno no puede llegar... (leed más abajo).

Cuanto acabo de describir produce un vino espumoso natural (en las analíticas de los dos últimos años, este tipo de trabajo da, ya directamente, 0  sulfitos, tal y como se lee) que es una de las expresiones más genuinas, puras, ricas, poderosas y complejas de esta parte de paraíso que se llama Alt Empordà. En sólo 2,5 Ha. No hay más... Macabeo, xarel.lo, parellada, garnacha tinta y garnacha blanca para su rosado; y las mismas variedades, sin la garnacha tinta, para su blanco espumoso. Éste último, brut nature del que probamos una botella del 2011 (14,7%) a finales de abril de 2013, me pareció excepcional, salvaje, vegetal, con final amargoso, el vivo aroma de la levadura prensada y con una frescura y viveza que le auguran largos años de vida. Los que sigue mostrando su 2001, del que tuve la enorme suerte de beber también una botella. Los águilas de la Guía Peñín le dieron 93 puntos en su momento y Roger Viusà (somelier reputadísimo a nivel mundial y que tiene uno de los bistrós más interesantes de Catalunya y, me atrevo a decir, de España, en Plaça del Vi, 7, de Girona) dedicó grandes palabras de elogio a este 2001. Y lo tiene en su carta. Apunté una sola palabra en mi libreta (con perdón): “Collons!” Ni traduzco. Un vino espumoso ("xampany" para Carlos) del 2001 que ha llegado al 2013 en perfecto estado, con una alma de vino dulce (una residual de azúcar tenía, a lo Mark Angeli, vamos, y su Rosé d’un Jour) y un corazón seco. Sonaba casi a Sekt hecho con un Auslese. Miel, romero, tomillo, avellanas, orejones de albaricoque, flor de manzanilla seca, retama. Impresionante. No se quedó atrás el Rosado espumoso del 2007 (esta bodega, que pasa de DOs y se ofrece como vino de mesa por constricción administrativa, sólo produce espumosos de añada), también con un mínimo azúcar natural que le convierte en Brut, vinoso y con gran carácter, con aromas del fruto del madroño y del bosque en plena primavera. Carriel dels Vilars (que también hace un vino tranquilo de garnacha, cabernet sauvignon, syrah y cariñena, en un 2007 que se deja beber muy y muy bien) es la pequeña bodega de un hombre grande, Carlos Alonso, indómito y fuerte aunque su espalda empiece a doblarse tras tanto exceso, generoso, con criterio e ideas claras. Merecería que todo el mundo que aprecia un vino con buena burbuja pegado a un territorio le conociera y bebiera. Sin más y de veras.
El Ninot d'en Carriel
Esta foto es del vaciado de un petroglifo grabado en una roca de la finca de Carlos. Carlos ha ayudado mucho en la recuperación de menhires y dólmenes. Y en el trabajo con los arqueólogos prehistoriadores, descubrió esa imagen grabada en una roca, al aire libre. Le dicen que se trata de una imagen ginecomórfica, de mujer preñada que representaría a la Madre Tierra, a Gea, en su fecundidad. Es una imagen bien conocida en Europa y creo que tiene poco que ver con lo que la nuestra muestra. Más bien creo que se trata de una persona o de un animal en acción, corriendo. Miren la fotografía inferior del enlace y comparen. Es el nuevo símbolo de Carriel dels Vilars, su icono y logo, y a mí me gusta pensar que se trata de alguien en permanente movimiento, en acción y atento. Como Carlos. En la misma tierra, pero unos miles de años atrás.

09 mayo, 2013

Mas Estela

Vall de Sant Romà a Mas Estela
Didier Soto y Núria Dalmau (Mas Estela) llegaron a la Vall de Sant Romà en 1989. No eran los primeros…ya uno de los condes de Empúries, Gaufred, había decidido que ese pequeño, fértil y recóndito valle situado (hoy) en el parque natural del Cap de Creus (emparrado en las laderas del pueblo de La Selva de Mar), iba a ser su coto particular de caza. Corría el año 974 de Nuestro Señor. Llegaron, siglos después, los agricultores con el cultivo en terrazas, bancales hechos con muros de piedra seca que cubrían la montaña entera hasta su cima (el valle para el cereal) y doblaban al otro lado, mirando ya al noroeste. Estuvimos mirando, con Núria, una de las primeras fotos aéreas de la zona, cuando ellos empezaron a plantar, y sus 16 Ha no eran más que una pequeña mancha en comparación con la cantidad total de terrazas abandonadas desde principios del siglo XX, que mostraba la foto con precisa claridad. Ellos supieron reencontrar, en este pequeño valle, la tranquilidad perdida. Ellos supieron ver que su aislamiento y la falta absoluta de vecinos (si exceptuamos un rebaño de vacas que baja del Pirineo para pasar el invierno en el monte frente a sus viñedos) eran la mejor oportunidad para retomar en pureza el cultiva de la vid en la zona.

Son biodinámicos convencidos porque todo les llevó de una manera natural a entender la relación con la tierra de la forma más directa posible. Los viñedos, la bodega, ellos mismos, todo está en absoluta simbiosis con el entorno natural que les rodea. Me impresionó ver cómo su bodega tiene siempre rendijas, ventanas y, a veces, todas las puertas abiertas para que las golondrinas, cuando llegan de África a pasar el buen tiempo con nosotros, puedan hacer sus nidos en ella. Mas Estela podría llamarse también “la bodega de las golondrinas”. ¡Todo lo que forma parte del entorno es bienvenido! También el viento, que suele soplar fuerte de tramuntana y es uno de los mejores fungicidas y fitosanitarios que existe, es invitado a entrar al semisótano donde sus vinos realizan la crianza. Didier es viticultor, ingeniero y arquitecto y sabe cómo resolver los problemas que el día a día le plantea, con sus manos, con su cabeza, con el ingenio. Ha sabido canalizar la tramuntana para que, a través de unos ojos de buey que mueven ventiladores, entre en la cava, circule por ella y, de forma por completo natural, mantenga la mejor sanidad y temperatura en el ambiente de la crianza. Energía y ahorro, mínimo impacto y resultados. Cuántos tendrían que pasar unos días en esta bodega para aprender unas pocas cosas, también de sensibilidad. Que es la que muestra Núria cuando te habla de las complicidades que han ido tejiendo con su entorno para integrarse y reconocerse mutuamente: tienes que tratar a la tierra como tratas a la gente y a a los animales, te dice, como te gustaría que te trataran a ti, añado.

Mas Estela es, sin más y en un territorio que conoció las primeras civilizaciones que produjeron y comercializaron el vino en la Península, un viñedo civilizado, culto. Gracias a esta actitud, la fruta llega siempre con una sanidad espectacular a la bodega, es derrapada y en todo el proceso no se utilizan más que elementos naturales. Incluso (ahí sí hay energía eléctrica) la bomba que hace el remontado para remojar a diario el sombrero de hollejos durante la maceración, la inventó Didier: eficacia para una suave y húmeda extracción, máximo ahorro de esfuerzos. Sus vinos realizan la crianza en botas de 225 y 300L y éstas nunca tienen que abrirse para hacer el removido de las lías: Didier se ha inventado otro sistema de cierre de las barricas, por una parte, y de volteo, por la otra, que permite un ligero pero homogéneo contacto de las lías con el vino. Verlo para creerlo. Entre Leonardo y el Dr. Franz de Cophenague, dicho con todo el cariño y admiración. Uno de mis blancos preferidos (de España entera) es su Vinya Selva de Mar, hecho con un 60% de garnacha roja (también llamada gris, de piel muy fina y mínima materia colorante: uno de los portaestandartes vínicos de la zona) y un 40 de muscat de Alejandría. Con siete meses en barricas de acacia y ese tipo de removido de lías, es un vino seco de enorme fragancia, bello y delicado poderío y, detalle interesante, de los blancos que mejor envejecen.

Quindals es, quizás, su vino tinto que mejor expresa la fuerza de esta tierra de pizarra gris desmoronada, con la roca madre bastante cerca de la superficie (las herramientas de labranza tienen que trabajar duro aquí): casi monovarietal de la otra uva emblemática de la zona, la garnacha tinta, y doce meses de barrica, tiene una expresión mineral notable, arándanos negros y, al mismo tiempo, unos taninos suaves y muy persistentes. De nuevo con garnacha negra, hacen el que, para mí, es la quintaesencia de Mas Estela: su Garnacha de l’Empordà Estela Solera. Se trata de una solera que iniciaron con garnacha sobremadurada, dulce por lo tanto, en una bota de 1500L y con vino que pasó sus meses a sol y serena en damajuanas, de la cosecha de 1989, cuando llegaron. Siguieron con el sistema de soleras y ahora mismo tienen 10 botas numeradas, con la solera madre en la 1 (la del 89) y el vino que sale cada año de la número 10 (¡de donde Núria me sacó un vibrante aperitivo!). 1500 botellas, producto del transvase de esa cantidad de vino anual de bota en bota. Este vino dulce natural (15,5%) tiene un color delicado de caoba recién pulida, huele a madera, pero es fresco y vivo al mismo tiempo. Pan de higos, nueces, más frescura, pasas. Un vino que hace honor a la tradición de su tierra, la que ellos preservan y embotellan con su trabajo diario desde hace más de veinte años.
La Núria Dalmau destil.lant gotes del nèctar de garnatxa

05 mayo, 2013

Vega de Ribes

La clau del celler nou de Vega de Ribes La existencia de la masía donde vive, cultiva y elabora vino la familia Bartra i Roig (guiada por el trabajo cotidiano, en el campo y en la bodega, de Carles Bartra, con la ayuda de Enric Bartra, alguien que sabe mucho y que, además, es humilde) está documentada desde el siglo XII. Su estructura arquitectónica, además, es de las que emocionan porque, aunque tiene no pocas refecciones modernas, conserva de manera privilegiada lo que tenía que haber sido una distribución de uilla romana en la Antigüedad tardía. Es de aquellos sitios donde, además de por el paisaje del Garraf, tiene uno que ir para conocer y sentir la perfecta integración entre ser humano, animales, territorio y paisaje. Y hablo de Roma, pero el paraje está habitado desde el Neolítico (la Venus de Gavà…). Sólo os cuento un detalle, para que veáis la importancia de la tradición en un sitio que, hoy, pocos asocian con el vino (qué paradoja): la bodega que ellos llaman “nueva” conserva la puerta original y en ella, puesta en la cerradura y funcionando a diario, su llave. Lleva grabado el año de su primer uso: ¡1766! 

El macizo del Garraf es, desde un punto de vista geológico, fascinante. Pero Vega de Ribes se encuentra ya en sus últimas estribaciones, hacia el sur y mirando a poniente. A los pies de la sierra del Montgròs (uno de sus vinos que más me gusta se llama Sasserra, con el artículo salado, “sa”, que antes se usaba en la zona, como hoy se hace en Mallorca y en la Costa Brava, y que determinaba a la “sierra” que les protege: “sa serra -del Mongròs- > “sasserra”), la bodega asienta sus viñedos (los más antiguos que he visto, en vaso, de unos 80 años; aunque fueron los primeros de la zona en conducir las plantas en espaldera: ¡las hay de 40 años!) sobre dos tipos de suelo que dan, también, vinos bien distintos: tierra calcárea, por una parte; y arenas de sedimento marino con abundante sílice, por la otra. Respetan la flora autóctona, labran sólo cuando es imprescindible (como mucho una vez al año y cuando estuve, que fue en abril de 2012, todavía no lo habían hecho) y utilizan como abono y como segadora natural, el rebaño de ovejas ripollesas de su vecino. Muy respetuosos y buenos conocedores de la historia y las tradiciones de su paisaje, delimitan y separan sus viñedos de los bosques de pinos vecinos con algarrobos. Las raíces del algarrobo no son tan voraces como las de los pinos y ya se sabe, los pinos más bonitos (y las cepas más raquíticas) se encuentran junto a los viñedos. Trabajan las variedades más propias de su tierra y lo hacen de una forma que, con brevedad, tiene que ser conocida. Porque lo suyo de toda la vida son la malvasía y la xarel.lo. De esta segunda variedad, en el Penedès se viene hablando ya mucho en los últimos años. Y hay bastantes ejemplos de buenos vinos tranquilos que se hacen con ella. 

Pero es que en Vega de Ribes, el mejor xarel.lo es el que va a un vino espumoso monovarietal de gran calidad. Para mí es de los mejores métodos ancestrales que se hacen, no sólo en España sino (de lo que conozco…) en el mundo entero (incluyo Francia en mi hipérbole, claro). El método ancestral es distinto del tradicional (“champenoise”) de la DO Cava y de no pocos espumosos de la DO Penedès. Ellos lo practican así: la fermentación alcohólica se hace a baja temperatura. El vino, cuando todavía las levaduras no se han comido todo su azúcar, es trasvasado a la botella y tapado con una chapa. El resto de esa primera fermentación alcohólica ocurre, pues, en la botella: el ancestral, aunque lleve burbujas, no tiene una segunda fermentación alcohólica en botella. Lo que hace es completar la primera en ella. Y conserva allí el CO2 que ha liberado el proceso. En Vega de Ribes, además, dejan en rima y sin remover esas botellas tapadas con chapa por lo menos dos años. Degüellan, rellenan la merma (esas levaduras han tenido una buena actividad dentro de la botella y cuando se hace saltar la chapa, hay vino que se pierde) con vino del mismo tipo, encorchan, reposan y comercializan. Es un espumoso ancestral que emociona, de veras: ese xarel.lo del Garraf lleva todas las esencias del mar y del monte bajo, de la tierra seca y del olivo silvestre, reposado y con una mínima oxidación, ¡y todo con fina burbuja! Delicioso. Hacen también un rosado ancestral con garnacha blanca y sumoll y otra estrella, un blanco de malvasía (la otra gran seña de identidad de la bodega y de la zona) con un poco de azúcar residual, casi un semidulce. Adictivo. Vega de Ribes produce, además, la mejor (para mí, claro) malvasía seca de la zona, el citado Sasserra, que también sacan al mercado con años de reposo (ahora andan con el 2007) y que recoge las mejores esencias aromáticas y gustativas del Garraf marítimo: aires de mar, fresco pero seco y con el punto de la madera vieja, maquia (orégano, tomillo), olivos y retama. Un vino que, como pocos, permite oler y beberte un paisaje.
Ancestral Garnatxa-Sumoll 2008

27 abril, 2013

En dominio de lobos

Viña Bolaita de Domaines Lupier en San Martín de Unx Elisa y Enrique son una pareja que se quiere y que vive con pasión cada uno de los momentos que han decidido regalarse con sus viñedos y sus vinos. Porque lo suyo no es trabajo, aunque vivan de él, es un regalo que se han hecho el uno a otro. Y para toda la vida. Lo suyo es pasión, es ilusión, es complicidad absoluta, es complementariedad. Del uno con el otro (Enrique lleva todas las cosas del campo, es ingeniero agrónomo; y las del vino en bodega, es enólogo; Elisa lleva la parte más pública de Domaines Lupier, sus ventas y su promoción, es economista y MBA) y de ambos con sus 27 parcelas (entre los 400 y los 750 msnm siempre en las cercanías de donde están su bodega y su casa, que es lo mismo: en San Martín de Unx), de las que saben todo. Nombres y apellidos de cada cepa, las características, sabores y aromas, tanto del suelo como de la uva de cada parcela. Es una gozada pasear con ellos y ver cómo hunden sus manos en el suelo, se llevan la tierra a la nariz y te explican cómo y por qué las uvas tienen, en ese viñedo concreto, este o aquél perfil.

Tienen dos vinos, siempre de garnacha tinta, El Terroir y La Dama, pero saben muy bien qué les da cada parcela y qué pueden aportar sus uvas a cada vino: el Clos, con cepas de 97 años, de suelo arcillo-calcáreo y arcilla en su profundidad, aporta raíces y magia. Horvás, con un marco de plantación más estrecho (1,5 x 1,5), es la estructura, el esqueleto de sus vinos, con arcillas profundas que huelen a intensidad. Bolaita, la más estrecha y, aunque algo baja, la más tardía porque está muy expuesta al cierzo, gélido, está en una cuenca y sus arenas calizas aportan una garnacha fina y delicada. Los Altos y sobre todo, La Cabezuela (¡una buena excursión para llegar a ella!), de más de 80 años, ofrecen una producción mínima a cambio de la fragancia más pura: unas gotas de perfume de garnacha y de flor de violeta. El elixir que complementa y embellece al resto. Enrique y Elisa muestran un compromiso total con sus tierras. No puedo decir que sean ecológicos o biodinámicos o seguidores de Fukuoka. Puedo afirmar que hacen de todo, mezclan conceptos y aplican técnicas en función de lo que sus cepas necesitan en cada momento, con la idea de que a la planta hay que dejarla lo más tranquila posible. Suelen arar una vez al año (están ahora en el debate de si mulo sí o sí: llegará, eso está claro, falta saber cuándo) y no usan ni un herbicida ni un pesticida. Enrique entiende a la tierra y sabe qué hacer con ella. Pasear por el campo con él es abrir el libro de la botánica oculta (a los ojos de un profano como yo, claro…) y poder leer allí donde parece que no hay nada escrito. Su herramienta principal está en las infusiones, tés les llama, de plantas naturales: algunas de las que se usan en biodinámica, sí (la milenrama, que oxigena las cepas y es un gran fungicida natural; o la cola de caballo, que sintetiza los oligoelementos que aporta la luz por la gran cantidad de sílice natural que lleva), pero también tés de espliego, que suaviza el estrés hídrico (aquí no hay riego, amigo…); o de salvia, que es buen fungicida también y ayuda a luchar contra el estrés a la planta…

2008 fue su primera añada, muy “académica”: salió todo lo que habían estudiado y aplicado en sus experiencias profesionales previas. 2009 es el año en que se sueltan, las maderas (de 225, 300, 500 y 600L) ya son de segundo vino y empiezan a entender que no todo son fórmulas. También hay improvisación y reacción porque cada añada tiene lo suyo. Esta 2009 me tiene enamorado: la lluvia de agosto cambió la fruta, la convirtió en una añada azul, fresca, con aromas de tinta china azul, de mirto, de húmeda arcilla. Todo ello en nariz, porque en boca, es una añada que cruje: piensa en las frutas rojas rugosas (la mora, la frambuesa), póntelas en la boca y mastica. Si la fruta está entera, no sobremadurada, cruje y suelta todo su poder aromático, fragancias y sabor en ese crujido mórbido. Eso es El Terroir 2009, con un paso ligero en boca. La Dama 2009 es más voluptuosa, con volúmenes y curvas (Elisa las dibuja muy bien en el aire), raso amable, ciruela madura, más cálida y seductora. Esas fueron las botellas que bebimos, pero lo que probé de las barricas y depósitos, de 2011 y 2012, me sigue hablando de poderes aromáticos brutales, de arenas y arcilla mojadas, de más frutas rojas, de tomillo y raíces.

 Elisa y Enrique viven y sienten el mundo de la viña y del vino como un proceso artesanal y catártico. Porque lo sienten, no tienen que hacer un gran esfuerzo en transmitirlo. Les sale de dentro, por cada poro de su piel, de sus miradas, de los gestos de sus manos. Y cuando sabes que has encontrado todo eso en una botella (como a mí me pasó con El Terroir 2009), te sientes feliz. Como si tras una larga travesía, hubieras llegado, por fin, al refugio deseado. Botellas de Domaines Lupier 2009

23 abril, 2013

Olivier Rivière, aquí y allá

La Losada en Navaridas de Olivier Rivière Olivier llegó a España hace casi diez años contratado por Telmo Rodríguez, uno de los grandes animadores del panorama vitivinícola español de los últimos tiempos. Empezó, pues, trabajando para él en la Rioja, pero bien pronto su inquietud y ganas de buscar vinos propios le llevaron a encontrar socios y aliados para crear sus propias marcas. Tiene tres grandes virtudes (y otras, seguro, que me habrán pasado desapercibidas…): como enólogo, admiro su capacidad técnica en la bodega. Además, es de los que interpreta con rapidez qué necesita el campo para dar lo mejor de sí. Y no hablo de cantidades ni de producción. Hablo de respeto por la tierra y de calidad en la botella, siempre atendiendo a las características de la uva en las DOs en que trabaja. Su tercera virtud es la honestidad. No engaña ni dice medias verdades. En la Rioja y con etiquetas propias (quizás hayas oído hablar de Rayos Uva o Ganko, dos riojas que se beben con placer y facilidad) trabaja desde hace seis años, pero hasta la primavera de 2012 no ha podido comprar su primer viñedo propio, una Ha y media en dos parcelas. Hasta ahora hacía vino, sí, pero con uvas compradas. El detalle lo indica con el color negro en las etiquetas: una etiqueta de Olivier con letras blancas sobre fondo negro te dice que ha comprado la uva (hacerse un hueco en la Rioja es extremadamente complejo y lento) y que, por más que se esté encima, no se han podido controlar al 100% todos los procesos en el campo. Y eso, para Olivier es muy importante. En la Rioja hay mucho productor de uva que no vinifica con marca propia, pero que se metan en sus campos a decirle qué hay que hacer…¡eso ya es harina de otro costal!

Tuve la suerte, la emoción también, de ser la primera persona que visitaba sus dos primeros viñedos en propiedad en la Rioja Alavesa, justo una semana después de haber firmado la escritura. Están en Navaridas, a 490 msnm, casi en llano, con cepas en vaso y un marco de plantación de 1,5 x 2m. Buena densidad para unas plantas que, en la parte más vieja de viñedo, son como mínimo de 1920. Y con lo que más le gusta a Olivier: el ensamblaje está ya en el viñedo, con cepas mezcladas de tempranillo, viura y mazuelo. Recuerda este nombre, La Losada, porque algún día verás un vino con él estampado en la etiqueta. Será con letras negras sobre fondo blanco. Ese fondo te dice que Olivier trabaja el viñedo, las uvas son suyas y controla todos los procesos del vino hasta la botella. Como sucede, por ejemplo, en el Alto Redondo (Dicastillo, DO Navarra), tres terrazas de garnacha y, pronto, también de mazuelo (de selección masal), que no llegan a la ½ Ha. 2012 fue un mal año, apenas 20 kg. No habrá vino. Pero 2011 se ofrece (monovarietal de garnacha), todavía en barrica, como un vino de extraordinaria finura, volumen en boca y todos los aires del monte bajo que alimenta esas cepas viejas (sobre los 80 años), tomillo sobre todo. También lleva letras negras sobre fondo blanco Basquevanas, el albillo de Covarrubias (DO Arlanza), uno de los grandes blancos de este país, un vino que en la añada 2009 es grande (las pocas botellas que quedarán: melisa, trufa blanca, ceniza de sarmiento, heno cortado, fino y largo, buena evolución), pero que en 2010 dará todavía más alegrías: más acidez, volumen, amplitud en boca, proteínas. Un vino hecho para demostrar lo que más le gusta a Olivier en un vino: que envejezca mucho y bien. Si le dejamos, claro… Alto Redondo de Olivier Rivière

20 abril, 2013

Tentenublo: por qué repican las campanas

Viñedo de garnacha en Viñaspre de Roberto Oliván Después de haber pasado media tarde con Roberto Oliván, me sentía como si hubiera estado en el túnel del viento tras un buen lavado: fresco, limpio y sin mota de polvo. Roberto es un vendaval de energía y de sabiduría vitivinícola acumulada por años de tradición (tan sólo de él no puede salir porque apenas roza los 30 años…: padres, tíos y abuelos tienen ahí no poca responsabilidad). Trabaja como asesor en algunas bodegas de txakolí, pero él es de Viñaspre (Rioja Alavesa) y sus viñedos más queridos (7 Ha tiene, repartidas en 19 parcelas) se encuentran entre el replano de Viñaspre y en Lanciego. Quizás tenga razón cuando llama a la zona “las Hurdes de hace 90 años”. Puede que esos replanos a los pies de la parte más amable de la Sierra Cantabria (suelos del Terciario, con un porcentaje elevado de arena, pero también con arcillas llenas de óxido de hierro y otras calcáreas), sean lo menos conocido de la Rioja, aunque algunas grandes bodegas no andan lejos y otras, de gente importante en el mundo del vino, se han instalado ya en la zona. Puede, pero eso va a cambiar. Y con rapidez. Las quebradas, los pequeños barrancos, los replanos, las zonas de valle, las laderas con inclinaciones de todo tipo se suceden entre los 650 y los 500 msnm. Diferencias térmicas, de suelo y de altura que hacen que Roberto pueda trabajar en bodega con sus tempranillos, sus garnachas y sus malvasías con más de un grado de alcohol de diferencia, con maduraciones que se alargan de forma amplia en el tiempo y con unas texturas, aromas, cuerpos y capas muy variados y personales.

Puede que con la cosecha de 2012 la cosa acabe en 1500 botellas de malvasía vinificada en seco, 5000 de tempranillo y 1500 de garnacha tinta. Hay que ir con cuidado porque alguna de las cosas que probé acabarán en gran vino. Y volarán todas. De la malvasía no puedo decir mucho porque estaba recién embotellada y todavía algo consternada por la brutal operación (embotellar siempre es traumático para un vino). Pero la tempranillo (Tentenublo se llama la marca de ese vino, que ya salió, y casi se agotó, en 2011…) tiene una carga de fruta inusual en la Rioja contemporánea (en un vino que no sale como joven de añada de maceración carbónica, entendámonos), tiene frescura cítrica (mandarina) y zarzamora, empaque, largura y un final serio y algo amargo (las lías con las que trabaja los tintos). Y procede de viñedos cuidados de una forma por completo natural, que fueron algo maltratados en el pasado, pero que se han regenerado con rapidez (la aparición de ajos silvestres es la mejor prueba, me señala Roberto). Claramente, una rara auis que recomiendo. Adictiva, hay que ir con cuidado. Me llevé al hotel la botella que descorchamos en la bodega y sin darme cuenta, casi me la pimplo entera, y solo. Conste que no tenía que conducir.

Si su tempranillo me da un toque de atención (a este chico hay que seguirle, sí o sí), sus garnachas centenarias me encienden ya todas las alertas. El vino, que quizás se acabe llamando “Escondite del agarcho” (el lagarto verde vive en sus viñedos y es un buen indicador de la salud del suelo de la zona), procederá de tres viñedos distintos y el que no te da sutileza y frescura, te da carga de profundidad, raíces y mineralidad. Creo que acabará siendo una de las grandes garnachas, no ya de la Rioja, sino del país entero. “Tentenublo” es la palabra con que se conoce al repique de campanas que se utilizaba en los pueblos de la Rioja para alejar a las nubes de granizo durante la maduración de la uva y en cosecha. De su efectividad no puedo hablar. Pero que Roberto escogiera, precisamente, un nombre de tradición tan arraigada en su tierra para el primer vino que ha hecho (2011 fue, en efecto, primera añada…), lo dice todo de las intenciones del joven: respeto máximo por la tierra (no son palabras, lo aseguro porque me las he pateado con él) y esmero por trasladarla a la botella. No es nada sencillo encontrar hoy en la Rioja paisaje sano y reconocible en una botella. Aquí lo encontraréis. Y es de una belleza arrebatadora. La cámara acorazada con el tesoro de Roberto OlivánPS. Casi olvido decir que quien me puso en contacto con Roberto fue Juan Cuatrecasas, bebedor atento y escritor voraz.

17 abril, 2013

¿Proemios a mitad de camino?

Desde Briones tras la lluvia del 11 de abril de 2013 Es una costumbre antigua, clásica, ésta de proponer una breve pausa, una reflexión, antes de proseguir el camino. Sobre todo, antes de finalizarlo en la meta que uno se había propuesto alcanzar. Digamos que se trata de un segundo proemio pero en un lugar que no es el que, por naturaleza, le correspondería. Con la breve pausa pascual, e incluyendo los días pasados en las Islas Canarias (en los que descubrí no pocas cosas...), son ya más de dos meses de camino, casi 9000 km rodados y más de 40 bodegas visitadas, charladas, bebidas, vividas. Salí de Barcelona hacia el sur, con la idea de dejar Catalunya para mi última etapa. He estado en Utiel-Requena, en La Manchuela, en La Mancha, en Alicante, en las Sierras de Granada, de Málaga y del norte de Sevilla, en Cádiz, en Extremadura,  en el centro de la Península (en Carabaña, en Méntrida, en San Martín de Valdeiglesias, en Cebreros), en la Sierra de Francia y los Arribes, en Zamora, en Toro, en la Ribera de Duero, en Rueda, en el Bierzo, en Galicia, en la Rioja y Navarra.

Se ha quedado en el camino la Cornisa Cantábrica (Cangas, Liébana, la zona marítima de Euskadi), que intentaré recuperar en un viaje más corto y centrado. Falta ahora, en las próximas semanas y antes de que el calor apriete más de lo que uno desea cuando patea viñedos, una de las partes que más me apetece de este viaje: Catalunya y Baleares. Aunque la gente piense que conozco bien la zona, sé que tengo mucho por descubrir todavía. Y, sin duda, tengo algunos vinos que he bebido con placer pero cuyos viñedos y bodegas no conozco. En los próximos días, publicaré alguna nota sobre lo que más me ha gustado de la Rioja y Navarra (Roberto Oliván, Olivier Rivière, Elisa Úcar y Enrique Basarte). Y espero poder terminar mi Iter Hispanum con algún apunte catalán y, quizás, balear.

Vivo con intensidad estos meses, siento sin dificultad cuándo hay conexión con un viñedo, con un paisaje, con las personas que hacen en este o aquél lugar sus vinos. Charlo mucho y con gente muy diversa.  No sé en qué momento entro en sus vidas, pero la gente se abre y acepta, generosa. Me dan su tiempo, su energía, su conocimiento, su experiencia, su amor por lo que hacen. También paso mucho tiempo en silencio (no sólo el de la noche, que casi nunca ha sido blanca), sobre todo mirando con atención el paisaje y sus habitantes, escribiendo y leyendo. Aprendo que no existe una fórmula, una solución. Quien tiene todas las respuestas a las cuestiones que la tierra o el vino le plantean, hace un vino que no me interesa. He visto y aprendido cómo se escucha al viñedo, cómo se observa su evolución. Sé ahora (aunque no siempre pueda hacerse...) que hay una sola manera de comprender qué y por qué es un vino: viajar, ver, charlar, beber, aprender. Callar y respetar. Dejarse absorber. Finalmente, entender y asimilar. Los jóvenes suelen hacer una o dos estancias largas e intentan aprovechar los hemisferios para hacer dos cosechas en un solo año. Les diría, si alguno quiere escucharme, que no es la manera de entender.

En el camino está la respuesta, no en la estancia. Ahora lo sé. Lo único que no entiendo (aunque estuve un buen rato frente a la casa de A. García Calvo en Zamora) es por qué el camino tiene nombre de mujer y el río lo tiene de hombre. Voy a seguir, a ver si encuentro una respuesta...Desde Briones tras la lluvia del 11 de abril de 2013 dos

14 abril, 2013

El fin...¿justifica los medios?

Tortilla de patatas de Sra. Padín
Miren ustedes esta primera fotografía y contesten conmigo: sí, el fin justifica los medios si el asunto es llegar, por fin, a la tortilla de patatas de la señora madre de Xurxo Alba Padín. No puedo dar datos de localización, pero pregunten ustedes en Cambados por las Bodegas Albamar, la casa de Xurxo. El resto llegará solo...Xurxo es mi amigo, como lo son Rodri (Forjas de Salnés) o Sebio (Coto de Gomariz, más Hush y Salvaxe) y confieso que en el caso de Xurxo, he probado más sus vinos que no pisado sus viñedos. Pero es que son de los más puro y honesto que se hace en Rías Baixas con albariño…Sobre todo cuando los pruebas directamente de los depósitos y vas notando las sutiles (o no tan sutiles…) diferencias que hay entre un terruño y otro, una vinificación y otra. Este hombre es capaz, ya, de trasladar el carácter de su vendimia al depósito de acero inoxidable y está empezando a conseguirlo también en botella. Cuestión de irle siguiendo…Sólo conozco bien un viñedo: la niña de sus ojos. Junto al campo de futbol de Castrelo, cerca de la desembocadura del río Umía, en un territorio muy apto para albariños que (en opinión de algunos expertos) tendría que haber sido del mar hace muchos años. Un territorio de navazos, pues, ganado al mar con la acción del hombre y los (en este caso porque, hoy, está un metro y pico por encima del nivel de ese mar, ¡de hecho de esa ría!) efectos de las tierras de deposición aluvial. Ese viñedo, plantado en 1984, es el que da la uva de uno de los vinos que más me gustan de Xurxo: el Alma de Mar.

Hay mucha literatura sobre el sabor salino de los vinos que se hacen con uvas cercanas al mar (en este caso, apenas 50 metros), pero yo digo solo una cosa. El sabor salino no llega por el aire a través de moléculas de olor del mar. ¡Al contrario. Cuando el viento trae salitre, éste quema las hojas! Y muchos disgustos y pérdidas de cosecha ha dado. No: el sabor salino viene de una posición privilegiada de los viñedos y de unas raíces que viven en suelo arenoso y algo arcilloso y chupan parte de su humedad de lo que el mar ofrece en lo profundo de la capa freática. Ahí, el albariño de Xurxo da lo mejor de sí: almendras algo amargas ligeramente saladas, salazones en posgusto y algo de amargor vegetal, acidez sin compasión, pomelo, frescura, pera limonera. Tomas ese vino y hueles y sientes esa zona de la que sale, con brisas y aromas, con vegetación y arenas, con mar y ondas llenas de energía. Con los años y con lías (un poco de Alma de Mar las lleva y Pepe Luís, su otra marca, las lleva todas: ahí hay que afinar todavía), el vino de Xurxo evoluciona bien. Probé, en una comida en casa de sus padres (ahora te hablo de ella, un poco de paciencia…), el que él llama básico (no me gustan esos adjetivos porque tienen que ver sólo con el precio y, en cambio, parece que aludan a la calidad del vino: no es el caso, ya te lo digo, porque este básico es un gran albariño a buen precio, eso sí), un Albamar 2006 (la primera añada que embotellaba) y además de su frescura, todavía persistente, había evolucionado en botella hacia un vino con aires de hierbaluisa, balsámico, algo de cera de panal, con más volumen y amplitud que profundidad y verticalidad. Pero ahí estaba el vino…
Raya a la gallega de la Sra. Padín
Pero los vinos no eran más que un pretexto. Lo siento, Xurxo. Sí, lo confieso en público. El objetivo era tu madre y su cocina...La casa de los Alba Padín y Bodegas Albamar... No puedo dar más que esa pista, y decir que es un furancho, es decir uno de esos “restaurantes” que, en Galicia, la gente monta en sus casas para dar salida al vino excedente de la propia producción (es decir, lo que no se beben en casa: en este caso, tinto de Barrantes más que nada). En realidad, es una tienda de ultramarinos, pero…entre la bodega y la tienda, hay una cocina. La cocina de la casa, claro, a la que algunas mesas llenas de buenos conocedores de la zona aplauden cada vez que la madre de Xurxo saca su tortilla de patatas. Después de probar de nuevo sus vinos de 2012 (alguna sorpresa grande y buena habrá -un albariño de cepas centenarias embotellado sólo en magnums-, que se servirá, creo, solo en el comedero de truhanes conocido como Restaurante Vinoteca Bagos, en Pontevedra: Rua Michelena, 20, teléfono 986852460), nos sentamos a la mesa y el espectáculo fue de impacto. Porque no sólo salió la famosa tortilla de patata (las pitas corren por el patio de detrás de la casa…). Antes puso unas vieiras de antología (las mejores, sólo con aceite y cebolla, las de la ría de Arousa, las más frescas, las de Mar) y unos berberechos tersos y sabrosos. Y lo mejor de la sesión, la receta por la que a la madre de Xurxo habría que ponerle una estatua a la entrada de Cambados: una raya a la gallega, con patatas, aceite, ajo y pimentón (mezcla de dos pimentones, vaya). Yo no sé de dónde saldría ese pescado, pero la tensión en su carne denotaba una frescura y un punto de cocción que yo jamás había disfrutado. El remate de unas filloas acabadas de hacer, calentitas, mórbidas pero con empaque, con su miel, me hicieron postrarme a sus pies (al final de la comida y a solas, por supuesto) para rogarle que me adoptara. Ni caso…
Filloas de la Sra. Padín

10 abril, 2013

Los agros perdidos de Antonio Saborido

Viñedo de 200 años en Xirpin Barbanza En el DRAE, la palabra "agro" significa "1. m. Campo, tierra de labranza." Indican que procede del latín ager, agri . En latín, si la palabra no lleva adjetivo, significa siempre "campo cultivado" y sólo cuando éste ha sido abandonado o no se ha cultivado jamás, se usa un adjetivo para indicarlo (agros incultos, por ejemplo). Eso fue, exactamente, lo que sucedió durante las dos horas en que estuve paseando (en compañía de Antonio Portela y un amigo suyo), con Antonio Saborido, de Xirpin, por las tierras de labranza de la parroquia de Abanquerio, en el municipio de Boiro, frente a la ría de Arousa. Anduvimos dos horas con su coche, parando en esta o aquella parcela de viñedo suya, y la expresión que más veces salió de su boca fue "todos estos agros estaban plantados" o "los agros llegaban hasta aquí". El amigo de Antonio, al final, se quejaba un poco: "no hemos visto nada y había otros viñedos que podíamos haber visitado". Puede que tuviera razón...pero lo que a Antonio Saborido le salió del alma mostrarnos fueron todos los agros que se habían perdido en los últimos 40 años, los agros perdidos de Antonio, los que él, con sus propios ojos y ya de niño, ha visto cómo iban desapareciendo de su paisaje.

Puede que fuera, por lo demás, la manera más eficaz de que alguien como yo (el único que, en realidad, conocía ese extraordinario paisaje arousan por primera vez) se diera cuenta de qué significaba realmente encontrar un viñedo como el de Xirpin (en la foto superior). En un ejercicio que ya conozco como habitual en Galicia, Antonio ha ido controlando pequeñas parcelas (no agrupándolas porque en Boiro eso es imposible: ¡tiene apenas una Ha en 12 parcelas!), cuidándolas con mimo y reconstruyendo un paisaje que, hace cincuenta años, era tal y como le véis ahora en la foto superior: cepas emparradas a unos 60 cm del suelo (francoarenoso), prefiloxéricas y con unas edades que iban de los 150 a los 200 años. Los niños vendimiaban sentados...El valor de lo que hace Saborido es doble, aunque en realidad es incalculable: no sólo sigue representando con orgullo la memoria de lo que fue (casi al estilo de Fahrenheit 451); también se niega a que desaparezca lo que todavía es. Y por ello, gusten más o menos, sus vinos Xirpin blanco y tinto son mucho más que vinos. Son historia de Galicia embotellada. Porque yo jamás había probado algo como el Xirpin blanco. Esos viñedos centenarios plantados en pie franco en medio del bosque son de raposo (branco lexítimo), Viño da terra de Barbanza e Iria, y aunque contienen un mínimo porcentaje de albariño, saben a algo muy distinto.

Saben a raposo, saben a historia, saben a clima y territorio, saben a Antonio. Son pues, y en muchos sentidos, vinos únicos. Probamos un Xirpin blanco 2012 con 12,7% y de depósito aún, que era punzante, redondo y algo dulzón (aunque seco por completo: la uva es así). Tiene un punto tropical y, sí, es poco ácido en comparación con sus uvas vecinas del sur, muy redondo y con el tanino pequeño. Huele a nísperos maduros, al hueso de ese níspero, tiene un posgusto de una finura vegetal enorme: aromas de helecho y de liquen en el bosque húmedo. 2500L de blanco en 2012...El Xirpin tinto 2012 lleva mencía, sousón y caíño y el que probamos dejaba sentir la reducción típica del sousón, pero tenía una fragancia tremenda: pimienta roja y grosella roja también (12%). Tanino fino, pequeño pero jugoso. Con los mejillones en escabeche caseros, abrimos un Xirpin blanco 2010 y seguí notando una finura grande en ese raposo: finura de la flor del jazmín, ese punto dulzón y embriagador, mimosa en flor (aunque sin la penetración ácida de la planta). Es un vino que se afina y adelgaza en boca con reposo en botella.

Este viaje mío, que va ya para las ocho semanas, podría tener varios subtítulos: el de las islas perdidas (cada bodega que he conocido parece una isla frente a un mar que las ignora) y los robinsones reencontrados (a pesar de todo, hay en ellas un montón de orgullosos supervivientes). O el de los viñedos perdidos, abandonados, convertidos en maleza y pasto del bosque y de las plagas. El viaje de los agros perdidos, tal y como nos enseñó Antonio Saborido, podría llamarse. Y a pesar de todo, sigue habiendo mucha gente que cuida, mima y embotella las cepas que encontró. En la foto inferior, Saborido, izquierda, está con Antonio Portela, o viticologo dos bagos, que se me antoja, cada vez más, pieza fundamental para entender la Galicia vinífera de hoy. Gracias a ambos aprendí un montón de cosas en Boiro.Antonio Saborido y Antonio Portela