30 septiembre, 2018

Vinos naturales en España: ¡nueva edición!

Portada nueva 2018
En octubre de 2013 publiqué la primera edición de Vinos naturales en España. Placer auténtico y agricultura sostenible en la copa. No era una guía de vinos, tampoco un libro académico sobre cómo hacer un vino lo más natural posible (quien haya leído el libro, sabe bien que no quiere definir cómo son los vinos naturales...). Era una especie de autobiografía sobre mis años de viajes, mis experiencias en los viñedos de España y, más que ninguna otra cosa, mis encuentros con las personas que hacían algunos de los vinos que más me gustaban en el país. No estaban todos pero los que aparecían, lo hacían por distintas razones, la más importante de las cuales era su mirada sobre el campo y su sentimiento de respeto sincero hacia él. Tardé un año en escribir ese libro. Recorrí más de 12.000 km y visité cuanta bodega me interesaba y, por supuesto, se dejaba visitar. Porque nunca dije cuál era el objetivo de mi estancia.

Han pasado cinco años desde ese octubre. Ni entonces ni ahora tenía yo planeado escribir un libro. Me lo pidió la editorial, encontré los meses necesarios en una pausa en mi trabajo habitual. Y me lancé. Sin más. Hace ahora un año largo la editorial me pidió una reedición. Puse una única condición: no quería para nada una segunda edición al uso, con corrección de erratas y a la calle de nuevo. Quería una nueva edición, revisada en todo y, más que ninguna otra cosa, ampliada. Aceptaron y me eché a la carretera de nuevo. Otros 8.000 km aunque con más dificultades que en la primera edición. Solo tenía vacaciones y fines de semana largos. Pero sentía de nuevo la necesidad de explicar mi evolución, de ahondar en mi vida con los vinos y con quienes los hacen, de explicar todo lo nuevo y emocionante que había podido conocer  en estos nuevos cinco años. De contar por qué, literalmente, me había radicalizado (enraizado) en la tierra gracias a todos ellos. Y de gozar al máximo de la oportunidad de releer y corregir.

¿El resultado? Una satisfacción renovada que acaba de salir a las librerías la semana pasada. 120 páginas más que en la primera edición. 28 bodegas nuevas que no estaban en el primer libro. Un segundo prólogo firmado por Pitu Roca (sin ánimo de exageración: creo que este prólogo merece toda vuestra atención. Jamás había leído a Pitu Roca tan sincero, tan sabio, tan iluminado: la luz vive ya para siempre en él y sabe cómo transmitirla). Y una nueva espina dorsal que recorre y vertebra el libro. Puede que ya estuviera en 2013 pero en 2018 todo ha sido escrito de forma consciente pensando en ella: la naturaleza. Ella nos enseña cómo aproximarnos, con ojos abiertos y sensibilidad bien dispuesta, con respeto y curiosidad, con admiración y complicidad. Con ánimo artesano. Ella y nosotros formamos una unidad de acción, una cadena lógica de reacciones y dependencias en la que somos un elemento más. Hay que trabajar con ella, no servirse de ella. Hay que vivir en ella no solo de ella. Hay que hablar con ella en un lenguaje común, no en el que nosotros hemos pretendido imponerle. Hay que ser consecuentes con todo ello, también cuando comemos y bebemos.

Del prólogo de Pitu Roca: "es un libro para sedientos, ávidos de curiosidad por conocer el vino a través de las personas y sus entornos de convivencia natural. Un libro de historias de vida, entre el cielo y la Tierra, entre la influencia de la luna y las constelaciones... un libro de agricultura, la vieja cultura, y la naturaleza, que pide a gritos sentirse escuchada, donde nada se pierde, nada se crea, donde todo se transforma como dijo el padre de la química moderna del siglo XVIII, Antoine Lavoisier...Un libro optimista para saborear agradecido como una sonrisa fresca, bebiéndonos el tiempo que nos bebe, naturalmente".

Que la energía, visión y alma que los protagonistas del libro embotellan se pueda perpetuar gracias a vuestra atención y a que las transformáis, mientras conocéis, bebéis y sentís sus vinos, en energía renovada.

Contraportada nueva 2018


27 mayo, 2018

Còsmic de Salvador Batlle Barrabeig

Salva a la Vajol autoretrat 25 de maig 2018
Autorretrato de viñatero en su condición de titán. Salvador Batlle Barrabeig en La Vajol, anochecer del 25 de mayo de 2018

Lo que este hombre ha sido capaz de hacer en cinco años en sus viñedos de Agullana y La Vajol (Altíssim Empordà) y Rodonyà (Serra del Montmell), al resto suele llevar una generación: recuperación, regeneración y conservación van de la mano de la creación y de la visión.

La Vajol (viñedo en la foto) es la visión, la sinestesia de un hombre de la tierra que camina por encima de las nubes: ve cosas donde el resto no. No quiero hablar hoy de vinos, sino de la persona. Ya lo dijo mi maestro, Marco Aurelio: ‘nada hay más admirable que el arte de la naturaleza, que sin haberse asignado más límites que los propios, cambia y aprovecha todo para hacer nuevas producciones. La naturaleza no necesita materia extraña. Ella sola se basta y encuentra todo lo necesario: lugar, materia y arte’ (traducción de Joaquín Delgado para errata naturae, Marco Aurelio, Pensamientos para mí mismo, Madrid, 2017, 8, 50).

Salva nace de la tierra, es naturaleza y piensa y actúa como ella, tal y como la describía el emperador-filósofo: no tiene más límites que los que él se impone y allí donde está, encuentra la forma de convertir en materia y arte (sus vinos de 2017 son eso) la tierra que trabaja. Su herencia no son solo esos vinos sino su visión integradora: de la tierra, con ella y para ella.

Me siento contento y orgulloso de poder andar con él trozos de su camino.

Còsmic Vinyaters

05 abril, 2018

Contraban 2018

18 CARTELL CONTRABAN 72ppp
No existe ni una sola definición positiva de la palabra "contrabando" en los diccionarios al uso. Podría parecer normal porque la etimología y la formación de las palabras tiene algo que ver con el origen, por lo menos, de su significado final. Así, aquello que va "contra" un "bando, ley, norma", es percibido por la ortodoxia lexicográfica como"comercio de mercancías prohibidas por las leyes a los particulares"; o "mercaderías o géneros prohibidos o introducidos fraudulentamente en un país"; o "introducción furtiva de mercancías prohibidas", etc.

Pero existe otra manera de presentar y entender la palabra. Es la que Jordi Esteve (Rim Empordà) se inventó y la que, en esta segunda edición de 2018, Noemí Morales (Atelier Esdeveniments) le ayuda a proponer. Se basa en dos coletillas de valor evidente: por una parte, el "contrabando" puede ser algo que tenga apariencia de ilícito, aunque no lo sea. (El matiz es importante). Por la otra, el "contrabando" es algo que se hace contra el uso ordinario de las cosas. La feria Contraban 2018, sin duda, es algo que tiene vocación de provocar sensaciones y emociones nuevas y puede tener la apariencia de ir contra alguna norma. Pero no va contra nada, sino a favor de todo lo que sea libre intercambio. Además, es muy cierto que se hace contra el uso ordinario de las cosas: las ferias se articulan alrededor de un tipo de vinos, de una denominación de origen, de algún concepto que, poco o mucho, tenga que ver con el respeto a alguna norma.

Aquí no. En Contraban 2018 el único concepto válido es el territorio convertido en paisaje de cepas y personas. No hay fronteras políticas que valgan y la única frontera posible es la que cada uno tenga en su interior, que es la que le facilita o impide el paso a determinado lugar, físico o mental. Así pues, un paisaje milenario de trashumancia y de habitación como les Alberes, convertido con el paso de los siglos y de las civilizaciones en un paisaje de cultura también vitivinícola, se puebla a en los últimos años, de jóvenes que ofrecen sentimientos y emociones a través de sus vinos.

Los quieren contrastar, ofrecer, regalar, comentar, debatir y beber. Quieren convertir a la feria en un encuentro libre que se hace contra el uso ordinario de las cosas para demostrar que hay personas, cepas, cultivos y vinos que hablan de una tierra y de una cultura tanto y tan bien como una buena receta, un gran aceite, una iglesia románica, unas lindes olvidadas y perdidas en el bosque o un camino pavimentado cuando no había más fronteras que las del limes parto.

Id, por favor.


12 febrero, 2018

Añejo Cencibel, Solera Familiar 1893

Esencia Rural, Añejo Cencibel Solera Familiar 1893
1893. Cuando un hombre y una mujer se casaban en La Mancha, juntaban lo mejor de las cosechas anteriores de las dos familias. De ese vino de dos casas que representaba ya lo mejor de cada una de ellas, hacían una sola solera, en una sola bota.

De esta bota tenía que nacer un "nuevo" vino añejo (rancio en mis tierras) que simbolizaba la nueva unión: dos familias y dos soleras para una nueva familia y una nueva solera. Los años de amor, de complicidad con la tierra y de diálogo con el oxígeno, la madera y el clima, iban redondeándola hasta convertirla en el vino que salía en las celebraciones y días de fiesta.

Existía la tradición de que esta bota de vino añejo podía refrescarse, por supuesto, con vino nuevo de añada, pero no hacerse saca alguna de ella hasta que, por lo menos, pasaran 20 años de la fecha del matrimonio. Solidez y compromiso para los hijos que tenían que llegar.

1997. Hace ahora 21 años, Julián Ruiz Villanueva (campesino en Quero y alma de Esencia Rural) recuperó la vieja solera de cencibel de sus bisabuelos, que fecha del día de su boda en 1893. 21 años cuidándola, recomponiéndola, refrescándola con esa misma cencibel con la que tan a gusto está. Hasta que hace 7 años llegó a la conclusión de que la cosa, vendimia tras vendimia, ya estaba en su punto bueno y no mejoraba. Momento, pues, de empezar a preparar una saca y de que el vino siguiera su camino de evolución en una botella.

Que es la que ven ustedes en la foto superior. Es un vino rancio seco de cencibel manchego, con 17,8%. Único porque puedo hablar de él habiendo bebido una copa. Irrepetible porque nace de una boda y no de otra. Inclasificable porque es la vocación labriega de Julián, junto con su pasión por las cosas de su tierra, la que recupera esa vieja tradición manchega y familiar. Con certeza, no pocas familias conservarán esa bota en su casa. Algunas quizá la habrán mantenido y refrescado y podrán disfrutar todavía de ella.

2018. Pero pocos, muy pocos, habrán tenido la generosidad de invitar al mundo entero (vaya, al que consiga llegar a alguna de estas botellas...) a la boda de sus bisabuelos. Yo he estado allí y no me atrevo a juzgar ni, casi, a describir el vino. La vida y la muerte han pasado  por él. Los nervios y las inquietudes. Las zozobras y las guerras. Las cosechas buenas y la alegría del vino nuevo. Una vida de campesinos que jamás fueron conscientes de qué hacían porque eso, lo que hacían, era lo único que sabían, querían y podían hacer. Quizá para ellos no fuera muy meritorio porque todos, antes y después, habían hecho poco más o menos lo mismo.

Pero yo no. Yo me he asomado al perfil de esa historia emocionante y he sentido, en ese único trago (inquieto y nervioso todavía el vino), el vértigo de la nueva unión: el añejo de la solera de 1893 ante su nueva vida, en un mundo que parece desconocer casi todo de quienes aportaron esos primeros vinos. El principio y el fin, la luz y la oscuridad, la sequedad y la amabilidad, el alcohol y la intensidad, el poso del café y la algarroba, los pámpanos que adornaban la mesa y el pan recién horneado.

Creo que no es un vino para juzgar o para opinar. Es un vino para sentir y para estremecerse. Es un vino para poder decir que, aunque la inmensa mayoría esté muy lejos de lo que representa, con él tenemos nuevo hilo para seguir tejiendo una historia de complicidad con la tierra. Aunque muchos piensen que todo está perdido y que cada vez menos gente comparte cierta sensibilidad y manera de hacer las cosas, el Añejo Cencibel 1893 de Julián Ruiz está aquí para demostrar y recordar que seguimos vivos. Hay tiempo para charlar y trabajar, para mirar y contar, para entender y escuchar, para beber y gozar. Para entender que la vida, con cosas como las que me pasaron este pasado sábado cuando Julián nos explicó su vino, tiene un sentido distinto. Sin juzgar ni valorar. Hay un tiempo para explicar y un tiempo para transmitir.

Mark Twain decía que hay dos momentos claves en la vida: cuando nacemos y cuando sabemos por qué y para qué nacemos. Lo primero lo pasé ya; de lo segundo me estoy dando cuenta estos últimos meses y especialmente (las circunstancias que, queramos o no, nos acompañan) estos últimos cuatro días en Barcelona. No he podido ni querido ir a todo, no porque no valore mucho el trabajo de todos en la organización de sus cosas. No. Es porque necesito sentirme cómodo en la charla con la gente y en el entendimiento de sus cosas. De ese tipo de momentos, nacen historias como las que Julián y su vino me contaron. Mi trasunto Marco Aurelio lo dice bien claro en sus reflexiones, y yo pasé muchos años sin hacerle caso... : "si te limitas a actuar conforme a la naturaleza de tu ser y a decir sencillamente la verdad en tus palabras, vivirás feliz. Y nadie puede impedir que te conduzcas de este modo". Alguien puede impedirlo, claro está. Uno mismo. Ya no.

01 enero, 2018

Antonio Vílchez y Omar Khayyam

Antonio Vílchez Valenzuela
Antonio Vílchez tiene una bodega que se llama Naranjuez y que es expresión, como poquísimas de las que yo conozco, de la personalidad combinada de la tierra y de la persona con las que convive. Naranjuez es la materialización de las "badlands" de Marchal (Granada), las "malas tierras" fruto de la erosión que junto al río mudan en fertilidad. Naranjuez es la mejor expresión de que un clima desértico, con temperaturas extremas entre el día y la noche a lo largo de todo el año, puede acabar en fragante y concentrada uva. Naranjuez es símbolo de la capacidad de una persona por crecer y aprender de cuanto hace y a cada paso que da.

Antonio Vílchez es un hombre esencial en todo, en delgadez y en palabras. Odia la retórica supérflua y la palabra de más. Quiere vivir tranquilo con sus pocas hectáreas, y sin prisas. Es hombre de palabras sentidas, es decir, de palabras que recuperan, cuando las dice, un sentido antiguo. "La prisa mata" podría ser su divisa, en efecto, además del nombre de uno de sus vinos (para mí) emblemáticos. Años de contemplación de la vida desde su mismísimo corazón han dejado huella. Como la ha dejado el tiempo en que ha visto todo desde lo alto de una torre de vigilancia. Sus vinos están hechos de toda esa experiencia y saber de vida. Sus vinos, sin conocer a Antonio, se pueden disfrutar pero no se entienden. Diréis, puede que con razón: ¿y qué más da, si lo que conviene es beberlos sin más?

Y yo os contestaré que sí, que da más porque estos vinos, como Antonio, están hechos de la materia de sus silencios y de la aprehensión de las sensaciones que, en cada momento, la viña da. De una persona que cuenta su tiempo no por años o meses o días, sino por estaciones, hay que escuchar y atender todo. No solo sus vinos. Si te quedas con eso, te quedas a medio camino de todo y con la nada en el zurrón. Antonio ama y cita de memoria al poeta persa Omar Khayyam, que además de epicúreo post litteram, era filósofo, matemático y astrónomo. Miraba al cielo para comprender las cosas de la tierra. Antonio, además de hacer eso, se mira a sí mismo y a su alrededor, para comprender con una lucidez que transmite, cada vendimia mejor, a sus vinos.

Como Omar Khayyam, Antonio sabe que estamos hechos de instantes y de fugacidad, que no hay que ilusionarse con la riqueza y la belleza: "puedes perderlas: aquélla en una noche; ésta, en una fiebre". Como Omar, Antonio ha sabido detener su marcha para tratar "de ser feliz. ¿Por qué te afliges, pequeña mía? Dame vino; la noche se acerca". Como Omar, en fin, Antonio sabe que la prudencia consiste en gozar el momento que pasa. Porque "lo futuro, ¿qué encerrará?" Antonio Vílchez, sus vinos, sus momentos, sus palabras: nos hacen mejores porque nos hacen disfrutar tanto como reflexionar sobre cómo somos y por qué hacemos las cosas como las hacemos. Antonio, como Omar Khayyam, es hombre de palabras fundamentales y de vinos con alma. Cada día más.
Naranjuez, Pinot Negro 2017