27 abril, 2013

En dominio de lobos

Viña Bolaita de Domaines Lupier en San Martín de Unx Elisa y Enrique son una pareja que se quiere y que vive con pasión cada uno de los momentos que han decidido regalarse con sus viñedos y sus vinos. Porque lo suyo no es trabajo, aunque vivan de él, es un regalo que se han hecho el uno a otro. Y para toda la vida. Lo suyo es pasión, es ilusión, es complicidad absoluta, es complementariedad. Del uno con el otro (Enrique lleva todas las cosas del campo, es ingeniero agrónomo; y las del vino en bodega, es enólogo; Elisa lleva la parte más pública de Domaines Lupier, sus ventas y su promoción, es economista y MBA) y de ambos con sus 27 parcelas (entre los 400 y los 750 msnm siempre en las cercanías de donde están su bodega y su casa, que es lo mismo: en San Martín de Unx), de las que saben todo. Nombres y apellidos de cada cepa, las características, sabores y aromas, tanto del suelo como de la uva de cada parcela. Es una gozada pasear con ellos y ver cómo hunden sus manos en el suelo, se llevan la tierra a la nariz y te explican cómo y por qué las uvas tienen, en ese viñedo concreto, este o aquél perfil.

Tienen dos vinos, siempre de garnacha tinta, El Terroir y La Dama, pero saben muy bien qué les da cada parcela y qué pueden aportar sus uvas a cada vino: el Clos, con cepas de 97 años, de suelo arcillo-calcáreo y arcilla en su profundidad, aporta raíces y magia. Horvás, con un marco de plantación más estrecho (1,5 x 1,5), es la estructura, el esqueleto de sus vinos, con arcillas profundas que huelen a intensidad. Bolaita, la más estrecha y, aunque algo baja, la más tardía porque está muy expuesta al cierzo, gélido, está en una cuenca y sus arenas calizas aportan una garnacha fina y delicada. Los Altos y sobre todo, La Cabezuela (¡una buena excursión para llegar a ella!), de más de 80 años, ofrecen una producción mínima a cambio de la fragancia más pura: unas gotas de perfume de garnacha y de flor de violeta. El elixir que complementa y embellece al resto. Enrique y Elisa muestran un compromiso total con sus tierras. No puedo decir que sean ecológicos o biodinámicos o seguidores de Fukuoka. Puedo afirmar que hacen de todo, mezclan conceptos y aplican técnicas en función de lo que sus cepas necesitan en cada momento, con la idea de que a la planta hay que dejarla lo más tranquila posible. Suelen arar una vez al año (están ahora en el debate de si mulo sí o sí: llegará, eso está claro, falta saber cuándo) y no usan ni un herbicida ni un pesticida. Enrique entiende a la tierra y sabe qué hacer con ella. Pasear por el campo con él es abrir el libro de la botánica oculta (a los ojos de un profano como yo, claro…) y poder leer allí donde parece que no hay nada escrito. Su herramienta principal está en las infusiones, tés les llama, de plantas naturales: algunas de las que se usan en biodinámica, sí (la milenrama, que oxigena las cepas y es un gran fungicida natural; o la cola de caballo, que sintetiza los oligoelementos que aporta la luz por la gran cantidad de sílice natural que lleva), pero también tés de espliego, que suaviza el estrés hídrico (aquí no hay riego, amigo…); o de salvia, que es buen fungicida también y ayuda a luchar contra el estrés a la planta…

2008 fue su primera añada, muy “académica”: salió todo lo que habían estudiado y aplicado en sus experiencias profesionales previas. 2009 es el año en que se sueltan, las maderas (de 225, 300, 500 y 600L) ya son de segundo vino y empiezan a entender que no todo son fórmulas. También hay improvisación y reacción porque cada añada tiene lo suyo. Esta 2009 me tiene enamorado: la lluvia de agosto cambió la fruta, la convirtió en una añada azul, fresca, con aromas de tinta china azul, de mirto, de húmeda arcilla. Todo ello en nariz, porque en boca, es una añada que cruje: piensa en las frutas rojas rugosas (la mora, la frambuesa), póntelas en la boca y mastica. Si la fruta está entera, no sobremadurada, cruje y suelta todo su poder aromático, fragancias y sabor en ese crujido mórbido. Eso es El Terroir 2009, con un paso ligero en boca. La Dama 2009 es más voluptuosa, con volúmenes y curvas (Elisa las dibuja muy bien en el aire), raso amable, ciruela madura, más cálida y seductora. Esas fueron las botellas que bebimos, pero lo que probé de las barricas y depósitos, de 2011 y 2012, me sigue hablando de poderes aromáticos brutales, de arenas y arcilla mojadas, de más frutas rojas, de tomillo y raíces.

 Elisa y Enrique viven y sienten el mundo de la viña y del vino como un proceso artesanal y catártico. Porque lo sienten, no tienen que hacer un gran esfuerzo en transmitirlo. Les sale de dentro, por cada poro de su piel, de sus miradas, de los gestos de sus manos. Y cuando sabes que has encontrado todo eso en una botella (como a mí me pasó con El Terroir 2009), te sientes feliz. Como si tras una larga travesía, hubieras llegado, por fin, al refugio deseado. Botellas de Domaines Lupier 2009

23 abril, 2013

Olivier Rivière, aquí y allá

La Losada en Navaridas de Olivier Rivière Olivier llegó a España hace casi diez años contratado por Telmo Rodríguez, uno de los grandes animadores del panorama vitivinícola español de los últimos tiempos. Empezó, pues, trabajando para él en la Rioja, pero bien pronto su inquietud y ganas de buscar vinos propios le llevaron a encontrar socios y aliados para crear sus propias marcas. Tiene tres grandes virtudes (y otras, seguro, que me habrán pasado desapercibidas…): como enólogo, admiro su capacidad técnica en la bodega. Además, es de los que interpreta con rapidez qué necesita el campo para dar lo mejor de sí. Y no hablo de cantidades ni de producción. Hablo de respeto por la tierra y de calidad en la botella, siempre atendiendo a las características de la uva en las DOs en que trabaja. Su tercera virtud es la honestidad. No engaña ni dice medias verdades. En la Rioja y con etiquetas propias (quizás hayas oído hablar de Rayos Uva o Ganko, dos riojas que se beben con placer y facilidad) trabaja desde hace seis años, pero hasta la primavera de 2012 no ha podido comprar su primer viñedo propio, una Ha y media en dos parcelas. Hasta ahora hacía vino, sí, pero con uvas compradas. El detalle lo indica con el color negro en las etiquetas: una etiqueta de Olivier con letras blancas sobre fondo negro te dice que ha comprado la uva (hacerse un hueco en la Rioja es extremadamente complejo y lento) y que, por más que se esté encima, no se han podido controlar al 100% todos los procesos en el campo. Y eso, para Olivier es muy importante. En la Rioja hay mucho productor de uva que no vinifica con marca propia, pero que se metan en sus campos a decirle qué hay que hacer…¡eso ya es harina de otro costal!

Tuve la suerte, la emoción también, de ser la primera persona que visitaba sus dos primeros viñedos en propiedad en la Rioja Alavesa, justo una semana después de haber firmado la escritura. Están en Navaridas, a 490 msnm, casi en llano, con cepas en vaso y un marco de plantación de 1,5 x 2m. Buena densidad para unas plantas que, en la parte más vieja de viñedo, son como mínimo de 1920. Y con lo que más le gusta a Olivier: el ensamblaje está ya en el viñedo, con cepas mezcladas de tempranillo, viura y mazuelo. Recuerda este nombre, La Losada, porque algún día verás un vino con él estampado en la etiqueta. Será con letras negras sobre fondo blanco. Ese fondo te dice que Olivier trabaja el viñedo, las uvas son suyas y controla todos los procesos del vino hasta la botella. Como sucede, por ejemplo, en el Alto Redondo (Dicastillo, DO Navarra), tres terrazas de garnacha y, pronto, también de mazuelo (de selección masal), que no llegan a la ½ Ha. 2012 fue un mal año, apenas 20 kg. No habrá vino. Pero 2011 se ofrece (monovarietal de garnacha), todavía en barrica, como un vino de extraordinaria finura, volumen en boca y todos los aires del monte bajo que alimenta esas cepas viejas (sobre los 80 años), tomillo sobre todo. También lleva letras negras sobre fondo blanco Basquevanas, el albillo de Covarrubias (DO Arlanza), uno de los grandes blancos de este país, un vino que en la añada 2009 es grande (las pocas botellas que quedarán: melisa, trufa blanca, ceniza de sarmiento, heno cortado, fino y largo, buena evolución), pero que en 2010 dará todavía más alegrías: más acidez, volumen, amplitud en boca, proteínas. Un vino hecho para demostrar lo que más le gusta a Olivier en un vino: que envejezca mucho y bien. Si le dejamos, claro… Alto Redondo de Olivier Rivière

20 abril, 2013

Tentenublo: por qué repican las campanas

Viñedo de garnacha en Viñaspre de Roberto Oliván Después de haber pasado media tarde con Roberto Oliván, me sentía como si hubiera estado en el túnel del viento tras un buen lavado: fresco, limpio y sin mota de polvo. Roberto es un vendaval de energía y de sabiduría vitivinícola acumulada por años de tradición (tan sólo de él no puede salir porque apenas roza los 30 años…: padres, tíos y abuelos tienen ahí no poca responsabilidad). Trabaja como asesor en algunas bodegas de txakolí, pero él es de Viñaspre (Rioja Alavesa) y sus viñedos más queridos (7 Ha tiene, repartidas en 19 parcelas) se encuentran entre el replano de Viñaspre y en Lanciego. Quizás tenga razón cuando llama a la zona “las Hurdes de hace 90 años”. Puede que esos replanos a los pies de la parte más amable de la Sierra Cantabria (suelos del Terciario, con un porcentaje elevado de arena, pero también con arcillas llenas de óxido de hierro y otras calcáreas), sean lo menos conocido de la Rioja, aunque algunas grandes bodegas no andan lejos y otras, de gente importante en el mundo del vino, se han instalado ya en la zona. Puede, pero eso va a cambiar. Y con rapidez. Las quebradas, los pequeños barrancos, los replanos, las zonas de valle, las laderas con inclinaciones de todo tipo se suceden entre los 650 y los 500 msnm. Diferencias térmicas, de suelo y de altura que hacen que Roberto pueda trabajar en bodega con sus tempranillos, sus garnachas y sus malvasías con más de un grado de alcohol de diferencia, con maduraciones que se alargan de forma amplia en el tiempo y con unas texturas, aromas, cuerpos y capas muy variados y personales.

Puede que con la cosecha de 2012 la cosa acabe en 1500 botellas de malvasía vinificada en seco, 5000 de tempranillo y 1500 de garnacha tinta. Hay que ir con cuidado porque alguna de las cosas que probé acabarán en gran vino. Y volarán todas. De la malvasía no puedo decir mucho porque estaba recién embotellada y todavía algo consternada por la brutal operación (embotellar siempre es traumático para un vino). Pero la tempranillo (Tentenublo se llama la marca de ese vino, que ya salió, y casi se agotó, en 2011…) tiene una carga de fruta inusual en la Rioja contemporánea (en un vino que no sale como joven de añada de maceración carbónica, entendámonos), tiene frescura cítrica (mandarina) y zarzamora, empaque, largura y un final serio y algo amargo (las lías con las que trabaja los tintos). Y procede de viñedos cuidados de una forma por completo natural, que fueron algo maltratados en el pasado, pero que se han regenerado con rapidez (la aparición de ajos silvestres es la mejor prueba, me señala Roberto). Claramente, una rara auis que recomiendo. Adictiva, hay que ir con cuidado. Me llevé al hotel la botella que descorchamos en la bodega y sin darme cuenta, casi me la pimplo entera, y solo. Conste que no tenía que conducir.

Si su tempranillo me da un toque de atención (a este chico hay que seguirle, sí o sí), sus garnachas centenarias me encienden ya todas las alertas. El vino, que quizás se acabe llamando “Escondite del agarcho” (el lagarto verde vive en sus viñedos y es un buen indicador de la salud del suelo de la zona), procederá de tres viñedos distintos y el que no te da sutileza y frescura, te da carga de profundidad, raíces y mineralidad. Creo que acabará siendo una de las grandes garnachas, no ya de la Rioja, sino del país entero. “Tentenublo” es la palabra con que se conoce al repique de campanas que se utilizaba en los pueblos de la Rioja para alejar a las nubes de granizo durante la maduración de la uva y en cosecha. De su efectividad no puedo hablar. Pero que Roberto escogiera, precisamente, un nombre de tradición tan arraigada en su tierra para el primer vino que ha hecho (2011 fue, en efecto, primera añada…), lo dice todo de las intenciones del joven: respeto máximo por la tierra (no son palabras, lo aseguro porque me las he pateado con él) y esmero por trasladarla a la botella. No es nada sencillo encontrar hoy en la Rioja paisaje sano y reconocible en una botella. Aquí lo encontraréis. Y es de una belleza arrebatadora. La cámara acorazada con el tesoro de Roberto OlivánPS. Casi olvido decir que quien me puso en contacto con Roberto fue Juan Cuatrecasas, bebedor atento y escritor voraz.

17 abril, 2013

¿Proemios a mitad de camino?

Desde Briones tras la lluvia del 11 de abril de 2013 Es una costumbre antigua, clásica, ésta de proponer una breve pausa, una reflexión, antes de proseguir el camino. Sobre todo, antes de finalizarlo en la meta que uno se había propuesto alcanzar. Digamos que se trata de un segundo proemio pero en un lugar que no es el que, por naturaleza, le correspondería. Con la breve pausa pascual, e incluyendo los días pasados en las Islas Canarias (en los que descubrí no pocas cosas...), son ya más de dos meses de camino, casi 9000 km rodados y más de 40 bodegas visitadas, charladas, bebidas, vividas. Salí de Barcelona hacia el sur, con la idea de dejar Catalunya para mi última etapa. He estado en Utiel-Requena, en La Manchuela, en La Mancha, en Alicante, en las Sierras de Granada, de Málaga y del norte de Sevilla, en Cádiz, en Extremadura,  en el centro de la Península (en Carabaña, en Méntrida, en San Martín de Valdeiglesias, en Cebreros), en la Sierra de Francia y los Arribes, en Zamora, en Toro, en la Ribera de Duero, en Rueda, en el Bierzo, en Galicia, en la Rioja y Navarra.

Se ha quedado en el camino la Cornisa Cantábrica (Cangas, Liébana, la zona marítima de Euskadi), que intentaré recuperar en un viaje más corto y centrado. Falta ahora, en las próximas semanas y antes de que el calor apriete más de lo que uno desea cuando patea viñedos, una de las partes que más me apetece de este viaje: Catalunya y Baleares. Aunque la gente piense que conozco bien la zona, sé que tengo mucho por descubrir todavía. Y, sin duda, tengo algunos vinos que he bebido con placer pero cuyos viñedos y bodegas no conozco. En los próximos días, publicaré alguna nota sobre lo que más me ha gustado de la Rioja y Navarra (Roberto Oliván, Olivier Rivière, Elisa Úcar y Enrique Basarte). Y espero poder terminar mi Iter Hispanum con algún apunte catalán y, quizás, balear.

Vivo con intensidad estos meses, siento sin dificultad cuándo hay conexión con un viñedo, con un paisaje, con las personas que hacen en este o aquél lugar sus vinos. Charlo mucho y con gente muy diversa.  No sé en qué momento entro en sus vidas, pero la gente se abre y acepta, generosa. Me dan su tiempo, su energía, su conocimiento, su experiencia, su amor por lo que hacen. También paso mucho tiempo en silencio (no sólo el de la noche, que casi nunca ha sido blanca), sobre todo mirando con atención el paisaje y sus habitantes, escribiendo y leyendo. Aprendo que no existe una fórmula, una solución. Quien tiene todas las respuestas a las cuestiones que la tierra o el vino le plantean, hace un vino que no me interesa. He visto y aprendido cómo se escucha al viñedo, cómo se observa su evolución. Sé ahora (aunque no siempre pueda hacerse...) que hay una sola manera de comprender qué y por qué es un vino: viajar, ver, charlar, beber, aprender. Callar y respetar. Dejarse absorber. Finalmente, entender y asimilar. Los jóvenes suelen hacer una o dos estancias largas e intentan aprovechar los hemisferios para hacer dos cosechas en un solo año. Les diría, si alguno quiere escucharme, que no es la manera de entender.

En el camino está la respuesta, no en la estancia. Ahora lo sé. Lo único que no entiendo (aunque estuve un buen rato frente a la casa de A. García Calvo en Zamora) es por qué el camino tiene nombre de mujer y el río lo tiene de hombre. Voy a seguir, a ver si encuentro una respuesta...Desde Briones tras la lluvia del 11 de abril de 2013 dos

14 abril, 2013

El fin...¿justifica los medios?

Tortilla de patatas de Sra. Padín
Miren ustedes esta primera fotografía y contesten conmigo: sí, el fin justifica los medios si el asunto es llegar, por fin, a la tortilla de patatas de la señora madre de Xurxo Alba Padín. No puedo dar datos de localización, pero pregunten ustedes en Cambados por las Bodegas Albamar, la casa de Xurxo. El resto llegará solo...Xurxo es mi amigo, como lo son Rodri (Forjas de Salnés) o Sebio (Coto de Gomariz, más Hush y Salvaxe) y confieso que en el caso de Xurxo, he probado más sus vinos que no pisado sus viñedos. Pero es que son de los más puro y honesto que se hace en Rías Baixas con albariño…Sobre todo cuando los pruebas directamente de los depósitos y vas notando las sutiles (o no tan sutiles…) diferencias que hay entre un terruño y otro, una vinificación y otra. Este hombre es capaz, ya, de trasladar el carácter de su vendimia al depósito de acero inoxidable y está empezando a conseguirlo también en botella. Cuestión de irle siguiendo…Sólo conozco bien un viñedo: la niña de sus ojos. Junto al campo de futbol de Castrelo, cerca de la desembocadura del río Umía, en un territorio muy apto para albariños que (en opinión de algunos expertos) tendría que haber sido del mar hace muchos años. Un territorio de navazos, pues, ganado al mar con la acción del hombre y los (en este caso porque, hoy, está un metro y pico por encima del nivel de ese mar, ¡de hecho de esa ría!) efectos de las tierras de deposición aluvial. Ese viñedo, plantado en 1984, es el que da la uva de uno de los vinos que más me gustan de Xurxo: el Alma de Mar.

Hay mucha literatura sobre el sabor salino de los vinos que se hacen con uvas cercanas al mar (en este caso, apenas 50 metros), pero yo digo solo una cosa. El sabor salino no llega por el aire a través de moléculas de olor del mar. ¡Al contrario. Cuando el viento trae salitre, éste quema las hojas! Y muchos disgustos y pérdidas de cosecha ha dado. No: el sabor salino viene de una posición privilegiada de los viñedos y de unas raíces que viven en suelo arenoso y algo arcilloso y chupan parte de su humedad de lo que el mar ofrece en lo profundo de la capa freática. Ahí, el albariño de Xurxo da lo mejor de sí: almendras algo amargas ligeramente saladas, salazones en posgusto y algo de amargor vegetal, acidez sin compasión, pomelo, frescura, pera limonera. Tomas ese vino y hueles y sientes esa zona de la que sale, con brisas y aromas, con vegetación y arenas, con mar y ondas llenas de energía. Con los años y con lías (un poco de Alma de Mar las lleva y Pepe Luís, su otra marca, las lleva todas: ahí hay que afinar todavía), el vino de Xurxo evoluciona bien. Probé, en una comida en casa de sus padres (ahora te hablo de ella, un poco de paciencia…), el que él llama básico (no me gustan esos adjetivos porque tienen que ver sólo con el precio y, en cambio, parece que aludan a la calidad del vino: no es el caso, ya te lo digo, porque este básico es un gran albariño a buen precio, eso sí), un Albamar 2006 (la primera añada que embotellaba) y además de su frescura, todavía persistente, había evolucionado en botella hacia un vino con aires de hierbaluisa, balsámico, algo de cera de panal, con más volumen y amplitud que profundidad y verticalidad. Pero ahí estaba el vino…
Raya a la gallega de la Sra. Padín
Pero los vinos no eran más que un pretexto. Lo siento, Xurxo. Sí, lo confieso en público. El objetivo era tu madre y su cocina...La casa de los Alba Padín y Bodegas Albamar... No puedo dar más que esa pista, y decir que es un furancho, es decir uno de esos “restaurantes” que, en Galicia, la gente monta en sus casas para dar salida al vino excedente de la propia producción (es decir, lo que no se beben en casa: en este caso, tinto de Barrantes más que nada). En realidad, es una tienda de ultramarinos, pero…entre la bodega y la tienda, hay una cocina. La cocina de la casa, claro, a la que algunas mesas llenas de buenos conocedores de la zona aplauden cada vez que la madre de Xurxo saca su tortilla de patatas. Después de probar de nuevo sus vinos de 2012 (alguna sorpresa grande y buena habrá –un albariño de cepas centenarias embotellado sólo en magnums-, que se servirá, creo, solo en el comedero de truhanes conocido como Restaurante Vinoteca Bagos, en Pontevedra: Rua Michelena, 20, teléfono 986852460), nos sentamos a la mesa y el espectáculo fue de impacto. Porque no sólo salió la famosa tortilla de patata (las pitas corren por el patio de detrás de la casa…). Antes puso unas vieiras de antología (las mejores, sólo con aceite y cebolla, las de la ría de Arousa, las más frescas, las de Mar) y unos berberechos tersos y sabrosos. Y lo mejor de la sesión, la receta por la que a la madre de Xurxo habría que ponerle una estatua a la entrada de Cambados: una raya a la gallega, con patatas, aceite, ajo y pimentón (mezcla de dos pimentones, vaya). Yo no sé de dónde saldría ese pescado, pero la tensión en su carne denotaba una frescura y un punto de cocción que yo jamás había disfrutado. El remate de unas filloas acabadas de hacer, calentitas, mórbidas pero con empaque, con su miel, me hicieron postrarme a sus pies (al final de la comida y a solas, por supuesto) para rogarle que me adoptara. Ni caso…
Filloas de la Sra. Padín

10 abril, 2013

Los agros perdidos de Antonio Saborido

Viñedo de 200 años en Xirpin Barbanza En el DRAE, la palabra "agro" significa "1. m. Campo, tierra de labranza." Indican que procede del latín ager, agri . En latín, si la palabra no lleva adjetivo, significa siempre "campo cultivado" y sólo cuando éste ha sido abandonado o no se ha cultivado jamás, se usa un adjetivo para indicarlo (agros incultos, por ejemplo). Eso fue, exactamente, lo que sucedió durante las dos horas en que estuve paseando (en compañía de Antonio Portela y un amigo suyo), con Antonio Saborido, de Xirpin, por las tierras de labranza de la parroquia de Abanquerio, en el municipio de Boiro, frente a la ría de Arousa. Anduvimos dos horas con su coche, parando en esta o aquella parcela de viñedo suya, y la expresión que más veces salió de su boca fue "todos estos agros estaban plantados" o "los agros llegaban hasta aquí". El amigo de Antonio, al final, se quejaba un poco: "no hemos visto nada y había otros viñedos que podíamos haber visitado". Puede que tuviera razón...pero lo que a Antonio Saborido le salió del alma mostrarnos fueron todos los agros que se habían perdido en los últimos 40 años, los agros perdidos de Antonio, los que él, con sus propios ojos y ya de niño, ha visto cómo iban desapareciendo de su paisaje.

Puede que fuera, por lo demás, la manera más eficaz de que alguien como yo (el único que, en realidad, conocía ese extraordinario paisaje arousan por primera vez) se diera cuenta de qué significaba realmente encontrar un viñedo como el de Xirpin (en la foto superior). En un ejercicio que ya conozco como habitual en Galicia, Antonio ha ido controlando pequeñas parcelas (no agrupándolas porque en Boiro eso es imposible: ¡tiene apenas una Ha en 12 parcelas!), cuidándolas con mimo y reconstruyendo un paisaje que, hace cincuenta años, era tal y como le véis ahora en la foto superior: cepas emparradas a unos 60 cm del suelo (francoarenoso), prefiloxéricas y con unas edades que iban de los 150 a los 200 años. Los niños vendimiaban sentados...El valor de lo que hace Saborido es doble, aunque en realidad es incalculable: no sólo sigue representando con orgullo la memoria de lo que fue (casi al estilo de Fahrenheit 451); también se niega a que desaparezca lo que todavía es. Y por ello, gusten más o menos, sus vinos Xirpin blanco y tinto son mucho más que vinos. Son historia de Galicia embotellada. Porque yo jamás había probado algo como el Xirpin blanco. Esos viñedos centenarios plantados en pie franco en medio del bosque son de raposo (branco lexítimo), Viño da terra de Barbanza e Iria, y aunque contienen un mínimo porcentaje de albariño, saben a algo muy distinto.

Saben a raposo, saben a historia, saben a clima y territorio, saben a Antonio. Son pues, y en muchos sentidos, vinos únicos. Probamos un Xirpin blanco 2012 con 12,7% y de depósito aún, que era punzante, redondo y algo dulzón (aunque seco por completo: la uva es así). Tiene un punto tropical y, sí, es poco ácido en comparación con sus uvas vecinas del sur, muy redondo y con el tanino pequeño. Huele a nísperos maduros, al hueso de ese níspero, tiene un posgusto de una finura vegetal enorme: aromas de helecho y de liquen en el bosque húmedo. 2500L de blanco en 2012...El Xirpin tinto 2012 lleva mencía, sousón y caíño y el que probamos dejaba sentir la reducción típica del sousón, pero tenía una fragancia tremenda: pimienta roja y grosella roja también (12%). Tanino fino, pequeño pero jugoso. Con los mejillones en escabeche caseros, abrimos un Xirpin blanco 2010 y seguí notando una finura grande en ese raposo: finura de la flor del jazmín, ese punto dulzón y embriagador, mimosa en flor (aunque sin la penetración ácida de la planta). Es un vino que se afina y adelgaza en boca con reposo en botella.

Este viaje mío, que va ya para las ocho semanas, podría tener varios subtítulos: el de las islas perdidas (cada bodega que he conocido parece una isla frente a un mar que las ignora) y los robinsones reencontrados (a pesar de todo, hay en ellas un montón de orgullosos supervivientes). O el de los viñedos perdidos, abandonados, convertidos en maleza y pasto del bosque y de las plagas. El viaje de los agros perdidos, tal y como nos enseñó Antonio Saborido, podría llamarse. Y a pesar de todo, sigue habiendo mucha gente que cuida, mima y embotella las cepas que encontró. En la foto inferior, Saborido, izquierda, está con Antonio Portela, o viticologo dos bagos, que se me antoja, cada vez más, pieza fundamental para entender la Galicia vinífera de hoy. Gracias a ambos aprendí un montón de cosas en Boiro.Antonio Saborido y Antonio Portela

06 abril, 2013

Ribeiro con Sebio

Coto de Gomariz
Xosé Lois Sebio (en la foto inferior, a la derecha junto a Bernardo Estévez), más conocido mundialmente como Sebio, tiene un "problema": sabe demasiado... Y la gente a veces confunde sabiduría con exclusividad; timidez con profesionalidad y apariencia y empresa (es el responsable técnico de Coto de Gomariz, ahí es nada) con distanciamiento. Nada más lejos de la realidad. Sebio es un tipo sabio, sí, pero muy accesible a quien se acerque a él. Cuando se supera la fase de "este tío tiene todas las respuestas", encuentra uno a alguien muy apegado a la tierra, que empezó su carrera en la Estación de Viticultura y Enología de Galicia (EVEGA) para su suerte (allí aprendió lo que no está escrito sobre las variedades autóctonas gallegas y muchas de las iniciativas para su recuperación nacieron allí) y la siguió, sigue vamos, en Coto de Gomariz. La familia Carreiro tiraba del carro, por supuesto, pero no es casualidad, digo yo, que el gran crecimiento cualitativo y cuantitativo de la bodega, haya tenido lugar desde la incorporación de Sebio, va para los 13 años ahora, y con el equipo que Ricardo Carreiro y él formaron. EVEGA está en Leiro y Coto de Gomariz a dos pasos, lo cual quiere decir que Sebio ha pasado toda su vida enológica adulta en Ribeiro. Viaja mucho, tiene pasión por uvas y vinos de todo el mundo (en particular, rieslings y champañas), pero su territorio, aquél del que conoce todo, es el Ribeiro y su DO. Él se dejó, conste, pero yo me aproveché de eso. Lo confieso.

Se entenderá, pues, que haber podido pasar con él más de 24 horas, con dos noches de charla añadida, pateando todo el Ribeiro haya sido un lujazo, digno del posgrado vitivinícola que me estoy dando. Me hizo comprender las diferencias geológicas de los tres ribeiros que, por lo menos, existen; los climas y humedades distintas. Me llevó donde Luis Anxo Rodríguez, Vázquez que estaba en plenitud de forma ese día (injertando con la ayuda de Paco), para mostrarme en qué consiste la microparcelación y cómo una idea de vino (la de Luis Anxo) triunfa y representa la quintaesencia del Ribeiro. Me presentó a Bernardo Estévez y allí comprendí por qué esta tierra de Arnoia es uno de los núcleos duros de la zona: la tierra está viva, a ratos..., la tierra crece, la tierra (gracias, también, a la inquietud ya veterana de Sebio) va a más, y los vinos que Sebio hace con Bernardo (Issue y Mai; además una parte de las uvas blancas de Bernardo van al Salvaxe de Sebio, un vinazo) tienen algo especial. La gran lección: para el Ribeiro, con el potencial de uvas autóctonas que atesora, un vino monovarietal es "pobreza". Ellos saben cómo combinar las mejores virtudes de sus uvas para potenciar el conjunto.  Hay que saber devolverle a este hecho la importancia histórica que tuvo y que, en gran parte, perdió.

Él me llevó también, por supuesto, al viñedo histórico que, hoy, representa Coto de Gomariz (desde la ladera opuesta, en la foto superior). Por dos razones, además de la habitual (recoge una historia vitícola que arranca del siglo X): 24 Ha (aunque gestionan otras 4, dispersas) de cultivo ecológico en una sola ladera (la de Gomariz, de lo mejor de Ribeiro, aunque esté trufada de pequeños "killers" del herbicida y de fans del motocultor), es un logro y un reto en la gestión sostenible de un viñedo. Aunque a Sebio no le gustara mucho la comparación, a mí me sonaba a Bürklin-Wolff: gran calidad, marca ya consolidada, más de 80 Ha, y en cultivo biodinámico. Coto de Gomariz representa eso en Ribeiro. Tierra viva, lucha ecológica pasiva, 1 kg por cepa, marco de plantación reducido que fomenta la "lucha" entre cepas, infusiones hidroalcohólicas...eso es muy grande para una bodega que podría llegar a producir 200 mil botellas y, en cambio, arriesga cada cosecha en busca de la calidad. Sebio remató con un último contraste: los vinos de otro amigo, Manuel Formigo, en Beade (Bodega Finca Teira). Dejamos el esquisto, los grandes bancales, la arcilla y pasamos al viñedo sobre suelo arenoso de granito puro desmoronado, 2 Ha casi en extensión. Treixadura, loureira, albilla, albariño, en una expresión radicalmente distinta a todo lo probado a lo largo del día. Mi pasión por la DO Ribeiro se ha consolidado, sin duda: confieso que no entendía muy bien de qué iba la cosa.

Dejo para el final la última perla. Un vino que Sebio me dio a probar en Coto de Gomariz y del que hay 500L. Se llamará Lama de Barco 2011 y cuando lo bebí, no me lo creía. La tierra lo da, el clima lo consiente, pero...¿cuántos Auslese hay en Ribeiro...?  Loureira, 9 de acidez, 170 gr/L de azúcar residual, un % de alcohol mínimo (sobre el 6%): crujiente en boca, envolvente y fragante en nariz. Pera limonera, albahaca, melisa, hierbaluisa. Un vino que enamora desde el primer sorbo. Un paso más en Ribeiro. Otro paso dado por Sebio.
Xosé Lois Sebio con Bernardo Estévez

01 abril, 2013

La fuerza de la tierra: Bernardo Estévez

Bernardo Estévez Creo que Bernardo Estévez, habitante discreto de ese Macondo gallego tan peculiar (La Comarca le llama Xosé Lois Sebio, de Coto de Gomariz más Hush y Salvaxe) que es la República Agrícola de Arnoia, está ya un paso más allá de la biodinámica. La sigue, conoce a pies juntillas todo lo bueno que puede darle con ella a sus viñedos, pero él ya está en otra esfera de relación con la tierra. Primero, aunque parezca quizás extraña mi afirmación, está su carácter. Cuando le conocí, no hacía demasiado que había aprovechado la jubilación de su padre (trabajaban los dos en un taller mecánico en Vigo), para tomar la decisión de su vida: trasladarse a vivir a Arnoia y dedicarse por completo (por ahora, y con poco más de dos Ha de cepas, con la ayuda de la familia y de los trueques que sus productos le permiten realizar) al campo, a sus viñedos. Su manera de acercarse a la tierra, sin estridencias, escuchando y mirando mucho, le está permitiendo iniciar un proceso de simbiosis que acabará convirtiéndole en un elemento más de ella, imprescindible, como todos los que forman parte de una tierra sana y en equilibrio. Segundo, porque a las prácticas biodinámicas más o menos habituales (siempre, claro, según el clima y la tierra que tienes que trabajar), como puede ser la utilización de los preparados más habituales, añade una filosofía de trabajo que no es la antroposófica, sino la de Masanobu Fukuoka, una agricultura natural que nace de forma específica en Japón, pero se aplica con éxito a tierras y plantas que no son habituales en ese país. Como ejemplo, claro, los viñedos de Bernardo: se busca, ante todo, que la tierra se nutra por ella misma y encuentre, en lo que ella misma genera, el mayor equilibrio,  capacidad fértil y también de defensa. No se ara, pues; ni se usan herbicidas ni fertilizantes, ni se abona ni se podan las plantas. Con estos sencillos enunciados, ya se puede ver que lo que hace Bernardo es mezclar y aplicar ideas de Fukuoka con el método biodinámico y algo más…

Por ejemplo: a la cepa hay que podarla, de otra forma no advertirá sin más que su vida llega a la siguiente primavera. Y eso sería poco Fukuoka...Pero Bernardo, a partir de ahí, no interrumpe para nada el ciclo natural de la planta (eso sí es Fukuoka): no despunta ni deshoja. Algo más: Bernardo, en complicidad y constante intercambio de experiencias y aprendizaje con Sebio (¡gracias a él le conocí!) y ambos con André, el enólogo de Quinta Soalheiro, en Melgaço (Portugal), se ha convertido en un auténtico homeópata de los viñedos, gracias a la preparación y uso de unas superinfusiones hidroalcohólicas que hace con eucalipto, sauce, ajo, consolda, milenrama, etc. Mínimas dosis de estas infusiones multiplican los principios activos que contienen las plantas de origen y hacen que las plantas receptoras, las cepas y sus suelos, vivan a la perfección sin necesidad, por ejemplo, de azufre. Todo esto sería casi anecdótico, así de claro lo digo, si los vinos no estuvieran a la altura de un trabajo tan minucioso y concienzudo en el campo. ¡Pero lo están! La alianza entre Bernardo y Sebio (él es quien le ayuda en la vinificación de sus uvas) es de un potencial tremendo, explosiva. Lo que será Issué 2012 (guardan las botellas dos años por lo menos, así es que este vino saldrá al mercado a finales de 2014...: ahora se vende 2010 y muy pronto, 2011) sigue con la mejor tradición de Ribeiro (los vinos multivarietales) e incorpora un montón de uvas muy de la tierra (otra de las virtudes de estos dos hombres: el tesón y la fe en la recuperación de las variedades gallegas), treixadura, lado, alvilla, silveiriña, verdello antiguo, godello y loureira. Fragancia enorme, poder en nariz grande. Flor de tilo, heno. Humedad, frescura. Pimienta blanca. Mineral (granito). Muy largo. Albahaca, melisa (menta limonera). Creo que será un gran vino. Probé también su Mai 2012, ya en barrica. Un tinto hecho de uvas despalilladas a mano, una infusión muy ligera y una maceración semicarbónica con las castas brancellao, sousón, tinta amarella, caramuñeira, caíño da terra, ferrol y tinta roriz: un vino serio y con empaque, grosella negra, tinta azul, mirto y eucalipto, muy redondo en boca, tanino muy amable. Pasa como agua de río en el deshielo. Ante casos tan excepcionales (por todo lo que representa) como los de esta bodega y estos dos hombres, yo me quito el sombrero, bebo, disfruto y callo. Eso sí: cuanta más gente les conozca y les beba, mejor para todos, ¿verdad? Mariquita en el viñedo de Bernardo