10 julio, 2017

RIM Empordà de Jordi Esteve

Vinya de Jan Tarrés i de Jordi Esteve, RIM,  al turó de l'Orlina, Rabós
Se hace difícil describir las sensaciones que tuve en este viñedo. El hombre en el centro: siempre es su mirada la que entiende, interpreta, actúa. El hombre fue Jan Tarrés y ahora es Jordi Esteve. La viña, cariñena de unos 70 años, está en Rabós (Alt Empordà), en la parte más salvaje y hermosa del valle que ha dibujado el río Orlina durante miles de años. Pizarra desmoronada, suave pendiente hacia el río, orientación sureste. Jan tiene 75 años y sigue trabajando cada día. De pequeño ya iba a la viña. Dejó de estudiar pronto porque sus brazos y sus piernas eran necesarios en casa. Siempre la ha cuidado con una atención y una complicidad que se intuyen a simple vista. Cuando hablas con él se refuerza esa impresión. Hace seis años llegó a la zona Jordi Esteve (RIM Empordà) pero se ha instalado en Rabós hace apenas tres meses. Buscó, y busca, mucho para tejer esa red imprescindible de complicidades que un joven necesita cuando empieza sin herencia de tierras a la que agarrarse. Encontrar, comprender, pactar, arrendar, cuidar, trabajar, vendimiar, hacer los primeros vinos, intercambiar, favorecer. Ayudar y ser ayudado.

Trabar con las plantas esa misma, íntima, silenciosa relación que Jan tenía con ellas. Eso ha hecho Jordi. Parece sencillo decirlo pero es casi imposible de encontrar. Esta viña del Orlina me dijo tantas cosas en apenas una hora... Pocas veces como ésta he tenido un sentimiento de felicidad colectiva. No había alboroto en las cepas, había unidad y grupo,  la sencilla alegría de sentirse bien las unas con las otras. Todo en su sitio. Sentimiento de pertinencia. El viento y la humedad son las necesarias. La protección de los montes que perforó el Orlina es buena. No hay sobresaltos ni plantas mejor tratadas que otras. Se sienten todas en armonía juntas y te transmiten esa sensación. La sentí de forma íntima, con la suavidad de la persuasión, con el susurro que las cepas liberan cuando encuentran el equilibrio con su entorno, del que también forma parte la persona que las cuida y el resto de seres que viven allí. No hubo avisos previos. Estaba ahí y la sentí.

Stefano Mancuso y Alessandra Viola (Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal, Barcelona, 2013) llaman a esa cualidad  grupal "propiedades emergentes". Son las "típicas de los superorganismos o las inteligencias de enjambre. Se trata de aquellas propiedades que las entidades individuales desarrollan sólo en virtud del funcionamiento unitario del conjunto: ninguno de sus componentes las posee de forma autónoma. Ocurre con las abejas o las hormigas que desarrollan una inteligencia colectiva muy superior a la de las partes individuales que las constituyen".  Comprendí que las cepas actúan como viñedo de la misma forma. Vi que las raíces y las hojas se comunicaban entre ellas y con el entorno. Sentí que reconocían y valoraban cuanto necesitan para sentirse bien. Percibí que tenían casi la necesidad de transmitir ese bienestar porque, por lo menos durante el tiempo en que estuvimos allí con Jordi, el viñedo se manifestaba como si fuera "el nexo que une las actividades de todo el mundo orgánico" a su alrededor, como si fuera "el centro energético" del mundo, de su mundo. En ese momento. Allí.

He podido ya beber algunos vinos de Jordi Esteve que tienen la fuerza de esta y de otras tierras cercanas (también en Vilamaniscle): su clarete Tot d'una 2016, que mezcla garnachas blancas, grises y tintas es un hallazgo iluminador, una de las refrescantes alegrías de este verano; su RIM Negre 2013 y también el 2016, (aunque éste  necesita todavía reposo en botella), te hablan del arraigo de la cariñena en esta tierra de privilegio y de todos los aromas de la maquia concentrados y transmitidos con profundidad y finura. Pero cuando pueda embotellar la alegría y el bienestar que transmitía este viñedo del Orlina, ese día comprenderemos mejor la complicidad entre hombre y naturaleza vegetal que, por si alguien lo dudaba, tiene que ser recíproca. No sólo la sentiremos y mal intentaremos describirla. ¡Nos la beberemos!

21 junio, 2017

Thoreau, Dillard y un cumpleaños

(“Porque somos seres vivos, estamos en el punto de mira de la belleza”)

Desde Briones tras la lluvia del 11 de abril de 2013

Para celebrar el bicentenario del nacimiento de Henry David Thoreau, el 12 de junio de 1817, os propongo unas notas de lectura veraniegas con Annie Dillard, a propósito de su Una temporada en Tinker Creek, errata naturae, Madrid, 2017 (en traducción de Teresa Lanero Ladrón de Guevara, ISBN 978-84-16544-33-2), publicado originalmente en 1974. Su experiencia y su escritura beben tanto del río Tinker como Thoreau lo hizo de la laguna Walden. Además, Dillard debe mucho a Thoreau. Y yo les debo mucho a ambos. Como es costumbre en este tipo de escritos, los entrecomillados son de Annie Dillard o de sus citas y el resto de texto es mío. Casi como si fuera un escrito a cuatro manos. Un honor que me proporcionan la lectura y la osadía. Porque “la naturaleza" –dijo Thoreau en su diario- "es siempre mítica y mística y emplea todo su genio en la más mínima obra” (p.189).

P.181: “’no pierdas nunca tu bendita curiosidad’, dijo Einstein. De modo que saco el microscopio de la estantería, coloco una gota de agua de la charca de los patos sobre la lámina de cristal e intento mirar a los ojos a la primavera”.

P.187-188: “si analizas una molécula de clorofila, obtienes ciento treinta y seis átomos de hidrógeno, carbono, oxígeno y nitrógeno relacionados de un modo preciso y complejo alrededor de un anillo central. En el centro del anillo hay un único átomo de magnesio. Ahora bien, si quitas ese átomo de magnesio y en su lugar exacto colocas un átomo de hierro, obtienes una molécula de hemoglobina”.

La sangre roja de los seres humanos es exactamente igual a la sangre verde de las plantas, sólo cambia un átomo de hierro… Es buena idea tenerlo en cuenta para acercarnos a ellas y entenderlas con otra predisposición: es como si habláramos de la sangre de la tierra...

Manos manchadas de sangre de la tierra del Priorat

P.291: “soy la superfície del agua con la que juega el viento; soy pétalo, pluma, piedra”.

P.22-23: “si el paisaje pone de manifiesto alguna certeza, es que la exageración es la verdadera esencia de la creación. Después de aquella primera exageración de la creación, el universo ha seguido operando exclusivamente con exageraciones…con un vigor siempre renovado. El espectáculo completo ha sido enérgico desde el principio”.

P.27: “Soy una exploradora, por tanto, y también una acechadora, o el mismísimo instrumento de la caza. Algunos indios solían tallar prolongados surcos a lo largo de los astiles de madera de sus flechas. A esos surcos los llamaban  ‘marcas del rayo’ porque se parecían a las grietas curvas que el rayo traza en los troncos de los árboles. La función de las marcas del rayo es la siguiente: si la flecha no mata a la presa, la sangre de la profunda herida se canalizará a través de esos surcos y goteará por el astil hasta derramarse en el suelo, de manera que el descalzo y tembloroso arquero podrá seguir el rastro de gotas sobre las hojas anchas, sobre las piedras, hasta cualquier tierra salvaje, por profunda y poco común que sea. Yo soy el astil de la flecha, tallada de arriba abajo por luces inesperadas e incisiones del mismo cielo, y este libro es el rastro perdido de la sangre”.

Hay que usar el poder de nuestros sentidos y de nuestra mente como si de flechas que atraviesan el aire se tratara, que se clavan en cualquier cosa que llame nuestra atención. Pero nosotros no matamos, observamos y, a veces comprendemos, y dejamos que la marca del rayo que ha penetrado en nosotros nos convierta en transmisores del rastro perdido que nos ha emocionado.

P.30: “pero si cultivas una pobreza y una sencillez saludables y el hecho de encontrar un centavo te cambia literalmente el día, en este caso, como el mundo está sembrado de centavos, con tu pobreza” (diría, casi mejor, con tu actitud) “habrás comprado días irrepetibles. Es así de simple. Lo que ves es lo que recibes”.

Viñedo Dos puntas en cevreros (Ávila)

La actitud del naturalista ante la vida es ésta: estés donde estés, vive y mira atentamente porque tu felicidad será aquello que veas y aquello que veas será aquello que, en cada momento, serás. No hay que olvidar que la naturaleza se abre paso en cualquier sitio… he visto cosas hermosas, que me han alegrado y regalado el día, tanto dentro de un avión, en la cola de la pista de despegue (crucé la mirada con una garzeta real), como en mis caminatas por cualquier viñedo (un zorro perplejo ante la táctica, perfectamente estudiada, de dos conejos para despistarle). Sin olvidar que escuchar, sentir y oler es tan importante como ver y mirar. Como observa Dillard (p.53), “cuando camino sin cámara, mi propio obturador se abre y la luz del momento se fija en mis entrañas de haluro de plata. Cuando veo de este modo, soy, ante todo, una observadora sin escrúpulos”.

Hay que volver a caminar sin cámara fotográfica para que la luz de cada acontecimiento entre en nuestro cuerpo y se fije sin trabas en la película “fotográfica” de nuestra sensibilidad. P.55: “el secreto de la vista es, por tanto, la perla más valiosa. Si pensara que un lunático cualquiera puede enseñarme a encontrarla y a guardarla para siempre, caminaría descalza y tambaleante a lo largo de cientos de desiertos detrás de él. Pero aunque la perla puede hallarse, no puede buscarse. La literatura de la iluminación nos lo revela cada vez: a pesar de que le puede llegar a quien la espera, es siempre un regalo y una completa sorpresa, incluso para el más experimentado de los maestros”.

P.122: “Esto es, ahora sí, esto es. Experimentar el presente de manera pura es vaciarse hasta quedarse hueco; es recoger la gracia como quien llena su taza bajo una cascada. La conciencia no impide vivir el presente. De hecho, la gran puerta del presente sólo se abre  cuando existe una percepción más intensa…la conciencia de uno mismo, sin embargo, sí dificulta la experiencia del presente. Es el instrumento que desconecta a todos los demás. Mientras me ‘pierdo’ en un árbol, soy capaz de sentir el olor de su frondoso aliento o de calcular las cuerdas que supondrían su madera, puedo arrancar sus frutos o hervir té sobre sus ramas, y el árbol sigue allí. Pero en el instante en que me vuelvo consciente de mí misma al realizar una de esas actividades…el árbol desaparece de mi vista, es arrancado de cuajo como si nunca hubiera estado allí. Y el tiempo, que se deslizaba sin cesar hacia el interior del árbol aportando nuevas revelaciones como hojas flotantes, cesa. Se contiene, se apacigua, se estanca”.

Me gusta perderme en los vinos cuando noto que me llaman y quieren decirme algo. Todo desaparece, entonces, de mi vista pero los ojos del interior se abren. Soy capaz, en ese momento, de ver amaneceres y otoños en la copa, vientos y mareas, sombras y raíces, la fuerza de un árbol y la magia del pájaro que huye. Puedo moverme por su paisaje, hablar con quien lo ha hecho y sentir y describir sus revelaciones.

P.154: “uno no atrapa el presente, no lo consigue con anzuelos y redes. Uno lo espera con las manos vacías. Así es como te llenas”.

P.53: “algo se rompió en mí, algo se abrió a la par. Me llené como un odre de vino nuevo. Respiré el aire como si fuera luz; vi la luz como si fuera agua. Yo era el borde de una fuente que el arroyo llenaba para siempre; era el éter, la hoja en el céfiro; era una partícula de piel, de pluma, de hueso”.

P.55: “el secreto de ver es navegar con viento solar. Pule y extiende tu espíritu hasta que tú mismo seas una vela afilada, traslúcida, que navegue de costado con el más mínimo soplido”.

Tarda virgiliana com mai al Priorat set 2006

No hay que conocer a Séneca ni haber leído a Ovidio, no hay que saber qué escriben los romanos a sus muertos o cómo decoran sus sarcófagos, para poder describir a la perfección en qué consiste la eternidad y, con ella, la inmortalidad. Tiene que ver con la observación atenta de la naturaleza en cualquiera de sus manifestaciones y a lo largo de las estaciones, que Dillard practica con perfecta intensidad: (p.111) “…en fin. He estado pensando en el cambio de las estaciones. Este año no quiero perderme la primavera. Quiero diferenciar entre el último frío del invierno y el frío de fuera de temporada, es decir, el de la primavera. Quiero estar ahí en el momento  en que el pasto se vuelva verde. Siempre me pierdo esa revolución radical…este año quiero tender  una red a través del tiempo y decir ‘ahora’, al igual que los hombres plantan banderas en el hielo y la nieve y dicen ‘aquí’. Pero me da la sensación de que será tan imposible atrapar la primavera por la cola como desatar el aparente nudo de la piel de la serpiente; no hay bordes donde agarrarse. Ambos son bucles continuos”.

"Aiòn" fue hijo de Cronos (identificado casi siempre, por error o no, con “El tiempo”), quien fue hijo de “Ouranós”, “el cielo”; y "aièi", que es adverbio hijo del dios, significa “siempre, sin cesar, continuamente” en griego clásico. Cicerón tradujo el concepto por Aeternitas y su representación gráfica es un joven sin edad rodeado, en el interior de un círculo perfecto, por los frutos que representan las cuatro estaciones, un bucle al que no hay que agarrarse porque ya estamos dentro de él. Basta con estar atentos a aquello que sucede en la naturaleza para integrarnos en ese devenir cíciclo. Basta con querer convertirse en superfície del agua que corre junto al viñedo, en viento que trae el fresco del mar a las cepas o en cielo estrellado bajo el que una uva feliz duerme. Basta con ser roca o abejaruco, retama o flor de olivo.

P.113: “el calendario, el tiempo y el comportamiento de las criaturas salvajes están sutilmente conectados entre ellos. Todo se superpone con suavidad durante unas pocas semanas en cada estación y luego se vuelve a enmarañar”.

P.123: “la inocencia es un mundo mejor. La inocencia ve que esto es, que ahora sí, y considera que el mundo y el tiempo son suficientes. La inocencia no es una prerrogativa de los niños y de los cachorros, y menos aún de las montañas o de las estrellas fijas en el cielo…para nosotros, la inocencia no es algo perdido; el mundo es un lugar mejor que todo eso. Como cualquiera de los dones del espíritu, está ahí si la quieres, disponible para quien la pida”.

La inocencia significa otorgarte el poder de la sorpresa, la inocencia es dejarte sorprender. Por eso he estado siempre en contra de las catas a ciegas como juegos de vanidad, por una parte (a ver quién sabe más…) o como juegos sin más (juego a adivinar y a decir “qué poco sé…” o “cuánta humildad proporciona el vino”), porque no necesito ninguna funda sobre la botella para dejarme sorprender ni para decir qué pienso. Tampoco hace falta mirar la etiqueta  para concentrarse en el interior de la botella y para dejarse llevar por su vino. El problema, quizá, es que muchos vinos te llevan a ninguna parte. La inocencia es dejarte llevar por tu sensibilidad y por tus sentimientos, no por etiquetas o por comentarios y opiniones de otros: beber aquello que la botella y la copa te ofrecen sin pensar ni saber quién lo ha hecho. Y a ver qué te dice… para eso no hace falta otra cosa que saber que todos tenemos el don de la inocencia y de la sorpresa. Pero como todas las cualidades, hay que saber que la tienes, hay que reconocerla y querer practicarla.

P.124: “lo que yo llamo inocencia es la falta de conciencia de sí mismo que tiene el espíritu en un instante de pura devoción hacia cualquier objeto. Es, al mismo tiempo, receptividad y absoluta concentración. Uno no necesita convertirse en un cachorro para ello, no debería”.

P.125: “la vida es movimiento; el tiempo es un arroyo vivo que transporta luces cambiantes. Mientras me muevo, o mientras el mundo se mueve a mi alrededor, la plenitud de lo que veo se hace añicos…el presente es un lienzo que se entrega sin reservas. Sin embargo, aunque no dejen de rasgarlo, aunque se lo lleve la corriente, sigue siendo un lienzo”.

Llaurant Les Tosses

Plantearse un paisaje con viñedos como si de un lienzo se tratara. Cada día lo descubres de nuevo porque cada día es distinto. Y el vino que nace de una actitud así, el vino que hace la gente que se entrega a diario a su trabajo en el campo y que quiere embotellarlo en la plenitud con que lo conoce, ese vino no conoce fronteras. Ese vino se mueve cada día, cambia cada día y hay que entregarse con plenitud a él y a descubrir sus metamorfosis. No sé si hay muchos o pocos vinos así. Sé que he podido ya beber unos cuantos de ellos en mi vida. También sé que me quedan muchísimos más por descubrir. No hace falta mucha publicidad ni redes sociales para beber así: hay que saber entregarse al presente que un vino te regala también sin testigos. Cada cual sabrá cuándo merece realmente la pena hacerlo.

P.131: “la idea que tiene de la inmensidad un hombre ciego es un árbol. Poseen cuerpos robustos, habilidades especiales, almacenan agua fresca, perduran”.

(P.138) “estoy sentada bajo un sicomoro: soy un caparazón blando y descascarillado, vulnerable al más mínimo soplo del viento o azote de la arena. El presente de nuestra vida parece distinto debajo de los árboles. Los árboles ejercen su dominio”.

P.151: “el camino de la perfección consiste en la facilidad para hacer las cosas dejándolas caer por su propio peso”.

El camino de la perfección consiste, además, en dejar que las cosas sean, en no intentar manipularlas ni llevarlas donde tú quieres que vayan. Hace falta un entrenamiento de años y equivocarte muchas veces, pero se consigue. (P.344: “en la naturaleza –escribió Huston Smith- el acento recae sobre lo que es, más que sobre lo que debería ser”). Finalmente, disfrutas viendo cómo las cosas son y descubriendo su belleza instantánea. Cuántas veces me he equivocado “juzgando” (ya no juzgo…) a vinos y personas por lo que yo pensaba que tenían que ser… Ya no juzgo: conozco, charlo, abro y bebo y sé, al instante si estoy disfrutando de un momento de belleza y de emoción o no. La perfección, en este sentido, es un instante de felicidad y todos podemos acceder a ella. Y (p.158) “la belleza en sí es un lenguaje para el que no tenemos clave; es la cifra muda, el criptograma, el código incólume e innacesible”. Puesto que no hay clave, no hay dos vinos hermosos iguales: es un criptograma que, cada vez, hay que intentar descifrar pero con la mente en blanco y sin prejuicios. Porque nunca se repite su fórmula.

P.175: “hay una suerte de energía muscular en la luz del sol que es comparable a la energía espiritual del viento. En los días de sol, la energía solar que recibe media hectárea de terreno equivale a cuatro mil quinientos caballos de vapor. Estos caballos se propagan en todas direcciones, como esclavos construyendo pirámides y fabricando, de abajo arriba, un mundo nuevo y firme”.

Todos sabemos que hay vinos así, vinos llenos de la energía del sol y de la fuerza de los caballos que han trabajado el campo. Hay vinos llenos del viento que viene del mar con sus luces y aromas; o de la tierra interior, con su arcilla y su polvo. Hay vinos ante los que sientes estar ante esa media hectárea llena de energía, de luz y de fuerza intuitiva.

P.204: “pero es aquí, en la Tierra, donde la textura me interesa sobremanera. Dondequiera que hay vida, hay enredo y desorden: el encrespamiento de un liquen ártico, la maraña de broza a lo largo de una orilla, la articulación de la pata de un perro, la forma en que una línea recta se convierte en una curva, en una escisión o en un nudo. Nuestro planeta se caracteriza por ser escarpado, por sus montañas agolpadas al azar, por los márgenes crispados de sus costas”.

(P.206) “porque somos personas vivas y porque estamos en el punto de mira de la belleza, hay otro elemento que interviene por fuerza. La textura del espacio es una condición del tiempo. El tiempo es la urdimbre, la materia es la trama de la belleza tejida en el espacio y la muerte es la lanzadera…lo que quiero hacer, entonces, es añadir tiempo a la textura, pintar el paisaje en un pergamino que no pueda desenrollarse y dejar que el globo terráqueo gigante dé vueltas en su soporte”.

Texturas, colores, líneas rectas que intuyen y aman la curva, el tiempo, la urdimbre como materia para la belleza, el alborozo, pintar el paisaje en una copa de vino. Con la complejidad que dibuja Dillard me gusta percibir el mundo de los vinos que amo. Y con la sencillez y humildad con que ella vive y escribe su día a día, me gusta descubrirlos y beberlos. El color y las texturas de mi vida, los pliegues de mi tiempo y de mi recuerdo siempre han tenido la forma de los aromas, la textura de los sabores, la fuerza de los colores. Hacen que me sienta vivo y que pueda transmitir las cosas que vivo de otra manera. Porque (p.209) “todos deberíamos ser capaces  de evocar visiones de forma voluntaria para tener siempre presente la importancia de la textura en el tiempo”. El vino es la textura de un paisaje que evoluciona en el tiempo.

P.207: “de repente recordé el color y la textura de nuestra vida  tal y como la conocimos –esas cosas que se nos han olvidado por completo- y pensé, mientras seguía buscando en la franja ilimitada: ‘qué buena época fue aquella, una buena época para vivir’”.

P.215: “la complejidad es lo que viene dado desde el principio, el patrimonio; en ese carácter inextricable reside la resistencia de la complejidad que evita el fallo de cualquier vida. Ésta es nuestra herencia, el paisaje moteado del tiempo”,  (p.235) “porque la noción de variedad infinita de detalles y multiplicidad de formas es agradable; en la complejidad están los márgenes de la belleza y en la variedad están la generosidad y la exuberancia”.

Els Escurçons de Mas Martinet

Porque somos seres vivos, estamos en el punto de mira de la belleza

En las fronteras de la complejidad se esconde la belleza. La aventura cotidiana consiste en atravesar esas fronteras y conocer los detalles de un nuevo paisaje, las formas de un nuevo vino, la generosidad y exuberancia de un nuevo ser humano que mira todo de otra manera. En la variedad reside el gusto.

P.267: “puede que vea que algo sucede ante mí; puede que solo vea luz sobre el agua. Vuelvo a casa entusiasmada o apaciguada, pero siempre distinta, viva. ‘Se dispersa y se reúne –decía Heráclito-, viene y va’ Y yo quiero estar en el camino de su cauce y que su aliento invisible me refresque”.

P.347: “estar aquí tal como somos. Me encantan los pequeños casos, los diez por ciento…el caso es –dice Van Gogh- que somos artistas en la vida real y lo importante es respirar tan fuerte como podamos”.

P.387: “permanece al acecho de las grietas. Cuélate por una grieta del suelo, date la vuelta y descubre, más que un arce, un universo. Así es como pasas la tarde, y la mañana del día siguiente, y la tarde del día siguiente. Pasa la tarde. Deja que transcurra, ya que no puedes llevártela contigo”.

P.372: “la muerte del yo de la que hablan los grandes escritores no es un acto violento. Se trata simplemente de la unión con el gran corazón de roca de la tierra durante su rotación. Se trata simplemente del cese lento de las premuras de la voluntad y del parloteo del intelecto: está esperando como una campana hueca con el badajo inmóvil. Fuge, tace, quiesce. Es en la propia espera donde se halla el meollo”. (P.388) “Ves que las necesidades de tu espíritu se han cubierto cuando lo has pedido y has aprendido que esa increíble garantía se mantiene. Ves morir a las criaturas y sabes que morirás. Y llega un día en que no necesitas la vida” porque todo tú eres ya vida, concentrado por completo en ella y para ella, sin accesorios inútiles. Reconocer y concentrarse en lo imprescindible, en las cosas esenciales, hace que los márgenes de la vida desaparezcan y que todo sea inclusión. Todo es vida entonces, sea cual sea tu estado, estés con quien estés y donde estés. Y ya nada importa porque eres, también, piedra y roca, viento y pájaro, río y mar. Calla, descansa, disfruta con aquello que la naturaleza te da empezando por ti mismo. Cuando percibes que llega ese momento estás ya, eres ya el corazón de la roca y formas parte del bucle del tiempo. Tu mortalidad, que siempre ha mirado al infinito que vaga en ti, es ya inmortal. Conseguirlo a través de un paisaje con viñedos y de una copa de su vino auténtico: ese es el tema.

P.390: “Emerson lo vió. ‘Soñé que flotaba a voluntad en el gran Éter y vi que este mundo también flotaba, pero no estaba lejos, sino reducido al tamaño de una manzana. Entonces un ángel lo cogió y me lo pasó diciendo: `debes comértelo´. Y me comí el mundo’. Entero”.

Haz algo más que comer. Bébete el mundo. Entero. Ya sabes cómo hacerlo, ya sabes cómo reconocer con qué hacerlo. Hazlo. ¡Que pases un feliz verano!

28 mayo, 2017

Apoikia Àmfora 2016: en casa de nuevo

Apoikia 2016 vasija tras la katábasis
En un mundo casi desaparecido, en el que la naturaleza y la tierra cultivada modulaban el ser y el sentir del hombre, existían dos formas de conjurar la mortalidad de los cuerpos. La primera, y más habitual, consistía en aceptar que la clave de esa "inmortalidad" residía en la regeneración de las cosas: nada se perdía, todo se reciclaba. El ser humano observaba el ciclo de la vida a través de las estaciones, lo representaba en un círculo que, por definición, nunca empieza ni termina, y todas las energías se identificaban con él. Nada moría ni nacía. Todas las cosas que se vinculaban con la naturaleza de una forma cíclica, personas, cosechas, vidas y muertes, se transformaban. En 1847, Hermann von Helmholtz formuló exactamente ese sentimiento ancestral como  la "ley de conservación de la energía": las energías pueden adoptar otras formas, pero no ser destruidas. Así pues, la energía no nace ni muere, se transforma. Cualquier energía: la de las emociones y los sentimientos, también.

Existía una segunda forma de acceder a la inmortalidad, aunque fuera temporal. Si uno pactaba con los dioses porque tenía una misión transcendental que resolver, podía recibir permiso para visitar el mundo de los muertos y volver de él con vida. La transcendencia era metafórica, por supuesto, porque en esa misión concreta, se concentraban e identificaban los anhelos de todos los mortales. Por suerte para nosotros, siempre había además algún narrador de excepción que nos contaba cómo había ido la cosa. Así, por ejemplo, sabemos de los viajes de Gilgamesh, de Odiseo, de Orfeo y de Eneas. Todos ellos viajaron al reino de la oscuridad y fueron de nuevo llamados a la luz, con resultados y fortunas desiguales pero siempre con la idea de la superación personal como meta: acercarse a la frontera de lo desconocido, penetrar en ella, explorar y salir indemnes y más sabios como metáfora de un convencimiento. Somos instrumentos en manos de los dioses, es decir, de la naturaleza, para que la rueda de los acontecimientos siga moviéndose.

No suele relacionarse con estos descensos a la oscuridad otra aventura de Odiseo, la que Homero cuenta en el canto 9 de la Odisea, cuando el barco del héroe se adentra en la más absoluta oscuridad para atracar en la isla de los Cíclopes. Si a la isla llegan con ausencia de luz y con niebla, cuando entran a la cueva de Polifemo, la exploración es, ya directamente, otro viaje a los infiernos pero, de nuevo, en vida. Los compañeros de Odiseo van siendo devorados por el cíclope, quien acompaña su antropofagia delirante con leche de oveja recién ordeñada y pura. Pero nuestro astuto héroe se sirve del mejor vino que transportaba para emborrachar al bocazas de un solo ojo, clavarle una estaca de olivo ardiente, dejarle ciego y acabar saliendo de nuevo a la luz, que es la vida. Por primera vez en las historias que la literatura de los hombres nos ha legado, es el vino y la estrategia, además de la valentía acompañada de sensatez, las que permiten al héroe seguir su viaje tras visitar el reino de la muerte.

Agnès y Manel, de Apoikia, han buscado una vía intermedia y, en este sentido, tan nueva o tan vieja como es el mundo desde que los hombres hacen vino en él y lo entierran en vasijas en el suelo. Vieja porque desde muy antiguo (por lo menos desde los tiempos de Noé, si no estoy mal informado) el fruto de la tierra en forma de mosto que se está convirtiendo en vino, se lleva a vasijas que reposarán unos meses su embarazo para acabar "pariendo" un vino que será la más sincera manifestación de esa misma tierra. Nueva porque las tradiciones y personas que utilizan esta técnica suelen poder acceder a las vasijas de barro por su boca en superficie, por muy protegida o tapada que esté. No ha sido este el caso... Agnès y Manel decidieron someter a su aglianico a una suerte de muerte en vida. Lo pusieron en vasijas y las enterraron por completo bajo tierra. Sabían donde estaban y a los ocho meses lunares, en un momento especialmente propicio, decidieron convocar a los dioses, pactar con ellos e intentar que el vino, que estaba en el reino de la oscuridad, saliera de nuevo a la luz.

Creo que Gilgamesh no estaba presente, pero el resto sin duda sí: Odiseo, Orfeo y Eneas llegaron de la mano de Homero y de Virgilio. La luna, casi nueva, estaba frente a Aries. Y todos, en silencio y mirando al monte que había protegido a las vasijas, bajamos para llevarlas de nuevo a la luz. Sin darnos cuenta, el mundo se había convertido en una enorme cueva, Sileno yacía en ella y nosotros estábamos ya abriendo la primera vasija ante él, olíamos el vino y lo servíamos en una copa. Sin mediar petición ni ruego ni chantaje alguno, el tutor de Baco empezó a contarnos la historia del mundo a partir de unas uvas que, convertidas en vino, eran en realidad mucho más que vino. Representaban, en el suelo de la viña y bajo la protección de nuestro cielo azul, las cuentas de una esfera que no se ha roto y que seguimos dibujando porque sabemos que sólo en el respeto a la tierra y a uno de sus hijos emblemáticos, el vino, encontraremos  nuestra más profunda vinculación con ella y parte de la razón de nuestra inmortalidad.

Fuego y tierra, calor: energías contenidas en una copa, dureza y fluidez. Buscar una voz a través del vino. No hacer por hacer ni copiar por inercia. Tener una idea del vino y convertirla en tu voz. Que el vino sea tu voz. Aglianico pues, pero bajo la protección del Montgrí, no del Vulture (no tan lejos de donde Eneas descendió a los infiernos). No hay más que tierra comprendida y tratada con el máximo respeto, uva y fermentación. Vasija enterrada y ocho meses lunares. Rústico pero amable, discreto pero intenso, cerezas y mirto, violetas y corteza de naranja, flor de lavanda silvestre y retama, profundidad y luna nueva. La primavera sirve para esto: para que los seres que podrían parecer muertos vean la luz de nuevo, para que las energías se renueven y transformen, para que el vino auténtico fluya como metáfora de la vida nueva, de la vida que vuelve. La emoción y el deseo son energías que también se beben.

Ps. Esta  extraordinaria aventura no hubiera sido posible si Agnès y Manel no hubieran tenido una gran complicidad con Eloi, de Bonadona Terrissers, que les hizo las vasijas tal y como ellos las querían.
Apoikia 2016 vasija vacía tras la katábasis