04 octubre, 2015

Caus Lubis de C. Esteva: 25 años

Caus Lubis 25 anys
Carlos Esteva es el hombre necesario, el hombre tranquilo y de convicciones sólidas. También es el hombre discreto. Si alguien me preguntara: ¿qué consideras imprescindible para que un territorio vinícola, una DO, una tierra de vinos... arranque y encuentre algún rumbo? Contestaría sin dudas: gente como Carlos Esteva en él. Carlos educó su paladar en los grandes restaurantes de España y de Francia, aprendió, disfrutó y se enamoró de vinos emblemáticos franceses, italianos y españoles. Y tras una etapa de su vida por la que todos tenemos que pasar (qué soy, hacia dónde voy), su camino le llevó al Garraf, a Can Ràfols dels Caus. Esa etapa sucedió en Menorca. En ella vendimió uva, la pisó con los pies, la prensó (no sé cómo...) y por primera vez, y de una forma por completo intuitiva, hizo vino.

En Can Ràfols dels Caus encontró una masía de cuatro paredes justas y un techo, que ha convertido en baluarte espiritual de "garrafidad". En sus tierras encontró la pureza entre montes que le ha permitido (desde siempre) vinificar con las levaduras del viñedo y, desde hace unos ocho años, trabajar además la tierra en biodinámica. En su zona se atrevió a intentar poner en una botella el mensaje de su sueño: se pueden hacer buenos vinos de larga guarda con alguna de las grandes uvas europeas en una tierra como el Garraf. Plantó merlot, chenin blanc, pinot noir, incrocio manzoni. Y tras 25 años y muchos, muchos, vaivenes, algunos tuvimos hace bien poco la ocasión mágica de comprobar que esa botella y ese mensaje llegaban intactos a la playa de nuestros labios, al puerto de nuestras bocas, a la rada de nuestra sensibilidad.

25 años de Caus Lubis, ni más ni menos. Merlot plantado en 1983. 1,4 Ha, en suelo arcillo-calcáreo (La Vinya del Ros), con orientación noreste. Le Tertre Rôte-boeuf y François Mitjavile en la cabeza de Carlos y el merlot en las plantas madurando siempre con paciencia, macerando con sus pieles unos pocos días, fermentando siempre con sus propias levaduras a 25ºC, haciendo la maloláctica espontánea, criándose durante doce meses en  roble francés y haciéndose, en realidad, el vino en la mejor crianza posible: la de la botella guardada en buenas condiciones en la bodega un mínimo de ocho años. ¿Cúanta gente tiene la capacidad y la visión de mostrar algo parecido? Me descubro ante un bodeguero que es empresario, claro, y que tiene en estos momentos como gran novedad en el mercado Caus Lubis 2003. Sé que no puede ser el ejemplo a seguir por todos. Lo sé tan claramente como sé que gente como él es la imprescindible, la necesaria: tienen una visión, un concepto, una idea, y encuentran la fuerza y el coraje necesarios para llevarla a cabo.

En el Hotel Omm de su hermana y admiradora número 1, Rosa Mª Esteva, y con una selección, un orden de cata y un servicio del vino impecables y modélicos liderados por Audrey Doré, desfilaron unos cuantos de esos mensajes embotellados. Por el orden en que los bebimos (nadie escupió nada...) y obviando detalles técnicos de las añadas (que ahora no me apetece explicarles. Como dice Carlos, "los buenos vinos ya expresan cada uno cómo ha sido la añada"), sucedió lo siguiente. 2003: regaliz, infusión de tomillo, romero, un vino increíble, profundo, intenso y apabullante. Arcilla, frescura y una barra de especies única. El Ras-el-Hanout del Garraf. 2004. Mucho más volumen que en 2003. Frambuesas y zarzamora, mucha fruta y algo de madera. Redondo, casi esférico. Cuatro meses de fermentación alcohólica natural en una añada perfecta, acabarán dando un vino para la inmortalidad de la casa. Y de todos los que lo bebamos. Cuando salga al mercado... 2006. Está en la fase de la apoteca. Vieja farmacia llena de hierbas de los Pirineos. Algo de acetato de etilo todavía y cola de carpintero. La ebanistería tiene que pulirse, el mozo tiene que barrer y limpiar el taller tras el trabajo del maestro. El vino se va a redondear en la botella. Hay tiempo. 1999. El armario de la mejor ropa de la abuela: parafina. Tomillo y lavanda secos. Musgo y tierra del bosque profundo en otoño. Astringencia de la madera, pureza de la uva, frescura y acidez. Fruta (ciruelas ácidas) y regaliz. Sorprendente. Emocionante. Uno de los grandes. 1998. Fruta más roja (arándanos) y azul (mirto), madurez en nariz. Pero en boca... en boca es profundo y ácido, más fino que 1999. Es penetrante y delicado. Cuando un vino huele a la ceniza de sus sarmientos se ha convertido en uno de los grandes. 1998 huele a eso. 1997. El polvo del camino, el incienso del oficio bizantino. Un vino que está cerca del final de su vida pero que muestra todavía la liturgia de los grandes momentos. Ciruelas en conserva. Sequedad calcárea. La esencia destilada del monte.

Gracias por estos 25 años, Carlos, y por la ocasión única: eres el hombre necesario, tienes la visión imprescindible, posees el privilegio del tiempo en el vino.
Carlos Esteva

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