31 marzo, 2014

Alimentaria Intervin 2014




Con el permiso de mi jefe, voy a dar un buen repaso a Alimentaria y a Intervin 2014, con algún añadido que promete en algún pabellón distinto al de Intervin. Prometo contar, aquí o allá, lo que más me ha gustado y por qué. Tengo la intuición de que esa "revolución" en el mundo del vino español, a que hacía referencia hace unos días Víctor de la Serna en Twitter, va a tener una buena representación en Barcelona. Aquí y allá también. Convendrá estar al quite y no perderse nada...

23 marzo, 2014

Le Corbusier, el vino, un blog y Mies


Una mañana bien pasada en CaixaForum Barcelona, viendo y entendiendo una exposición sobre Le Corbusier, Un atlas de paisajes modernos. Tocar con las manos un vino. Pintar las sensaciones. Describir sus formas. Purismo con las mínimas palabras = la palabra justa como expresión del trazo puro. Mostrar el alma de quien hace el vino. Entender su paisaje. La pureza. La esencia. La energía. Una mañana bien finalizada con Mies van der Rohe y la sencilla instalación de Jordi Bernadó en él. Imprescindible. "Less is more". O como escribiera Leigh Fermor: "a time to keep silence".

16 marzo, 2014

La mano que acaricia la masa


Cuando alguien desea algo con intensidad, acaba consiguiéndolo. Cuando alguien desea algo con intensidad, genera en su interior un motor de pasión y de cambio que afecta a todo lo que le rodea, empezando por uno mismo. Cuando alguien que desea algo con intensidad, conoce y se enamora de otra persona que también desea algo con intensidad, algo importante puede suceder. Cuando dos personas que se conocen y enamoran, desean con intensidad una misma cosa, la fuente de energía que generan puede con todas las dificultades.

Esta no es una historia del mundo del vino. Es la historia de dos personas que desean algo con intensidad, que se conocen, se enamoran y acaban convirtiendo en realidad su deseo. Este es un relato de emoción, de admiración, de cariño, de belleza, de paz y de buenos sabores. En el cuerpo y en el alma.

Para mí, empieza en mi último curso como profesor realmente en activo, hace ya unos años. Los estudiantes de Filología Clásica suelen ser muy vocacionales: nadie parece encontrar provecho en educar su mente y su forma de pensar y ver el mundo actual y a sí mismo (no se trata de otra cosa) a través de los textos y de la civilización grecorromana. Los que nos encontramos allí, lo hacemos porque realmente nos gusta. En ese curso, tuve a dos estudiantes brillantes. Dedicadas con intensidad al estudio, abiertas a escuchar todo pero aprendiendo por ellas mismas. Geniales. Disfruté mucho trabajando con y para ellas. Termina el curso y organizan (para mi pasmo) una fiesta de graduación...En la fiesta, todos radiantes y hermosos, todos intentando descubrir dónde les llevaría su futuro de recién graduados. Mi estudiante preferida, que es la protagonista de esta historia (que no es de vino), me coge en un aparte y me confiesa: "mira, Joan...yo lo he pasado muy bien estudiando Clásicas, he disfrutado...pero mi auténtica pasión es el mundo de la pastelería. Quiero ser feliz haciendo que la gente sea feliz con mis pasteles".

Me quedé pasmado. ¿Era posible que la mejor estudiante, la que tenía mejores notas, la que me había hecho un trabajo que muchos profesores universitarios matarían por saber hacer, me dijera eso? Podría haber tenido acceso a becas, a hacer una carrera académica, a lo normal, vamos. ¿Èlia, normal? ¡¡¡Èlia quería ser pastelera!!! Me relajé en un instante, nos apartamos un poquito más y empezó el segundo turno de confesiones...el mío. Ella no sabía nada de mi pasión por el vino. Y allí nos hicimos cómplices del lado "oculto" de nuestras vidas. Nos hemos ido encontrando durante estos años. He ido sufriendo con ella los desmanes de las escuelas de hostelería, sus cosas buenas, las prácticas robadas, las explotaciones inhumanas en pastelerías y restaurantes, las rabias, los despidos. Merendando (que es lo que más nos gusta) o comiendo de vez en cuando, nos íbamos poniendo al día.

La próxima cita tenía que haber sido en Pastisseria Ochiai, una de mis preferidas de Barcelona, que Èlia no conocía. Pero antes se cruzó un mail en el camino. Era de Èlia y lo mandaba el 4 de marzo pasado. "Tenía ganas de escribirte", me dice. "Hace tres meses, a mi chico y a mí nos ha llegado la oportunidad de la vida". Se traspasaba una pequeña cafetería en el pueblo donde Riki había nacido, Begues, y ellos decidían poner todo para dar forma a su sueño: ser dueños de su vida profesional (ella pastelera, él somelier y barista profesional), y abrir el local que diera rienda suelta a ese deseo que habían perseguido con intensidad. Querían hacer felices a la gente en su local, con sus pasteles y con una máquina de hacer café.  La cafetera - més que cafè es una cafetería, sí. Es una pastelería, también. Pero es mucho más que eso, muchísimo más...es un deseo hecho realidad. Es una intensidad hecha energía. Es una pasión recién salida del horno. Es un perfume y mil combinaciones de sabores hechos de harina y de café (y tantas cosas más...) que se instalan en tu corazón, que se apoderan de tu estómago y que te hacen salir del local con una sonrisa de felicidad y de agradecimiento.

Ellos no lo saben. Riki y Èlia. Èlia terminaba su mail así: "sólo quería decirte que hemos abierto e invitarte algún dia, si pasas por aquí camino del Penedès. Me haría mucha ilusión verte e invitarte a merendar". Tardé solo dos días en encontrar un "pretexto". No lo saben pero si no me hubiera chiflado lo que comí y bebí, no habría escrito esta historia. Se habría quedado en un asunto particular. Porque ya no escribo por escribir, se trate o no de vino. Sólo escribo cuando me apetece mucho y cuando creo que la ocasión se lo merece. Son jóvenes. Se han enamorado. Han deseado con intensidad modificar su realidad y han tenido la suerte de encontrarse y hacerlo. Trabajan muy bien, además. Y merecen que la vida les ayude un poco ahora. Están en Begues que es, desde ahora, uno de los epicentros de mis emociones dulces. Quien aprecie la bondad y la belleza de un buen capuchino o de un trozo de tarta de chocolate y plátano o de un buen cruasán recién horneado o de un chocolate a la taza, tiene que pasar un rato en La cafetera - més que cafè. Compartirá con ellos la bondad de lo que hacen. Compartirá su felicidad y será, también, más feliz.

09 marzo, 2014

El claro en el bosque


Cuando conocí a Iolanda pensé enseguida en Marisa Madieri. Su vida compleja, nacida de una circunstancia histórica también compleja, la llevó de su Fiume natal al exilio en Trieste, en el duro tiempo de la segunda posguerra mundial (en la que sería la Yugoslavia de Tito). Nada ahogó su visión alegre y romántica de la vida. Conoció a un hombre muy especial (Claudio Magris) y vivió con intensidad. Escribió poco pero su obra llegó y ha impactado. Su íntima identificación con la naturaleza la llevó a escribir La radura, "El claro del bosque", la fábula de la corta vida de una hermosa y delicada margarita. Cuando conocí a Iolanda y me di cuenta de su profunda conexión con el mundo de las flores, pensé que había llegado a un nuevo claro del bosque. Un claro en el que el aire circulaba con libertad, en el que el sol brillaba con intensidad, en el que las flores convivían en paz con el resto de habitantes del bosque. Un claro en el que la energía y amor de Iolanda y Jacint permitían que todo fuera más fácil y amable, más intenso y agradable.

La experiencia gastronómica que Iolanda propuso demostró que la intuición era buena. No se trataba de una presentación más del libro (de hecho, sólo fue el pretexto y de él, a pesar de Umbral, casi no se habló), sino de la reconstrucción de una mesa de convite casi homérica. Amigos y conocidos, gentes extrañas que se veían por primera vez, nos sentábamos alrededor de una hermosa mesa (26 personas) para compartir experiencias de viaje, para comer y beber las sensaciones que Iolanda, con sus platos, y yo, con los vinos que había seleccionado, proponíamos. Para encontrarnos y, un poco por lo menos, reencontrarnos a nosotros mismos en el placer de la convivialidad. En eso consiste viajar. Felicidad y belleza. Intensidad y placer. Sabores y armonía. Entre todos conseguimos olvidar el libro que nos había llevado a La Calèndula y centrarnos en lo importante: saborear el conocimiento de la naturaleza y la fuerza creativa de Iolanda junto a la artesanía en el viñedo y energía de algunos de los talentos vinícolas de nuestras tierras.

Algunos detalles bastarán para explicar el alcance de la operación emocional a que nos sometimos. La tempura de borrajas silvestres con romesco de piñones, poderosa, encontró su equilibrio en la frescura y alegría del Cava Bruel, de Alta Alella. Uno de los momentos brillantes de la cena llegó con el bacalao ahumado con hinojo y mostaza. Encajó a la perfección con el xarel.lo joven pero ya complejo de Clot de les Soleres 2012: untuosidad y paladar meloso junto a vino fresco y rampante, con profundos aires de campo. La culminación (para mí, claro...) de texturas, sabores y contrastes llegó con el plato que muestra la foto inferior: terciopelo de guisantes con calamar, malvas y caléndulas silvestres. Las dos texturas del guisante, la acidez de las flores, la frescura crujiente del calamar encontraron en el Sauvigon Blanc 2012 de Còsmic Vinyater la otra mitad de su alma: un vino que evoluciona de maravilla en botella, que deja atrás una acidez de acero para instalarse en los terciarios del hinojo, del campo más amable, aunque de altura. Mineral y fresco, con suaves terpenos y prado mojado al amanecer, la armonía de este plato con el vino se queda ya, para siempre, en mi memoria. Y propongo, además, ir evolucionando receta y vino temporada de guisantes tras temporada de guisantes. A lo Senderens: con ingredientes sencillos pero midiendo bien la evolución del vino.

Un beso estampado en cada mejilla, la sonrisa y la felicidad de Iolanda y Jacint, la conversación de los amigos y una profunda sensación de bienestar me dijeron: "has llegado a tu playa de los Feacios y Nausicaa te despertará con un suave beso y la conversación alegre de sus amigas". Cada viajero tiene que ir encontrando sus puertos y sus playas. La Calèndula es ya, sin duda, uno de los míos.

04 marzo, 2014

Còsmic Vinyaters


Cada vez que me pregunte por qué sigo con el blog y qué me da después de más de siete años de vida intensa, miraré esta foto. Aquí está la respuesta. Miradla con atención: son dos parejas felices. Se han encontrado cada una de ellas, lo saben y lo disfrutan a su manera. Se nota. Pero es que, además, las dos parejas se ven por primera vez. Y también saben que se han reencontrado. También son felices por eso. Ellos son los motores del asunto, con una amistad que viene de lejos, cimentada en la cepa y en el vino, aposentada en un territorio compartido (el Baix Penedès) y, ahora ya en la lejanía, renovada con este encuentro que, para nada, fue casual. Lo provoqué yo, con la complicidad de Iolanda Bustos y de una tercera persona. En la cena de La Calèndula del pasado 28 de febero se reencontraron. Eduard Pié, Sicus (izquierda) y Salvador Batlle, Còsmic Vinyaters. Les he conocido en los últimos meses. He estado con ellos en sus viñedos y bodegas. He bebido sus vinos con ellos, solo y en otras compañías.

Lo tengo claro. Eduard en la sierra de Bonastre, con sus xarel.los y sus monastrells. Salvador, en la sierra del Montmell (con sus cabernet francs, sus sauvignon blancs y marselans) y, desde esta cosecha 2013, en Agullana (Alt Empordà), con sus garnachas rojas y sus cariñenas blanca y tinta, son el revulsivo necesario para los vinos de esta tierra. Son el espejo en el que todos los que nos interesamos por el vino tenemos que mirar, entender, beber, opinar y situarnos. En positivo o en negativo, qué más da. Son los tractores (en el sentido etimológico de la palabra), los que, con fuerzas y maneras distintas de hacer, tienen que acabar arrastrando al resto. Eduard es la fuerza tranquila, la reflexión, la pasión meditada, la sensibilidad sin fronteras. Salvador es la fuerza indómita, la valentía, la energía, la correa de transmisión con todo ser vivo que se mueva cerca de él. De Eduard escribí hace poco. No me fue difícil, aunque lo que voy entendiendo y digiriendo con él de su trabajo requiere de un proceso lento.

Con Salvador (Còsmic Vinyaters) me es más complicado. He estado ya dos veces en sus viñedos de Agullana, he estado dos veces también en su bodega mínima y en las dos ocasiones me han pasado las horas sin que ni se me haya ocurrido sacar la libreta y tomar alguna nota. Agullana es la parte positiva y brillante de las fuerzas que se concentran cerca de donde Pompeyo cruzó los Pirineos. Y entre el paisaje, que te llama y arrastra sin remedio, y Salva, que hace exactamente lo mismo, se queda uno casi en blanco. Sensaciones, sentimiento, pasión y ¡ni una nota tomada! Los viñedos que gestiona Salva son de una pureza única. No hay nada entre ellos y el cielo. Comunicación y entendimiento. Eso hay. Mínima intervención, biodinámica. Cepas viejas (sobre los cuarenta años). Intuición, comprensión de qué necesita cada cepa en su vinificación y un encuentro único entre las viejas cariñenas blanca y tinta y la "garnatxa roja" (la gris). En ocasiones utiliza barro (de Juan Padilla) o inoxidable o madera. Mezcla vinificaciones con un único objetivo: que notes sin filtros ni adulteraciones de ningún tipo (no hay insumos aquí, ni en forma de sulfitos: 100% natural) el poder de cada uva en su tierra y clima.

No sabría decir cuál de los tres vinos emporitanos me gusta más (tiene un cuarto vino, Essència, del que tenéis que recordar el nombre, por favor: pero de él hablaré en otra ocasión. Los vinos dulces de Eduard y Salva merecen un post único). Confiança es un vino de "garnatxa roja" de cepas de cincuenta años que se agazapan bajo la fuerza del sol del Ampurdán y de la tramuntana. Son cepas que expresan como ninguna otra la esencia de esa tierra. Las vinifica con las tinajas de Juan Padilla, levaduras del viñedo, pie de cuba hecho en el propio viñedo. Discreto color entre el hilo de cobre fino y la pie de la cebolla de Figueres, fragancia del suelo. Tierra y austeridad. Monte bajo y libertad. Es un vino que aletea en tu paladar, caballo ágil pero poderoso. Percherón de fragancia. Llibertat es un monovarietal de cariñena de cepas que viven más protegidas del viento. Aunque me confiese garnachero, el lector de este blog sabe que caigo con frecuencia en el placer de las cariñenas, tanto emporitanas como prioratinas. Confieso no haber bebido jamás una como ésta: opulencia y tesón. Mirto y corazón del bosque. Frescura y opulencia. Carnosidad y rusticidad. Valentía es un vino único. De cariñena blanca vieja. La fuerza de las pieles. La pasión por lo desconocido. El sabor de la retama en flor. El aroma del laurel y de la jara. La pasión embriagadora de aquello que te envuelve sin compasión, te arrastra y te dice "atrévete". Autenticidad. Difícil de entender si uno no ha pisado esos viñedos, visto esas cepas, absorbido ese paisaje, charlado y bebido con Salvador. Háganme confianza. Busquen esos vinos y déjense llevar. Esto no ha hecho más que empezar. El futuro es hoy y está con Salvador Batlle y Eduard Pié.