28 julio, 2017

Domaine Carterole, Hjv 2016

Sue Hubbell, Un año en los bosques, Errata naturae, Madrid, 2016, traducción de Miguel Ros González, p.230: "puede que este año se siegue, puede que no. Mis ojos han dejado de ver la belleza en la uniformidad".

HJV 2016

Henry David Thoreau, Caminar, Angle editorial, Barcelona, 2017, traducció i introducció de Marina Espasa, p.74: "on és la literatura que fa parlar la Natura? Hi hauria d'haver un poeta que pogués impressionar els vents i els corrents i posar-los al seu servei, fer-los parlar per ell. Algú que retornés a les paraules el seu sentit primitiu, com fan els grangers a la primavera quan tornen a clavar les estaques que el fred ha descalçat. Algú que excavés les paraules cada vegada que les fa servir, i que en trasplantés a la pàgina les arrels plenes de terra. Algú les paraules del qual fossin tan certes i fresques i naturals que semblés  que creixen com els brots quan s'acosta la primavera, encara que quedessin mig abandonades entre dos fulls rancis en una biblioteca".

(Mi versión castellana de la traducción de Espasa, que es excelente): "¿dónde está la literatura que hace hablar a la Naturaleza? Tendría que existir un poeta que pudiera imprimir vientos y corrientes y ponerlos a su servicio, hacer que hablen por él. Alguien que devolviera a las palabras su sentido primitivo, como hacen los agricultores cuando, al llegar la primavera, vuelven a clavar las estacas que el frío ha descalzado. Alguien que cavara las palabras cada que vez que las utiliza y que sea capaz de trasplantar a la página sus raíces llenas de tierra. Alguien las palabras del cual fueran tan ciertas y frescas y naturales que diera la sensación de que crecen como brotes cuando se acerca la primavera, aunque quedaran medio abandonadas entre dos hojas rancias en una biblioteca".

¿Por qué no podemos pensar que Joachim Roque (Domaine Carterole) sea uno de esos poetas que tiene la capacidad de hacer hablar a la Naturaleza? Banyuls, su tierra, allí donde crecen sus cepas de garnacha gris y de vermentino (Hjv 2016 está hecho con esas uvas al 50%), está cortada sobre el mar en pendientes imposibles de esquisto gris. El trabajo es duro y concentrado, intenso. Sus "palabras" están en las manos y en el azadón, cavan la tierra, vendimian la uva y trasladan a la botella la frescura del mar y la sequedad de los vientos del norte. Son escuetas pero elocuentes, sencillas y sinceras. Sus palabras son uvas.

Su vino de garnacha gris y vermentino (tres semanas fermentan con su raspón, de forma espontánea; se prensan con delicadeza y siete meses más pasan en barricas nuevas de roble; se embotellan sin más) y él, Joachim, son quienes describen con sintaxis cierta y fresca y amable, sincera e intensa, el perfume provocador del tomillo en flor, los aromas de la fermentación y la vida en movimiento que late en la copa. Su mirada y su escritura están llenas de hinojo silvestre, de viento de Levante y de hollejos, de flor de limonero y de laderas que se abalanzan hacia un mar de sonrisa amable. Laurel y mejorana decoran también esa hoja perdida. En el aire limpio de la mañana, la biblioteca, que es la Naturaleza, abre sus puertas a los cuatro vientos.  Permanece en el lector el recuerdo de una rebanada de buen pan con una cucharada de confitura de naranja.

Hjv 2016 de Domaine Carterole tiene el sabor de la tierra y el valor de su personalidad. Para quien la entiende (Joachim Roque),  el viñedo es un libro de páginas abiertas siempre por escribir y su vino tiene la energía de una transformación incluso personal.  El vino es ese brote de primavera que, año tras año, renueva nuestro compromiso con la inmortalidad.

10 julio, 2017

RIM Empordà de Jordi Esteve

Vinya de Jan Tarrés i de Jordi Esteve, RIM,  al turó de l'Orlina, Rabós
Se hace difícil describir las sensaciones que tuve en este viñedo. El hombre en el centro: siempre es su mirada la que entiende, interpreta, actúa. El hombre fue Jan Tarrés y ahora es Jordi Esteve. La viña, cariñena de unos 70 años, está en Rabós (Alt Empordà), en la parte más salvaje y hermosa del valle que ha dibujado el río Orlina durante miles de años. Pizarra desmoronada, suave pendiente hacia el río, orientación sureste. Jan tiene 75 años y sigue trabajando cada día. De pequeño ya iba a la viña. Dejó de estudiar pronto porque sus brazos y sus piernas eran necesarios en casa. Siempre la ha cuidado con una atención y una complicidad que se intuyen a simple vista. Cuando hablas con él se refuerza esa impresión. Hace seis años llegó a la zona Jordi Esteve (RIM Empordà) pero se ha instalado en Rabós hace apenas tres meses. Buscó, y busca, mucho para tejer esa red imprescindible de complicidades que un joven necesita cuando empieza sin herencia de tierras a la que agarrarse. Encontrar, comprender, pactar, arrendar, cuidar, trabajar, vendimiar, hacer los primeros vinos, intercambiar, favorecer. Ayudar y ser ayudado.

Trabar con las plantas esa misma, íntima, silenciosa relación que Jan tenía con ellas. Eso ha hecho Jordi. Parece sencillo decirlo pero es casi imposible de encontrar. Esta viña del Orlina me dijo tantas cosas en apenas una hora... Pocas veces como ésta he tenido un sentimiento de felicidad colectiva. No había alboroto en las cepas, había unidad y grupo,  la sencilla alegría de sentirse bien las unas con las otras. Todo en su sitio. Sentimiento de pertinencia. El viento y la humedad son las necesarias. La protección de los montes que perforó el Orlina es buena. No hay sobresaltos ni plantas mejor tratadas que otras. Se sienten todas en armonía juntas y te transmiten esa sensación. La sentí de forma íntima, con la suavidad de la persuasión, con el susurro que las cepas liberan cuando encuentran el equilibrio con su entorno, del que también forma parte la persona que las cuida y el resto de seres que viven allí. No hubo avisos previos. Estaba ahí y la sentí.

Stefano Mancuso y Alessandra Viola (Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal, Barcelona, 2013) llaman a esa cualidad  grupal "propiedades emergentes". Son las "típicas de los superorganismos o las inteligencias de enjambre. Se trata de aquellas propiedades que las entidades individuales desarrollan sólo en virtud del funcionamiento unitario del conjunto: ninguno de sus componentes las posee de forma autónoma. Ocurre con las abejas o las hormigas que desarrollan una inteligencia colectiva muy superior a la de las partes individuales que las constituyen".  Comprendí que las cepas actúan como viñedo de la misma forma. Vi que las raíces y las hojas se comunicaban entre ellas y con el entorno. Sentí que reconocían y valoraban cuanto necesitan para sentirse bien. Percibí que tenían casi la necesidad de transmitir ese bienestar porque, por lo menos durante el tiempo en que estuvimos allí con Jordi, el viñedo se manifestaba como si fuera "el nexo que une las actividades de todo el mundo orgánico" a su alrededor, como si fuera "el centro energético" del mundo, de su mundo. En ese momento. Allí.

He podido ya beber algunos vinos de Jordi Esteve que tienen la fuerza de esta y de otras tierras cercanas (también en Vilamaniscle): su clarete Tot d'una 2016, que mezcla garnachas blancas, grises y tintas es un hallazgo iluminador, una de las refrescantes alegrías de este verano; su RIM Negre 2013 y también el 2016, (aunque éste  necesita todavía reposo en botella), te hablan del arraigo de la cariñena en esta tierra de privilegio y de todos los aromas de la maquia concentrados y transmitidos con profundidad y finura. Pero cuando pueda embotellar la alegría y el bienestar que transmitía este viñedo del Orlina, ese día comprenderemos mejor la complicidad entre hombre y naturaleza vegetal que, por si alguien lo dudaba, tiene que ser recíproca. No sólo la sentiremos y mal intentaremos describirla. ¡Nos la beberemos!