29 mayo, 2014

Marenas al natural


José Miguel Márquez es agricultor por vocación. Apenas había cumplido la mayoría de edad y sin más estudios que los que su padre y la tierra le habían dado, compra sus primeras hectáreas (1998) y se echa al monte, a la sierra, vamos, la de Montilla. Planta uvas tintas  (syrah, tempranillo, monastrell, después cabernet sauvignon y pinot noir) a las que después añade las habituales blancas de la zona, muy (pedro ximénez) o menos conocidas (montepila). Su vinculación con la tierra es absoluta: ama la subbética y la penibética, como ama las amables laderas de Montilla. A sus vinos se puede entrar con mayor o menor facilidad, pero cuando se percibe (in situ...) cuál ha sido la evolución de José Miguel con los años, uno no puede más que admirarse e identificarse con su trabajo y con su amor por la Sierra de Montilla y sus culturas vinícolas (varias hay o había), por ese clima duro y, a ratos árido, por esos suelos calizos y arenosos, por ese viento que, cuando sopla del oeste, trae la bendición de la frescura, por un ambiento y un terruño, sin más, que te seducen y te atrapan.

Le conocí hace cinco años y me propuse seguir su joven carrera. Este hombre transmitía sensaciones de honradez, de profundidad, de seriedad, de trabajo bien hecho y de vinos sin máscaras. Pero confieso que, en esa época, sus tintos no me llenaban como lo ha hecho uno en especial en la cosecha de 2013. Seguimos viéndonos, bebiendo sus vinos y charlando a ratos, hasta que la cabeza me dio un vuelco con su Cerro Encinas Blanco 2011, monovarietal de montepila: un vino que transmitía un cambio, una evolución y una progresión emocionantes. En mi viaje de 2013 la ruta me apartó de Marenas, pero una noche mágica, cerca de Cortes y Graena (con el gran Ramón Saavedra) nos encontramos y emplazamos para la visita. He tardado casi un año y bien que lo siento, pero he llegado a Marenas, por fin. José Miguel lo tiene claro: el éxito o el fracaso de un vino dependen, en buena parte, del trabajo en el viñedo. Y en esa tierra de albariza y arena, él consigue, con suaves laderas y un no-laboreo muy meditado, una frescura, un pH, una acidez  y un grado en sus vinos que son como para reflexionar.

Desde 2006 no labra el campo, ni siembra ni selecciona la vegetación. Ha permitido que la selección natural se encargue de todo: el jaramago ha marchado poco a poco y ha sido sustituido por más de 20 especies de plantas y flores, todas ellas beneficiosas para la viña. Ni abona, no pasa el intercepas. Sólo desbroza y alimenta el viñedo con esa hierba y con los restos de la poda. Con sus menos de 4 Ha llega a las 8/10 mil botellas y el resto va a la cooperativa. No quiere crecer rápido y piensa mucho cada paso que da. ¡Pero no para de darlos! Su salto exponencial en calidad y en concepción de un vino lo está dando precisamente con la uva de la tierra, con la PX. Con bocoyes muy viejos de fino ha elaborado la cosecha de 2011 bajo velo en flor (en la bodega que véis en la foto inferior), recuperando la memoria perdida de los vinos de su pueblo. Algún día llegarán los amontillados, pero por ahora este PX 2011, embotellado y concebido como vino tranquilo (no generoso), es una percepción única de la tierra de Montilla, con sabores intensos pero delicados del velo, de la albariza, del viento que sopla del Estrecho, con frescura y profundidad. Emocionante.

La emoción sigue con un impresionante pinot noir de la Sierra de Montilla, cerca de Cabra. Apenas 800L, todavía en inox, del que será Casilla Las Flores 2013, vendimia nocturna, raspón y unos aires de austeridad, seriedad, frescura y empaque...picota, pimienta negra, nuez moscada, matorral de la sierra, jara. Memorable en verdad. La emoción finaliza con una pequeña bota (andará por los 300 años esa madera) de moscatel de Alejandría pasificado al sol de la sierra. 9% tiene,  VND. Saldrán 200 botellas y quien consiga una, será una persona feliz. Para un loco de los moscateles como soy yo, ese vino es un punto y aparte. Tres vinos probamos, tres horas charlamos y con esos dos treses tuve más que suficiente para entender que José Miguel sigue firme su camino de progresión, que hay que estar con él, que hay que escucharle y, sobre todo, hay que beberle. Enamorado de su tierra y de sus vinos volví. Por cierto...¡casi me olvidaba! Al padre de José Miguel le costó un poco seguir el ritmo e ideas del hijo sobre todo con las uvas tintas. Pero es uno de sus más fieles aliados. De las pocas parejas padre-hijo que, con un cambio de mentalidad y de haceres tan grande por medio, andan codo con codo en el campo y en la bodega. Una alegría y un placer verles ahí a los dos.

25 mayo, 2014

Ácrata bobal rosado Verano 2011


La cuesta sube hasta la ermita del Cristo de los Remedios y desde allí, el poder divino y el poder terrenal de Jesús Lázaro de Diego (Kirios de Adrada) dominan Adrada de Haza (Burgos). "Vinos de la tierra y de la Vida" es su lema. En el caso de Jesús no hay palabrería ni vanidades. Seriedad, austeridad, trabajo intenso, sentimiento profundo. Sus viñedos están en ecológico desde 1993 y en biodinámica desde 2002. El paso de los años acabará poniendo a cada cual en su lugar y la forma en la que Jesús trabaja sus campos y las uvas recibirá su recompensa. El reconocimiento de los que amamos las cosas auténticas ya lo tiene, tanto con la variedad de uva estrella de la DO Ribera del Duero como con las que embotella como Vino de la Tierra de Castilla y León. Con estas últimas ideó un homenaje a aquello que hace que sus viñedos sean lo que son: el respeto máximo  hacia ellos en cada estación del año, consciente de que aquello que la tierra te acaba dando es proporcional a lo que recibe de nosotros. La colección Las Cuatro Estaciones del Año entronca con la más romana tradición del culto a los símbolos de cada una de ellas. Primavera, con albillo, pirulés y flores. Verano, con bobal y trigo. Otoño, con garnacha y hojas caducas. Invierno, con nieve en los campos y monastrell.

Las variedades llamadas "valencianas" en la Ribera son las auténticas protagonistas de esta recuperación de tradiciones vitivinícolas, aquellas que llegaron del Levante hace muchos años y ya nadie considera como de la zona, sobre todo la bobal. Pero Jesús sabe que sí lo fueron y con ellas nos ilumina con dos de los cuatro vinos de la colección (verano e invierno). Desde mi visita en marzo de 2013 (aguanieve caía sobre Adrada...), me quedé prendado de la bobal y la garnacha (otoño). Por casualidad las encontré hace bien poco en La Vinoteque de Terrassa (¡qué tienda tan interesante!) y el recuerdo vivo del Ácrata rosado del 2012 (en marzo de 2013 todavía estaba fermentando y tenía unos sabores...), hizo que me llevara una botella del 2011, que no había probado jamás. Homenaje a los claretes de antaño, este bobal procede de viñedos en vaso de entre 70 y 100 años, despalillada la uva y con fermentación espontánea y natural, sin clarificar ni corregir, la altura (sobre los 900 msnm) y la edad de los viñedos, el cultivo y las largas fermentaciones otorgan un carácter único a este vino. Es un rosado de 14% vendimiado en octubre que necesita aire en la copa y dosis de paciencia. Cuando se abre muestra un estilo largo y goloso, tanto en nariz como en boca. Guindas y fresitas maduras del bosque, cuerpo y untuosidad. Zumo de granado y naranjas sanguinas, madroño y, con el oxígeno, un cuerpo que del  volumen pasa casi al estilete. Largo y con un posgusto algo amargoso, trae también recuerdos de higos en sazón y de levaduras. Me costo 6€...

21 mayo, 2014

Palazuelo 2005 por Raúl Pérez


Soy admirador del Proyecto/Bodega/Vino Matador. He hablado de él en otras ocasiones y procuro estar al tanto de las novedades que salen, tanto como de ir repitiendo aquellos vinos que más me han gustado de ediciones anteriores de la revista. Unir la creatividad de un artista plástico con la de un artesano de las cepas es algo estimulante y muy bonito. Me gusta y me interesa seguir los resultados. Entre mis preferidos, siempre han destacado tres: el vino de Hidalgo con Scully (excepcional, sin duda, ese palo cortado del pago de Miraflores); el de Clouet para Alfaro (vino tranquilo, antes de la segunda fermentación en botella y del champagne, hecho en botas de Sauternes: para llorar) y esta mencía 2005 de Raúl Pérez (en la DO Bierzo) con obra de Palazuelo. Desconozco los límites de la complicidad entre ambos artistas y no sé si hablaron mucho o poco de la obra y del vino con la que iba a beberse esa obra (y viceveresa: de la obra con la que iba a verse ese vino).  El caso es que la relación entre el mago/maestro Pérez y Pablo Palazuelo funcionaba bien en las dos botellas que había bebido de esta unión.

Cierto es que la mencía de Raúl tenía una opulencia y un empaque que desbordaban la obra de Palazuelo (en la etiqueta, inferior, la véis), pero no lo es menos que la síntesis y la sencillez casi prehistóricas de Palazuelo conectaban a la perfección con el perfil más oscuro y austero de la mencía, que lo tiene. Hasta que llegó 2014 (para este 2005: 9 años). La última botella que he bebido de esta mencía que tanto me gustaba, muestra ya claros síntomas de agotamiento, de cansancio, de estar llegando al final de su vida como obra de arte que era. Mientras, la contraparte de Palazuelo sigue ahí, viva y rampante, desafiando el paso del tiempo con casi desbordante juventud. Con las otras uniones que he citado, ambas obras de arte siguen su camino juntas, con fuerza y claridad. Aquí, han empezado a separar ya sus caminos. Mucha evolución en el vino de Raúl Pérez para ser un 2005 (en cualquier caso, para uvas en terreno pizarroso, fue una buena, casi gran añada en España), tabaco, hojas secas, cedro, ceniza, calor de hogar. Pizarra oscura y de paso algo lábil (le cuesta afianzarse en el paladar), ha perdido casi por completo las trazas de la fruta que llevaba y queda ya con los ropajes de los aromas terciarios de su vida con la madera y en botella, bastante extremos. Algo desequilibrado en boca en relación con lo que la nariz te dice: esa nariz (poderosa) de evolución no encuentra ya un apoyo firme en el vino en boca. Ciruela pasa. Poso de café. La historia fue hermosa mientras duró pero me da la sensación que está llegando a su fin.

16 mayo, 2014

Kreydenweiss Muscat 2010



Las cosas del azar: con el grupo de la revista Sentits habíamos conocido a Marc Kreydenweiss en Calce esa misma mañana. Les caves se rebiffent 2014 reúne, en una fantástica iniciativa, a las seis bodegas de ese pueblo mágico para el vino que es Calce con seis invitados, uno por bodega. Comparten espacio, comparten vinos, comparten pasión. El invitado de Olivier Pithon era, este año, Marc Kreydenweiss. Tanto tiempo bebiendo sus vinos y le conocimos en Calce: un tipo sencillo, humilde, joven, sensible que hace vinos y destilados en Alsacia que hacen pensar y disfrutar. Su padre trabaja en el Ródano, él se ha quedado en Andlau, su paraíso. Por la noche, antes de llegar a casa tenía cierta necesidad de burbujas...paré para comprar algo que me apeteciera en la Vinacoteca. Nunca falla... Te llevas lo que te apetece más alguna recomendación sensata de Carlos Persini. Él, no yo, me llevó hacia los blancos y cuando me hizo caer en la botella de muscat de Marc, ¡para casa se fue!

En la etiqueta no lo dice claramente pero la expresión "vin sec de charme" (que encaja a la perfección con el espíritu de este vino) se repite en la contra de la botella y en la parte de la página web que Marc dedica a su "jardín de cepas", su Clos Rebgarten. No sé si tiene que ver con que Carlos comentaba que 2010 era su última añada en este Clos...En cualquier caso, este muscat ottonel en pureza es un vino que encanta, fresco, ácido, dulce (siendo seco), apacible, meloso. Muchas cualidades que parecen casi contrarias pero que conforman el buqué de un vino muy especial. Ideal para los espárragos, con un punto de oxidación, sin duda. Amable y meloso, sí, con un recuerdo de miel de tomillo y un dejo de flor de lavanda salvaje. Espíritu festivo del mes de septiembre en el campo. Ácido y fresco en la boca, con recuerdos del prado al amanecer y destellos de caramelo de hierbaluisa. Pétalos de rosa. Moscatel mineral, también, con ráfagas de hidrocarburos de sus hermanos de terruño.

Corona de flores. Destellos de La Lune de Mark Angeli. Sorprendente. Una moscatel preciosa, tersa, vibrante, amable pero sin empalagos. Con las horas, asoman aromas de trufa blanca y de pimienta rosa. Encantador. Voló la botella y se echó mucho de menos la segunda botella...

11 mayo, 2014

Abel Mendoza Selección Personal 2010


Cualquier persona que esté en el mundo del vino, tiene con seguridad unas cuantas historias de amor que contar sobre vinos y personas de La Rioja. Una de las zonas vitivinícolas de España que puede explicar historias sobre el vino, documentadas, desde el siglo XII, que respira vino y cultura del vino por todos sus poros, encuentra en las personas más sencillas y apegadas a sus viñedos a la mejor encarnación de su espíritu. Abel Mendoza, sin duda, es una de esas personas. Con viñedos que miran al norte y se sitúan al norte del río Ebro, entre San Vicente de la Sonsierra y Labastida, su timidez y sencillez no ocultan una enorme profundidad de pensamiento y una gran cultura del vino (de España y del mundo entero, aunque con especial apego a la Borgoña). Su capacidad para  saber escuchar tanto como para transmitir ideas y convicciones, con pasión y con razones, son grandes.

Un tipo entero y honesto hasta los tuétanos. Un viñatero que hace mucho y dice poco. Hablan sus vinos. Yo digo una cosa: quien tenga pocas experiencias todavía en la Rioja, vaya a buscar alguna de sus botellas y, si puede, se pasee algún día por la zona. Encontrará, a no dudarlo, una parte del alma de la Rioja, en persona y en botella. Este Selección Personal 2010 es un buen ejemplo de lo que digo. En una añada excelente, Abel encuentra el punto de equilibrio entre la austeridad de su tierra, la suya propia y la calidad de su tempranillo. Este vino dice tanto y tan bien de Abel y de su tierra, de esa parte de la Rioja que es, quizá, la que más me enamora, la que nace y crece al amparo de Santa María de la Piscina. 13,9%, con un vino que ofrece fruta delicada pero austera. Picotas y suavidad, firme tanicidad. Vino sin concesiones, vino serio, vino estandarte de la mejor Rioja. Zarzamora. Vino de pueblo. Vino de tanino casi cuadrado. Tinta china azul. Brezo. Aromas secundarios de fermentación con las horas: fruta con compostura. Madera equilibrada, le dará todavía largos años de vida al vino y de placer a quien beba un 2010. Largo recorrido, en nariz y en boca.

¿Dónde está el sentido, el eje de gravedad en un viticultor? En sus vísceras y en su tierra. Esto es Abel Mendoza. Este tempranillo de selección personal cautiva y atrapa por su sencillez, por su temple y por su seriedad. Por su amabilidad, también, tanto como por su rústica textura: las palabras justas, bien medidas y mejor dichas. En su momento. El vino es Abel, Abel es su vino. Nada en exceso. Escuchar, aprender, callar. 

06 mayo, 2014

Priorat y Montsant Tast del decenni 2004


Hace ahora 10 años, en 2004, se publicó uno de los libros más bonitos sobre el Priorat: Priorat. El territorio y el vino de la DOQ Priorat, con textos de Anna Figueras, Rafael López-Monné, Toni Orensanz, Mauricio Wiesenthal y Xoán Elorduy y fotos de López-Monné (Lunwerg Editores-Consell Regulador DOQ Priorat, Barcelona). Textos que cuentan la historia, textos que ofrecen los datos, fotos que revelan el alma de un territorio. Un libro hermoso, que releo con frecuencia. Un libro útil, además, porque da los datos de la actualidad en 2004. En la DOQ Priorat, en 2004, había 51 bodegas inscritas y más de 600 viticultores. Y veníamos de un 2001 (año de la fundación de la DO Montsant) en que existían 40 bodegas y 554 viticultores. Lo más importante: las Ha por bodega habían pasado de 30,7 en 2001 a 35,4 en 2004 y la evolución de la producción por Ha había tocado techo en ese 2004 (11,35 Hl).

Estas serían razones suficientes para considerar que 2004 fue un año especial para la DOQ Priorat. Probablemente lo fue menos para la DO Montsant que todavía estaba dando pasos (que poco a poco se van confirmando como certeros) en la construcción de una identidad propia, aunque también por eso, quizá, año significativo porque no pocas bodegas empezaban a sacar sus botellas al mercado con, precisamente, la cosecha del 2004. No tengo los datos exactos del año para la DO Montsant pero puede que el total de bodegas que trabajaban en el territorio prioratino y en esas DO y DOQ ese año fuera alrededor de sesenta y pocas. De éstas, 24 (había un vino tapado que sumaba el 25: un ÀN 2004 de Felanitx), con mayoría de dos tercios (por razones obvias) para la DOQ Priorat, ofrecieron sus botellas (es un acto voluntario, organizado por los consejos reguladores y el  VITEC) para un Tast del Decenni que se prometía de gran interés. Estar en una sala llena de grandes profesionales, muchos de los cuales habían hecho los vinos que se cataban y comentaban a ciegas, es una oportunidad única de aprendizaje. Y quiero agradecer con sinceridad y de corazón que me invitaran a participar en ella. 2004 también fue un año especial para mí en el Priorat: aunque visitaba la comarca dese 1979, mi primera vendimia fue la del 2004.

2004, además, fue especial porque vino después de 2003...El 3 de mayo de 2013 se hizo el Tast del Decenni 2003-2013 con 17 vinos y unas conclusiones de la sala bastante claras: un año muy complicado, con un proceso general de maduración de la fruta muy difícil, tres picos de calor en tres meses, agua en septiembre y octubre y  gente vendimiando en noviembre. Una añada muy heterogénea e irregular. 2004 se  convirtió en la gran esperanza de la zona y el paso de los años por las botellas así parecía confirmarlo. Quisiera aportar algunos datos para enmarcar la sensación general. En ese año las cosas fueron sucediendo cuando tocaba y bien, con una lluvia por debajo de la media 2004-2010 (excluyo 2003), pero bien caída; con calor cuando tocaba (aunque con dos picos importantes en julio y agosto); con una humedad relativa media que ayudó mucho a llevar bien la temperatura; y con unas diferencias térmicas día-noche en julio y agosto que llegaron a los 14ºC. En resumen: calificación de Excelente.

De las 24 botellas probadas, 8 eran de la DO Montsant y aunque se notó alguna diferencia, creo que se puede afirmar (hablaré de algunos vinos en concreto, pero casi me interesan más las ideas de conjunto sobre lo que percibí y anoté), que, en general, los vinos evolucionan bien o muy bien y muy pocos mostraron estar ya en una fase final de su vida activa. Seguramente, el que más mostró ese estado fue el tapado. Me sorprendió, con todo, que algunas de las características que, a lo largo de los años, había anotado sobre todo para 2001 y 2004, o no existían ya o se mostraban con mucha timidez, como si el proceso de vinificación, primero, y de evolución en botella, después, las hubiera metabolizado y absorbido en estos diez años. Poca presencia de aromas de los distintos tipos de pizarra, poco grafito y una paleta menos evidente de lo habitual en el resto de lo que era más característico de la zona en la época: poco sotobosque (hojarasca, raíces), pues, poco balsámico (cedro, eucalipto, regaliz, incienso), pocas hierbas de secano (hinojo, romero).

Digamos que se está produciendo, en estos momentos de 2014, una síntesis de sabores en los destaca más un buqué general que no elementos intensos y por separado. Sólo algunas zonas, más frescas quizá y con menos presencia de llicorella, siguen ofreciendo fruta fresca y trazos de aromas primarios. En una cata como ésta, además, y aunque los vinos llevan horas decantados y todas las botellas se han homogeneizado, se es esencialmente "injusto" con los vinos porque los minutos (pocos...) en copa les hacen ganar a todos en intensidad y profundidad. Algunos vinos, muy pocos, siguen mostrando una hermosa combinación de notas florales (violeta), un poco de alcohol, un mucho de frescura (las volátiles más medidas, en mi gusto, por supuesto)  y alguna pequeña nota empireumática (cacao y café). Notas habituales en otros momentos de la vida de estos vinos, también se han atenuado de forma notable en mi percepción: las especias, sobre todo (clavo, nuez moscada, pimientas) y en buena medida, las notas animales (cuero y reducciones). En cambio, las notas a fruta confitada (cassis, melocotón o albaricoque) y a fruta seca, todavía más (higos secos, pan de higos y ciruelas secas), se mantienen en muchos de los vinos.

Los vinos del 2004 que más me gustaron el pasado 2 de mayo de 2014, los que mostraron, en mi opinión, una mejor evolución y los que seguiría comprando para ver y gozar de su espléndida madurez, fueron (en el orden en que los catamos y entrecomillando mis notas literales): DOQ Priorat, Más d'en Gil, Clos Fontà. "Todavía se nota la calidad de la garnacha, fruta fresca, calor de hogar, hinojo, algo de chocolate, un vino vivo". DOQ Priorat, Clos Figueras.  "Por fin, la flor (violeta), un punto de reducción, cuero, noble, buena estructura, punto alcohólico, cerezas. Fino y delicado". DO Montsant, Venus La Universal. "Vino fantástico, entero en la boca, un poco reducido, cuero viejo, tinta china oscura, oscuro y complejo. " DO Montsant, Celler de Capçanes, Cabrida. "Flor de nuevo, fruta fresca, miel de brezo, ligero en boca, astringencia notable, ligero y fresco, casi parece que lleve algo de vino blanco..." (y no lo lleva, claro...). DOQ Priorat, Capafons-Ossó, Mas de Masos. "Caramelo de violeta, vino intenso y profundo, fruta fresca, eucalipto, muy entero en boca". DO Montsant, Vinyes Domènech, Teixar. "Chocolate con Porto, avellanas tostadas, higos secos, entero y fresco en boca, placer".

Fue una experiencia extenuante pero muy gratificante. Con los comentarios de los compañeros de cata, los datos de la vinificación que voy recogiendo ahora (a priori uno no sabe qué va a beber), más los datos del clima y de la geología de cada zona (que ahora conocemos mucho mejor tanto para la DO Montsant como para la DOQ Priorat), aprende uno lo que, literalmente, no está escrito

Las fotos, extraordinarias, son de Rafael López-Monné: gràcies, company!

04 mayo, 2014

Fonseca Setúbal Sup. 1955 en compañía


28 de mayo de 2014. Monvínic, Mannel Serrano y Fonseca convocan a una cata de moscateles de Setúbal (todos de la casa Fonseca), que  dibujan una corona de joyas, alguna de ellas de un valor muy notable. Entre ellas, Cèsar Cánovas, decide proponer (qué selección más atractiva) cuatro moscateles de otras zonas. Una noche memorable, una noche para los amantes de la variedad moscatel en sus múltiples expresiones, incluso si tenemos en cuenta que se trata de moscateles de Alejandría (la mayor parte de ellos, se coló un extraordinario Muscat de Frontignan) que han sido encabezados de distintas formas.

En mi cabeza y en mis notas, quedan ya para siempre cuatro vinos imprescindibles: Jose Maria da Fonseca Moscatel de Setúbal Trilogia. Contiene vinos de tres añadas que la bodega considera muy bien (1900, 1934 y 1965), 18,2% y 185 gr/L de azúcar residual. El azúcar y el alcohol se han fundido en un sutil abrazo, el vino está muy vivo y fresco, con una acidez notable y un despliegue de aromas de frutos secos (higos pajareros), de maderas (ese olor de madera noble, cedro, caoba, a la que se acaba de pasar el cepillo), de café torrefacto y de ceniza de puro. Un vino de placer inmediato. Yalumba Rutherglen Museum Release, de Victoria (Australia), los viñedos de Muscat de Frontignan. 18%. Mezcla de añadas, aunque no fueron identificadas. Como en todos estos casos, lo que importa es la maestría del ensamblador, un arte que formaba parte del DNA del vino hace apenas unas docenas de años y que se va perdiendo a marchas forzadas. En este caso, el resultado es apabullante, al nivel de la impresionante frescura y acidez que muestra el vino (alguna añada reciente habrá...). Pan de higos y olivas negras  muertas junto con frutas como la piel del limón o la rosa algo mustia. Volumen y tensión en boca. Gran cuerpo. Terciopelo en la mejilla. Cierto perfil oxidativo. Delicioso. Para tomar como plato principal.

De Muller Moscatell Ranci Solera de 1929. Todos los jóvenes, para salir graduados de su secundaria, ya con 18 años (por supuesto) tendrían que probar este vino. Puede que  esta saca presentara alguna arista de alcohol todavía por ensamblar con el conjunto, pero la historia que representa esta gama de vinos de De Muller debiera ser bebida y meditada por todos. Vinos que te meten directos en la historia de la tierra. Impresionante su profundidad, cómo te introduce en las raíces de los mejores vinos de esta tierra, de este clima, de sus características. Atrapa la pituitaria y no la suelta. Avellanas tostadas. Todas las texturas de la sombra, de la oscuridad, de la dulzura en un Mediterráneo cálido, avanzado ya septiembre. Y para el final, el vino más destacado, el que da título al post: Jose Maria da Fonseca Moscatel de Setúbal Superior 1955. Para Cèsar Cánovas, el vino de la noche. Para Mannel Serrano, uno de los tres vinos de su vida (él es de 1955). Para mí, el vino que me llevo en la memoria de mis emociones para siempre: 18,9%. 328gr/l de azúcar y una acidez de 7,42 en tartárico. Un vino excepcional. 150 botellas de las que quedan en la frasqueira 50. Dos viajaron para fortuna de unos pocos. Exponente máximo de un estilo y de una uva en una tierra que vive desde hace más de 200 años esa tradición. La tradición hecha vino en una añada antológica. El primer golpe de nariz te da, todavía, aromas primarios de fruta: 59 años han pasado...Frescura de la mora cogida en su punto. Todos los aromas del tostado, pero sobre todo, pan de payés y avellanas. Acidez perfecta. Esqueleto del vino íntegro y mostrando todo con discreción. Oxidación. Es un vino que tiene todos los puntos de registro del vino dulce hecho con estas características. Amable y sutil, depositar este vino en la boca y en tu cuerpo produce el famoso efecto Catulo: todo tú te conviertes en nariz, todo tú te conviertes en poro que quiere asimilar y disfrutar cada gota.