28 febrero, 2015

Frisach: un vino sin nombre, todavía

Al fondo a la derecha GB
La mano que muestra la cerámica de la foto inferior es la de un niño, hace más o menos 20 años. Hoy, esa mano pertenece a un joven de 27 años, Francesc Ferré, de Celler Frisach (DO Terra Alta). El amor sincero y desmesurado (como tienen que ser todas las cosas que se hacen sin medias tintas) por su tierra sigue en el corazón y en la cabeza de Francesc. Y cuando te cuenta las cosas de sus viñedos y la historia de su pueblo, Corbera d'Ebre, todo se mezcla, porque todo es uno. La historia de su familia, el empeño de su padre por mantener viva la tierra. La historia que no hizo más que dejar metralla en esos campos de la Guerra Civil española. Metralla y sangre. Ni la una ni la otra se olvidan, siguen vivas porque quienes viven allí quieren mantener el recuerdo de sus raíces. Que también son íberas y romanas y visigóticas, que son medievales y que llegan, hoy, a mostrar un paisaje que fue tan de paso como de establecimiento. La gente vivió y vive de la tierra y de quienes la usaban para moverse.

Y el paisaje se mantuvo fiel a sus formas y a los cultivos básicos de la dureza y del secarral, avellanos, olivos y cepas. Como muestra la foto superior: la finca "del quart", por el cuarto de hora que se necesita para ir a pie del pueblo al viñedo. Sobre los 425 msnm, en suelo arcillocalcáreo con una enorme riqueza en fosfatos cristalizados (sal de moro), las cepas de garnacha blanca de 20 años (ya en su madurez como plantas), que se entreven en la franja superior derecha de la foto, reciben el cuidado de alguien que se siente y sabe payés, no empresario. "Si la tratas bien, la tierra es generosa". Y con esta garnacha blanca, la tierra se porta de maravilla: en ecológico, sin cobre y con las mínimas pasadas de azufre, abonada con compost que el propio Francesc fabrica, con cubierta vegetal espontánea, la relación con el mar, el sol y los vientos es la mejor posible. Orientación este-oeste, el cierzo y el garbí aportan frescura y fungicida natural. El resto lo ponen el sol y el respeto por la tradición de las garnachas blancas en esta tierra.

El vino del que escribo no tiene todavía nombre, pero saldrá pronto. He tenido la suerte de beberlo dos veces y lo doy ya por esbelto, adolescente preparado y con muchas ganas de mostrar hasta dónde puede llegar. Uva 100% garnacha blanca de esta finca "del quart" que ha fermentado con las pieles hasta que Francesc cree que ya puede ser prensada (a una densidad cercana a lo que será el vino). Vino brisado, pues, que pasa a inox y finaliza su evolución en él en contacto con las lías pero sin removidos. No hay más: de allí a la botella. Sin filtrar, sin estabilizar, sin sulfitar. Tierra y clima de la garnacha blanca de Corbera d'Ebre en 2014 sin otros matices que la pureza del proceso y la generosidad que la cepa y la uva bien tratadas hayan querido dar al vino. Que han sido muchos...La sensación es de plenitud, de energía y de empuje, tanto cuando hueles como cuando bebes. Almendras y nueces verdes. Brotes tiernos de grosella negra ("bourgeon de cassis"). Levadura de París. Agujas de pino. Resina. Flor del almendro. Arcilla mojada. Hinojo salvaje. Un punto casi voluptuoso y carnoso: terpénico. Miel de romero. A la búsqueda de sus orígenes y en el camino de saber qué puede dar cada uno de sus viñedos, creo que Francesc ha encontrado ya a su primer "mirlo blanco".
La mano de Francesc de celler Frisac