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27 octubre, 2007

Contrastes berlineses (viii y final)


Del recuerdo de una muerte atroz, en el Monumento al Holocausto en Europa, a la memoria de una muerte digna, del alto Egipto, en el Altes Museum:















Foto by J. Estruch

Contrastes berlineses (vii)


De la piel áspera del terror, junto al muro, frente a los restos del cuartel de las SS (en Wilhelmstr.), a la piel suave de la hojarasca en otoño, en el patio de la universidad:



















Fotos by J. Estruch

Contrastes berlineses (vi)


De la belleza interior de Eurípides a la belleza absoluta de Nefertiti, ambos ahora en el Altes Museum:

Contrastes berlineses (v)


De la niña helenística que juega, con delicadeza, a las tabas en el Museo de Pérgamo a la gallarda estampa de la anciana berlinesa:
















Foto by A. Pujol

25 octubre, 2007

Kellerrestaurant Brecht-Haus




















Los lectores habituales de este cuaderno de anotaciones enogastronómico saben bien de mi devoción, educada, pulida y aumentada gracias a mis colegas de ETB (in primis, Herr Direktor), por los rieslings, por la "uva diva". Confieso que los restaurantes de Berlin donde el servicio y carta de vinos miman la producción alemana están algo lejos de nuestro bolsillo. O no supe yo dar con aquello de las "4B" (bueno bonito bastante barato). En fin, que no podíamos dejar Berlin sin acercarnos a una cena con vino, ¿verdad? Y aquí propuse a los intrépidos viajeros una nueva aventura, que unía dos de mis pasiones alemanas: la riesling y Bertold Brecht.

Brecht es un personaje fascinante y un autor al que admiro desde hace mucho. Amante como soy de la opereta, obras como su Mahagonny o su Opera de las tres monedas, sus canciones también, siempre con el genial Kurt Weil, su Madre Coraje, su Vida de Galileo están presentes en casa desde hace mucho. Su militancia comunista, su feroz y radical postura contra los nazis le mandaron al exilio, donde penó lo indecible. De vuelta a Alemania, en 1948, se instaló en el Berlin este, donde todavía se conserva intacta su casa, en Chausseestr. 125, y donde se puede visitar su museo.
















En el sotano de la casa se ha instalado un restaurante, un sitio íntimo y muy acogedor, donde reciben al huesped maquetas de los escenarios de Brecht, cartas y objetos suyos y, por supuesto, una bien surtida carta de platos y de vinos. En efecto, Brecht era un amante del buen, aunque sencillo, comer, y del vino también. Y los responsables del lugar han tenido la buena idea de proponer algunas de las recetas que Helene Weigel, esposa de Brecht, solía cocinar en casa. La verdad es que es emocionante pensar que estás sentado en casa de Brecht, comiendo algunas de las recetas que se han conservado de su esposa. Filete de lucio rebozado, con un acompañamiento de patatas hervidas, ensalada y una salsa a base de tallos de apio hervidos, con una reducción de vino blanco, ésa fue mi frugal cena. El plato más celebrado de los cofrades viajeros fue el que eligió mi santa, otra receta de Frau Weigel, una especie de albondigas gigantes de carne de cerdo, con albondiguillas de panceta y patata. Delicioso.

Acompañó a la perfección, por lo menos a mi pescado de agua dulce, el riesling básico, seco, de la casa Robert Weil, añada de 2005. Una insolación más alta de lo habitual en el Rheingau, con un septiembre también muy soleado, con las lluvias en su sitio, acabaron produciendo una cosecha muy sana. El trocken de esta añada tiene 12% y las botellas que abrimos empezaron más cerradas en nariz de lo que es habitual para esta cosecha. Tras un buen rato empezó a abrirse el vino y a mostrar sus frutas maduras, pera y melocotón, primero, delicado orejón de albaricoque, después. Con unos hidrocarburos absolutamente bajo control (muy moderados), acabó con notas de moscatel y con una buena presencia en boca, aunque no muy larga. El único "pero" es, sin duda, el del precio: si mis notas son correctas, cada botella costó 26 euros. Este detalle ya os da una idea de por dónde va el asunto del vino en Berlin.



Ésa fue nuestra última cena en Berlin. El crepúsculo sobre la Kurfürstendamm marca el fin de una estancia afortunada, intensa y emocionante. Ojalá algún día este grupo de viajeros acierte a encontrar un amanecer en otro lugar tan atractivo como éste. Ése es mi deseo y que os lo pueda contar, claro.

23 octubre, 2007

Max und Moritz















Max y Moritz son los dos pilluelos protagonistas de siete aventuras que en 1865 publicó Wilhelm Busch. Causaron un profundo revuelo en la Europa de la época (no hay más que mirar sus pícaras caras!), pues representaban y hacían cuanto iba contra la moral dominante. Se hicieron muy famosos, fueron objeto de múltiples traducciones y reediciones y en 1902 recibieron uno de los homenajes más sonados, del que hoy todavía podemos gozar: en pleno corazón del barrio de Kreuzberg, en Berlin, se inauguraba una casa de comidas dedicada a ellos.















Max und Moritz sigue, no sé por qué extraño milagro, abierto. En la Oranienstr.162, el local rezuma el espíritu del Berlín de finales del XIX e inicios del XX, con su comida de campo, su cerveza blanca, las mesas y sillas de madera, el bullicio absoluto...una experiencia que hay que vivir, vaya. Yo me tomé el surtido rústico preparado por la Viuda Bolte, con su codillo de cerdo, su costilla ahumada, su salsicha, col fermentada y patatas hervidas, con abundante mostaza. Estaba impresionante. Los cofrades de viaje que optaron por el filete de buey con salsa de vino y cebolletas no quedaron tampoco decepcionados. Para beber, corrió abundante weizenbier, en este caso, sólo de trigo, menos densa que la de Lindenbräu, pero igualmente sabrosa, con más aromas frutales (manzana y pera conference), un posgusto algo amargoso y abundantes notas de levaduras y de trigo. Una delicia.


Pero el auténtico espíritu de Berlin estaba todavía por llegar...de golpe y porrazo y en plena preparación de la cena (es decir, dándole a la cerveza blanca), empezaron a desfilar junto a nuestra mesa los integrantes del fantástico cuarteto que tenéis en la foto: "papá, mamá" y las "niñas" Krause, auténticos cultivadores del mejor cabaret cómico berlinés, ¡actuaban esa noche en Max und Moritz! Fuimos espectadores de escenas indescriptibles. El espectáculo se titulaba "Berliner Schnauze", que se podría traducir por "Morro, jeta berlinesa", y en él hicieron un completo repaso al cancionero del Berlin de principios del siglo XX. La gente disfrutaba y aplaudía a rabiar. Cuando Mamá Krause se retiraba, tras el espectáculo, pasó junto a nuestra mesa (que se encontraba junto a la sala donde habían actuado) y preguntó, discreta, "¿pero les ha gustado? ¡Sííí!!! Fue una experiencia única que nos transportó (lo mejor, sin ni siquiera haberlo buscado: fue por pura casualidad) al Berlin capital del mundo cultural y de la diversión en sus momentos de mayor esplendor.

21 octubre, 2007

Humboldt-Universität zu Berlin


La universidad de Berlin, popularmente conocida como la "libre", tiene su sede central en una de las zonas más estratégicas de la ciudad, muy cerca de la Isla de los Museos y junto a Unter den Linden. Como tantas veces sucede en Alemania, el nombre oficial rinde homenaje a algún personaje clave de su historia, en este caso, ni más ni menos que a Alexander von Humboldt, el inspirador e impulsor del concepto moderno de universidad. Se trata de una institución venerable, con una lista de premios Nobel que da vértigo,
entre los cuales (me vais a permitir un pequeño homenaje personal), Theodor Mommsen (foto de la derecha), Catedrático de Historia Antigua de la universidad (1861-1903), fundador y editor de las más importantes colecciones epigráficas, rector durante 1874-1875, y Premio Nobel de Literatura en 1902, por la belleza y perfección de sus ediciones y por sus libros sobre el Imperio Romano. Quién nos ha visto y quién nos ve.

¿Y por qué os pego este palizón, os preguntaréis si habéis llegado hasta aquí? Pues por una razón bien sencilla, práctica y que conviene saber: la casa (entrada por la parte trasera, Dorotheenstrasse) tiene una magnífica mensa universitaria, un comedor donde NO se pide el carnet de estudiante o de profesor para gozar de sus precios y bondades. A la izquierda de la entrada, se encuentra la mensa clásica (barullo, azafates de plástico y comida por tres euros). A la derecha de la entrada (en la foto), se encuentra el restaurante Cum laude (tiene guasa el título), en teoría reservado a los profesores, pero de acceso al público en general. Un busto de Humboldt preside la sala, un bar con chimenea permite fumar y una sala muy espaciosa ofrece una pequeña pero bien surtida carta, donde comer y reposar por un precio moderado (sobre los 10-12 euros por persona).

Es cierto que hay que mirar a fondo para encontrar algo alemán en esa carta, pero con buena voluntad y ganas, se encuentra. Os estoy hablando, ni más ni menos que de uno de los monumentos de la cocina alemana popular, el pastel de cebolla ("Zwiebelkuchen"), a vuestra derecha, que llegó perfecto, con la pasta brisa en su punto, con un montón de dulce cebolla y el tocino ahumado en su interior y una buena ensalada alrededor. Una jarra de medio litro de buena, fresca y ligerita pils (nada especial que comentar aquí) puso las cosas exactamente en su sitio, tras una "dura mañana" que había empezado en la "Topografía del Terror" y había terminado en los Museos de Pérgamo y el "Altes Museum", en la Isla de los Museos.


El vibrante e intenso otoño berlinés aguardaba, agazapado, tras la hojarasca... (foto by J. Estruch).


20 octubre, 2007

Contrastes berlineses (iv)


De la altivez casi gótica de algunos edificios de Potsdamer Platz (Daimmler-Benz-Areals) a la decrepitud orgullosa del filósofo cínico, en el Museo de Pérgamo:




















Foto by J. Estruch

Contrastes berlineses (iii)

De la alegría de las casas multicolores junto a Chamisso Platz a la tristeza inmensa que produce el Momunento del Holocausto en Europa, junto a la Puerta de Brandenburgo:













Fotos by J. Estruch

Contrastes berlineses (ii)

De la frialdad de la alta tecnología arquitectónica en Potsdamer Plazt (Sony Center) a la calidez del otoño en la hiedra de una pared, cerca de Viktoria Park:














Fotos by J. Estruch.

Contrastes berlineses (i)

Berlin es una ciudad que te atenaza emocionalmente, que te presiona sin cesar, que te ofrece contrastes a cada instante que zarandean tu ánimo y jamás te dejan indiferente. Berlin te agota, Berlin te apasiona, Berlin es, en este sentido, única. Quiero dedicar unas notas gráficas, que empiezan hoy sábado y terminarán la semana que viene, a algo que, en principio, poco tiene que ver con el tema de este blog. Ya lo he hecho en otras ocasiones, cuando aquello que vivía y veía me parecía de gran belleza y, sencillamente, me apetecía compartirlo con vosotros. Con Berlin me ha pasado como en mi última estancia en Roma, aunque con una intensidad que no esperaba. Yo ya había estado en otras ocasiones en la ciudad, pero siempre para trabajar. No la había visto ni vivido con los ojos adecuados. Ahora, con mucho tiempo libre y buena compañía, me atrevo a ofreceros mis impresiones, en forma de contrastes. Así la hemos visto, así la hemos vivido.

De la cúpula recién nacida del Reichstag a la cúpula por renacer de la Kaiser-Wilhelm-Gedächtnisskirche:














Fotos by J. Estruch.

18 octubre, 2007

Lindenbräu Rundschau

Berlin es una ciudad, qué paradoja, sin ciudad, algo que nace de la destrucción masiva (Segunda Guerra Mundial), del descuido irreparable (RDA) y, al mismo tiempo, de unas ganas indescriptibles de hacer, de crecer, de inventar de nuevo un espacio que se intuye cómo fue en mínimas porciones. Berlin, más que nada, quiere volver a ser el centro de Europa y del mundo. No soy quién para decir si lo está consiguiendo, pero los viajeros que rastreamos durante horas y horas la ciudad a lo largo de cuatro intensísimos días damos fe de que están poniendo todo de su parte para conseguirlo. Aterrizaje suave, transporte cómodo, frescas temperaturas (por las mañanas, frías de veras), poca lluvia y mucho sol invitaban a andar, a descubrir, a reconocer las señales de la historia, de la destrucción de edificios, cuerpos y almas y, al mismo tiempo, a ver cómo Fénix resurgía, de nuevo, de sus cenizas. Una sola condición, medio en broma medio en serio, "propuse" a mis compañeros de viaje: ¡ni una pizza! En Berlin, comida y bebida alemanas y, a ser posible (que lo es a ratos), berlinesas. Todavía no sé por qué, pero me hicieron caso.

Hotel junto al canal (Tempelhoffer Ufer), primeras calles y sensaciones (la casa de Willy Brandt, sede del SPD) y directos a lo más tecnológico e impactante de la ciudad: Potsdamer Platz (foto de la derecha, BY A. Pujol). Del siglo XIX no queda más que el nombre, pero el espacio, su configuración a medio camino entre el infinito y la verticalidad y luminosidad de sus edificios, no deja indiferente a nadie. Saludos a la puerta de Brandenburgo, vista sobre la ciudad, poco iluminada, desde la cúpula del Reichstag y vuelta a la plaza, para saciar el hambre y la sed, en una de las combinaciones más alucinantes que ofrece la ciudad: Lindenbräu Rundschau (foto de la izquierda, de su web).

Se trata de una cervecería del más puro y tradicional estilo bávaro, situada en el corazón mismo del high-tech berlinés, en Bellevuestr. 3-5, en las entrañas del Sony Center. Brez'n fresquísimos, casi calientes (qué delicia), codillos de cerdo o de cordero, todo tipo de embutidos y de salsichas, ensaladas de patata y, lo más delirante de todo, "leberkäse" (embutido de cerdo que no siempre lleva hígado, y que se pasa por la sartén), con "spiegelei" (no hay como mirarse ante el espejo de ese huevo frito para saber que has vuelto a Alemania), ensalada de patatas y un poco de col fermentada.

Pero eso no es lo mejor de Lindenbräu. Lo mejor es que ellos mismos se hacen la cerveza (los tanques en medio de la planta baja del comedor) y cómo la hacen!!! La reina, que, tras las degustaciones de cuatro días, fue coronada por toda la tropa como la mejor de las probadas, es la "weissbier" (foto de la derecha, BY J. Estruch). Se trata de una cerveza de doble fermentación, con levaduras añadidas, mitad cebada, mitad trigo.

El resultado del proceso es una poción de bellísimo color caoba pulida y barnizada, una textura densa y sabrosa, una espuma muy considerable, que dura y dura, y unos aromas y sabores propios de la fruta madura, con un poco de regaliz de palo, frutos secos tostados y, sobre todo, aromas a trigo. Muy ligeramente amarga, se convirtió en una embajadora ideal de las bondades alimenticias de la cerveza y, por supuesto, en la mejor compañera posible para esa primera noche y para las viandas de Baviera.

Tanto gustó y tanto corrió que hubo quien confundió la grua que tenéis en la foto y su publicidad luminosa (BY J. Estruch), con la luna en cuarto creciente. No digo yo que a lo lejos no se pudieran confundir, ¿verdad?, pero la noche del Lindenbräu Rundschau (un lugar a retener) ha pasado ya a los anales de la hermandad de viajeros como "la Noche de las dos lunas".