29 febrero, 2016

Les Tallades de Cal Nicolau 2010

Les tallades de cal Nicolau 2010
Esta es la mínima historia de un vino único, nacido de un viñedo único, hecho con una uva única por una persona única. Este es un vino del que hablar en un día único, cada cuatro años, sí, pero único. Es la historia de un bisabuelo que llegó a El Masroig para trabajar en carreteras y puentes. Es la historia de un bisnieto que nació en El Masroig para hacer vinos que hablaran como pocos de esta tierra tocada por la luna y las estrellas. Es, también, la historia por escribir de un tataranieto que ya está haciendo vino con las uvas de picapoll tinto que su tatarabuelo plantó y que su padre cuida y hace crecer para él.

Les Tallades de Cal Nicolau 2010, DO Montsant, 14%, picapoll tinto. Un vino hecho a golpe de ciclos lunares, con la huella de la tierra de panal en sus venas y la marca del Montsant en sus poros. Tierra y raíces. Secano y sol. Madera noble y luna. Intensidad y amabilidad. Austeridad y ligereza. El vino de una tierra que se expresa con intensidad en sus aromas. Huele a cal y a frutas. Huele a ciruelo y a coca de cerezas. Huele a Montsant y a río. Huele a flor de romero y a pino. Huele a lino y a esparto. Huele a oscuridad y a regaliz de palo. Energía del campo, aires de misterio, de negrura de luna nueva, de concentración y de sosiego. Cuando la tierra respetada y la luna hablan y alguien las escucha, cuando las cepas y su fruta encuentran a una persona que las observa y las entiende, nacen vinos como este Les Tallades de Cal Nicolau 2010 de Joan Asens (Orto Vins).

21 febrero, 2016

Más que un vino: El Fundamentalista 2014

El Fundamentalista 2014
Cuando un maestro de maestros (en el periodismo, en general, y en el mundo del vino, en particular) te da un titular, no lo desprecies... Primero busqué una botella de El Fundamentalista 2014 (Finca Sandoval): conociendo al personaje, suponía que el nombre contenía una carga de provocación pero, también, una parte de realidad. La encontré en una sucursal de Lavinia en un aeropuerto (ahora sé que también la tendrá Vila Viniteca en pocos días). Después busqué información y no encontré más que vaguedades con un solo dato de interés: en 2008 había existido ya un Fundamentalista... Sólo en 2008. Por supuesto, acudí a la fuente. Y a las pocas horas, Víctor de la Serna, amable y paciente con los aprendices hasta que se harta y te manda a tomar viento fresco, contestó. Con un titular, claro: "Joan, más que un vino, es una anécdota..." Normalmente me gusta poner el nombre del vino en el título de mis posts, así que el titular quedó algo recortado y conviene ahora explicarlo un poco. La anécdota es la de alguien que conoce y ama el vino como pocos (Víctor de la Serna) y que, cuando estás en su bodega, ofrece cuanto tiene. Es la de un amigo que prueba uno de esos vinos olvidados (un sangrado de syrah, mínimamente sulfitado, que reposaba en una vieja barrica, aunque también podría haber sido un odre antiguo) y se entusiasma ante la sencillez, frescura y amabilidad de ese vino. Y es la de unas pocas botellas, que en 2008 fueron embotelladas para amigos.

En 2014 se dan circunstancias parecidas, pero además de syrah, Víctor dispone de un monastrell ya en edad de mostrar sus bondades (10 años), de un viñedo de la Manchuela en altura, 850 msnm. Eso significa contrastes térmicos enormes y una maduración lenta que va cargando los hollejos de sabores antiguos y el mosto de ligereza y frescura. Repite la operación: vino de sangrado, un poco de bota vieja y nada más. Mínimo sulfitado y una etiqueta que, de nuevo, nos recuerda que las cosas fundamentales, las básicas, no precisan de grandes artificios. Una buena fruta es la base de todo y el mínimo "aderezo", que acaba dando algo que encaja con el carácter de quien nos propone este vino: a fundamentis era aquel edificio que un arquitecto romano señalaba en una inscripción como construido desde la base por él. Mucho beber, mucho viajar, mucho conocer, mucho procesar para que los que amamos el buen vino lleguemos a una sencilla conclusión: el vino sencillo, que no simple, el vino que, en palabras de Víctor, "llena las horas de diversión y es fresco, sin pretensiones y simpático", te da siempre mucho más de lo que vale.

Por ahí va este El Fundamentalista 2014, que podría parecer incluso una broma, un guiño travieso de Víctor a quienes hacen vinos auténticos, sinceros, lo más naturales posible. Podría parecer una broma pero acaba siendo una declaración de intenciones. Quien ha convertido la anécdota en categoría y ha decidido poner a la venta esta botella, también nos está diciendo "éste es un vino que me gusta y éste, un camino que quiero transitar". Incluso en el detalle (nada escapa a un tipo como Víctor) de no poner código de barras en la contraetiqueta. Bien está viniendo de quien viene. 14% que apetece tomar algo fresquitos (14-15ºC). Es un vino de arcilla roja, algo oscura, con recuerdos de madera vieja o, incluso, de odres de piel antigua. Es un vino de hoy pero con hechuras antiguas. Ciruelas, brezo, zarzamora y picotas. Fresco, sí, y de trago fácil y agradable. "Frutoso", claro. Pero también sólido y con empaque: vinoso. Me recuerda al mejor y joven Classius Clay. Este vino se mueve como él: tiene las piernas y el baile ligeros, se mueve sin parar y parece no fatigarse pero, al mismo tiempo, tiene una contundencia y un impacto de sabores y aromas grande. Es un vino que suena, en el mejor sentido de la expresión, a viejo y a sincero. Me gusta que, aunque naciera en 2008 por casualidad y como anécdota, la cosecha de 2014 y la ocasión hayan permitido a Finca Sandoval y a Víctor de la Serna recoger estos nuevos sangrados de syrah y monastrell para poner en la copa una Manchuela que sabe a mucho más que a anécdota.

14 febrero, 2016

Clos Lentiscus BdB Clàssic BN 2012

Clos Lentiscus BdB Clàssic BN 2012
El lentisco milenario (pistacia lentiscus, "llentiscle") es el símbolo de Can Ramon, viticultors del Mongròs. Surge en el centro de su finca en el Garraf y es uno de los árboles que más a gusto se siente cerca del mar. Como las cepas (mayoritarias de la malvasía que arraigó en Sitges y de sumoll) que Manel Avinyó trabaja de forma ecológica en el macizo. Las uvas encuentran (ellas solas por más que alguien las haya plantado) sus territorios de preferencia. No puedes hacer que la tierra haga decir a la cepa cosas que ésta no quiere decir. Y no hay duda: terrenos de caliza dolomítica, arcillas blancas, roca madre aflorando casi en superfície, viento y mar, sol y altura, cultivos que no alteren la comunicación entre uva y tierra, son buenos para la malvasía y el sumoll. Así, estas uvas (por más que suelan identificarse con otro tipo de vinos y territorios), tanto como los olivos silvestres, los lentiscos y los margallones, se convierten en símbolos de una tierra y de una forma de entender la vida, discreta pero intensa y de profunda belleza.

Y de una bodega centenaria como Can Ramon. Desde el siglo XIV habitan a los pies del Montgròs (359 msnm), en la estribación sureste de la sierra del Garraf, la más cercana al mar. Algún día, la historia de las uvas y los vinos del Penedès hará justicia a gente como Manel, luchador incansable de la causa del territorio, de la marca del sabor y de las fragancias que éste tiene, con una capacidad y sensibilidad cada vez mayores para llevar este cúmulo de sensaciones a una botella. Manel es uno de los expertos de esta tierra en burbujas, sobre todo en segundas fermentaciones en botella. Sin duda, una de mis preferidas es esta malvasía monovarietal de añada, que él llama Blanc de Blancs, esencia pura de un 2012 seco entre los secos en unos viñedos que saben cómo sobrevivir a las condiciones extremas. 12,5%, 25 meses en rima y una capacidad enorme para envejecer y dar alegrías en los próximos años. Degollada mi botella el 24.11.2015, un poco más de reposo le irá bien, pero está ya como para disfrutarla con intensidad: aromas de maquia y de secarral, polvo de talco, vientre de cantera, frescura sin matices pero con aires de sobriedad, piedras al sol, olivas estrujadas, pino y retama, concentración y amabilidad, terpenos y el dulzor de la uva lejanos pero que surgen tras unos pocos tragos. Viento y placer. El mar brilla en la copa.

Es un vino para cualquier momento de placer y de charla distendida, sea alrededor de una mesa o a solas frente a la inmensidad y belleza perturbadoras del mar que se ve desde el macizo del Garraf.

03 febrero, 2016

Roberto Henríquez Pipeño 2015

Roberto Henríquez Pipeño 2015
Roberto Henríquez. Vinos naturales. Es el nombre de la bodega y aquello que uno lee en su página web. No sé mucho más de él que lo que esa web nos cuenta. Miento... O me confundo... Suelo pensar que sólo se puede conocer bien a alguien cuya pasión es hacer vinos (me parece que éste es el caso de Roberto) si has pisado sus viñedos y bebido sus vinos con él en ellos. Cuando se puede, sin duda es el mejor camino. Pero cuando quien hace el vino que te ha entusiasmado vive en Concepción (Chile) y hace sus vinos en la ribera sur del río Bío-Bío o en el Notro, sabes que va a ser complicado ese conocimiento profundo. Es entonces cuando la botella se convierte en auténtica protagonista. Te concentras en ella y en lo que la copa te dice y sabes que, aunque falte una parte importante, algo (¡no poco!) has comprendido de cómo es Roberto Henríquez: porque has entrado en su vino y lo has disfrutado. Mucho.

Experiencia de seis años en distintas bodegas americanas y europeas bastan a Roberto para entender que sus raíces son las que llaman y la uva país la que tiene que ser mimada, comprendida y embotellada. La país es una de las señas de identidad de parte del terruño chileno. La país de Santa Juana en viñedos de 200 años de edad y sobre suelo granítico forma parte del ADN de Roberto y de muchas generaciones de viticultores chilenos. La país que está en este Pipeño 2015 (vino de añada y hecho para un disfrute inmediato: fue vendimiado en abril de 2015) me suena a excepcional y la manera sencilla y transparente (natural) en que ha sido trabajada, me seduce y atrae sin más. Viñedos tratados con una sola mano de azufre; uvas que crecen en suelo granítico y fermentan en lagares de cemento; vino que por sangrado se guarda en madera vieja (unos tres meses); en botella otros seis meses, desde agosto de 2015. Bebido en enero de 2016. 13%.

Piedra antigua.
Fluidez.
Rusticidad.
Frescura.
Amabilidad.
Sinceridad.
Frambuesa madura.
Granito.
Autenticidad.
Musgo.
Brezo.
Raíces.
Solidez.

Estas palabras, como dardos, me iba lanzando el vino. Podrán algunas parecer contradictorias, pero todas han salido de la misma botella. Este vino lo bebía yo por arrobas, cántaras, tinajas, odres, fudres, vasijas o cualquier otro contenedor que sugiera grandeza, generosidad, autenticidad y sabores y sensaciones reencontradas. Grande en su sencillez, accesible por su frescura, afable en su amabilidad, contador de historias centenarias por su sinceridad.