30 julio, 2016

Carlania Celler: la sonrisa

Fores, paisatge de la Conca de Barberà por Àngela Llop en Flickr
Hace ya años que conozco a Sònia y a Jordi, de Carlania Celler (Barberà de la Conca, DO Conca de Barberà): ¡mi primera nota de un vino suyo es de la vendimia de 2012! Siempre me ha gustado su actitud y la vinculación de sus vinos con la tierra de la Conca, una de mis tierras queridas. Ellos mismos tienen algo especial, cada uno de ellos por separado y ambos como pareja: Sònia es la energía dulce, la brisa fresca que luce una sonrisa permanente, nadie la desviará de su camino... siempre con esa sonrisa! Jordi es el anclaje con la tierra, la reivindicación, la firmeza y la tozudez sincera: nunca tuerce el gesto ni desvía la mirada, siempre de frente. Ambos... me viene una imagen recurrente: conducen un coche de caballos percherones, fuerza, energía también, sencillez y belleza, trabajo concienzudo, pero parece que van un poco cuesta arriba y con el freno no desbloqueado del todo. El carro avanza, sí, pero a un rimo que, intuyes, no es el suyo...

Las cosas cambian de forma definitiva cuando tras años de cultivo ecológico con sus prácticas correspondientes en la bodega, deciden dar el salto, comenzar con prácticas biodinámicas y, en la vendimia de 2015, hacer ya algunos vinos con los mínimos tratamientos en el campo y ninguno con insumos en la bodega. Los campos están preparados, las uvas responden con su salud, su firmeza y su calidad, y ellos, que han hecho un largo y duro camino para llegar a este momento, deciden que también están listos. Tan sencillo como esta otra imagen: el carro se queda en la cochera y Jordi y Sònia empiezan a cabalgar sus "percherones". Los vinos desbordan energía, los sabores toman el mando y los aromas se apoderan del campo y de la bodega. En la copa, el cambio es evidente: el trote del vino es alegre y confiado.

El sábado de la semana pasada fue un día especial: en la celebración del cumpleaños (5) de La Conca 5.1., algunas bodegas ofrecían sus vinos. Y entre ellas, Carlania Celler. Yo sabía que ellos estaban e intuía que sus "percherones" cabalgarían en esa puesta de sol siempre única. Ellos sabían que yo iba y que, por primera vez, bebería sus nuevos vinos, Sant Pere d'Ambigats 2015 (macabeo y trepat en blanco), El Plantarga 2015 (trepat muy clarete) y Petit Carlania 2015 (trepat con una buena maceración y color más intenso). Era un día ideal para beber vinos con el menor tratamiento posible. Sucedía, además, casi junto a las viñas donde nacen y en el pueblo donde se hacen. Los bebí todos con calma y concentración y sentí, por primera vez en los vinos de Jordi y Sònia, que la promesa de lo que podían ser se había hecho realidad. Les miré, sonreí. Me miraron y una enorme sonrisa se dibujó en sus caras. Su sonrisa sabía a uva y sólo a uva, sabía a alegría y a esfuerzo, sabía a compromiso con sus fincas (Sant Pere d'Ambigats, Els Corrals y El Plantarga en estos vinos) y con su pueblo, sabía a la arcilla que se había compactado con la lluvia del día anterior, sabía a cereales y a rastrojo, a pimienta roja y a hinojo salvaje. Su sonrisa sabía a pacto con la naturaleza y a placer por haber llegado a un lugar soñado, sabía a felicidad. Sus nuevos vinos cabalgan ya libres como ellos. Me hicieron feliz y seguirán haciéndolo por mucho tiempo.

Ps. La fotografía de paisaje de la Conca de Barberà es de Angela Llop.

10 julio, 2016

Thoreau, la naturaleza y el vino

Himmel über Barcelona Henry David Thoreau es uno de los naturalistas y escritores más importantes de la historia de los Estados Unidos de América. Pasó casi toda su vida observando y escribiendo sobre la vida en la naturaleza del pueblo donde nació, Concord. Demostró que no hacen falta grandes viajes para penetrar en el corazón de las cosas. Como él mismo escribía el 3 de noviembe de 1861, lo que hace falta es una mirada intensa, un ojo atento para el que las cosas que suceden en la naturaleza queden claras, aunque puedan pasar desapercibidas a la mayoría de la gente.

Muchas veces había pasado por los libros de Thoreau pero hasta que no he llegado a la selección que han preparado Antonio Casado da Rocha y José Ignacio Foronda (traducción de Eduardo Jordá), Volar. Apuntes sobre aves, Pepitas de calabaza ed., Logroño, 2016, no he entendido de verdad por qué su manera de vivir y de describir las cosas me estaba abriendo nuevos caminos de comprensión. La mirada atenta; la palabra precisa que llega con la descripción y, a veces, con la comprensión; la sensibilidad; entender que todo lo que sucede en la naturaleza es cultura: lo que el hombre hace de la forma más respetuosa posible lo es, sin duda; pero también lo es lo que hacen los ciervos, las garzetas reales, los alcornoques y los líquenes. Cada forma de vida se comunica de forma distinta y, claro, no suelen hablar el mismo "lenguaje"... Hay que estar muy atento para dejarse penetrar por esa realidad y para intentar comprender las cosas tal y como suceden, no tal y como pretendemos querer verlas.

25 de febrero de 1859: "mide tu salud por la simpatía con que recibes las mañanas y la primavera. Si no hay nada en ti que reaccione ante el despertar de la naturaleza -y si la perspectiva de un paseo a primera hora de la mañana no te lleva a prohibir el sueño, o si el gorjeo del primer azulejo no te llena de emoción-, debes saber que ya has dejado atrás la mañana y la primavera de la vida. Y será mejor que empieces a tomarte el pulso". Como metáfora de vida me parece preciosa... La primavera de nuestras vidas está unida para siempre a las estaciones en la naturaleza y a cuanto de distinto sucede en cada una de ellas. La primavera de nuestras vidas significa curiosidad, atención, interés, movimiento y voluntad de explicarlo: "que mi canto no desmerezca de las estaciones. Y ojalá pueda obligarme a ser un cazador de lo bello y nunca se me escape nada...". A quien le llegue el desinterés y la falta de sensibilidad y, con ellos, el otoño de la vida, que vaya al médico...

Cazador de lo bello, oledor de la tierra, amante de la serenidad de quien la comprende a través de un viñedo y de su vino, explicador de las emociones que todo eso genera. Ahí me encuentro con Thoreau. 5 de junio de 1854, 6 de la tarde, "hacia los riscos: ... he venido hasta este cerro a contemplar la puesta de sol, y también a recuperar la cordura volviéndome a poner en contacto con la naturaleza. Me bebería gustoso un buen trago de la serenidad de la naturaleza. Que lo profundo se comunique con lo profundo". Cuando alguien me pregunta por qué unos vinos me gustan más que otros, por qué unos me dicen, me llenan, me comunican, me hacen sentir y ver cosas relacionadas con los viñedo de donde nacen y con las personas que los hacen, les contaré las experiencias de Thoreau, que son las mías. Poder beber un buen trago de la serenidad, de la belleza, de la energía de un viñedo; entender que en ti se comunica lo profundo que en la naturaleza hay con lo profundo de la persona que la observa y entiende a través de las uvas, te convierte en un "bebedor" distinto, en un cazador de sensaciones hermosas. He venido a estos vinos para recuperar la cordura con la naturaleza, para sentirme mejor gracias a ella y a quienes la conocen y respetan.

"Al volver a casa a través de las tierras de Hayden huelo el humo que arde en el prado. Me gusta ese olor. Es el humo de mi pipa. Me estoy fumando la tierra". Hablamos un mismo lenguaje: yo aspiro a beberme la tierra y me gustaría tener la fuerza y la energía para que no se me escape nada hermoso y pueda contarlo.