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28 septiembre, 2017

El demiurgo en la sala


Charla a los estudiantes del Curso Superior de Sumiller Profesional del INGAVI, Santiago de Compostela, 25 de septiembre de 2017

detalle brote  albariño

Quiero a Galicia, quiero a sus gentes, a sus tierras, a sus montes y a sus mares, a sus uvas, a sus vinos, a sus quesos y a sus árboles. Quiero a su cultura y a su manera de hacer las cosas. Me gustan los furanchos, me gusta cómo adoran a piedras y bosques, cómo son supersticiosos tanto como tocan de pies en el suelo. Siento, además, que esta tierra me quiere también y ella y sus gentes me dan mucho más de lo que yo puedo ofrecerles. Poder estar en el Curso Superior de Sumiller, dar charlas en él, ayudar a formar a la gente que quiere, sencillamente, saber más del vino y de su cultura en el mundo, es una forma de dar las gracias a Galicia por tantas cosas como recibo de ella. Quiero agradecer al Instituto Galego do Viño (INGAVI), a Xoan, a Jorge y a Juanjo, que me sigan dando oportunidades como ésta. Lo que sigue no es, exactamente, aquello que dije el pasado 25 de septiembre en el primer día de clase de la V promoción del Curso y en el acto de entrega de diplomas a la IV. Es un remedo escrito de aquello que expliqué, con la ayuda de los textos que usé para coser la única idea que quería transmitir ese día y hoy: quien ofrece una botella de vino en una sala de restaurante, en una tienda, en una venta, en un salón...se puede convertir en demiurgo que, con ese sencillo gesto y la palabra que tiene que acompañar, cree un orden nuevo de cosas en quien lo recibe. Intentaré desarrollar aquí la idea.

Me gusta la pequeña historia con que David Foster Wallace (Esto es agua, Literatura Random House, Barcelona, 2014, ISBN 978-84-397-2939-6, Introd.), invitado a una ceremonia de graduación en la Universidad de Kenyon, empezó su discurso a los estudiantes. Fue el único que dio en su corta vida, pero cada una de sus palabras merece la pena. Contó que (p.9) "había una vez dos peces jóvenes que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez mayor que nadaba en dirección contraria; el pez mayor los saludó con la cabeza y les dijo: 'Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?'.  Los dos peces jóvenes siguieron nadando un trecho; por fin, uno de ellos miró al otro y le dijo: "Qué demonios es el agua?"".

P.14: "el sentido inmediato de la historia de los peces no es más que el hecho de que las realidades más obvias, ubicuas e importantes son a menudo las que más cuestan de ver y las que más cuestan de explicar."

19 d'abril de 2016

Algunas de las realidades más obvias en mi camino me llevaron a aprender y a reflexionar hasta llegar donde estoy hoy, defendiendo una relación y un entendimiento con la naturaleza que enlaza directamente con aquello que fuimos y hemos dejado de ser hace ya muchos años. Son las de la identificación de los romanos con la iconografía de las cuatro estaciones, con sus textos e imágenes entendidas y usadas como una metáfora adecuada para hablar de la vida, de la muerte y de las metamorfosis que sufren los seres vivos. Los romanos podían haber escogido otras fermentaciones para hablar de cómo se transforma una materia que la madre tierra da gracias al trabajo, para hablar de cómo cambia y de cómo te transforma, también a ti, la vida. Podían haber hablado del pan o del queso, incluso de la cerveza. Pero no. Escogieron al viñedo, a la cepa y a su uva, al mosto y al vino. Porque el trigo se recoge una sola vez al año, como la cebada o el lúpulo; la leche, se ordeña cada día. Y se hace pan, queso o cerveza cuando se quiere, en cualquier momento del año. En cambio, el vino es la metáfora perfecta de la vida humana y de una cadena que nunca se ha interrumpido, la de las estaciones. Hay un reposo ineludible que se parece a la muerte y que se llama invierno. El frío y la aparente falta de vida dan paso al sol y al primer calor, al renacimiento de la vida en la cepa. La flor es fecundada y la vida surge de nuevo. Hay parto en la vendimia, como lo hay en la fermentación del mosto. Hay metamorfosis: la vida sigue pero cambia de forma. Cambian los colores de la naturaleza y vuelve el reposo en el otoño tardío. El blanco invierno iniciará un nuevo ciclo. Siempre. Beber ese vino era conectarse con el ciclo natural de las cosas. A través de textos, de inscripciones, de sarcófagos, de mosaicos, de pinturas al fresco, etc., los romanos celebraban esa suerte de inmortalidad que proporcionaba el cultivo de la vid porque sus vidas dependían de la tierra y del sol, y el vino era su símbolo. Tardé años en entender qué significaba y cómo encajaba en mi relación con la naturaleza. Pero lo hice.

(Maurice Maeterlink, La vida de las abejas, Editorial Losada, Buenos Aires, 2017, ISBN 978-950-03-7307-4, pp.240-1) "Y así, como está inscrito en la lengua, en la boca y en el estómago de las abejas que deben producir la miel, está inscrito en nuestros ojos, en nuestros oídos, en nuestra médula, en todos los lóbulos de nuestra cabeza, en todo el sistema nervioso de nuestro cuerpo, que hemos sido creados para transformar lo que absorbemos de las cosas de la tierra en una energía particular y de una calidad única sobre este globo. Ningún ser, que yo sepa, ha sido dispuesto para producir como nosotros ese fluido extraño que llamamos pensamiento, razón, alma, espíritu, potencia cerebral, virtud, bondad, justicia, saber. Posee mil nombres pero una sola esencia".

Esa esencia es la energía, la energía que distingue a un ser vivo porque (Wilhelm Schmid, Serenitat. Viure el regal de fer-se gran, Angle Editorial, Barcelona, 2015, ISBN 978-84-16139-42-2, pp.89-90) "al final de la vida se ve con claridad que se trata de energías...no son energías misteriosas, inconcebibles, sino energías  bien conocidas y mesurables: la energía térmica, la eléctrica, la cinética...estas energías físicas se someten a la ley de la conservación de la energía que Hermann von Helmholtz formuló en 1847 y que nunca ha sido refutada. Dice esta ley que las energías  pueden adoptar otras formas, pero nunca ser destruidas. Con claridad y sencillez: esto significa que la energía no muere, se transforma".

El concepto enlaza con la energía que Maeterlink consideraba particular y única del ser humano. Otra palabra para denominar a esta energía podría ser "alma", que el artista belga también utiliza. Todas las civilizaciones, exceptuando la tecnológico/digital/virtual contemporánea, han asumido que el alma es inmortal. Y todas las que comparten nuestro ámbito geográfico y cultural, desde el Cáucaso hasta Finisterre, la han vinculado con el concepto de regeneración, de metamorfosis, de cambio. Nunca con el de desaparición.

"Dónde va, pues, esta persona, esta energía, esta alma que parece desaparecer con la muerte física. La energía de la vida continúa siendo, no se pierde de ella ningún quántum que no se pueda localizar con exactitud".  Ya nos lo explicaron los griegos y los romanos con su ejemplo de vida diaria vinculada a la naturaleza, y con sus textos (Lucrecio, Séneca): nada se pierde, todo se transforma. Y la metáfora de la naturaleza y de los viñedos que cada año parecen morir en invierno para transformarse en primavera y transformarnos a nosotros cuando vendimiamos y hacemos vino en otoño, es la más adecuada para entender que también ese tipo de energías no mueren, sino que se transforman cuando hablamos de ellas y cuando nos las bebemos.

Para poder hacerlo, hay que tener predisposición y ganas de ejercitar aquello que propone Mario Satz (Pequeños paraísos. El espíritu de los jardines, Acantilado, Barcelona, 2017, ISBN 978-84-16748-45-7, p.135): "los tesoros del mundo susurran en voz baja su deseo de ser encontrados. Dicen: el mapa para hallarnos está compuesto de hojas, alas y suspiros, escamas prismáticas y espumas más blancas que el alba. No hay cofres que no sean estrellas y estrellas que no sean pupilas humanas abiertas de par en par. Cada buscador descubre un microscópico punto de ese mapa, el espacio donde su pie comienza a flexionar su senda". El inicio de vuestro camino personal! Un japonés, o yo...llamaría a eso encontrar vuestro ikigai (Héctor García -Kirai- & Francesc Miralles, Ikigai. Els secrets del Japó per a una vida llarga i feliç, Entramat, Barcelona, ISBN 978-84-16715-12-1, pp.64 y 77), es decir, la libre elección de cómo afronta uno las circunstancias que la vida le ha dado. En dos palabras, la búsqueda de un camino propio, que tiene que convertirse, cuando lo encontréis, en el combustible existencial de vuestra vida, en aquello que, con esfuerzo y tenacidad, os haga no perder el paso y que todo tenga un sentido.

"Coleccionar analogías no nos hace más felices, pero percibir transparencias concede melodía a nuestros latidos", sentencia Satz.

La energía de la tierra, la de las personas que la cuidan y ven en ella vinos que nacerán de sus cepas son transparencias. También aquello que transmiten sus vinos lo es, sí, pero aprehensible, rastreable aunque invisible, única cada una de ellas y, por lo tanto, digna de ser buscada y explicada.

Yo he encontrado aquí uno de los ikigai de mi vida, que vincula de una forma natural (y me di cuenta este verano...) aquello que yo pretendo ser como apasionado de la antigüedad clásica con mi relación con la naturaleza a través de la vitivinicultura.

Lo explica muy bien Henry David Thoreau (Volar. Apuntes sobre aves. Selección y edición de Antonio Casado da Rocha y José Ignacio Foronda, Pepitas de calabaza ed., Logroño, 2016, ISBN 978-84-15862-52-9, p.33): "el aire se llena de azulejos. El suelo está casi por completo desnudo...Me apoyo en una valla y escucho el aire, que parece líquido con los gorjeos de los azulejos. Mi vida forma parte del infinito. El aire es tan profundo como nuestra propia naturaleza. Me muevo para pedirle cosas nuevas a la existencia...quiero trascender mi rutina diaria y la de mis convecinos; quiero alcanzar ahora mi inmortalidad y que posea las cualidades de mi vida diaria...ojalá conserve la perseverancia que jamás he tenido. Y ojalá pueda purificarme de nuevo, en cuerpo y alma, como si lo hiciese con fuego y con agua. Y que mi canto no desmerezca de las estaciones. Y ojalá pueda obligarme a ser un cazador de lo bello y nunca se me escape nada".

Pradell de la Teixeta i Sebald

Lo que os propongo hoy es que nadie os muestre cuál ha de ser vuestro camino. Tampoco yo, por supuesto. Sois vosotros quienes tenéis que encontrar vuestro ikigai formándoos, escuchando todos los puntos de vista, viajando y pisando viñas, charlando con los agricultores, huyendo de adoctrinamientos y de apriorismos, formando vuestro propio criterio, recolectando energías y preparándoos para transmitirlas.

Por todo lo que os acabo de decir, os propongo que os convirtáis en demiurgos en vuestra sala o lugar de trabajo. Esta palabra viene del griego clásico, del verbo "demiurgéo" que significa "trabajar para el público", literalmente! De este sentido pasó a querer decir "producir, crear" y de aquí a "crear para producir placer". El sustantivo, "demiurgós", demiurgo en castellano, entró en el pensamiento filosófico, tanto platónico como gnóstico. En el primero significa "divinidad que crea y armoniza el universo" y en el segundo "alma universal, principio activo del mundo".

Os propongo pues: encontrad ese camino, empezad a andarlo con vuestro propio pie, buscad y encontrad vuestro ikigai, vuestra manera de entender las cosas, aquello que da sentido a la vocación que hoy queréis consolidar con una nueva formación. Todos los caminos pueden ser buenos mientras se anden con pasión y con algo que contar. Convertíos en el alma de la sala, sed demiurgos, fuerzas transmisoras de aquello que habéis conocido en el campo y en vuestra formación. No os limitéis a presentar mecánicamente una botella y a contar cuatro vaguedades transmitidas de segunda mano. Aquellas personas, aquellos vinos con los que compartáis una forma de entender la naturaleza, la que sea, que sepan que vosotros sois sus intermediarios en la tierra, sus demiurgos, porque creáis un nuevo orden en la sala y permitís, con vuestra actitud, que las energías y sabores que ellos embotellaron de su tierra y sus cepas no mueran, sino que se transformen gracias a vosotros y a las personas con las que tratéis. No perdáis la oportunidad de ser únicos, de ser almas y principios activos de esa cadena de transformaciones allí donde trabajéis. Y de serlo con la pasión, el esfuerzo, el talento y la convicción de quien sabe qué hace y por qué lo hace.

¡Bienvenidos al club de los buscadores de transparencias, de los cazadores de bellezas efímeras!

The glory of the sky

Postscriptum. Este texto está dedicado, con cariño y reconocimiento, a las personas que abren botellas de vino y las explican para que los demás seamos felices y, bebiendo y escuchando, mejores.

21 junio, 2017

Thoreau, Dillard y un cumpleaños

(“Porque somos seres vivos, estamos en el punto de mira de la belleza”)

Desde Briones tras la lluvia del 11 de abril de 2013

Para celebrar el bicentenario del nacimiento de Henry David Thoreau, el 12 de junio de 1817, os propongo unas notas de lectura veraniegas con Annie Dillard, a propósito de su Una temporada en Tinker Creek, errata naturae, Madrid, 2017 (en traducción de Teresa Lanero Ladrón de Guevara, ISBN 978-84-16544-33-2), publicado originalmente en 1974. Su experiencia y su escritura beben tanto del río Tinker como Thoreau lo hizo de la laguna Walden. Además, Dillard debe mucho a Thoreau. Y yo les debo mucho a ambos. Como es costumbre en este tipo de escritos, los entrecomillados son de Annie Dillard o de sus citas y el resto de texto es mío. Casi como si fuera un escrito a cuatro manos. Un honor que me proporcionan la lectura y la osadía. Porque “la naturaleza" -dijo Thoreau en su diario- "es siempre mítica y mística y emplea todo su genio en la más mínima obra” (p.189).

P.181: “’no pierdas nunca tu bendita curiosidad’, dijo Einstein. De modo que saco el microscopio de la estantería, coloco una gota de agua de la charca de los patos sobre la lámina de cristal e intento mirar a los ojos a la primavera”.

P.187-188: “si analizas una molécula de clorofila, obtienes ciento treinta y seis átomos de hidrógeno, carbono, oxígeno y nitrógeno relacionados de un modo preciso y complejo alrededor de un anillo central. En el centro del anillo hay un único átomo de magnesio. Ahora bien, si quitas ese átomo de magnesio y en su lugar exacto colocas un átomo de hierro, obtienes una molécula de hemoglobina”.

La sangre roja de los seres humanos es exactamente igual a la sangre verde de las plantas, sólo cambia un átomo de hierro… Es buena idea tenerlo en cuenta para acercarnos a ellas y entenderlas con otra predisposición: es como si habláramos de la sangre de la tierra...

Manos manchadas de sangre de la tierra del Priorat

P.291: “soy la superfície del agua con la que juega el viento; soy pétalo, pluma, piedra”.

P.22-23: “si el paisaje pone de manifiesto alguna certeza, es que la exageración es la verdadera esencia de la creación. Después de aquella primera exageración de la creación, el universo ha seguido operando exclusivamente con exageraciones…con un vigor siempre renovado. El espectáculo completo ha sido enérgico desde el principio”.

P.27: “Soy una exploradora, por tanto, y también una acechadora, o el mismísimo instrumento de la caza. Algunos indios solían tallar prolongados surcos a lo largo de los astiles de madera de sus flechas. A esos surcos los llamaban  ‘marcas del rayo’ porque se parecían a las grietas curvas que el rayo traza en los troncos de los árboles. La función de las marcas del rayo es la siguiente: si la flecha no mata a la presa, la sangre de la profunda herida se canalizará a través de esos surcos y goteará por el astil hasta derramarse en el suelo, de manera que el descalzo y tembloroso arquero podrá seguir el rastro de gotas sobre las hojas anchas, sobre las piedras, hasta cualquier tierra salvaje, por profunda y poco común que sea. Yo soy el astil de la flecha, tallada de arriba abajo por luces inesperadas e incisiones del mismo cielo, y este libro es el rastro perdido de la sangre”.

Hay que usar el poder de nuestros sentidos y de nuestra mente como si de flechas que atraviesan el aire se tratara, que se clavan en cualquier cosa que llame nuestra atención. Pero nosotros no matamos, observamos y, a veces comprendemos, y dejamos que la marca del rayo que ha penetrado en nosotros nos convierta en transmisores del rastro perdido que nos ha emocionado.

P.30: “pero si cultivas una pobreza y una sencillez saludables y el hecho de encontrar un centavo te cambia literalmente el día, en este caso, como el mundo está sembrado de centavos, con tu pobreza” (diría, casi mejor, con tu actitud) “habrás comprado días irrepetibles. Es así de simple. Lo que ves es lo que recibes”.

Viñedo Dos puntas en cevreros (Ávila)

La actitud del naturalista ante la vida es ésta: estés donde estés, vive y mira atentamente porque tu felicidad será aquello que veas y aquello que veas será aquello que, en cada momento, serás. No hay que olvidar que la naturaleza se abre paso en cualquier sitio… he visto cosas hermosas, que me han alegrado y regalado el día, tanto dentro de un avión, en la cola de la pista de despegue (crucé la mirada con una garzeta real), como en mis caminatas por cualquier viñedo (un zorro perplejo ante la táctica, perfectamente estudiada, de dos conejos para despistarle). Sin olvidar que escuchar, sentir y oler es tan importante como ver y mirar. Como observa Dillard (p.53), “cuando camino sin cámara, mi propio obturador se abre y la luz del momento se fija en mis entrañas de haluro de plata. Cuando veo de este modo, soy, ante todo, una observadora sin escrúpulos”.

Hay que volver a caminar sin cámara fotográfica para que la luz de cada acontecimiento entre en nuestro cuerpo y se fije sin trabas en la película “fotográfica” de nuestra sensibilidad. P.55: “el secreto de la vista es, por tanto, la perla más valiosa. Si pensara que un lunático cualquiera puede enseñarme a encontrarla y a guardarla para siempre, caminaría descalza y tambaleante a lo largo de cientos de desiertos detrás de él. Pero aunque la perla puede hallarse, no puede buscarse. La literatura de la iluminación nos lo revela cada vez: a pesar de que le puede llegar a quien la espera, es siempre un regalo y una completa sorpresa, incluso para el más experimentado de los maestros”.

P.122: “Esto es, ahora sí, esto es. Experimentar el presente de manera pura es vaciarse hasta quedarse hueco; es recoger la gracia como quien llena su taza bajo una cascada. La conciencia no impide vivir el presente. De hecho, la gran puerta del presente sólo se abre  cuando existe una percepción más intensa…la conciencia de uno mismo, sin embargo, sí dificulta la experiencia del presente. Es el instrumento que desconecta a todos los demás. Mientras me ‘pierdo’ en un árbol, soy capaz de sentir el olor de su frondoso aliento o de calcular las cuerdas que supondrían su madera, puedo arrancar sus frutos o hervir té sobre sus ramas, y el árbol sigue allí. Pero en el instante en que me vuelvo consciente de mí misma al realizar una de esas actividades…el árbol desaparece de mi vista, es arrancado de cuajo como si nunca hubiera estado allí. Y el tiempo, que se deslizaba sin cesar hacia el interior del árbol aportando nuevas revelaciones como hojas flotantes, cesa. Se contiene, se apacigua, se estanca”.

Me gusta perderme en los vinos cuando noto que me llaman y quieren decirme algo. Todo desaparece, entonces, de mi vista pero los ojos del interior se abren. Soy capaz, en ese momento, de ver amaneceres y otoños en la copa, vientos y mareas, sombras y raíces, la fuerza de un árbol y la magia del pájaro que huye. Puedo moverme por su paisaje, hablar con quien lo ha hecho y sentir y describir sus revelaciones.

P.154: “uno no atrapa el presente, no lo consigue con anzuelos y redes. Uno lo espera con las manos vacías. Así es como te llenas”.

P.53: “algo se rompió en mí, algo se abrió a la par. Me llené como un odre de vino nuevo. Respiré el aire como si fuera luz; vi la luz como si fuera agua. Yo era el borde de una fuente que el arroyo llenaba para siempre; era el éter, la hoja en el céfiro; era una partícula de piel, de pluma, de hueso”.

P.55: “el secreto de ver es navegar con viento solar. Pule y extiende tu espíritu hasta que tú mismo seas una vela afilada, traslúcida, que navegue de costado con el más mínimo soplido”.

Tarda virgiliana com mai al Priorat set 2006

No hay que conocer a Séneca ni haber leído a Ovidio, no hay que saber qué escriben los romanos a sus muertos o cómo decoran sus sarcófagos, para poder describir a la perfección en qué consiste la eternidad y, con ella, la inmortalidad. Tiene que ver con la observación atenta de la naturaleza en cualquiera de sus manifestaciones y a lo largo de las estaciones, que Dillard practica con perfecta intensidad: (p.111) “…en fin. He estado pensando en el cambio de las estaciones. Este año no quiero perderme la primavera. Quiero diferenciar entre el último frío del invierno y el frío de fuera de temporada, es decir, el de la primavera. Quiero estar ahí en el momento  en que el pasto se vuelva verde. Siempre me pierdo esa revolución radical…este año quiero tender  una red a través del tiempo y decir ‘ahora’, al igual que los hombres plantan banderas en el hielo y la nieve y dicen ‘aquí’. Pero me da la sensación de que será tan imposible atrapar la primavera por la cola como desatar el aparente nudo de la piel de la serpiente; no hay bordes donde agarrarse. Ambos son bucles continuos”.

"Aiòn" fue hijo de Cronos (identificado casi siempre, por error o no, con “El tiempo”), quien fue hijo de “Ouranós”, “el cielo”; y "aièi", que es adverbio hijo del dios, significa “siempre, sin cesar, continuamente” en griego clásico. Cicerón tradujo el concepto por Aeternitas y su representación gráfica es un joven sin edad rodeado, en el interior de un círculo perfecto, por los frutos que representan las cuatro estaciones, un bucle al que no hay que agarrarse porque ya estamos dentro de él. Basta con estar atentos a aquello que sucede en la naturaleza para integrarnos en ese devenir cíciclo. Basta con querer convertirse en superfície del agua que corre junto al viñedo, en viento que trae el fresco del mar a las cepas o en cielo estrellado bajo el que una uva feliz duerme. Basta con ser roca o abejaruco, retama o flor de olivo.

P.113: “el calendario, el tiempo y el comportamiento de las criaturas salvajes están sutilmente conectados entre ellos. Todo se superpone con suavidad durante unas pocas semanas en cada estación y luego se vuelve a enmarañar”.

P.123: “la inocencia es un mundo mejor. La inocencia ve que esto es, que ahora sí, y considera que el mundo y el tiempo son suficientes. La inocencia no es una prerrogativa de los niños y de los cachorros, y menos aún de las montañas o de las estrellas fijas en el cielo…para nosotros, la inocencia no es algo perdido; el mundo es un lugar mejor que todo eso. Como cualquiera de los dones del espíritu, está ahí si la quieres, disponible para quien la pida”.

La inocencia significa otorgarte el poder de la sorpresa, la inocencia es dejarte sorprender. Por eso he estado siempre en contra de las catas a ciegas como juegos de vanidad, por una parte (a ver quién sabe más…) o como juegos sin más (juego a adivinar y a decir “qué poco sé…” o “cuánta humildad proporciona el vino”), porque no necesito ninguna funda sobre la botella para dejarme sorprender ni para decir qué pienso. Tampoco hace falta mirar la etiqueta  para concentrarse en el interior de la botella y para dejarse llevar por su vino. El problema, quizá, es que muchos vinos te llevan a ninguna parte. La inocencia es dejarte llevar por tu sensibilidad y por tus sentimientos, no por etiquetas o por comentarios y opiniones de otros: beber aquello que la botella y la copa te ofrecen sin pensar ni saber quién lo ha hecho. Y a ver qué te dice… para eso no hace falta otra cosa que saber que todos tenemos el don de la inocencia y de la sorpresa. Pero como todas las cualidades, hay que saber que la tienes, hay que reconocerla y querer practicarla.

P.124: “lo que yo llamo inocencia es la falta de conciencia de sí mismo que tiene el espíritu en un instante de pura devoción hacia cualquier objeto. Es, al mismo tiempo, receptividad y absoluta concentración. Uno no necesita convertirse en un cachorro para ello, no debería”.

P.125: “la vida es movimiento; el tiempo es un arroyo vivo que transporta luces cambiantes. Mientras me muevo, o mientras el mundo se mueve a mi alrededor, la plenitud de lo que veo se hace añicos…el presente es un lienzo que se entrega sin reservas. Sin embargo, aunque no dejen de rasgarlo, aunque se lo lleve la corriente, sigue siendo un lienzo”.

Llaurant Les Tosses

Plantearse un paisaje con viñedos como si de un lienzo se tratara. Cada día lo descubres de nuevo porque cada día es distinto. Y el vino que nace de una actitud así, el vino que hace la gente que se entrega a diario a su trabajo en el campo y que quiere embotellarlo en la plenitud con que lo conoce, ese vino no conoce fronteras. Ese vino se mueve cada día, cambia cada día y hay que entregarse con plenitud a él y a descubrir sus metamorfosis. No sé si hay muchos o pocos vinos así. Sé que he podido ya beber unos cuantos de ellos en mi vida. También sé que me quedan muchísimos más por descubrir. No hace falta mucha publicidad ni redes sociales para beber así: hay que saber entregarse al presente que un vino te regala también sin testigos. Cada cual sabrá cuándo merece realmente la pena hacerlo.

P.131: “la idea que tiene de la inmensidad un hombre ciego es un árbol. Poseen cuerpos robustos, habilidades especiales, almacenan agua fresca, perduran”.

(P.138) “estoy sentada bajo un sicomoro: soy un caparazón blando y descascarillado, vulnerable al más mínimo soplo del viento o azote de la arena. El presente de nuestra vida parece distinto debajo de los árboles. Los árboles ejercen su dominio”.

P.151: “el camino de la perfección consiste en la facilidad para hacer las cosas dejándolas caer por su propio peso”.

El camino de la perfección consiste, además, en dejar que las cosas sean, en no intentar manipularlas ni llevarlas donde tú quieres que vayan. Hace falta un entrenamiento de años y equivocarte muchas veces, pero se consigue. (P.344: “en la naturaleza -escribió Huston Smith- el acento recae sobre lo que es, más que sobre lo que debería ser”). Finalmente, disfrutas viendo cómo las cosas son y descubriendo su belleza instantánea. Cuántas veces me he equivocado “juzgando” (ya no juzgo…) a vinos y personas por lo que yo pensaba que tenían que ser… Ya no juzgo: conozco, charlo, abro y bebo y sé, al instante si estoy disfrutando de un momento de belleza y de emoción o no. La perfección, en este sentido, es un instante de felicidad y todos podemos acceder a ella. Y (p.158) “la belleza en sí es un lenguaje para el que no tenemos clave; es la cifra muda, el criptograma, el código incólume e innacesible”. Puesto que no hay clave, no hay dos vinos hermosos iguales: es un criptograma que, cada vez, hay que intentar descifrar pero con la mente en blanco y sin prejuicios. Porque nunca se repite su fórmula.

P.175: “hay una suerte de energía muscular en la luz del sol que es comparable a la energía espiritual del viento. En los días de sol, la energía solar que recibe media hectárea de terreno equivale a cuatro mil quinientos caballos de vapor. Estos caballos se propagan en todas direcciones, como esclavos construyendo pirámides y fabricando, de abajo arriba, un mundo nuevo y firme”.

Todos sabemos que hay vinos así, vinos llenos de la energía del sol y de la fuerza de los caballos que han trabajado el campo. Hay vinos llenos del viento que viene del mar con sus luces y aromas; o de la tierra interior, con su arcilla y su polvo. Hay vinos ante los que sientes estar ante esa media hectárea llena de energía, de luz y de fuerza intuitiva.

P.204: “pero es aquí, en la Tierra, donde la textura me interesa sobremanera. Dondequiera que hay vida, hay enredo y desorden: el encrespamiento de un liquen ártico, la maraña de broza a lo largo de una orilla, la articulación de la pata de un perro, la forma en que una línea recta se convierte en una curva, en una escisión o en un nudo. Nuestro planeta se caracteriza por ser escarpado, por sus montañas agolpadas al azar, por los márgenes crispados de sus costas”.

(P.206) “porque somos personas vivas y porque estamos en el punto de mira de la belleza, hay otro elemento que interviene por fuerza. La textura del espacio es una condición del tiempo. El tiempo es la urdimbre, la materia es la trama de la belleza tejida en el espacio y la muerte es la lanzadera…lo que quiero hacer, entonces, es añadir tiempo a la textura, pintar el paisaje en un pergamino que no pueda desenrollarse y dejar que el globo terráqueo gigante dé vueltas en su soporte”.

Texturas, colores, líneas rectas que intuyen y aman la curva, el tiempo, la urdimbre como materia para la belleza, el alborozo, pintar el paisaje en una copa de vino. Con la complejidad que dibuja Dillard me gusta percibir el mundo de los vinos que amo. Y con la sencillez y humildad con que ella vive y escribe su día a día, me gusta descubrirlos y beberlos. El color y las texturas de mi vida, los pliegues de mi tiempo y de mi recuerdo siempre han tenido la forma de los aromas, la textura de los sabores, la fuerza de los colores. Hacen que me sienta vivo y que pueda transmitir las cosas que vivo de otra manera. Porque (p.209) “todos deberíamos ser capaces  de evocar visiones de forma voluntaria para tener siempre presente la importancia de la textura en el tiempo”. El vino es la textura de un paisaje que evoluciona en el tiempo.

P.207: “de repente recordé el color y la textura de nuestra vida  tal y como la conocimos -esas cosas que se nos han olvidado por completo- y pensé, mientras seguía buscando en la franja ilimitada: ‘qué buena época fue aquella, una buena época para vivir’”.

P.215: “la complejidad es lo que viene dado desde el principio, el patrimonio; en ese carácter inextricable reside la resistencia de la complejidad que evita el fallo de cualquier vida. Ésta es nuestra herencia, el paisaje moteado del tiempo”,  (p.235) “porque la noción de variedad infinita de detalles y multiplicidad de formas es agradable; en la complejidad están los márgenes de la belleza y en la variedad están la generosidad y la exuberancia”.

Els Escurçons de Mas Martinet

Porque somos seres vivos, estamos en el punto de mira de la belleza

En las fronteras de la complejidad se esconde la belleza. La aventura cotidiana consiste en atravesar esas fronteras y conocer los detalles de un nuevo paisaje, las formas de un nuevo vino, la generosidad y exuberancia de un nuevo ser humano que mira todo de otra manera. En la variedad reside el gusto.

P.267: “puede que vea que algo sucede ante mí; puede que solo vea luz sobre el agua. Vuelvo a casa entusiasmada o apaciguada, pero siempre distinta, viva. ‘Se dispersa y se reúne -decía Heráclito-, viene y va’ Y yo quiero estar en el camino de su cauce y que su aliento invisible me refresque”.

P.347: “estar aquí tal como somos. Me encantan los pequeños casos, los diez por ciento…el caso es -dice Van Gogh- que somos artistas en la vida real y lo importante es respirar tan fuerte como podamos”.

P.387: “permanece al acecho de las grietas. Cuélate por una grieta del suelo, date la vuelta y descubre, más que un arce, un universo. Así es como pasas la tarde, y la mañana del día siguiente, y la tarde del día siguiente. Pasa la tarde. Deja que transcurra, ya que no puedes llevártela contigo”.

P.372: “la muerte del yo de la que hablan los grandes escritores no es un acto violento. Se trata simplemente de la unión con el gran corazón de roca de la tierra durante su rotación. Se trata simplemente del cese lento de las premuras de la voluntad y del parloteo del intelecto: está esperando como una campana hueca con el badajo inmóvil. Fuge, tace, quiesce. Es en la propia espera donde se halla el meollo”. (P.388) “Ves que las necesidades de tu espíritu se han cubierto cuando lo has pedido y has aprendido que esa increíble garantía se mantiene. Ves morir a las criaturas y sabes que morirás. Y llega un día en que no necesitas la vida” porque todo tú eres ya vida, concentrado por completo en ella y para ella, sin accesorios inútiles. Reconocer y concentrarse en lo imprescindible, en las cosas esenciales, hace que los márgenes de la vida desaparezcan y que todo sea inclusión. Todo es vida entonces, sea cual sea tu estado, estés con quien estés y donde estés. Y ya nada importa porque eres, también, piedra y roca, viento y pájaro, río y mar. Calla, descansa, disfruta con aquello que la naturaleza te da empezando por ti mismo. Cuando percibes que llega ese momento estás ya, eres ya el corazón de la roca y formas parte del bucle del tiempo. Tu mortalidad, que siempre ha mirado al infinito que vaga en ti, es ya inmortal. Conseguirlo a través de un paisaje con viñedos y de una copa de su vino auténtico: ese es el tema.

P.390: “Emerson lo vió. ‘Soñé que flotaba a voluntad en el gran Éter y vi que este mundo también flotaba, pero no estaba lejos, sino reducido al tamaño de una manzana. Entonces un ángel lo cogió y me lo pasó diciendo: `debes comértelo´. Y me comí el mundo’. Entero”.

Haz algo más que comer. Bébete el mundo. Entero. Ya sabes cómo hacerlo, ya sabes cómo reconocer con qué hacerlo. Hazlo. ¡Que pases un feliz verano!

14 abril, 2017

W. Finnegan: mundos por cartografiar


Confesiones de un explorador que quiere compartir. Con la lectura de William Finnegan, Años salvajes. Mi vida y el surf (Barbarian Days: A Surfing Life), Libros del Asteroide, Barcelona, 2017 , traducción de Eduardo Jordá.

P.248: “Un escalofrío de mustia tristeza se apoderó de mí y un dolor que provenía de algo que no era exactamente la añoranza. Tenía la sensación de haberme salido de los límites del mundo conocido. Eso no me importaba: había muchas maneras distintas de cartografiar el mundo”.

P.249: “cerré los ojos. Sentí el peso de los mundos sin cartografiar, de los lenguajes por nacer. Y eso era justamente lo que yo iba buscando: no lo exótico, sino el vasto conocimiento que te permite descubrir lo que cada cosa es”.

Hay vinos y personas que te permiten

cartografiar sensaciones sin haber pisado la tierra donde crecen las uvas que las provocan.

Reconocer a esos vinos y personas porque compartes la intimidad que se encuentra en su nacimiento. Sin conocer físicamente a la persona que los hace.

Descubrir y conocer lo que cada cosa es más allá de las fronteras de lo reconocible porque sientes realmente qué es. Y porque lo sientes sin que nadie te haya dicho nada, sabes.

En el mundo de las sensaciones, se llega del sentimiento al conocimiento través de la energía de la emoción.

Sin emoción no hay sentimiento ni conocimiento ni reconocimiento.

Hawaii

¿Cómo cartografiar una emoción sin brújulas ni mapas? ¿Cómo describirla? Cómo ponerle palabras y situarla en un mapa que no existe? Nadie te lo puede contar. Yo sé cómo “poner alfileres”, que son palabras, en un mapa por dibujar, en un vino que no conocía, en una persona a la que no había encontrado jamás. Todos podemos hacerlo a partir de nuestro sentimiento y nuestros recuerdos. Y con nuestras palabras.

Cada palabra está por nacer para llenar de contenido los lugares de un mapa de emociones que todavía no hemos descubierto.

La toponimia de un mapa vínico por hacer, de un mundo de sensaciones por cartografiar, llena de sentido y de esperanza la vida del explorador. Nunca sabes cuándo entrarás en un territorio desconocido, pero siempre andas buscando esa puerta.

Por mucho que se empeñen en contarte historias, hay vinos y personas que no te permiten hacer ninguna de estas cosas. Parece que lo tienen todo claro pero no te permiten ver ni sentir.

¿Quién va más a ciegas? Repito (p.249 del libro de Finnegan): “…sino el vasto conocimiento que te permite descubrir lo que cada cosa es”: uastus es un adjetivo latino que significa muchas cosas en una familia de palabras relacionada con la grandeza. Finnegan tiene al océano en su cabeza, siempre, desde niño. Y cuando se usa “vasto” (confieso no tener el original inglés cuando escribo este post: parto de la traducción) para hablar de mar o de grandes extensiones, se alude a algo “que no tiene fin”. El cielo es inabarcable, no tiene fin: es vasto. El océano es enorme y poderoso, la vista jamás puede abarcarlo entero: es vasto. Así también el conocimiento. La capacidad física de cada cual para poseerlo y retenerlo existe, pero la ambición y la voluntad de pisar tierra desconocida para cartografiar nuevas emociones tiene que ser insaciable e inabarcable en cada uno de nosotros. Siempre. Como el cielo o el océano. Tiene que ser, en este sentido, vasta.

La limitación física no puede ser excusa para que el explorador no aspire al vasto conocimiento que le permitirá llegar a la esencia de lo que descubra.

Además: Alice Gregory, “The Riders of the Waves”, en The New York Review of Books, 13 de agosto de 2015 (su recensión del libro de Finnegan en mi traducción):

“Hay un pasaje cerca del inicio de Middlemarch  en el que el narrador describe la vista a través de una ventana. Esta descripción es la mejor que he leído yo jamás sobre el placer de conocer un lugar íntimamente: ‘los pequeños detalles daban a cada campo una fisiognomía particular, querida a los ojos de quien la había visto desde la infancia’ escribe George Eliot… Esta capacidad para la familiaridad geográfica conforma un tipo de conocimiento visceral, que se obtiene orgánicamente y que se atrofia con los años… Conocer un lugar a través del corazón es un lujo raramente ofrecido a los adultos”.

Creo, con George Eliot (que fue seudónimo de Mary Anne Evans), que los pequeños detalles son los que te permiten conocer en profundidad lo que sea. Pero también creo (y aquí no coincido con Alice Gregory) que si compartimos la idea de conocimiento como algo que se puede adquirir en la infancia, la juventud o la edad adulta, entonces siempre estaremos mentalmente preparados para una eterna “infancia” exploradora. En realidad, creo que esto es lo que William Finnegan nos propone: mantener una actitud salvaje y atrevida ante la frontera de lo desconocido, querer pasar al otro lado. Encontrar nuevas maneras de cartografiar un mundo desconocido.

“Conocer algo a través del corazón”, del sentimiento y de la emoción, es una puerta que cierto tipo de vinos me abre. Es un conocimiento visceral y muy orgánico, sin duda, muy vinculado a la tierra y a la transformación de la uva. Para llegar a él solo hay que estar dispuesto a verlo y sentirlo todo con los ojos de la “infancia” y con el sentimiento del explorador que se encuentra ante “mundos” por cartografiar y con  sensaciones a las que nombrar por primera vez.

23 febrero, 2014

La tiranía de los 140 caracteres

Me levanto contento y descansado. Ayer por la noche tuve un estimulante (menudo adjetivo...será que el sueño me roba inspiración adjetival...) encuentro con los amigos que organizan el Salone del Gusto de Slow Food (otoño de 2014, en Torino). Vamos a montar una buena con vinos españoles allí: "in bocca al lupo!" Ayer por la noche, en L'Ànima del vi, topé, además, con varias realidades: la de un amigo que acababa de superar (me dio esa impresión, y por eso le felicité) un complicado y duro examen que le ha llevado meses de prepararación. Supe, además, que varios otros amigos estaban implicados en esa prueba y estoy contento por ellos: ¡seguro que acaban todos con el diploma deseado! Eso sí...me dejó con la mosca tras la oreja, su despedida final: "por fin, puedo beber vino sin más".

La de una amiga que había confiado ciegamente en otro amigo para un cambio de trabajo, se queda tirada "en medio de la noche" y todavía espera una explicación... El tiempo acabará colocando a cada cual en el lugar que se merece, y quien siembra vientos, ya sabemos qué acaba recogiendo...Mi amiga ha tenido suerte y ya está trabajando de nuevo, tras el insólito plantón, en otro proyecto vínico interesante.

Ayer me fui a la cama con la impresión de que José Miguel Márquez (Bodegas Marenas) cada día trabaja más fino y acertado, con más luces y conexión con su tierra y con lo que ésta puede dar. Su Cerro Encinas 2011 (montepila) me pareció un vino soberbio. Y su 2012, con poco más de botella, creo que será un gran vino también. Ayer me fui a la cama con la sensación de que Jordi Llorens (Celler Jordi Llorens) es ya una bonita realidad: su Blankaforti 2012 (CS y garnacha) es un vino de placer, con cerezas golosas, fresco, también serio. Ambos son gentes a las que hay que tener en cuenta.

Hoy me he levantado con varias convicciones. Una. Dentro de menos de una hora, Orlando Lumbreras y Juancho Asenjo nos harán pasar un rato estupendo en R3, Placeres Mundanos. ¡Atentos, pues! (y si no, al podcast todos). Dos. No te fíes de las personas que no te aguantan una mirada limpia a los ojos. Te la acabarán pegando. Tres. Siguen sucediendo un montón de cosas interesantes en el mundo del vino en este país. Y hay que estar atento para conocerlas, beberlas y contarlas para que otros las conozcan y beban también. Cuatro. No me acabo lo que sucede en nuestra vieja  Europa vitivinícola en esta reencarnación entera. Cinco. ¿A quién le preocupan los 140 caracteres?

17 febrero, 2014

Vino friki: Vueling y Ling, febrero '14

Escribo el post desde la habitación de un hotel en Valladolid. Villanubla y el páramo estaban preciosos este atardecer y el viaje en avión ha sido casi de placer. Raquel Pardo me había mandado un pdf con su artículo para la revista Ling de Vueling (sobre un bar, en Barcelona, que ofrece "nuevas experiencias" brutales). Confieso que lo había leído demasiado rápido y el avión y la revista en papel me han dado la tranquilidad que necesitaba. Su lectura, la forma cómo iba surgiendo en mi cabeza una conversación improvisada con Raquel sobre el tema de fondo del artículo (los vinos naturales), otras charlas sobre el qué, el para qué y el cómo de los blogs y de su decadencia, de los tuits y su auge, me han llevado a este post.

Lo escribo como si fuera un tuit pero sin la tiranía de los 140 caracteres. Total, pensaba en el avión, si blogger va a llevar este escrito a todos los que sólo leen tuiter. Y tuiter hará lo propio con los que leen feisbuc. Por supuesto, tiene la inmediatez de un tuit: en cuanto le diga "publícate", saldrá de inmediato. Y, claro, si alguien quiere comentar algo, podrá hacerlo aquí mismo, en el post, o en tuiter o en feisbuc. Qué más da el formato. Lo que importa es la comunicación y su contenido. Si quiero hacer un artículo de fondo y enjundia, de investigación, novedades y fotos, lo haré. Si quiero un formato breve y sin fotos, lo haré. Si quiero escribir una columna de opinión, la escribiré. Y cada cual leerá desde donde quiera. Y contestará desde donde quiera. Si le apetece. Y puedo escribir, además, desde el dispositivo móvil o fijo que me convenga. Se acabó la tiranía de la autoimposición en esta casa editorial.

"Son raros, pero molan". ¿Vino friki = vino natural? No creo que sea ésta la idea-fuerza de Raquel, pero es la que destaca (también de forma gráfica). Los vinos que son más naturales nacen y se hacen en el campo y así termina el artículo: "con prácticas que enlazan con lo ancestral, respeto a la tierra, a las raíces, a los ciclos naturales del entorno...viticultura sostenible, transparente, responsable..." Esto es lo sustancial. El "quítame allá ese sulfito", frente a todo lo que se hace (o no se hace...) en el campo es, sólo, un detalle en la vinificación. No baladí, pero uno más. Antes tienen que pasar muchas cosas, en el campo y en la bodega. No es, tampoco, una cuestión de sabores mas o menos raros. O de perfecciones o imperfecciones. Es una cuestión de "cuantas menos intervenciones, mejor", en una gradación y con una intensidad en la que no encontrarás a dos viñerones que trabajen de la misma forma. El resultado final será el de un vino más cercano que otros (de su entorno) a la realidad de la que surge (tierra, cepas, clima, personas). Eso es lo que cuenta. Y tanto para el viticultor como para el consumidor (ambos suelen confundirse, además), no es ya una cuestión de modas o de tendencias. Es una actitud de la que no hay que vanagloriarse. Hay que ejercerla y, si se puede, hay que explicarla. 

Algunos de los mejores vinos que se hacen siguiendo esta forma de entender la vitivinicultura, no suelen llevar nada escrito en sus etiquetas. Y nosotros, como consumidores, tampoco tenemos que llevar un cartel que diga "bebedor de este y no de aquél tipo de vino". "Realmente atrayentes", ¿"extrañamente seductores"? (los signos de interrogación son míos), propone Raquel. Yo creo, con ella, que son muy atrayentes, pero no "extrañamente seductores". Son necesariamente seductores, inexorablemente seductores diría, porque nos hablan con apenas filtros de algo que forma parte de nuestro ADN como seres humanos: de la tierra y de sus aromas y sabores. 

Me ha salido un poco largo este tuit...Qué más da.