13 junio, 2015

Charla en Ciudad Real (6)

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De todas las estaciones, aquella que más se relaciona en el mundo antiguo con la muerte, aquella que mejor sirve para honrar el recuerdo de los muertos, es el otoño. El otoño siempre es representado por unos jóvenes sin edad que vendimian, que llevan la uva al lagar, que la pisan y que producen el mosto que pasa a las tinajas para convertirse en vino. En el mundo anterior al Cristianismo es así. En el mundo cristiano, también. El símbolo de la transformación de un ser vivo en algo distinto no es la harina que se convierte en pan. No es el agua con cereales que se convierte en cerveza. No es la leche que se convierte en queso. Es la uva que se convierte en mosto que se convierte, gracias a una fermentación espontánea, en vino. Y no tiene que ver con esta o aquella creencia o con una escuela filosófica u otra: forma parte de las más íntimas creencias del hombre antiguo, es transversal a todas ellas y se formula allí donde más se necesita, allí donde la vida y la muerte se confunden y cruzan. En la transformación de un ser vivo en algo nuevo y distinto, no muerto.
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