12 febrero, 2018

Añejo Cencibel, Solera Familiar 1893

Esencia Rural, Añejo Cencibel Solera Familiar 1893
1893. Cuando un hombre y una mujer se casaban en La Mancha, juntaban lo mejor de las cosechas anteriores de las dos familias. De ese vino de dos casas que representaba ya lo mejor de cada una de ellas, hacían una sola solera, en una sola bota.

De esta bota tenía que nacer un "nuevo" vino añejo (rancio en mis tierras) que simbolizaba la nueva unión: dos familias y dos soleras para una nueva familia y una nueva solera. Los años de amor, de complicidad con la tierra y de diálogo con el oxígeno, la madera y el clima, iban redondeándola hasta convertirla en el vino que salía en las celebraciones y días de fiesta.

Existía la tradición de que esta bota de vino añejo podía refrescarse, por supuesto, con vino nuevo de añada, pero no hacerse saca alguna de ella hasta que, por lo menos, pasaran 20 años de la fecha del matrimonio. Solidez y compromiso para los hijos que tenían que llegar.

1997. Hace ahora 21 años, Julián Ruiz Villanueva (campesino en Quero y alma de Esencia Rural) recuperó la vieja solera de cencibel de sus bisabuelos, que fecha del día de su boda en 1893. 21 años cuidándola, recomponiéndola, refrescándola con esa misma cencibel con la que tan a gusto está. Hasta que hace 7 años llegó a la conclusión de que la cosa, vendimia tras vendimia, ya estaba en su punto bueno y no mejoraba. Momento, pues, de empezar a preparar una saca y de que el vino siguiera su camino de evolución en una botella.

Que es la que ven ustedes en la foto superior. Es un vino rancio seco de cencibel manchego, con 17,8%. Único porque puedo hablar de él habiendo bebido una copa. Irrepetible porque nace de una boda y no de otra. Inclasificable porque es la vocación labriega de Julián, junto con su pasión por las cosas de su tierra, la que recupera esa vieja tradición manchega y familiar. Con certeza, no pocas familias conservarán esa bota en su casa. Algunas quizá la habrán mantenido y refrescado y podrán disfrutar todavía de ella.

2018. Pero pocos, muy pocos, habrán tenido la generosidad de invitar al mundo entero (vaya, al que consiga llegar a alguna de estas botellas...) a la boda de sus bisabuelos. Yo he estado allí y no me atrevo a juzgar ni, casi, a describir el vino. La vida y la muerte han pasado  por él. Los nervios y las inquietudes. Las zozobras y las guerras. Las cosechas buenas y la alegría del vino nuevo. Una vida de campesinos que jamás fueron conscientes de qué hacían porque eso, lo que hacían, era lo único que sabían, querían y podían hacer. Quizá para ellos no fuera muy meritorio porque todos, antes y después, habían hecho poco más o menos lo mismo.

Pero yo no. Yo me he asomado al perfil de esa historia emocionante y he sentido, en ese único trago (inquieto y nervioso todavía el vino), el vértigo de la nueva unión: el añejo de la solera de 1893 ante su nueva vida, en un mundo que parece desconocer casi todo de quienes aportaron esos primeros vinos. El principio y el fin, la luz y la oscuridad, la sequedad y la amabilidad, el alcohol y la intensidad, el poso del café y la algarroba, los pámpanos que adornaban la mesa y el pan recién horneado.

Creo que no es un vino para juzgar o para opinar. Es un vino para sentir y para estremecerse. Es un vino para poder decir que, aunque la inmensa mayoría esté muy lejos de lo que representa, con él tenemos nuevo hilo para seguir tejiendo una historia de complicidad con la tierra. Aunque muchos piensen que todo está perdido y que cada vez menos gente comparte cierta sensibilidad y manera de hacer las cosas, el Añejo Cencibel 1893 de Julián Ruiz está aquí para demostrar y recordar que seguimos vivos. Hay tiempo para charlar y trabajar, para mirar y contar, para entender y escuchar, para beber y gozar. Para entender que la vida, con cosas como las que me pasaron este pasado sábado cuando Julián nos explicó su vino, tiene un sentido distinto. Sin juzgar ni valorar. Hay un tiempo para explicar y un tiempo para transmitir.

Mark Twain decía que hay dos momentos claves en la vida: cuando nacemos y cuando sabemos por qué y para qué nacemos. Lo primero lo pasé ya; de lo segundo me estoy dando cuenta estos últimos meses y especialmente (las circunstancias que, queramos o no, nos acompañan) estos últimos cuatro días en Barcelona. No he podido ni querido ir a todo, no porque no valore mucho el trabajo de todos en la organización de sus cosas. No. Es porque necesito sentirme cómodo en la charla con la gente y en el entendimiento de sus cosas. De ese tipo de momentos, nacen historias como las que Julián y su vino me contaron. Mi trasunto Marco Aurelio lo dice bien claro en sus reflexiones, y yo pasé muchos años sin hacerle caso... : "si te limitas a actuar conforme a la naturaleza de tu ser y a decir sencillamente la verdad en tus palabras, vivirás feliz. Y nadie puede impedir que te conduzcas de este modo". Alguien puede impedirlo, claro está. Uno mismo. Ya no.

01 enero, 2018

Antonio Vílchez y Omar Khayyam

Antonio Vílchez Valenzuela
Antonio Vílchez tiene una bodega que se llama Naranjuez y que es expresión, como poquísimas de las que yo conozco, de la personalidad combinada de la tierra y de la persona con las que convive. Naranjuez es la materialización de las "badlands" de Marchal (Granada), las "malas tierras" fruto de la erosión que junto al río mudan en fertilidad. Naranjuez es la mejor expresión de que un clima desértico, con temperaturas extremas entre el día y la noche a lo largo de todo el año, puede acabar en fragante y concentrada uva. Naranjuez es símbolo de la capacidad de una persona por crecer y aprender de cuanto hace y a cada paso que da.

Antonio Vílchez es un hombre esencial en todo, en delgadez y en palabras. Odia la retórica supérflua y la palabra de más. Quiere vivir tranquilo con sus pocas hectáreas, y sin prisas. Es hombre de palabras sentidas, es decir, de palabras que recuperan, cuando las dice, un sentido antiguo. "La prisa mata" podría ser su divisa, en efecto, además del nombre de uno de sus vinos (para mí) emblemáticos. Años de contemplación de la vida desde su mismísimo corazón han dejado huella. Como la ha dejado el tiempo en que ha visto todo desde lo alto de una torre de vigilancia. Sus vinos están hechos de toda esa experiencia y saber de vida. Sus vinos, sin conocer a Antonio, se pueden disfrutar pero no se entienden. Diréis, puede que con razón: ¿y qué más da, si lo que conviene es beberlos sin más?

Y yo os contestaré que sí, que da más porque estos vinos, como Antonio, están hechos de la materia de sus silencios y de la aprehensión de las sensaciones que, en cada momento, la viña da. De una persona que cuenta su tiempo no por años o meses o días, sino por estaciones, hay que escuchar y atender todo. No solo sus vinos. Si te quedas con eso, te quedas a medio camino de todo y con la nada en el zurrón. Antonio ama y cita de memoria al poeta persa Omar Khayyam, que además de epicúreo post litteram, era filósofo, matemático y astrónomo. Miraba al cielo para comprender las cosas de la tierra. Antonio, además de hacer eso, se mira a sí mismo y a su alrededor, para comprender con una lucidez que transmite, cada vendimia mejor, a sus vinos.

Como Omar Khayyam, Antonio sabe que estamos hechos de instantes y de fugacidad, que no hay que ilusionarse con la riqueza y la belleza: "puedes perderlas: aquélla en una noche; ésta, en una fiebre". Como Omar, Antonio ha sabido detener su marcha para tratar "de ser feliz. ¿Por qué te afliges, pequeña mía? Dame vino; la noche se acerca". Como Omar, en fin, Antonio sabe que la prudencia consiste en gozar el momento que pasa. Porque "lo futuro, ¿qué encerrará?" Antonio Vílchez, sus vinos, sus momentos, sus palabras: nos hacen mejores porque nos hacen disfrutar tanto como reflexionar sobre cómo somos y por qué hacemos las cosas como las hacemos. Antonio, como Omar Khayyam, es hombre de palabras fundamentales y de vinos con alma. Cada día más.
Naranjuez, Pinot Negro 2017

25 diciembre, 2017

Marco Aurelio y yo

Marcus Aurelius Wikipedia image
Cuando era un estudiante muy joven de Filología Clásica, una también joven profesora de Historia del arte antiguo me dijo: "¡te pareces mucho a Marco Aurelio!" No sé si mi cara de asombro perdura pero en mi interior sigue, sin duda sigue. En una Facultad de Filosofía y Letras (cuánto me gusta el concepto), nuestra biblioteca tenía información de todo aquello que tuviera que ver con el ser humano, antes y después del descubrimiento de la escritura. Busqué la iconografía del buen emperador y descubrí para mi pasmo que, en efecto, a los 19 años me parecía mucho a Marco Aurelio. (Nota para los que me conocen físicamente hoy: ¡no se admiten comentarios de cachondeo!). El perfil de la nariz, el tipo de bigote y, sobre todo, el corte de cabello. Sin duda, el escalpelo imperial hacía maravillas pero el mío, al natural, no desmerecía...

Desde entonces, siempre me interesé por este hombre que estuvo al frente de Roma durante casi veinte años y que, casi sin quererlo de forma explícita, instauró una forma de gobernar que tenía como norma fundamental el respeto y la atención hacia cualquier persona que tuviera algo que decirle. Sus mal traducidas Meditaciones (cuánto mejor "Reflexiones/Pensamientos para mí mismo", en griego "Tà eìs heautón": "Aquello que me concierne") son un conjunto de libros que cualquier persona que tenga la necesidad de pensar sobre qué está haciendo en este mundo y cómo lo está haciendo tendría que leer. Yo lo había hecho varias veces. Incluso había traducido para mí (en una ocasión, también publicado) alguno de sus textos. No creo, como se intenta vender hoy, que sea un manual para gobernantes. Eso está condenado al fracaso visto lo que tenemos ahora en el panorama y su nivel absurdo de formación, de sensibilidad y de incapacidad para sentarse a escuchar frente a un interlocutor.

Es un libro para ser mejores, para pensar en nosotros al ritmo con que Marco Aurelio pensaba y escribía en su tienda de campaña en el bosque de los Carnutos, mientras sus ejércitos y Cómodo batallaban contra las tribus germanas. Creo que hace falta frío para entenderle y penetrarle. Creo que es necesario que los días sean cortos y las noches largas, que el sol caliente poco y atraviese como un fino cuchillo la fría y azul atmósfera del solsticio de invierno. Así escribió el buen emperador su manera de entender la vida, así hay que leerla. Con velas cercanas, con cielo y luna presentes, con frío y naturaleza al alcance de la mano. Así pensaba y vivía un estoico que tenía en la cabeza toda la literatura griega y romana.

Para él, la relación entre la persona y la naturaleza es fundamental. Y releyendo este invierno sus Pensamientos (con la ayuda de la hermosa traducción de Joaquín Delgado, en la fantástica edición de Errata naturae, Pensamientos para mí mismo. Marco Aurelio, Madrid, 2017, ISBN 978-84-16544-53-0), me he dado cuenta de que las cosas siempre tienen un porqué. Y que mi antigua "asimilación" con el emperador, mi lectura de tantos años y mi formación en la civilización grecorromana antigua, volvían ahora con más fuerza que nunca gracias a que estoy donde estoy en mi relación con la naturaleza. Hace treinta años era incapaz de entender muchas de las cosas que Marco Aurelio proponía. Hoy, cuento con la ayuda de amigos agricultores que, con su forma de trabajar el viñedo y de hacer vino con sus frutos, me han hecho cambiar y entender la naturaleza de otra manera: Salvador Batlle; Joan Rubió; Nacho González; Mariano Taberner; Joan-Ramon Escoda; Laureano Serres; Juan Pascual; Federico Schatz; Manolo Valenzuela; Sara Pérez; Antonio Vílchez; Jordi Llorens; Iago Garrido; Rafa Bernabé; Iker García Nafria; Eloi Cedó; Gorka Mauleón; Samuel Cano; Julián Ruiz; y etc. Hoy, cuento con el apoyo de otro grupo de "amigos" que, con sus textos y experiencias a lo largo de los siglos, me han hecho entender mejor el camino que propuso el emperador: Alexander von Humboldt; Nan Shepherd; Jean Giono; Henry David Thoreau; Stefano Mancuso; James Rebanks; William Finnegan; George Eliot; Annie Dillard; María Belmonte; Sue Hubbell; Xuan Bello; Rudolf Steiner; Friedrich Nietszche; Arthur Schopenhauer; Johan Wolfgang von Goethe; y etc.

(2, 3) "Todo lo que entra en los planes de la naturaleza, y que tiende a conservarla en buen estado, es bueno para cada una de sus partes integrantes. De este modo, la buena marcha del mundo depende tanto de las múltiples variaciones de los elementos como de la transformación de los seres que lo constituyen". Hasta que no he llegado a personas que tienen como norma de su vida en el campo la conservación y la transmisión de su mejor estado, junto a su propia transformación como seres vivos en relación con él, no he entendido qué me proponía Marco Aurelio. Todavía he tardado más años para entender que (3, 12) "si te limitas a actuar conforme a la naturaleza de tu ser y a decir sencillamente la verdad...en todas tus palabras, vivirás feliz. Y nadie puede impedir que te conduzcas de este modo".  Desde tu naturaleza como ser humano tienes que mantener un diálogo de respeto y de conservación hacia la naturaleza que te rodea. Y sólo las personas que entienden que hay que actuar desde el respeto hacia el medio ambiente y desde el respeto hacia uno mismo, sólo aquellos que, sin más, se atreven a ser sinceros consigo mismos y con los demás y a serlo con la naturaleza que les rodea, son felices y hacen cosas que nos transmiten esa felicidad. Si se actúa así, además, (4, 7) "suprimes la opinión y suprimes el 'se me ha herido'. Suprime el 'se me ha herido' y suprimirás la herida". Sé tú mismo, sé sincero y natural. Y olvídate de qué dirán de ti.

Todo empieza y termina en ti: (4, 40) "represéntate  siempre el mundo como un solo ser, compuesto de una sustancia única y de un alma común. Considera cómo todo lo que en él sucede se relaciona con un solo principio, cómo se halla todo en movimiento por un mismo impulso, y cómo todo lo que acontece es el resultado de varias causas reunidas. Admira, pues, su relación y su encadenamiento". Admíralo, sí, y obra en consecuencia porque si entiendes que formas parte de la naturaleza y que ella forma parte de tu ser, no harás nada por perjudicarla. La observarás y la comprenderás, la integrarás en tu vida y formarás parte de un encadenamiento de energías que, lo sabemos, puede acabar en una botella y en una copa. Austeridad y frugalidad, sencillez y sabores esenciales, naturaleza y conservación en la copa. Porque (8, 16) "tu acción, siendo un efecto de tu voluntad y de tu discernimiento, proviene directamente de tu alma". Y de lo único de lo que conviene no esconderse es del alma. Al contrario, conviene siempre actuar de acuerdo con ella. Esto todavía me ha costado más años entenderlo y asumirlo.

Más que nunca, me siento hoy como bebo y veo, como leo y como, como paseo y comparto, como escribo y hablo. También como callo. Más que nunca, hoy, sé que no hay marcha atrás posible porque mi forma de entender y sentir las cosas es ésta: que todo lo que es, es hoy y aquí porque sucede ahora pero también porque lo que ha ido sucediendo en cada momento de mi vida, ha ayudado a hacerme como soy hoy y aquí, mientras escribo en la mañana del día de Navidad de 2017. Más que nunca, hoy sé que Marco Aurelio vino a mis 19 años para quedarse y para seguir siendo uno de mis maestros de vida.

¡Os deseo una muy feliz Navidad y que el Año Nuevo, que fuentes bien informadas dicen que llegará, esté lleno de cosas buenas y bonitas para todos!
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