29 enero, 2016

Guía Melendo del Champagne 2016/2017

portada_guia_melendo_2016-2017
Nos habíamos saludado en alguna cata pero no nos conocíamos. Nos encontramos por primera vez ante unos cuantos de los mejores vitivinicultores de la Champagne hace ahora cuatro años, en Terre et Vins de Champagne en Aÿ. Nos volvimos a saludar, esta vez con mayor efusión: reconocer a alguien que, por el solo hecho de estar en Aÿ, ya sabes que es uno de los tuyos, alegra y agrada. Confieso sin rubor que tras el saludo, me dediqué a lo mío. Y él, claro, a lo suyo. Pero no pude dejar de observar y ver qué hacía y cómo lo hacía... Jordi Melendo era, hace cuatro años, hace muchos más y ahora, una referencia en el mundo de las burbujas, primero las de la DO Cava, después las de Champagne. Y ver con quién charlaba, qué vinos bebía, etc., daba pistas al apasionado que apenas sabía nada, que era yo.

Me sorprendieron dos cosas: más que parecerme que él conocía a todo el mundo, tuve la certeza de que todo el mundo le conocía a él. Pasó mucho más tiempo saludando y charlando que bebiendo... Me impresionó y, casi al caer la tarde, cuando las prisas para el regreso empezaban a mandar, me atreví a preguntarle. Y me contó de su pasión desmedida, de su amor por esta tierra y por sus gentes, de la magia de las burbujas del norte y, sobre todo, de su plan de viajes. Me enseñó una agenda y me dijo, con precisión, los días (¡¡¡un día de cada mes!!!) en que había conseguido los billetes de avión más baratos para viajar a Paris y de allí a la Champagne. Durante un año, una vez al mes... Me descubrí (llevo siempre gorra o sombrero...) y pensé: "éste es uno de los hombres mejor informados del mundo sobre algo que lo que quieres conocer todo. Hay que seguirle a fondo". Y eso he hecho en los últimos años. Mi pasión y mis conocimientos sobre los vitivinicultores y las maisons de la Champagne entera, han crecido gracias a las lecturas que Jordi Melendo nos ha ido proporcionando, todas llenas de vivencias personales, de notas y marcas de interés: sus Historias del Champagne. Maisons y Vignerons, Alboraya-Valencia, 2012 (978-84-695-4887-5) revelan cientos de cosas de la historia oculta de algunos de los más interesantes productores de la zona.

Su primera Guía Melendo del Champagne 2014, Barcelona, 2014 (978-84-616-9866-0) es, todavía, un instrumento de gran utilidad: con un perfil tipográfico limpio y de cómoda lectura, te abre las puertas de un montón de productores que conocía poco y, además, introduce por primera vez en España y con champagnes, una cata a ciegas que valora cada uno de los vinos catados. Lo hace, además, con la colaboración de un grupo de grandísimos profesionales y expertos: Ballesteros, Asenjo, Bao, Corman, Centelles, Guerra, Mercier, Murciano y Romeralo. Tremendo. Pues la Guía Melendo del Champagne 2016/2017, Barcelona, 2015 (978-84-608-2045-1) mejora cuanto acabo de decir. Podía parecer difícil pero lo hace... Más vinos catados, una ampliación del Comité de Cata (con Cavero, Nolla, Cruz, Gómez -el bueno, Adolfo, no yo-, Marcos, Seijas y  Villalón), una paginación más rica y agradable a la vista, un montón de fotos sugerentes proporcionadas por el CIVC y, por supuesto, el nudo intacto de la cuestión: la selección debidamente anotada, puntuada y valorada en función de la relación que los expertos han establecido entre el PVP de una botella y la calidad que han percibido en ella.

Para los que sentimos esta atracción irracional (así la siento) por la más pura expresión posible de los distintos "terroirs" de la Champagne, esta Guía Melendo se ha convertido en un instrumento esencial para comprar y beber bien y, además, para hacerlo bien asesorados. Encuentro buenas noticias e informaciones y sé, gracias al contraste con sus opiniones, que he abierto y conozco ya buenas botellas de algunos de los mejores "vignerons": Agrapart, Bedel, Boulard, Couche, Coulon, Marie Courtin (Dominique Moreau), Goutourbe, Jacquesson, Laherte, Larmandier-Bernier, Léclapart, Pascal, Selosse, Tarlant... Y lo mejor (en mi caso) es que siguen proponiendo botellas y buenas valoraciones de gentes a las que no he bebido. Felicidad completa, sin duda, que me deja sólo una pregunta: ¿por qué no están algunos más que también me vuelven loco? Verbi gratia Brochet, Bérèche, Bouchard, Doquet, Dufour, Egly-Ouriet, Horiot, Lassaigne, Prévost, Vouette&Sorbée (los Gautheron), Ledru, Val'Frison... La duda se despejará, sin duda, en la próxima edición porque ahora ya sé que la ambición de Jordi es la de ir creciendo en cantidad y en calidad para consolidar lo que ya se confirma en esta edición 2016/1017: la Guía Melendo del Champagne acabará siendo un referente no sólo hispano (ya lo es), sino también internacional.

23 enero, 2016

Vinos en voz baja

Vinos en voz baja Costumbres 2013 garnacha
Apenas les conozco (una hora de conversación intensa con Isabel Ruiz y Carlos Mazo), no he pisado sus viñedos (sólo he visto alguna foto, que sugiere mucho, pero sólo eso) y no conozco su bodega (aunque sepa que han empezado en 2012 como bodegueros de garaje y, ahora, de prestado todavía en casa de otros). Pero me atrevo a escribir sobre ellos y a hablar un poco de su manera de ver las cosas. Por supuesto, a describir también las sensaciones que algunos vinos suyos me han regalado. Por razones muy variadas que no vienen al caso de este post, la Rioja está de nuevo en primera plana. Digan lo que digan, la Rioja estaba languideciendo. No hablo ya de dormirse en los laureles porque supongo que las ventas y el nombre y prestigio (muy bien ganados) de la DOC me desmentirían. Hablo de apego a la tierra, hablo de cultivo respetuoso y lo menos intervencionista posible, hablo de preservar las características de cada terruño (sí, terruño, porque aunque no tenga tradición la palabra como sinónimo de "terroir" en castellano, "terruño" es la tierra natal de uno -según la RAE- y, por supuesto, la de las uvas también: la lengua evoluciona) en la botella y en la copa, hablo de conocer con nombres y apellidos viñedos, viticultores y vinicultores como protagonistas y, casi, demiurgos en el descubrimiento de una alma renovada en esta tierra de privilegio.

En pasado, sin duda. Languidecía. Porque hace ya unos años que unos pocos (no voy a cometer el error de poner edades ni adjetivos porque, aquí y por fortuna, algunas generaciones se mezclan) han empezado a andar otro camino. Respetuosos con su pasado (no siempre el más reciente), sensibles con el trabajo de quienes no maltrataron el viñedo con productos de síntesis, amantes de la recuperación de cepas viejas (también con variedades muy propias), conscientes de la necesidad de que la Rioja hable en la copa y en la botella de otra manera. Casi siempre sin hacer ruido, cierto, y en voz baja. Casi siempre, también, con vinos y actitudes que me hacen detener, girar la mirada y escuchar con profunda atención. Después, beber y pisar algunas tierras (las de Carlos e Isa todavía no...) y entender que en la Rioja (no hablo de zonas porque en todas ellas detecto este movimiento) están sucediendo cosas. Como hace bien poco describía Víctor de la Serna (en un tuit que precedía una cata de Rioja'n'Roll en Elmundovino), es "excitante y emocionante". Porque los que amamos sin paliativos ni matices la viña cultivada con los mínimos aderezos y su fruta sabemos que este movimiento es lento pero imparable, También en la Rioja.

No voy a dar hoy más nombres que los de Carlos e Isa, Vinos en voz baja, pero sólo tenéis que repasar posts, tuits e instagrams (míos y de unos pocos más, sensibles a cuanto se mueva alrededor de lo que Goode y Harrop vinieron en llamar "authentic wines") para saber de quiénes hablo. Vinos en voz baja es de Aldeanueva de Ebro y trabajan, pues, en la Rioja Baja. Digo yo que la coincidencia de adjetivos no es casual porque su actitud es exactamente esa: estamos en una zona dura, casi denostada o, por lo menos, poco querida y apreciada y vamos a recuperar el orgullo y la pasión de los nuestros para iluminar de forma renovada las variedades más significativas, la viura y la garnacha. Después llegarán otras, autóctonas de la zona. Viticultura sana, responsable, con el uso de la menor cantidad de insumos (sustancias ajenas a la naturaleza) posible, con la mínima y sólo la imprescindible intervención de la tecnología y con respeto hacia la energía que esta tierra quiere liberar de nuevo. Y a la chita callando. Escuchando mucho, mirando y, además, viendo, aprendiendo y avanzando poco a poco.

Vinos que son Costumbres en esta bodega errante y que quieren devolver al bebedor de hoy sensaciones de antaño. No hay mejor "prueba del algodón" para estos jóvenes que el que los mayores beban sus vinos y suelten un "caramba... esto me suena!!! Me recuerda los vinos de cuando era mozo!!!". No pocas veces he escuchado ya esta expresión en la Rioja y en otras partes de España. Entonces, los ojos de los jóvenes se iluminan y saben que van por el buen camino. El tiempo no pasa en balde y no todo tiene porqué ser igual (tampoco es ese el objetivo. Si lo fuera, harían arqueología/antropología del vino. Y no es eso...). Pero los sabores y las sensaciones, ahí están...De dos de los vinos "en voz baja" quiero decir cuatro palabras hoy. Del Costumbres 2013 blanco, 13,5%, monovarietal de viura, y del Costumbres 2014 tinto, garnacha de la que no sé el grado ni nada porque Carlos me dio una muestra previa a la comercialización. El primero tiene la madera muy medida aunque se nota... Tiempo en botella le falta pero sus virtudes ya asoman: la pureza y aromas del sabinar en el monte bajo. La flor de manzanilla en su momento culminante. La retama. Algo de mantequilla salada, Juncos y vegetación verde. Pan tostado. Viveza. El segundo me enamora, sin más. Recupera las sensaciones de la garnacha de tierras duras y secas que ofrece frescura y vida al vino gracias al uso sabio del raspón: raspón y garnacha, unión imbatible, natural. Algo de madera hay, por supuesto, pero el placer es inmediato, no necesita mucho reposo ni diálogo con la botella este vino. Fruta fresca y maquia (maquis, "macchia"). Alegrías de la casa. Picotas  ácidas. Pimienta roja. Pimiento rojo asado a la brasa. Bolas de ciprés. Tinta china roja. Ciruelas negras crujientes. Sabroso y redondo. Sencillo que no simple. Fresco y austero.

Carlos Mazo e Isabel Ruiz pertenecen a este grupo de gente riojana (aunque no todos nacidos en la Rioja) que vuelve a excitarnos y a conmovernos con sus vinos. Siempre los ha habido, por supuesto, para los que amamos el vino y respetamos esta tierra histórica, y de todos los estilos y características además. Pero ahora unos pocos saben distinto y su "canción" y manera de explicar las cosas es, también, distinta. Renovada y mínimamente intervencionista aunque con la vista bien puesta en el retrovisor. La Rioja, también la Rioja Baja, mola de nuevo. Mola mazo, si me permiten el juego de palabras. Y perdón...

15 enero, 2016

Josmeyer Gewurztraminer, "Cuvée du Centenaire", Vieilles Vignes 1986

Josmeyer Gewurzt Cuvée du Cent. Vieilles Vignes 1986
Cuando bebí este vino pensé en dos personas a las que no he conocido personalmente pero a las que debo cosas importantes por motivos distintos.

La botella, monovarietal de Gewurztraminer hoy seco (13%) pero que en algún momento tuvo un punto de azúcar residual, es de la cosecha de 1986. Muy bien conservada, sin apenas merma de vino, corcho casi intacto, sin precipitaciones. Desde hace tiempo abro los vinos que me apetecen en el momento que me parece mejor. Con éste hice lo mismo: evolución en el color y ligera oxidación. No lo dudé: decanté y dejé reposar unas horas.

Olí, bebí, dejé que el vino penetrara en mí y vino la primera persona. Una persona a quien los que la conocieron han definido como "uno de los mejores catadores de la historia de Francia", "metódico", "científico", "concienzudo", "frío", "sacerdote del vino". Jules Chauvet. A mí, tanto como ésa parte de su personalidad, me atrae otra, la que le hizo escribir: "algunos vinos no solo tienen caracteres precisos, tienen también siluetas ideales. Pueden evocar las mañanas fragantes de primavera y los emotivos atardeceres de septiembre".

El vino olía a melancolía, a flores marchitas en la mesa de madera junto a la ventana (camomila, lavanda), al humus que el hayedo, sus hojas y las brumas de otoño cubren con delicada atención, a musgo fresco, todavía fresco a pesar de sus casi 30 años en la botella.

Con las horas y los días seguí bebiendo y pensé en la segunda persona. En 1986 llevaba ya 20 años en la bodega familiar y todas las decisiones importantes eran suyas. Quienes le conocieron, le definen como "poeta del vino" y "vinificador extraordinario". Jean Meyer. Tuvo dos visiones trascendentes que siempre me han admirado y que sigo disfrutando: sus botellas contenían obras de arte en su interior y también en su exterior (en las etiquetas desde 1987). Además, y en una tierra compleja para ello (aunque con su buena tradición ya), en Wintzenheim (Colmar, Alsacia), decidió hace más de 15 años conducir toda su propiedad a la biodinámica.

El vino es (con la sencillez y viveza de quien lo hizo lo escribo) un vino extraordinario, que mantiene intacta su  columna vertebral de acidez y se muestra como una infusión de naturaleza verde y uva madura, envuelta en nube de algodón de azúcar. Jengibre y canela. Membrillo maduro y espliego. Miel de azahar y brezo. Es un vino evocador, que combina todavía los aires nostálgicos del primer otoño con la sonrisa provocadora de una primavera alsaciana. Un vino de Jean Meyer que intento describir con el espíritu de Jules Chauvet. Ellos me sabrán perdonar.

05 enero, 2016

Vall Llach 1998 (y dos)

Vall Llach 1998 dos
El 2 de diciembre de 2013 publicaba una nota sobre una botella de 0,75L de Vall Llach 1998. Hoy quiero empezar el año 2016, que será un año distinto y muy lleno de cosas interesantes (algunos indicios y mi olfato apuntan a ello), con un comentario sobre una botella mágnum de Vall Llach 1998. No voy a repasar mi archivo histórico del blog pero creo que es la primera vez que publico una nota sobre el mismo vino en una misma añada. Se lo merecen tanto el vino como el viñedo del que, de forma destacada, procede la cariñena que le da el alma (Mas de la Rosa), como los actuales propietarios de la bodega (Llach y Costa), que están dando a su proyecto un espíritu renovado. Es reconfortante ver cómo la reflexión sobre la tecnología en el campo y en la bodega hace dar algunos pasos atrás a quienes, desde siempre (por lo menos desde la llegada de los "young ones") y aunque se les reconozca menos que a otros, han marcado tendencia en la DOQ Priorat.

Vall Llach está ahí, sin duda, y ver cómo ahora los animales están volviendo a arar alguno de sus viñedos y cómo los tratamientos se reducen y adaptan a una escala que la naturaleza pide para poder sobrevivir con dignidad y sus cepas bien altas, es gratificante. Como lo es, claro, seguir y comparar las primeras añadas de la bodega con las que están saliendo ahora para hacerse una idea de hacia dónde pueden ir las cosas. Sobre el vino, las uvas y la vinificación ya hablé en el post de diciembre de 2013. Me voy a concentrar, pues, en este mágnum de Vall Llach del 1998, primera añada en que la bodega embotelló su portaestandarte. Juego con ventaja... Bebo el vino en mágnum y la botella no había salido de la bodega hasta el día en que llegó a casa.

A diferencia de lo que hice con la botella anterior, tuve que decantar: el corcho se estaba deshaciendo, los aromas del vino prometían (el corcho no olía a TCA) y hacía falta preservar el genio que parecía querer despertar de su letargo de más de 15 años en botella. Lo tomé con 24 horas de decantación y seguí bebiéndolo a lo largo de los siguientes tres días. El vino se mostró entero y perfecto y evolucionó sobre todo en su densidad y cuerpo: se aliaba con el oxígeno no sólo a través de las moléculas de aroma que liberaba sino también a través de la estructura de sus polímeros. Aquí me matarán los químicos orgánicos,  claro, pero daba la sensación de que la masa del vino iba cambiando con los días, aumentando y ganando, en efecto, en cuerpo y densidad.

El vino empezó con pequeños aromas terciarios que iban asomando a mi nariz y paseando por mi paladar sin pausa, discretos pero tenaces. Con rapidez, algunos aromas primarios (me atrevo a proponer que entre éstos no sólo hay que contar con los de las frutas sino también con los de las tierras donde éstas se alimentan), se mezclaron con los terciarios y el paisaje que mi cabeza recompuso fue el de la emoción y el vértigo que produce una copa que contiene el alma de una tierra. El cálido almacén de las hojas de tabaco que maduran. La pizarra con hierro y siglos de intemperie, mojada y secada por un sol que no azota. Las aceitunas negras muertas y el aceite de primera prensada con un poco de sal. El palo mascado de regaliz. El vino se muestra íntegro, perfecto, profundo, con una boca redonda, unos taninos suaves y nobles. El corazón de los troncos que ardieron y que mantiene el rescoldo de la llama en el hogar. La pureza del monte bajo: tomillo y orégano secos, un poco de laurel. Bouquet garni.

El vino muestra una profundidad de escalofrío. La cariñena del Mas de la Rosa es fina y delicada, penetra el corazón de la tierra y lo transporta a la copa. Y el corazón palpita y se agita todavía en un vino que apenas ha llegado al otoño de su vida. El hueso de la ciruela seca pasea por mi boca. Hojarasca y humus. El alma del bosque habita este vino. El ratón husmea... Ratatouille y sus hermanos y primos saltan alborozados. La mina del lápiz. El grafito. La mermelada de cerezas con las horas y los días: la otra uva clave de este vino, la cabernet sauvignon, muestra su grandeza. Otoño en estado puro, de nuevo: paz y alegría por el trabajo bien hecho. Tierra y paisaje en la botella. Un punto goloso y casi tánico de las variedades francesas (un buen porcentaje de merlot hay también), los años y la excelente conservación dibujan el perfil de un vino fino y ágil en el trago, complejo y, al mismo tiempo, de una mediterraneidad que enamora. Con más horas: algarroba madura, chocolate negro a la taza con algo de agua, el fresco sótano excavado en la roca de llicorella, la madera y el reposo. Esencia y corazón de una tierra que amo, el Priorat, que he tenido el renovado privilegio de poder beber. Uno puede llegar a tener un vino vivo en la botella de mil maneras distintas. Una, entre todas, es la imprescindible y la que no puede fallar jamás: la mejor fruta de los mejores viñedos posibles es la que más años se mantiene. Vall Llach 1998 es otra deliciosa e innecesaria prueba de la existencia de este axioma.