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02 abril, 2010

L'Impero della luce


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No creo que sea casualidad que una de las pinturas que preside la casa de Peggy Guggenheim en Venecia sea L'Empire des Lumières de Magritte. La colección de la Sra. Guggenheim, que reposa en el jardín trasero de la casa junto a sus perros, es una de las maravillas de esta ciudad y muestra con sensibilidad y finura los entresijos de un espíritu inquieto que supo cómo gastar una gran fortuna, nacida del naufragio del Titanic (heredó la de su padre, muerto en ese viaje). Puede que, en principio, tenga poco que ver con la historia de Venecia (la gente vamos allí, en general, para ver y sentir otras cosas), pero la he vivido como una etapa imprescindible de la estancia, que hay que saborear al final de la misma: sólo cuando has vivido los cielos y visto las aguas de Venecia, sólo cuando has paseado de noche y has oído cómo llovía sobre los canales, sólo cuando has entendido el papel fundamental del arte y todas sus expresiones en la vida de esta ciudad a lo largo de los últimos ocho siglos, puedes comprender que la pulsión vital y artística de Peggy Guggenheim tuviera que suceder en Venecia. En su "stanza spaziosa" reposa uno de mis cuadros preferidos, el de Magritte, pintado en 1954. Aquí está la mejor expresión de la ciudad: luz y color, texturas y volumen, reposo y silencio. Al borde del canal. Venecia.

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Por supuesto...no a cualquier hora ni en cualquier lugar, no en cualquier momento del año, tampoco. Entre octubre y abril, los meses ideales pueden ser los del primer otoño y los del inicio de la primavera (con la excepción del Carnaval, claro). Nosotros hemos tenido mucha suerte: llegamos cuando la ciudad empezaba a salir del duro invierno y éramos pocos los turistas, y nos hemos ido con la llegada del apogeo pascual (cómo estaba el aeropuerto a la vuelta...) y con los primeros vuelos de vencejos sobre el canal de la Giudecca. Venecia es una ciudad de mil callejas llenas de agua, de espacios laberínticos que se abren en "campi" espaciosos, de sorpresas que uno tiene que ir descubriendo poco a poco. Tuvimos el acierto, además (gracias al consejo de un querido amigo), de dormir en La Calcina, la que fuera casa de John Ruskin en el Dorsoduro. Junto al auténtico pulmón de la ciudad (el canal de la Giudecca, en la foto), la pensión ofrece una situación estratégica y un acomodo de otro siglo. Una habitación con vistas al Redentore (en la foto) y una acogida, también de otros tiempos, hizo el resto. No cometeré el atrevimiento de proponer visitas o itinerarios más allá de aquello que mejor hemos comido y bebido (cada cual tiene que saber realizar ese otro itinerario), pero tener dos de las tres obras mayores de Palladio en la ciudad (San Giorgio Maggiore y el Redentore; la tercera, San Francesco della Vigna, queda más lejos), junto a una parada clave del transporte público (Zattere), me hizo realmente feliz. ¡Y con la ciudad a un tiro de vaporetto! Hemos tenido sol, hemos tenido viento (del sur y del norte), hemos tenido frío y lluvia, hemos tenido nubes y claros, hemos tenido "acqua alta" incluso (¡qué espectáculo poder verla desde el salón de la pensión con un buen amaro Averna en las manos!). Intensidad, pues, sensibilidad y arte por todas partes.

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También en la comida, por supuesto, y, menos, en la bebida. Cuando son dos los que viajan y uno bebe muy poco (no soy yo...), estás bastante "vendido" en el tema de las botellas: tienes que ir muchas veces por copas y, vaya, no en todas partes encuentra uno la oferta de Monvínic...He bebido alguna cosa interesante, sí, pero sobre lo que mejor puedo escribir es sobre aquello que hemos comido. Lo más interesante son los "cicheti", sin duda, la máxima expresión de la cocina al instante y popular veneciana. "Montaditos" hechos al momento en alguno de los mejores bares y "osterie" de la ciudad, desde la buena mezcla entre creatividad y clasicismo del Cantinone Gia Schiavi (Fondamenta Nani 992), con un superior "salsa tartara di tonno e cacao amaro"; hasta el más tradicional (cerca del mercado de Rialto) Dai zemei (Ruga vecchia San Giovanni 1045), con unas deliciosas combinaciones vegetales y con quesos. Encontramos cerrada una referencia que teníamos clara (All'arco, calle dell'arco 436), pero ya caerá... De los restaurantes, "trattorie" populares que hemos pisado, me quedo con tres: Da Alberto (calle Larga G. Gallina 5401), donde tomamos un delicioso risotto con bacallà mantecato (una de las especialidades de Venecia: digamos que se parece mucho a una brandada de bacalao); Da Ignazio (calle Saoneri 2749), un restaurante de otro tiempo (cocina regentada por ancianas de manos sabias y servido por camareros con americana blanca y lazo negro) donde tomamos un "misto di pesce", fritura de gran pericia muy fresca, y uno de los mejores platos de la estancia: "sepioline" con su tinta y "pollenta alla griglia", un prodigio de suavidades y sabores mezclados de mar y campo. Aquí cayó un muy buen Ribolla di Oslavia riserva di Primosic 2006, oro viejo con un punto de oxidación, aires de "macchia" mediterránea y gran presencia en boca. No me olvido del mejor flan casero que haya tomado en mi vida, lo juro.

El tercer lugar tradicional que merece ser visitado es la Enoiteca Mascareta (calle Lunga S. Maria Formosa 5183), de Mauro Lorenzon. Doy el nombre porque el tipo es un personaje de cuidado: disfrazado (o no...) con chaleco multicolor y lazo a juego, tejanos y zapatillas deportivas, este cincuentón domina el escenario con gran maestría, socarrón y campechano. Te monta unos platos combinados de pescados en conservas variadas (su salmón marinado y su atún resultaron geniales) y de embutidos y quesos, que dan ya para varias cenas. Tiene una bodega importante pero aquí, sí, fue el único sitio donde su propia selección de vinos por copas me convenció. Lo tiene claro: te pone la botella y tú pagas por lo que bebes. Si queda en la botella, lo liquida en otra mesa. Tuvimos suerte y el raboso del piave La Salute 2005 lo estrenamos nosotros: fresco y jovial, mínimo carbónico todavía, taninos moderados, extracción suave, vegetal y con aromas de cereza, casó muy bien con el embutido. No era un raboso tradicional pero supo a gloria. Con los pescados, sacó Mauro su prosecco, (botella para nosotros también) el único que merece mención aquí: nacido de la colaboración entre él e Ivan Geronazzo, procede de los colli Trevigiani, no conoce más levaduras que las del viñedo (Rive Longhe) y no tiene ni filtraciones ni estabilizaciones. Tenía algo de azúcar residual (sería brut), pero su burbuja estaba muy bien, era fresco y con aires de lima-limón. Bien. Quedó para otra ocasión (estaba cerrado cuando íbamos a por él...) Do Mori (Sotoportego dei do Mori 429), una dirección muy recomendada. De los sitios que suelen identificarse como de cocina "creativa" (modernos, vaya...), confiamos sólo en uno: Anice stellato (Fondamenta della Sensa 3272), con un local muy agradable y junto al canal y puente que da acceso al gheto. Con las mesas fuera, éste tiene que ser un sitio muy recomendable. Al estilo de las antiguas casas de comidas italianas y francesas, aquí se comparte mesa (no tuvimos suerte...no entraré en detalles) y un ambiente amable y jovial. Nuestros dos segundos estuvieron muy bien: unos filetes de gallo de San Pedro (en el mercado del pescado de Rialto tenían piezas fantásticas y a un precio mucho mejor que el que pagamos aquí) con radicchio de Treviso y unos "moeche" (cangrejos de tamaño mediano) y alcachofas en fritura. Todo sabroso y muy al punto. Los vinos, discretos y los postres, peor.

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¿Vivir y morir en Venecia? Nos pareció, a mi santa y a mí, que es una ciudad dura y exigente para los ancianos. Si son millonarios, seguro que no hay problema. Es cierto, también, que la cultura de la ayuda, de echar una mano para pasar el puente o subir al vaporetto con el carro de la compra, está muy arraigada. Pero al final, siempre estarás tú solo ante el escalón, y en Venecia ¡hay muchos! En fin...este final viene a cuento porque cuando una ciudad te atrapa mucho siempre piensa uno "¿podrías acabar tus días aquí?" Tras visitar el cementario de San Michele, tras entender por qué son como son los cielos del Tiepolo y los azules y rojos de Bellini, y tras reconocer que nos queda mucho por ver, conocer, probar, beber y comer, sí tenemos claro que pasaremos más temporadas en la Serenísima. Y si las Parcas cortan mi hilo aquí, ahora mismo me pienso (y dejo por escrito) si sigo con mi Cimittero acattolico per gli stranieri al Monte Testaccio de Roma o me vengo para San Michele de Venezia: esto de tener una isla entera por cementerio, y tan bella, me dejó anonadado. Igual me abro un Foja Tonda 2005 de Albino Armani ahora mismo para meditar sobre el asunto...

30 noviembre, 2007

È caduta una stella...


Estos días ando un poco bajo de moral, con un ataque suave y moderado de melancolía que, como canta mi amado Luca Carboni, "ha le onde come il mare, ti fa andare e poi tornare, ti culla dolcemente...". Hoy, exactamente hoy y a esta misma hora hace un año, tomaba el avión para dejar mi amada Roma. Fueron dos meses de intensa experiencia que cambiaron mi vida. Por si me quedaba alguna duda, Roma quedaba ya, en mi retina y en mi corazón, como mi ciudad para siempre. En ella quiero estar, en ella me quiero perder, en ella quiero vivir y, como tantos otros, en ella quiero morir y, por lo tanto, perdurar y ser recordado.

No estáis leyendo un testamento, al contrario. Esto es un canto a la vida y a mi Roma, a la que hoy saludo y abrazo desde la distancia, suavemente mecido por las olas de mi recuerdo y de mi melancolía. Roma es un impacto visual constante, Roma es un descubrir permanente, Roma es una historia que no termina jamás, Roma es el crisol del mundo, Roma son sus olores interminables, sus vistas y perspectivas insaciables, Roma es ruido, Roma es tristeza y melancolía, Roma es vida. Si te adaptas a ella, si te integras, si alguna de sus cosas "malas" (y tiene no pocas) no te produce el rechazo fatal, Roma te enamora para siempre, te atrapa y no te deja escapar, te convierte en un cazador de sensaciones, de vivencias, en espectador y actor de una vida intensa, que no descansa jamás, que te absorbe por completo.


Puesto que esto es un canto a la vida desde Roma, en la distancia, y a Roma siempre se está yendo y viniendo, hoy, solo en casa, me he decidido por rendirle un pequeño homenaje. De la forma más sencilla, con una de sus pastas más emblemáticas y "pobres" (ah, la "cucina povera" romana!), me voy a zampar ahora mismo estos spaghetti "cacio e pepe". Hay que hervir los spaguetti (¡deshidratados!) y sacarlos del agua, sin cortar la ebullición, un par de minutos antes de la cocción. Se ponen en una sarten o cazuela baja, con un poco de pecorino rallado rudamente y, a fuego muy lento, se finaliza la cocción de la pasta en la cazuela, dejando que el queso se funda y añadiendo alguna cucharadita del agua con que se ha hervido la pasta. Se consigue así, al cabo de un par o tres de minutos, que la pasta se recubra de su característica cremosidad. Se sirve en el plato y, en ese mismo instante, se espolvorea pimienta negra al gusto, se mezcla y ¡a comer! Un auténtico pedazo de Roma en la boca.

No tengo hoy, en casa, ningún vino significativo dei Colli Romani o zonas limítrofes. Así que he pensado que un blanco italiano, con gran carácter y temperamento, hecho casi "a la antigua", le sentaría de maravilla a estos spaghetti. Sé que sonará a "matrimonio" algo forzado, pero creo que su combinación funciona muy bien con esta receta. Se trata del Bucciato 2004 de Ca' Rugate. Un vino que amo sinceramente y que, con 13%, ofrece un color de oro viejo, brillante y cautivador y un paso cadencioso en copa. Sus aromas a copa parada son intensos: una enorme mineralidad, casi de tierra mojada tras la lluvia; un heno maduro, muy amarillo, recién segado; una flor de acacia poderosa pero ya algo seca, casi mustia, configuran su carta de presentación, muy de otoño romano... En boca aporta una poderosa estructura, algo glicérica, casi densa pero acompañada de un gran frescor y de un posgusto enorme, larguísimo, en que destacan la pera muy madura, el moscatel, algo de miel de acacia y el recuerdo de la fermentación con hollejos al cabo de bastantes segundos. La cremosidad del pecorino dulcemente fundido con el agua hervida de la pasta y la contundencia de la pimiente recién molida combinan muy bien con el frescor reposado, algo glicérico, de este vino maravilloso. Por lo demás, al ser una botella de medio litro y no tener que conducir después de la comida, mi melancolía seguirá meciéndome dulcemente un rato más...

Ayer mismo me di otra satisfacción: unos amigos me comentaban lo bien que lo habían pasado en uno de los restaurantes que había recomendado en mis notas romanas, Il Gonfalone. Y me di cuenta, con alegría, que tanto trabajo tiene también una bonita compensación cuando lo que escribes acaba produciendo en otros la misma satisfacción que te produjo a ti. Esto es lo mejor que te ofrece este cuaderno libre de anotaciones.

Termino. Si tuviera que quedarme con una imagen, con una fotografía, con una experiencia que resuma qué es Roma para mí, creo que escogería el extraordinario grupo escultórico del Laocoonte en los Museos Vaticanos. En él se funden el amor de los Romanos por su historia y por su tradición (su descubrimiento y posterior impacto daría para una novela); en él se condensan la fuerza absoluta de la mano sabia del escultor con el texto que le inspira (Virgilio) y en él se viven (no hay más que mirar los rostros de los protagonistas y la tensión de sus cuerpos) la tensión y la pasión que despierta Roma en mí.

"È caduta una stella, tutto si avvererà", canta Carboni. Que un cometa cruce pronto el cielo, que yo lo vea y que pueda pedirle un deseo que se cumpla...Ciao, Roma, stammi bene!

La foto del Largo Aventino (superior izquierda) by Lucfan; la de la vista desde el Gianicolo, by Simonluqa80.

27 agosto, 2007

Trattoria Da Francesco


Para terminar esta pequeña serie juliano-agostina de notas romanas , quiero presentaros un clásico de las 4B, "bueno, bonito, y bastante barato" (en Roma, las 3B, si te quieres sentar a la mesa y en la calle, son difíciles de encontrar). Se trata de una trattoria romana, que no es lo mismo que una trattoria en Roma. Una trattoria romana es la que privilegia, en sus platos y en sus recetas, la cocina propia de la zona de Roma. Y Da Francesco (Piazza der Fico, 29) es un ejemplo a tener en cuenta de todo esto, precios razonables, sitio agradable (una placita entre la Via dei Banchi Nuovi y la Via dei Coronari, no lejos de Pzza. Navona, dominada por una higuera, ahora oculta por las obras de una fachada) y cocina romana. Aquí nos despedimos de Roma hasta la próxima ocasión, con una buena caprese, unos spaghetti all'amatriciana, unos fetucine alla gricia y unas macedonias de fruta recién hechas. Con dos cervezas y sin café, para que la gente no se duerma en las mesas de la calle, nos salió por 20 euros por cabeza.

La fetucina alla gricia es una de las recetas romanas que no se encuentran fácilmente. Se la conoce popularmente como "amatriciana bianca" y no tiene más secreto que una buena fetucina al huevo, en este caso deshidratada, unas tiras de la mejor panceta pasadas por una sartén en aceite ajado muy caliente, pecorino a discreción y pimienta negra a voluntad. El resultado es sencillamente espectacular, sabroso y profundamente romano. Nos fuimos para el aeropuerto planeando ya qué visitaremos y dónde nos perderemos la próxima ocasión. Por lo demás, ya sabéis: quien necesite un guía razonablemente preparado (¡nunca se aprende del todo!), que se ponga en contacto. Sólo pido billete, estancia y manutención allí donde yo proponga (casi nada...).
Ciao, Roma, stammi bene!

20 agosto, 2007

En Roma, Il Gonfalone


Dejadme que os diga, en pocas palabras y para no aburriros, que Via Giulia, Via Monserrato y Via dei Banchi Vecchi, con todas sus callejuelas adyacentes entre el río y el Corso, forman uno de mis espacios mágicos en Roma. Desde una primera tarde, muy de juventud (en 1982), en que, al caer el sol, topé con el jardín del Palazzo Farnese que da a Via Giulia y el "tramonto" bañándolo todo con su luz, esta calle y toda la zona se han convertido en lugar permanente de peregrinaje. Una de las callejas que va de Via Giulia al río, ya en su tramo final (lejos de Campo dei Fiori), es la Via del Gonfalone, conocida sobre todo por una importante iglesia, el "oratorio dei Santi Pietro e Paolo ovvero Oratorio del Gonfalone", que véis en la foto (un edificio de 1544, hecho por el arquitecto Domenico Castelli, Il Fontanino). Si os plantáis ante el oratorio, no perdáis una ocasión espléndida, que os deparará dos horas de buen placer, tanto al mediodía como por la noche: girad 180 grados y comed en Il Gonfalone (Via del Gonfalone, 7, telf.06.68801269).


Se trata de un restaurante especializado en cocina napolitana, con mesas en la calle, a pie de oratorio, que goza además de las brisas del muy cercano Tevere; pura delicia en una noche de verano. El lugar, por si mismo, es ya una gozada, pero es que desde hace pocos meses, los mismos dueños han abierto, puerta con puerta, un "wine bar", Lato b (misma dirección y teléfono). Uno puede tomar un montón de vinos interesantes por copas, pero sobre todo, uno puede comer eligiendo cualquiera de las referencias que la enoteca tiene. Ambas cosas, junto con la situación del sitio, dibujan una oferta muy atractiva. Tomamos, en nuestra noche de estreno (collage con fotos) un antipasto vegetal, de verduras a la brasa y otras suculencias, delicioso, fresquísimo todo: nadie como los italianos para mimar las verduras. Los calabacines merecerían un monumento junto al de Giordano Bruno en Campo dei Fiori. Y junto a ellos, un pastel de espinacas y aceitunas negras y una "parmigiana di melanzane", que casi me hace llorar (vedla en la foto).

De segundos, una dorada con aceitunas y "sugo" de tomate, sabrosa y con todos los sabores de la bahía de Nápoles en el plato; y junto a ella, una "grillata" variada de pescado: comer pescado fresco y de gran calidad a precio moderado no es fácil en Roma, os lo aseguro, y aquí estaba todo (un 10 para el filete de pez espada y la gamba) de bandera. De postres, cayó un semifreddo de naranja y un tiramisu casero: buscadlo en la foto y ya me diréis (con unos biscotti a medio deshacer, hum...): pienso en él y tomaría el primer vueling sólo para repetir.


Con las viandas, propuse un pequeño contraste y elegí un vino muy de perfil norteño: un soave classico de una de las más reputadas casas de la DOC, Pieropan, 2006. Se trata de un vino (90% garganega, 10% trebbiano di Soave) que no ha conocido más que la fermentación en acero y un pequeño reposo de tres meses en botella (entró en ella el 7 de marzo de 2007). Se trata del básico de la casa, con 12ºC (a servir sobre los 9-10ºC), pero es ideal para hacerse una idea clara de qué es un soave classico, aunque quizás le hubieran ido bien unos pocos meses más de reposo, lo confieso. Pero el vino estaba sabroso e hizo de muy buen compañero de la cena: de color amarillo pajizo bastante pálido, empieza con suaves aromas de campo segado y notas de manzana algo ácida. Acompañan a estas sensaciones las de la corteza del limón y, ya en boca, las de la pera conference madura. En boca es donde quizás se nota más que falta algo de reposo y de ensamblaje de todos los elementos del vino, pues se mostró algo deslabazado y cayendo con cierta rapidez. Llena, es sabroso, pero dura poquísimo. Coronó el asunto un buen café y un mejor amaro siciliano de los hermanos Averna (mi preferido, obsequio del patrón del restaurante). Si os digo que por todo ello pagamos 85 euros (dos personas), quienes conozcáis Roma, sabréis enseguida que hay que tener a Il Gonfalone en la agenda, si uno piensa viajar a la capital del mundo.

15 julio, 2007

Cucina povera en "Alfredo e Ada"


Unos pocos días de "dolce far niente" en Roma dan para mucho. Hace poco hemos estado en la capital del mundo exclusivamente para vivir la ciudad, visitar cosas pendientes u olvidadas y comer como los dioses del panteón grecorromano. Alguna cosa os contaré de estas últimas experiencias, si os parece. Una visita siempre inexcusable es la cena (si es posible, ya la primera noche de estancia: así empieza uno mejor!) en Alfredo e Ada, una de las pocas "osterie" supervivientes en el centro de Roma, tras cuarenta años de servicio. Sergio, que ayuda con cariño y esmero a su madre en el local, te ofrece un entrante sin preguntar, que siempre es la pasta del día. Nos tocaron unas deliciosas "farfalline col sugo".

De segundo, siempre hay tres o cuatro posibilidades a escoger (compran las viandas en el cercano mercado de Campo dei Fiori y, como sentencia Ada casi en un susurro, "tutto è roba fresca", todo es mercancia fresca) y yo, amante como soy de la casquería y de la "cucina povera" romana (una forma de vida casi ya del pasado, una forma de cocinar que añoro: todo sencillo y sabroso) me decanté con rapidez hacia la "trippa alla romana". La tripa se limpia muy bien y se corta en cintas algo largas, se hierve en abundante agua salada con algunas verduras (apio, cebolla, zanahoria...), por lo menos durante cinco horas. Una vez cocida, se reserva y se prepara un "sugo" de tomate, con paciencia y mucho cariño (sólo así se hacen los grandes "sughi"): se sofríen en aceite (antes era manteca de cerdo), cebolla y ajo con un poco de panceta, se añade la pulpa del tomate, se deja reducir y cuando está al punto, se añade la tripa. Media horita de chup chup, y ya está listo. Es imprescindible, si se quiere llamar "romana" a esta tripa, que se añadan, antes de servir (muy caliente), unas hojitas de menta romana (la de Ada está en un tiesto a la entrada del local) y parmiggiano rallado. ¡A las pruebas me remito!

Gracias quiero dar a Ada y a Sergio por seguir manteniendo viva la llama de este tipo de cocina y por abrir las puertas de su local con una gran hospitalidad y amabilidad.

Salimos a la noche romana, preparados en cuerpo y alma para descubrir (Roma no te la acabas en una vida), por ejemplo, cómo luchaban los romanos en el siglo III d.C.: en la foto (lateral de sarcófago conservado en el Palazzo Altemps), podéis ver cómo da cuenta un legionario romano del desgraciado bárbaro que se ha cruzado en su camino. No os perdáis este museo.

20 junio, 2007

Roma en el alma y en la panza


Algunos flecos quedaron por resolver después de mi última, larga, intensa y fructífera estancia en Roma. Y Roma, que es ya mi ciudad de adopción para siempre, volvió a abrirse con la complicidad y el cariño que sólo muestran los íntimos amigos que hace tiempo que no has visto. Días de trabajo, claro, pero también de paseo y de solaz en una primavera, a ratos lluviosa: Roma, siempre abierta, siempre acogedora. No me resisto a mostraros algunas de las cosas en las que no me detuve en crónicas anteriores, pero que pertenecen a un recorrido que, en parte, hago de tanto en tanto cuando estoy allí.

Hagamos una primera parada en lo que es, para mí (¡y aquí, sí, que cada maestrillo saque su librillo!), la mejor pizzeria al taglio de la ciudad. Es muy céntrica, la Pizzeria Florida (Via Florida, 25), cerca de la parada del tram 8 y delante del área sacra di Largo Argentina: pizza de patata y funghi porcini; de mozzarella de buffala y tomate cherry; de flor de calabacín y anchoa (mi preferida, en la foto); pizza de salsicha...Una pasada a precio módico, de verdad.

Pero no sólo de pizza vive el hombre... Si dejamos la zona de Largo Argentina y "paseamos" por el Corso Vittorio Emanuele, toparemos con un museo del que casi todo el mundo pasa de largo, pero en el que una segunda parada se hace imprescindible: palazzo discreto (construido por Sangallo il Giovane en el Seicento), de tres pisos, sucio y de paredes tristes, el Museo Barraco esconde en su interior un tesoro. Se trata de una de las más emocionantes colecciones privadas de arte antiguo de Roma, la que el noble calabrés Giovanni Barraco construyó con tesón y pasión a lo largo de su vida, en el siglo XIX. Piezas maestras, selección de anticuario cuidadísima, que va desde el arte egipcio (3000 a.C.) hasta la Edad Media, con momentos mágicos, como los que proporciona, sobre todo, el arte griego de los siglos V a III a.C. (en la foto, cabeza de Venus).


Tras saciar el espíritu, os propongo que al salir del Barraco, torzáis a la derecha y callejeéis por la parte de Roma que va del corso al río, hasta encontrar la Via dei Banchi Vecchi. De hecho, se trata de una pequeña "vuelta", porque esta vía acaba de nuevo desembocando en el corso, pero es que se trata de una mis calles preferidas en la ciudad: pequeños comercios artesanos, alguno de los bares de vinos que más me gustan (otro día hablo del "mío"), anticuarios, restauradores y, justo al final de la calle, cuando ya se oye de nuevo el ruido del corso, un extraordinario negocio familiar: Pasticceria Pane e Pizza, en Via dei Banchi Vecchi, 106.

Papá, mamá, las dos hijas y el pizzaiolo que le echa los tejos a una de ellas, regentan este negocio que hace, para mí, la mejor pizza biancha (es decir, aquella que jamás piden los turistas: la masa de la pizza, sin más, con un poco de orégano y aceite) de la ciudad: una tercera parada aquí es muy reconfortante. La maravilla, además, es que a ratos, cuando tienen tiempo, abren la pizza biancha por la mitad y te la embuten con lo que más te apetezca (en la foto, con mozarella y jamón). Tienen unos pocos taburetes y una mínima barra acodada a la pared. donde puede uno recostarse, girar su vista hacia el mostrador y la puerta de entrada y, sin más, ver cómo la vida misma entra y sale a borbotones por la puerta: Roma en esencia, la Roma de la vida de cada día.

13 enero, 2007

"Un pasto senza vino è come un giorno senza sole"


Alfredo y Ada vivían en la zona de los Castelli Romani, tenían sus viñedos y producían, de forma artesanal, su vino (siempre "bianco dei Castelli", como se le conoce en Roma). En el durísimo período de entreguerras y justo después de la Segunda Guerra Mundial, Alfredo, como tantos en su región, cogía el carro de madrugada y bajaba a la gran ciudad a vender sus vinos, de hostería en hostería. En 1946, uno de sus clientes puso a la venta el local (¡habia tantos en la zona!), en la Via dei Banchi Nuovi. Y Alfredo decidió comprarlo y trasladarse a Roma con su esposa. Allí tomaron las riendas de la hostería, allí nacieron sus hijos (¡Ada me enseñaba el lugar donde guardaba el cochecito de sus hijos!) y allí han pasado toda su vida. Anoche fue como si entrara en un mundo mágico, como si, al cruzar esta puerta, pasara de pronto, a través de un invisible túnel del tiempo, al mundo de las casi por completo desaparecidas viejas hosterías de la inmortal Roma. Por desgracia, Alfredo ya no está, pero Ada y su hijo Sergio, siguen al mando del negocio y te reciben en su casa con un cariño, un saber estar y una naturalidad, sin duda propios de otro tiempo.

Es una hostería como las de antes, donde no hay ni carta ni demasiadas elecciones a hacer. Alfredo lo explica con sencillez: "pocas cosas pero buenas". El vino es de su propia producción, tanto el "bianco dei Castelli" como el tinto (de Lanubio, del color de la cereza picota, intenso, con perfume de violetas y sabor de moras maduras, denso pero agradable), de la zona de donde, hace ahora 60 años, partieron a la gran aventura. De primero hay lo que hay y uno no elige. A mí me tocaron unos fusilli con sugo que estaban deliciosos. De segundo había varias posibilidades y ayer elegí un involtino con verduras, acompañado de unas costillitas de cerdo ("spuntature" se llaman aquí) y unas patatas guisadas con el sugo que queda de los fusilli. Los jueves tienen tripa y los viernes, pescado. De postres, te sirven unos delicioso roscos con azúcar, con la "condición" de que los mojes en el vino: ¡es la mejor forma de tomarlos!

Cenar en "Da Alfredo e Ada" (ahora ya sólo abren a partir de las 18 horas: la Signora Ada tuvo problemas de salud el año pasado y es cuestión de cuidarla) es como hacerlo en el comedor de su casa. Estás en la cocina, oyes la radio, ves la sala repleta de amigos y de conocidos. Con seguridad, a más de uno es la primera vez que lo ves, pero la atmósfera es tan especial y amigable, que te sientes como en casa y la charla entre mesas surge de manera espontánea y alegre. La Signora Ada te enseña sus fotos (me quedo con la del grupo de amigos, con Alfredo en primera fila a la izquierda, preparados, camaradas y sonrientes, para ir a comer pescado a Civitavecchia), Sergio se sienta a tu mesa y charlas un buen rato de los viejos viñedos, de cómo hacía su padre el vino y compartes con él esa mirada, entre el orgullo, la satisfacción y la añoranza, con que delata su amor y entusiasmo por los orígenes. A pesar de los problemas de salud de Ada, su mejor terapia es la de moverse entre las mesas, la de atender, explicar, charlar. Me quedo con la imagen de Sergio, mirando con ternura a su madre y apoyando la mano en la suya para atender a alguna explicación.

Ayer empezaba a hacer frío en Roma pero cuando salí a la calle me sentía mucho mejor que cuando entré, sentía ternura por fuera y por dentro, por lo bien que había comido y por la enorme calidez que había recibido de Ada y de Sergio. Ahora sé, también, por qué mis queridos Fabrizio y Cris insistían en hacerme conocer este lugar (él, tan romano como es: el lugar le calza como guante a la mano). No me daban detalles pero decían "tienes que conocerlo, ¡te gustará!". El día elegido era ayer, pero les surgió un compromiso. Yo me decidí a buscarlo, solo. Lo encontré y os puedo asegurar que ha sido una de las experiencias más bonitas de mi vida viajera. Ellos, Ada y Sergio, me ofrecieron, en dos horas de cena, con generosidad y sencillez, la historia de su vida. Yo, con toda la humildad del mundo, intento devolverles algo a cambio, mostrando el lugar. Si vais a conocerles, viviréis algo mucho más importante que comer bien.

"Da Alfredo e Ada" està en Via dei Banchi Nuovi, n.14. Telf. 06.6878842.
Abren, de lunes a viernes a partir de las 18 horas. Cierran sàbado y domingo.

PS.i. El lema que da título a este comentario, lo pintó Alfredo en la pared principal de la hostería, hace más de cincuenta años. Es el lema de la casa: cuánta razón!

PS. ii. Las fotos BY tastingmenu.

02 diciembre, 2006

Pietracupa Greco di Tufo 2005

Al sur de Nápoles, yendo hacia el interior, se encuentran las zonas del Benevento y de Avellino, con buenas montañas, profundas hondonadas y valles y generosos bosques y cursos de ríos. A lo largo de toda la historia de la vid en Italia, algunos de sus varietales emblemáticos se han desarrollado allí (el mítico falerno, ya horaciano, el fiano d'Avellino, el greco di tufo...). Es tierra de larga tradición que en los últimos veinte años ha experimentado un enorme desarrollo, potenciando denominaciones de origen controlado y bodegas de todo tipo, desde las más claramente industriales, hasta proyectos marcadamente familiares. A este último tipo pertenece la Azienda Agricola Pietracupa, de la familia Loffredo, que trabaja y vinifica en la localidad de Montefredane (Avellino). Su Cupa 2005 (monovarietal de fiano) ha recibido los más encendidos elogios de los entendidos en Italia y yo, curioso por saber cómo trabaja esta familia, intenté encontrar, sin éxito, una botella de este vino.
A cambio, encontré este monovarietal de greco di tufo (el fruto, en la foto de la izquierda), otra de las uvas históricas de la zona, producida normalmente a gran escala, pero que encuentra aquí, como en todos los vinos que comercializa esta familia, una expresión muy genuina, característica, artesanal y digna de ser tenida en cuenta. Como en tantas ocasiones en Italia, no he sabido encontrar una página web de la bodega, por lo que no sé con certeza los detalles de vinificación. Creo yo que estamos ante un caso claro de cuidado esmerado de la viña (por aquello de la expresión del terruño), tenemos una maceración prefermentativa con hollejos y una fermentación alcohólica en acero, todo ello a temperatura controlada. Tras un ampllio reposo y estabilización, el vino debe pasar a la botella unos dos meses antes de la comercialización. Sale al mercado con 13% de alcohol y yo lo compré a diez euros.

Tiene el color del campo de trigo en mayo, con un brillante amarillo pálido transido de reflejos verdosos. Dominan en él los olores de ese campo en primavera algo avanzada, olores vegetales de la hierba húmeda por la mañana, olores del geranio cuando abre su corazón vegetal al contacto con el agua y olores del árbol de la tila cuando sus flores quieren llamar la atención de los imprescindibles insectos. Tras unos momentos, el vino abre su "alma de piedra" y asoma el olor del pedernal, de la cueva excavada en el "tufo". Es un vino de paso alegre en boca, con un mínimo perlaje y un amplio retrogusto, que te devuelve los poderosos aromas vegetales y te lleva a esa sensación, de fresca acogida, del bosque opaco en verano. Arrastra, como los ríos que riegan sus viñas, un final algo amargoso que es, a pesar de todo, bien agradable.












(hojas de geranio BY ruurmo)

01 diciembre, 2006

La vida nueva

En esta impresionante e inquietante foto de Miquel Galcerán se resume bien mi estado de ánimo, tras la vuelta a Barcelona. "La vida nueva", en un "cuaderno de notas de viaje" como es éste, cuyos protagonistas mayores son el vino y sus acompañantes, significa sentirse impresionado por la cantidad de cosas que uno desconoce. Significa sentirse aguijoneado por la curiosidad de aprender más y más, de degustar, de probar y de transmitir. Significa intentar, junto a deseos ya conocidos de hablar de vinos españoles y portugueses, la incorporación de los vinos italianos (en su mayor parte, grandes desconocidos en España para el gran público) , si no en cantidad, por lo menos sí en calidad. Significa intentar mirar la cotidianeidad recuperada con los ojos del viajero para contar, también desde aquí, aquello que uno ve y siente. Significa que, a partir de mañana, seguiré escribiendo notas sobre vinos y lugares de Roma, para, con placer e inevitablemente, ir recuperando otros temas más habituales, sobre vinos y productos de Iberia. Significa que la huella y el poso que dejan lo vivido es tan importante que me permiten tomar esta "vieja" vida de cada día casi como si fuera una "vida nueva".

30 noviembre, 2006

Roma



Parece que fue ayer cuando me emocionaba pensando en los dos meses que iba a pasar en Roma, en Italia y dentro de poco ya tomo el aviòn, de vuelta a casa. Han sido dos meses intensos, de trabajo, de viajes, de placer, de conocer personas, monumentos, paisajes, de comer, beber...que he intentado, en un pequenyo "collage" de escrituras disperas (como éste fotogràfico, BY Feuillu, que me encanta), transmitir a quienes seguìs mis comentarios. Me llevo en el zurròn nuevas amistades (no es poco, a estas alturas!), nuevas experiencias, nuevas sensaciones, nuevos conocimientos, nuevas imàgenes. Pero por encima de todo, me llevo, ya para siempre mi ciudad, a Roma. Antonello Venditi la inmortalizò, anyos ha, en una canciòn que es, sin duda, uno de sus "himnos" . Dice una de las estrofas:

"Roma Roma Roma,
core de stà città,
unico grande amore,
de tanta e tanta gente,
ch'hai fatto nammorà."


Pues eso. Ciao, bella. Tante belle cose e a prestissimo!

28 noviembre, 2006

"I Golosi Bottegai" en Roma

"I Golosi Bottegai" es una feliz iniciativa de los hermanos Cirimbilla, Alessandro y Luca, quienes, junto con otras personas, han abierto el local de una nueva asociaciòn cultural, en Piazza della Rovere 91. Aparte del nombre, que ràpidamente atrajo mi atenciòn (està justo debajo de casa su local!), el objetivo principal de los hermanos Cirimbilla es dar a conocer todos aquellos productos, del Lazio pero también de cualquier regiòn italiana que sea interesante, que les gustan. La idea es bien sencilla, pero no por sencilla menos estimulante: ellos viajan, prueban, degustan, catan, y todas aquellas cosas que màs les gustan, todos aquellos productos que tienen un sello distintivo y de calidad, algo especial, los incorporan a su asociaciòn.

Sensu stricto no se trata de un local abierto al pùblico, sino tan sòlo a los socios de la asociaciòn, pero hay que decir que ellos tienen los brazos abiertos a todo el mundo y que, por lo demàs, hacerse socio es bien sencillo (informaciones en el teléfono 06.97603094 y al mail http://lagolosabottega@hotmail.it.
De todo aquello que tienen en el local, mieles, aceites (una maravilla de los Abruzzi, por ejemplo), legumbres (los buscados "cicerchia", una variante local del garbanzo), pastas, farro, lentejas, verduras en conserva, vinos, quesos, preparan degustaciones. Pronto haràn lo propio con talleres de explicaciòn de algunas cosas (el sòtano esconde un fabuloso local para estos menesteres). Y, por supusto, los socios pueden comprar todos estos productos estupendos a precios muy
adecuados.

De entre los vinos, me encantò encontrar (porque en La Mescita de Firenze, donde lo caté por primera vez, me aseguraron que sòlo lo comercializaban para ellos!) el Vin di Bruma 2006, un vino novello toscano muy interesante (mirad mi comentario, de 9 de noviembre de 2006); y también vi alguna malvasia del Lazio, que me pareciò atractiva. Alessandro (en la foto con su "joya" Flavia) me obsequiò con una botella de otro vino novello, uno de los que màs le gustan a él, hecho con cabernet y merlot, de los Vigneti Fantinel, del que hablaré en otro post, pero que me dejò encantado.
Animos a los jòvenes hermanos Cirimbilla y a su asociaciòn, y ojalà que tengan éxito: su idea y la calidad de lo que ofrecen se lo merece.

27 noviembre, 2006

"L'Antica Hostaria" de Sassari (ii, y final)

Piero Careddu aùna, a su condiciòn de excelente cocinero y conocedor de la tradiciòn gastronòmica sarda, la de enòlogo. Es lo que él mismo denomina un "enogastrònomo". No se limita Piero a hacer recomendaciones en su restaurante o a servir interesantes botellas por copas. También escribe: su libro Grandi Rossi I, Magnum-Edizioni, Sassari, 2006 (isbn88-89269-27-8) , que he podido leer en estos ùltimos dìas, es un prodigio en que se combinan las amplias descripciones de vinyedos, varietales y bodegas, con las de botellas de tintos preferidas por Pieru, en combinaciòn con los platos que él considera màs adecuados. Ademàs, por haberlos cocinado en su propia casa, cada selecciòn de vino con su plato, va acompanyada de la correspondiente receta y de unas bellìsimas fotografìas, hechas por Valeria Brandano. Por si todo ello fuera poco, el libro ofrece también informaciòn sobre carnes, panes y quesos. Una maravilla que sirve a la perfecciòn para conocer el alma gastronòmica de Sardegna.
Forma parte de esta alma, desde hace miles de anyos, el cultivo de la vid y la vinificaciòn de la uva. Como todo en la isla, el vino sardo ha pasado por crisis importantes, la màs importante de las cuales, la de la filoxera. De ésta ha tardado muchos anyos en reponerse (pràcticamente y a un nivel de consumo extrainsular, hasta que una facultad de ciencias agrarias no se instalò en la universidad de Sassari). En la foto, vinyedos de vermentino BY Prome.
En estos momentos, se trata de una realidad espléndida, reconocida por no pocas guìas y premios y que, a cualquier escala y con cualquier tipo de vinificaciòn, ofrece calidad, casi siempre a precios moderados.

De todo lo que probé en mi estancia en el local de Pieru, quisiera destacar dos vinos muy tìpicamente sardos, hechos con uvas no exclusivas de la isla, pero sì muy enraizadas y queridas allì. Son, por asì decir, "rasgos de distinciòn de la isla" en materia de vinos. Ambos pertenecen, ademàs, a bodegas poco conocidas y de las que no he podido recabar informaciòn en la red ni en ningùn otro sitio. Van, pues, en exclusiva mis notas de cata.

Lupus in fabula 2005, de la bodega Olbios, es un monovarietal de vermentino (12%), que tiene el color amarillo del trigo en envero (verde, cuando empieza a transitar hacia el amarillo), con una presencia muy alegre en la copa. Su nariz es la de la sombra del àrbol de la tila en los primeros dìas de verano, con una alma muy vegetal, de la siega de la hierba en verano. En boca, con una mìnima presencia de carbònico, sigue mostrando su desparpajo juvenil, con un mìnimo carbònico y un retrogusto digno de mayores longevidades. El recuerdo final del olor de la tierra cerca del mar acompanya en los ùltimos momentos.


Entrar en el mar a ùltima hora de la tarde, cuando el calor aprieta en el mes de agosto, disfrutar de su amable abrazo y del frescor y color que te proporciona. A esto me recuerda el vermentino de Lupus in fabula. Piero utiliza también (como sabéis, es un sistema que yo uso de vez en cuando) lo que él llama "riferimenti onirici", para describir las sensaciones que le producen los vinos. Foto BY creativik67



El segundo vino que quiero comentar es Lu Ghiali 2005 de la Cantina Seddi (13,5%). Se trata de un vino hecho con un 70% de la uva estandarte de la isla, la cannonau (en Espanya, garnacha), màs un 30% de la local muristeddu. Piero me comenta que se trata de un varietal local, pero, a pesar de no tener a mano la bibliografìa necesaria para confirmarlo, creo que este nombre designa, en Espanya, la "monastrell" (si alguien lo puede confirmar o corregir, pues mejor).

Es un vino de brillante color rubì, con un color de capa media (es un vino joven, que no tiene madera) y un trànsito ligero por copa. Su nariz es la de la ciruela y la mora maduras y, en boca, llegan también ecos de violeta. Presenta unos taninos bastante suaves, aunque con un ataque decidido, y un posgusto no muy largo. Un vino ideal para las recetas de otonyo.


Realizar una larga excursiòn, horas y horas de senderos de montanya, en companyìa de los primeros frìos y de la caìda de la hoja, llegar a un hostal al final del valle, recogerse con la dulce lumbre y dejarse regalar con un buen plato de cuchara. A todo esto me lleva el vino de Lu Ghiali 2005. Foto BY aze op.

El libro de Piero Careddu lleva en la portada la traducciòn al dialecto sardo (si no es escrito, incomprensible para mì!) de una màxima de Schopenhauer, que comparto plenamente y no me resisto a proponérosla como final de este "reportaje" sardo: A chie non piaghe feminas binu e cantu, este unu maccu e no unu santu! "Quien no guste de mujeres, vino y canto, es un tonto, no un santo!"

25 noviembre, 2006

"Gusto" y disgusto

Andaba yo paseando el otro dìa por el lungotevere, hacia el norte y por la ribera sur, cuando topé con una tienda muy singular: "Gusto" se llama, y se encuentra en la plaza de Augusto Imperatore, 7-9 (http://www.gusto.it/). Es singular porque, a primera vista y en su planta baja, parece una trattoria de corte moderno y precios razonables. Pero cuando uno se fija un poco màs, descubre que en el mismo recinto existe una tienda que te ofrece, literalmente, todo cuanto una cocina o un cocinero pueden desear: cachivaches de lo màs diverso, cuchillerìa, copas, una amplìsima bibliografìa, trapos... Por si eso fuera poco, uno husmea un poco màs y descubre que, subiendo unas escaleras hacia un segundo piso, se encuentra una fantàstica enoteca: una gran selecciòn, precios razonables y una estupenda enòloga que, con discreciòn y saber, te explica cuanto le pides. Ademàs, en este segundo piso resulta que tienen otro restaurante, màs pequenyo e ìntimo y en contacto directo con las botellas. Gusto, pues, el mìo por haber encontrado tan completo y agradable lugar.

Disgusto, en cambio, por lo que ha sucedido con el lugar donde se encuentra, la piazza Augusto Imperatore, que es uno de los lugares "claves" para entender la Roma clàsica, la que empieza con Augusto. En él (y de aquì el nombre de la plaza) se encuentra el mausoleo de Augusto, que,como se puede ver por la foto, se encuentra completamente abandonado y en estado de vegetaciòn selvàtica. Un desastre que se prolonga hace ya muchos anyos y que, en estos momentos, se hace todavìa màs difìcil de comprender (imposible, vaya), cuando uno piensa que el mauseoleo fue construido allì para que el visitante (ya en el siglo I d.C.!) comprendiera, con un solo vistazo, qué habìa significado el "reinado" de Augusto.

El Ara Pacis que Augusto mandara erigir bastante antes de su muerte, construido hacia poniente, a unos 500 metros del mausoleo, explica a la perfecciòn, en sus relieves, el proyecto que Octaviano estaba realizando. Bien, no pretendo proponeros ninguna lecciòn de historia antigua, sino una reflexiòn alrededor de la estupidez contemporànea. Pero es evidente que ambos edificios tienen que mantener una conexiòn visual, del tipo que sea.


Hace muchos anyos (en pleno neorrealismo arquitectònico italiano) se decidiò proteger el "altar de la paz" con un modesto pabellòn que no impedìa que el visitante entendiera qué pasaba con estos dos monumentos claves: dirìa màs, desde fuera, podìa uno ver a la perfecciòn los frisos del altar y mirando a su derecha, entender còmo "hablaban "con el mausoleo, para explicar una historia ùnica.

No sòlo sigue el mausoleo absolutamente abandonado: en estos anyos, un alcalde (Rutelli), supuestamente de izquierdas y sensible con la cultura, ha decidido poner "su pedazo de tonterìa" personal a la historia de Roma: mandò cargarse el pabellòn del "novecento", le pidiò a un gran arquitecto de prestigio (Richard Meier) que cobrara una burrada de millones para construir lo que véis en la foto (BY ezequiel 21:57...and you will konw I am the Lord), se ha cargado literalmente la plaza y ahora ya no hay quien entienda nada de nada. Por lo demàs, y para uno que viene de Barcelona, el escàndalo ya es mayùsculo cuando comprueba que el "gran" arquitecto no ha hecho màs que copiarse (lo que véis en la foto no es el MACBA de Barcelona, no, es el nuevo contenedor del Ara pacis!). Antes, entrar era gratuito. Ahora, tienes que pagar 6,5 euros.
"Gusto" con disgusto, pues, en la plaza de Augusto Emperador.

24 noviembre, 2006

Eneas en Ostia antica


Arqueòlogos, filòlogos, historiadores, viajeros amantes de lo Antiguo:
dejad ya de buscar! Eneas desembarcò en Ostia antica y la gente del lugar hace ya mucho que lo sabe. Este restaurante se encuentra justo encima del lugar donde empieza la historia de nuestra civilizaciòn, y lo conmemora casi con tanta eficacia como el libro VI de la Eneida de Virgilio. Como podréis observar, el Troyano, padre de Roma, llevò consigo una copia del Discòbolo de Miròn. Lo he descubierto hoy mismo y me ha parecido importante que lo supierais de inmediato. Creo que en interior, sirven la comida vestidos con toga!, pero no me he atrevido a entrar.

La colina del Celio y Fiore Sardo

Una de mis zonas preferidas en Roma es la del monte Celio: da para tanto que podrìa, casi, dedicarle un blog. De esta colina romana, el recorrido que màs me gusta es el que empieza en la Pzza. Santi Quattro Coronati y termina en la basilica de San Clemente (Pzza. San Clemente). Desde la primera plaza se accede a una serie compleja de edificios, de apariencia robusta y poco atractiva. Con un poco de paciencia, te abren sus secretos... el primero es que, en su interior, viven las monjas Agustinas de Roma. Vaya tonterìa, pensaréis! Cuando uno pasa al atrio (al aire libre) de entrada y gira a la derecha, encuentra la puerta del monasterio: todo siempre cerrado, con torno y campanilla. Si uno toca la campanilla, al cabo de un rato (nunca se sabe en qué andan las ocupadìsimas "hijas de San Agustìn", en la pintura, de Boticelli), aparece una hermana, te pide un euro, te da una llave y te dice que se la devuelvas en cuanto hayas abierto, tù mismo, la puerta que se halla a tus espaldas. Si uno le hace caso (y NO os voy a mostrar fotos porque tenéis que hacerlo algùn dìa), y abre esa puerta, entra en una de las maravillas màs absolutas de Roma: la Capilla de San Silvestre. Se trata de una capilla (casi siempre he estado solo en ella) pintada a finales del siglo XIII, con la historia de la conversiòn de Constantino a cargo del papa Silvestre, explicada en "vinyetas" a lo largo de sus paredes. Lo absolutamente increìble es que, no se sabe por qué milagro, la capilla se conserva intacta, con la inmensa mayorìa de pinturas en su lugar. Sin duda, se trata del mejor momento "medieval" en Roma. Si uno tiene un poco màs de paciencia, cuando sale de la capilla y entra en la iglesia a través de su nave izquierda, encontrarà otra puerta (Roma es la ciudad de las puertas cerradas, que piden paciencia y conocimiento para poder ser abiertas; también algunos euros!): una vez franqueada. se encontrarà con, quizàs, uno de los claustros màs bellos de Roma. Por fin, si uno hace todo esto, hacia las cinco de la tarde y deja que caigan los minutos hasta las seis, asistirà a uno de los momentos màs màgicos que esta ciudad puede ofrecer: todas las hermanas Agustinas van saliendo no se sabe bién de donde, ocupan su exacto lugar (siempre el mismo) en el coro y, a las seis en punto, empiezan a cantar las Vìsperas (nunca mejor dicho: "Vespri delle beate Vergini!"), acompanyadas de un òrgano. En la penumbra de la iglesia, asistir a ese momento ùnico, en que las hermanas alzan sus voces de oro al cielo para agradecer cuanto han vivido durante el dìa, es algo que se puede explicar, sì, pero que es mejor vivir.

En ese trance me hallaba yo ayer mismo, dìa 23 de noviembre, cuando un gran trueno rompiò la paz de la colina. Me levanté pensando que la lluvia habìa vuelto a la ciudad, pero cuando salì, el cielo lucìa claro y sereno. Bajé hacia la Pzza. de San Clemente: desde ella se entra a la basìlica dedicada al segundo obispo de la ciudad, Clemente, sucesor de Pedro, un espacio impresionante no sòlo por la basìlica que véis en la imagen, por su pavimento cosmatesco y sus mosaicos bizantinos, sino porque es el mejor palimpsesto en que leer la historia de esta ciudad. Su subsuelo esconde casas romanas del siglo II d.C., un mitreo, los restos de la iglesia medieval y sus pinturas, etc. Mi gran sorpresa viene cuando, a punto de entrar, rompe a tocar con gran estruendo una banda que se encontraba en el patio y, sin màs dilaciòn, unos hombres encienden unas antorchas fijadas en la puerta y sale una procesiòn con las reliquias del Santo a hombros. Me quedé literalmente cautivado: banda de mùsica, clérigos, monjes, militares, reliquias...en pleno centro de Roma y en procesiòn! Sin pensarlo dos veces, me anyadì al cortejo y, pasmado y junto a una gran masa de fieles, recorrì unas cuantas calles, a los pasos de la banda y del santo. De vuelta a la basìlica, nos esperaba el cardenal responsable de la basìlica (cada una tiene uno a su cargo) y se oficiò solemne oficio, acompanyado de coros de canto gregoriano. Resultò que el 23 de noviembre era el dìa de San Clemente y desde hace ya muchos anyos lo celebran asì.

Pero no sòlo! Ya se sabe que, en Roma, las cosas de la fe andan bastante cerca de las de la carne. Tras haber escuchado los primeros gregorianos y satisfecho mi espìritu por algunos dìas, paseé por el barrio. Detràs de la basìlica se encontraba un mercadillo casi navidenyo (aunque la "excusa" era la fiesta del santo: todo tan medieval, que me maravilla) y, para mi sorpresa, una de sus paradas estaba ìntegramente dedicada a los productos artesanales sardos. Una de las cosas de la que màs orgullosos de sienten en Cerdenya es de sus quesos. Màs de cuatro millones de ovejas de raza sarda pacen por la isla y eso da para una gran variedad de manufacturas. Dos son los que màs me gustan: el pecorino sardo y el que compré para cenar, el Fiore Sardo. Se trata del ùnico queso italiano con Denominaciòn de Origen Protegida, realizado con leche cruda de oveja (toda la informaciòn en www.fioresardo.it). Su caracterìstica principal es que se cuaja la leche justo tras su recogida, se corta con cuajo de cabra y tras formarse los quesos, se ahuman muy suavemente con humo de la quema de arbustos del sotobosque de la isla. El resultado es delicioso. El que compré habìa madurado alrededor de 3-4 meses (hay otro que se consume con mayor maduraciòn, tipo grana padano). Confieso que no habìa podido comprar nada en Cerdenya y que la oportunidad que me brindaba San Clemente me pareciò, casi, un milagro. Se trata de un queso con un color que va del amarillo ambarino al de la miel de acacia, con una pasta que se muestra bastante entera al corte, aunque con tendencia al desmenuzamiento y con un sabor ligeramente picante, que acaba con un retrogusto de miel de castanyo y de ahumado. Lo tomé con un vino dulce, con un giallo passito de moscatel de Alejandrìa (de Pantelleria, del que ya hablé en otra ocasiòn: quedaban los restos de la botella en la fresquera) y el ensamblaje fue perfecto.

Las Vìsperas cantadas por las hermanas Agustinas, la historia de San Silvestre y la conversiòn de Constantino contada en una iglesia medieval, las reliquias de San Clemente en procesiòn entre petardos, olor de pòlvora y canto gregoriano, un buen trozo de Fiore Sardo para cenar...estaréis de acuerdo conmigo en que Roma es ùnica.


22 noviembre, 2006

Sardegna nel cuore: "L'Antica Hostaria" de Sassari (i)

Reconozco mi pasiòn por las islas: algunos de mis mejores momentos los he pasado en Mallorca, en Sicilia, en Menorca, en Tenerife, en Escocia, en Sardegna... A una isla es aconsejable llegar por mar, en mi opiniòn, y después, transitarla con la mayor calma posible. Estos dìas pasados he tenido la fortuna de estar en Sardegna y, aunque no llegué en barco, sì tuve la posibilidad de atravesarla en un tren que invierte no menos de tres horas para enlazar Sassari (en el norte) con Cagliari (en el sur). La isla la conocìa bien, pero haber tenido la oportunidad (gracias a la invitaciòn de mi querido amigo Attilio, y también de Momo y de Paola, a los que llevo en el corazòn) de recorrerla en tren, me ha hecho descubrir su "verdadera alma": por supuesto no es la turìstica (aunque vivan de ello), ni tan siquiera la marìtima (lato sensu), sino la màs puramente rural. El interior de la isla domina el caràcter de Sardegna y el interior està hecho de montanyas y prados, de rebanyos y pastores, de vacas y ovejas, de pastos y cultivos, de olivos y vinyedos. Y todo ello, exactamente como pasa con Mallorca, configura un espìritu esencialmente reservado, rural, ligado a las costumbres y tradiciones del campo y al paso de las estaciones a lo largo del anyo (en la foto, el pastor y sus ovejas sardas BY zelda 1971). Todo ello infunde, ademàs, un caràcter especial y querido por los sardos, tanto a sus costumbres y tradiciones, como a su cocina.

Algo habìa intuido ya cuando estuve en Sassari en anteriores ocasiones, pero esta vez lo he confirmado: el sardo, cuando te abre los brazos, lo hace ya para siempre. El sardo, ademàs, ama sus cosas y las ensenya y explica con pasiòn, aunque también con discreciòn. Todo esto he confirmado en este viaje en que Sassari se me ha abierto, de nuevo, en su dimensiòn màs humana: es una ciudad de dimensions agradables, con calles y plazas en que todo el mundo se encuentra y saluda, con avenidas llenas de naranjos, limoneros y palmeras. Me gusta pasear, sin màs, por ella (en la foto BY Bernd Roessl).
En esta ocasiòn, ademàs, he tenido la fortuna de que mis amigos me han hecho "topar" con un restaurante muy especial: L'Antica Hostaria di Piero Careddu (Via Cavour, 55, telf.3396113290/079 200066). Piero Careddu es un cocinero que también ama y conoce los vinos de su tierra. Incluso ha publicado un libro excepcional, del que hablaré en otro comentario. Piero me ha hecho entender en dos dìas, a través de sus platos y de sus explicaciones, en qué se basa la cocina sarda y en qué su renovaciòn.

Osilo es un pueblo del interior montanyoso (en la foto invernal BY Mario Bonu) del que procede la, quizàs, receta màs tradicional que prepara Piero: Zuppa di lentichie, fagioli bianchi e carciofi. La legumbre en remojo desde el dìa anterior, se une a un rehogado de cebolla, ajo, zanahoria, patata e hinojo salvaje. Todo ello cuece, con un poco de caldo, una hora y media. En la parte final de la cocciòn se anyade alcachofa previamente salteada y, todo junto, se encamina a los diez ùltimos minutos de cocciòn. Se prepara un pan redondo, rùstico de Osilo, se vacìa parcialmente de su miga como para poder convertirse en "plato sopero" y se presenta la zuppa en su interior, con el sombrero del pan ejerciendo de tapa sopera. Se tiene que tomar con un tinto importante del que hablaré en el siguiente comentario, pero el resultado, sin màs, es delicioso y, sobre todo, el mejor para enfrentarte a los rigores de un frìo como el que vèis en la foto. Por lo demàs, y junto a este plato, Piero es capaz de reinterpretar las recetas de toda la vida y, por no movernos de la legumbre (tan importante en una sociedad rural como la sarda), puede presentarte también una crema de garbanzos (sin su càscara), preparada con suaves migas de bacalao y servida con un pan frito con hierbas mediterràneas y un hilo de aceite virgen; o una sopa de judìas blancas con almejas, alucinante; o unos gnochetti sardi con sugo di tono (el atùn en mìnimos tropezones), que hablan a las claras de còmo en este restaurante, tan recomendable, puede uno, sin màs, sentarse a la mesa y comerse la isla entera (dicho con todo el carinyo!) en unas cuantas sesiones.

19 noviembre, 2006

Laocoonte, siempre

Me vais a permitir una breve digresiòn, para que os cuente una historia: en la frìa manyana del 14 de enero de 1506, el gentilhombre Felice de Fredis sacò a la luz, cerca de Santa Maria Maggiore, algo que iba a conmocionar la historia de la cultura en el mundo civilizado: el Laooconte, que véis en la foto. De la historia del sacerdote que intentò, en vano, salvar Troya del caballo de madera, nos hablò Virgilio. Y Plinio nos contò, anyos màs tarde, còmo tres escultores rodios hicieron una estatua que se convirtiò, de inmediato, en objeto de admiraciòn y fue colocada en la casa del emperador Tito. De Fredis tenìa su huerto encima de la casa de Tito! De inmediato la estatua fue adquirida por el Papa Julio II (Della Rovere) y de esta forma empezaba el nùcleo del coleccionismo vaticano y, por lo tanto, de sus Museos. Esta semana se ha inaugurado en los dichos Museos (y hasta el 28 de febrero de 2007) una exposiciòn (500 anyos de Museos Vaticanos) que aglutina toda la informaciòn para entender qué pasò antes, durante y después de este descubrimiento que conmocionò Europa y asombra, todavìa hoy, al mundo entero. Felice de Fredis, en el epitafio de su tumba, lo explica mejor que nadie: ...Lacoohontis diuinum quod in Vaticanum cernis fere respirans simulacrum, "(fui el descubridor de) la estatua divina de Laocoonte, que puedes ver en el Vaticano y que parece respirar". Luchar (el sacerdote), sufrir (su hijo a la derecha de la foto), morir (su hijo a la izquierda) son los hitos de esta extraordinaria escultura en la que, como nunca ha pasado, se unen la fuerza del màrmol esculpido y la de la palabra escrita. Si podéis, no os la perdàis.