28 marzo, 2013

José Luis Mateo: Quinta da Muradella

Viñedo en Castrillón 100 años, de Jose L. Mateo “Somos agricultores y nada más. El vino es una consecuencia. El vino de verdad lo haces durante todo el año, no en vendimia y bodega. El vino pasa, la tierra queda”. Cuando hablo (fue un día entero de tremenda fecundidad) con José Luis Mateo es, de nuevo, por un acto de generosidad suya: acaba de ser padre y puede que el momento no sea el mejor para él. A pesar de todo, el hombre me abre las puertas de su bodega, del bar A Canteira (donde hace más de 35 años empezó a aprender junto a su padre Alfonso qué era esto del vino en un café de carretera) y de los viñedos que más aprecía (junto con Gorvia), los que él llama “de montaña”, por encima de los 700 msnm. Él cree que está en un momento de replantearse todo y si por él fuera, para nada hablaríamos de sus vinos, de los que no quiere, casi cree que no debe ahora, decir nada. Su obsesión, reflejada en algunas de las frases que he entrecomillado más arriba, es la tierra, no los vinos. El vino es importante para vivir, pero secundario. “La tierra es lo que más importa, hay que dejarla igual o mejor de lo que la encontramos”. Quizás sea José Luis uno de los viñerons más sensibles que conozco, uno de los que vive con mayor intensidad las cosas de su tierra.

Desde A Canteira, su padre (que, en efecto, era canteiro, maestro de obras y tallaba la piedra para construcciones de todo tipo), le enseñó también el oficio de la tierra, porque tanto él como el abuelo eran agricultores de corazón. Como José Luis. Cuando paseas con él por los viñedos que cuida pero no son suyos (en los montes están algunos, en la zona de Sampaio, de Castrelos, en la Maiada do sordo, en Castrillo, A trabe...), descubres la pureza del varietal, el porqué de alguno de sus vinos, la bastardo de más de 90 años, los aromas del bosque que rodean el viñedo. Silencio y pureza. No hay enfermedades allá arriba. Entiendes alguno de sus monovarietales, sí. Pero cuando pisas el viñedo que ha plantado él con sus manos, Gorvia (de donde salen, con la mezcla de cepas que allí tiene, sus Gorvia tinto y blanco), entiendes de verdad por dónde va la cosa. Más en el llano, donde hay que trabajar mucho y estar atento para sacar adelante las cosechas, tierras fértiles, demasiado generosas quizás, pero de calidad: arcillas con pizarra desmoronada y sílice. Terreno profundo, una arada después de la vendimia. Beza, avena y la vegetación espontánea (menos la grama, que es mala). Desbrozo y en el viñedo se queda. Si hace calor y el clima es seco, deja el desbrozo. Si es húmedo el tiempo, mezcla con la tierra. Pero no le gusta mucho tocarla. Los vinos a los que más valor da José Luis: los Gorvia.

El blanco, con donablanca sobre todo, es un vino con aromas de laurel, de tomillo y orégano, con volumen pero buena acidez y afilado. El tinto, con mencía, bastardo y caíño redondo, aires de pimienta roja, de ceniza de sarmiento, de pimiento choricero. Excelentes vinos, muy de su tierra y a precios razonables. Más lo son todavía, de precio hablo, los vinos que José Luis embotella para vender en el bar de su padre y su hermano. ¿Te imaginas la sorpresa del viajero gourmet que para, por casualidad, a comer en A Canteira (Avda. Luis Espada, 99, Verín, Ourense, teléfono 988413137) y le ponen como vino de mesa un vino de José Luis Mateo…? Pues de eso se trata: respeto por las raíces y por la historia familiar (la uva y el vino que más gustan a su padre son de bastardo, y hay que ver la cara de seriedad, pasión y sinceridad con que lo proclama Alfonso), respeto por la tradición y la clientela del pueblo, y vino de calidad (que también se puede comprar) a precios muy convenientes. Podría haber escrito sobre A Trabe, sobre la monstruosa de Monterrei, sobre el Quinta da Muradella, incluso sobre su extraordinario rosado Nistal 2008 (una sola añada hizo…), sobre cualquier otro vino de los que ha colocado a José Luis Mateo en lo más alto de la vitivinicultura española. Pero no. No he querido traicionar la esencia de la verdad que me transmitió. Por lo menos he intentado no hacerlo…Ah, sí, una cosa no quiero olvidar: la donablanca que hizo en 2001, con fermentación maloláctica, está lozana y fresca, bien viva. Para quien quiera leerlo. Y la de 2003, igual de impresionante. ¿Que no pueden envejecer estas uvas blancas…? Viñedo en Sampaio, Castrelos de 90 años de Jose L. Mateo

25 marzo, 2013

Akilia Wines de Mario Rovira

Desde Lombano Chano villar de Akilia Wines Mario Rovira (Akilia Wines) es la fuerza tranquila del Bierzo. Hombre muy bien formado y viajado (en España y en el extranjero), con los pies en el suelo y con ideas claras sobre qué tierras, que características y qué potencial quería para sus vinos, elige el Bierzo porque el Bierzo le elige a él. Muy analítico, meticuloso y estudioso de las peculiaridades de cada zona que pudieran adaptarse a lo que él quería (viñedos en altura; cepas viejas; marcos de plantación como mucho de 1,5 x 1,5 m, es decir, estrechos y con competencia entre las cepas; uvas autóctonas y con grandes complejidades por desarrollar) visita el Bierzo y el Bierzo le elige. Me atrevo a decir que a su pesar. Porque él sabe que aquí ya está pudiendo hacer los vinos que lleva en la cabeza. Pero sabe también que los hace a pesar de muchos de los paisanos “vecinos” suyos, con la incomprensión y, a ratos, el rechazo incluso de quienes están en posiciones de responsabilidad en la DO, que no comprenden sus vinos ni los identifican con el Bierzo que ellos quieren. Estamos con la historia de siempre: que el sol gira alrededor de la tierra, caramba, y quien no esté de acuerdo con eso, pues a la “hoguera”.

Pero nada arredra a Mario, por eso él es la fuerza tranquila. Aposentado en las tierras que ya son suyas (apenas serán, en total, 2,5 Ha), este John Wayne de la mencía y la palomino (sí, claro, palomino en el Bierzo, de toda la vida, como estaba también en Galicia) tiene los suelos frescos que ambicionaba (apenas un poco de pizarra desmoronada y en superficie; cuarcita y a ratos francoarenoso, a ratos francoarcilloso) y anda ya en su regeneración (quemados del todo no estaban, pero recuperar la flora y la vida microbiana no será sencillo); tiene las cepas que quería (viejas, de 60 años, y entre cerezos y almendros: pronto tendrá abejas también) de mencía, de palomino y de doñablanca. Y en dos cosechas (l2011 en el mercado; y 2012 que pude probar con él) se está haciendo un hueco importante, no ya en la DO Bierzo, sino en el panorama vitivinícola español. Este chaval vale mucho y ya sabe ahora que no está solo: nos tiene con él, junto a él y con un buen grupo de gentes inquietas, que cuidan el campo y las cepas con su mismo mimo y hacen vino (cada cual a su manera y con sus uvas) que sabe, ni más ni menos que a vino, a las uvas con las que está hecho y a la tierra donde se ha hecho. Ahí es nada…En su finca Lombano (en los Montes Aquilianos que rodean Ponferrada por el este, sur y oeste, exactamente en las orientaciones de sus viñedos) y mirando hacia el oeste hacia su otra finca, Chano villar (que está orientada, claro, al este: en la foto superior, en primer plano, Lombano; al fondo, bajos las ramas del almendro, Chano villar), probamos su único vino que no lleva nombre del pago (los otros dos, los tintos de mencía son, en efecto, monovarietales de pago: Lombano y Chano villar), el blanco K 2011 y, después, en bodega, el 2012. K 2011, con 75% de palomino y el resto de doñablanca, es un buqué garni de hinojo, tomillo y laurel, astringente y muy largo, aunque su verticalidad y profundidad, su radicalidad, se ven algo reducidas por el hollejo de la doñablanca, que ofrece volumen, redondez, sabores más amables y dulces de pera limonera. K 2012 será, en cambio, un Pur Sang como el de Didier Daguenau (cada cosa con su uva, claro…). Con más palomino todavía (tiene las cepas que tiene y 2012 vino mal con la doñablanca), es un caballo de energía desbocada, concentración, vigor, fuerza, pomelo, tartárico en estado puro, zumo de limón recién exprimido, grado alcohólico contenido, acidez desbordante, amargor, mineralidad contenida. Un vino para un futuro mejor.

Cenamos juntos, después de pasar la tarde en los viñedos (día de luz y sol espléndidos, acompañados por la abundante nieve que había caído sobre los montes dos días antes), con sus mencías Lombano y Chano villar 2011. Ambas fermentan en hormigón sin revestimiento alguno, aunque el primero se afina después en barrica francesa de 225L. La maloláctica la hacen ambos en hormigón, con lo que los aromas de la madera (en el Lombano), que son de la madera, no del vino, apenas se perciben. Cuando las barricas estén en su segundo o tercer vino, la cosa irá todavía mejor. Pero algún día hay que empezar y Mario es de los que prefiere controlar todo: por lo tanto, madera nueva para 2011. Pero ya os digo que no es su estilo: sus vinos son de suave extracción, de capa muy medida, son vinos finos y fragantes, que sólo saben a la fruta vieja de la mencía (lo cual desconcierta a los expertos del lugar…Lo pude comprobar), con aromas de zarzamora, de grosella negra, con aires de la flor de violeta algo marchita ya, muy largos y envolventes, con un tanino pequeño y algo cuadrado, rústico, pero de enorme calidad y pervivencia. Cuando pienso que son sus primeros vinos, estos 2011, me estremezco de placer: lo que nos espera con este hombre… Su estudio profundo y su trabajo con las lías en bodega (con depósitos de acero o de hormigón hechos ex professo para el tipo de trabajo que quiere hacer con ellas). Su manera de abordar la frescura de los vinos a través del análisis minucioso del punto de madurez de las uvas y de su momento óptimo de vendimia (no es literatura, os lo aseguro: este hombre es de los que vendimia después de haber comido mucha uva y haberla observado más), definen, también, a un joven que tiene una madurez y un punto de reflexión sobre qué quiere para sus vinos que se me antoja bastante único. Mario dice lo que piensa y hace lo que dice. Con educación esmerada, aguantando tarascadas y sin levantar la voz para nada. Sus vinos hablan por él. Sus vinos son, también, así. Es joven y seguirá aprendiendo porque es hombre atento y muy observador. Sigámosle con atención y seremos, también, algo mejores. Montes Aquilianos desde Akilia Wines

21 marzo, 2013

Historia de dos mujeres

María Alfonso detta Volvoreta Aunque la historia de Volvoreta bebe de la tradición de abuelos, es Alfonso (que rondará la cincuentena) quien se propone recuperar aquello que había vivido de niño en su casa de Sanzoles (Zamora): ser feliz con el vino. Diría más, porque ésa es su premisa: hacer felices a los demás con su vino. Antonio Alfonso es el motor. Pero tras conocer y charlar con su hija pequeña, María (27 años, foto superior), tengo claro que la chispa que enciende cada mañana ese motor es ella. Se trata de una pequeña bodega exclusivamente familiar y que trabaja sólo con la uva más característica de la zona, la tinta de Toro. Pero María, que es la que hace el vino y trabaja en el campo, tiene tan claro como su padre que sus vinos tiene que beberse con placer y ser, además, saludables. Su argumentación teórica sobre la acumulación o no de sulfitos bastaría para darles la razón. Pero es que su trabajo empieza en las 13 Ha que trabajan, no en la bodega con la vinificación: respetando las plantas de la zona que le dan, además, al vino aromas característicos (hinojos y tomillo); abonando con los sarmientos de las propias cepas; plantando avena, beza y trigo candeal como una buena manera de oxigenar la tierra, de hidrogenarla y de compactarla sin que tenga que pasar el tractor; manteniendo la capa vegetal todo el año (¡la crema solar de la tierra!); eliminando ya por completo incluso el azufre para el oídio: leche de oveja entera (ni cuajo), y listos. Le funciona: ya no necesita ni infusiones de cola de caballo. Con sus parcelas de tinta de Toro, busca María la expresión de la fruta, no la de la madera (sutil pero gran diferencia con la inmensa mayor parte de vinos que se hacen en la DO, y en las DOs vecinas, que usan también la tempranillo) y por eso a su vino más fragante no le da más de 2/3 meses de barrica usada, lo justo para que se serene antes de salir a la calle.

Se llama el Vino del Buen Amor (por la referencia al vino en el Libro de Buen Amor) y el 2011, que probé con ella, con uvas de viñedos en cascajos, cantos rodados y arcilla, sabía a mora madura, a tomillo, tenía una mineralidad profunda, oscura; y en boca, un tanino pequeño y sobrio, algo rústico pero muy agradable. Cereza, al final, un vino exuberante que invita a aquello que predica su título y el del libro del Arcipreste…Se nota que no filtran, no clarifican, no estabilizan: puro mosto fermentado. Probamos otro vino, quizás más emblemático de la bodega: el Volvoreta Probus 2009. “Volvoreta” significa mariposa en gallego (en Vigo estudió María) y en el fondo, eso es lo que son ellos: espíritus que, como ya escribían los Romanos, vuelan libres como las mariposas (la mariposa era uno de los símbolos del alma en Roma) por los campos de su tierra. Y son probi, claro, porque probus significa “honrado”, haces lo que dices que haces y no engañas. Volvoreta Probus 2009 es un vino más maduro (cómo no, cada añada se refleja fielmente en los vinos, y no hay dos añadas iguales), más hecho, donde la grosella negra, la aceituna madura pesan más y donde el calor de ese año se nota también más.

Aunque ha estado involucrada en varios proyectos (el último, un vino de Cebreros llamado La Fábula, cuya añada 2010 es, todavía y por entero, suya), Beatriz es, ahora mismo, mujer de una sola bodega y de un solo vino: El Barco del Corneta (viñedo en la foto inferior), en el pueblo de sus ancestros, en La Seca. La cuna del verdejo, el pueblo donde se asientan algunos de los mejores viñedos de la DO Rueda alberga, también, la mejor semilla de futuro para esta uva. Se llama Beatriz Herranz y su vino es El Barco del Corneta. La veo como una isla en un océano enorme de perdición, de maneras obtusas de tratar el viñedo, las cepas y de cómo hacer el vino. ¿Cuántos años hace que se ha perdido casi por completo la tipicidad de aromas de esta variedad tan crucial aquí? Ni me acordaba de la última vez que olí de veras (quiero decir gracias a la fruta y a la levadura natural) a verdejo hasta que puse mi nariz en (acabáramos…) la segunda añada, sólo la segunda añada de Bea en La Seca: 2012. Apuntaba en mi libreta “muy varietal, sólo levaduras autóctonas, muy varietal”. ¿Qué quiere decir eso en un verdejo? El frescor del pomelo, la astringencia y cierto amargor de la misma fruta, aires de heno, césped recién cortado, apuntes de pera limonera, mucha fruta blanca y mucho campo. Probé varias barricas del 2012 en el garaje donde hace sus vinos (en efecto, se trata de uno de los pocos y auténticos “vin de garage” de España: si Thunevin lo viera, igual se emocionaba) y todas las maderas (usadas) ofrecían matices a la verdejo, pero la uva, esa fruta y su zumo fermentado sólo con las levaduras del viñedo, con sus lías (aunque no las remueva en las barricas), sin filtrar y clarificando sólo con un mínimo de bentonita, siempre estaba ahí.

Abrimos también una botella de su primera cosecha, Barco del Corneta 2011, y se notaba, ya a primer golpe de nariz, la nobleza de un buen vino blanco que, con los años y la edad de las cepas y de su hacedora, llegará a ser de larga guarda: aromas de ahumados, algo de cereal (kikos), un pelín de reducción que se va con minutos en la copa, y después, mucha flor de tilo, sequedad y astringencia en boca, aromas de la madera del sarmiento en su ceniza. Más terciarios ya que primarios (como en 2012), pero siempre la nobleza de la verdejo vinificada para conseguir, cada año más, cada año mejor, una sola cosa: la máxima expresión de los aromas de esa pulpa y ese hollejo. Las plantas son jóvenes (apenas siete años): me pregunto qué darán cuando empiecen a sentirse cómodas en ese viñedo hermoso, plantado en suave pendiente (barco…) y cuidado con mimo y tesón por ese ángel custodio de Bea, que es su madre Toñi. Cuando me iba, pensaba “una bodega, un vino, unos campos al cuidado exclusivo de mujeres sensibles y apegadas a su tierra: ¡bien!” Aunque el pueblo las mire con recelo y se burle un poco de su manera de hacer las cosas (fui testigo directo de una de esas burdas chanzas), sé que el futuro es suyo. De Bea y de María. De la gente que se aproxima a la cepa y al vino con una sensibilidad como la de estas dos mujeres. Historias de juventud, pasión, tesón y, también, acierto y competencia. Historia de dos mujeres para conocer y para disfrutar.El barco del corneta

17 marzo, 2013

Maldivinas

Viñedo Doble Punta de Maldivinas Son Carlos y Guillermo, o Guillermo y Carlos, qué mas da. Son muy distintos el uno del otro pero complementarios a la perfección. Guillermo es economista y viverista, Carlos ingeniero de telecomunicaciones. Ambos están profundamente motivados por este proyecto de su vida, Maldivinas, porque tienen una conexión con su tierra y sus vides muy intensa. Están, como quien dice y en términos de trabajo en los viñedos, empezando (desde 2006 y con vino en el mercado, La movida, desde 2008), pero el progreso de sus resultados es espectacular. He probado sus vinos de 2010, los de 2011 (ya en depósito, reposando y estabilizándose) y los de 2012, y puedo afirmarlo: esta gente está empezando a hacer cosas bonitas y emocionantes, sobre todo con la garnacha de su tierra. He visto los viñedos: desde la llanura, aunque a 800 msnm, de Finca Seroles (única donde la plantación en vaso, de 85 años, ha sido reconducida en alzada a los alambres de la espaldera, sobre un suelo de arena granítica que da frescura a los vinos), de donde saldrá su próximo vino Carnaval (en honor al pueblo de Cebreros, que es donde están sus viñedos), hasta las importantes laderas (algunas en bancales muy antiguos), de donde salen sus vinos de La Movida y el nuevo Doble Punta ("doble punta" porque ellos son como dos puntas de distintos, que no distantes…; y porque esas tierras están pobladas de cristales de cuarzo de doble punta). Este viñedo es especialmente bonito (terruño pizarroso: foto superior), como en un anfiteatro mirando al naciente y al sur y con cepas de 70/80 años de garnacha en vaso que hay que cavar con azadón una a una (no hay otra....) y arar (una sola vez) con caballo. Dejan que la hierba y las plantas aromáticas hagan su trabajo (con los insectos y, por qué no decirlo, con algunos aromas que son bien identificables en sus vinos. Abonan en orgánico.

Podan tarde para que la cepa no reconozca la nueva vida y no arranque su camino explosivo antes de que las heladas de primavera hayan pasado. Siguen las lunas y hacen las cosas con paciencia, cariño y atención. La tierra ya se lo agradece porque es de los viñedos que he visitado que más biodiversidad tenía. Y los vinos irán siguiendo ese camino. 2010 fue casi, para mí, todavía una Prueba de Autores, pero 2011 y 2012 son ya otro cantar. Usan el raspón cuando lo creen necesario (con el Doble Punta al 100%), no clarifican, no filtran y estabilizan sus vinos por frío natural. En el caso del Carnaval 2012 usan la maceración semicarbónica. Es un vino fresco y goloso, pura mineralidad de granito con algo de carbónico integrado, que ha pasado unos meses en barricas viejas (4-5 años) y es fruta roja de frambuesa y fresa silvestre. El Movida (tanto el 2011 como el 2012) es un vino más “prioratino”, con tomillo, sotobosque, hinojo silvestre y grosella negra pero en boca tiene una gran acidez y es largo largo, penetrante. El Movida Laderas tiene más aroma de flores en primavera, más vegetal y fresco (un recuerdo de piel de mandarina en boca), más de jara. Y el Doble Punta 2012 será un vinazo, sin más, muy fresco pero austero, algo rústico, vegetal y astringente, monte bajo, olivos y mucha zarzamora. Exigente con el bebedor pero muy agradecido. Los de Maldivinas llevan una buena vida en el campo y sus vinos (por cierto, hechos en un "vivero" de talentos vínicos enorme: la cooperativa de El Barraco, donde alquilan espacios) lo reflejan cada vez más. Mariquitas en el viñedo Doble Punta de Maldivinas

13 marzo, 2013

Vinos Ambiz de Fabio Bartolomei

La soledad del manager de cepas En 2013 se cumplen los primeros diez años de esta pequeña bodega que no somete sus viñedos a control alguno. Ni tan siquiera los conejos están preocupados: si no saben cuántas botellas podrán producir cada año es, por ejemplo, porque los conejos se les comieron, en 2012, casi la mitad de la cosecha. Estuve un día con Fabio, italiano nacido cerca de Lucca, educado en Escocia y adulto en Madrid: su vino es la pura expresión de su personalidad, un hombre sencillo, honesto, polifacético, sin tapujos, natural, afable. No echa nada al campo que no sea natural (el raspón  de su propia uva y la boñiga de un rebaño de ovejas y cabras ecológico de un vecino, compostado durante más de un año pero sin ningún preparado: no es biodinámico, todavía…añadiría yo), no echa nada al vino. Depende cada año de lo que la tierra les dé. Ni más ni menos. Por eso nunca sabe cuántas botellas tendrá. Trabaja con o sin hollejos (eso sí, siempre con despalillado) en función del tipo de uva.

La airén la fermenta en acero inoxidable, la prensa con rapidez y la deja reposar con sus lías unos tres meses. El vino que da es espectacularmente sabroso, fresco, muy de flor en el campo de primavera. En 2010 la vinificó con maceración carbónica y tuve la suerte de tomarme una botella superviviente con él: una prueba real de que este tipo de maceración produce vinos que pueden vivir varios años. 2010 estaba grande, incluso algo tánico, astringente y terpénico (con aromas de pera y de pulpa de moscatel, ¡siendo airén!). Conservaba esa mínima alma del CO2 y creo que con un buen cordero de la zona hubiera quedado de maravilla. La otra variedad blanca de la zona, la uva malvar, la trabaja con sus hollejos para producir lo que él llama Vino Naranja (por su color, no porque lo haya infusionado con naranjas). El vino pasa por lo menos seis meses con sus hollejos y el que probé (que había pasado por un solo travase y reposaba ya en unas lecheras –sic-) sabe directamente al viñedo del que sale: en Villarejo de Salanés (con Fabio, pensativo, en la foto), a 770 msnm, de cepas de 100 años sobre un suelo arcilloso y algo calizo. Nos pusimos de barro hasta las rodillas (llovía ese día…) pero me empapé del sabor y aromas de ese viñedo increíble: ese aire de arcilla y barro, de olivos con su aceituna madura, de cobre (seco en boca pero al mismo tiempo, sedoso por el tiempo en que ha estado con sus lías) y yesca…todo eso estaba, intacto, en el vino.

Comimos en Morata de Tajuña, donde tiene su pequeña bodega en un espacio alquilado donde Juan, un tipo amable y cómplice. Buena gente. En la Tinaja (C/ del Carmen, 28, teléfono 918730604), un lugar de toda la vida donde, claro, los jueves sirven paella, tomé un consomé delicioso (como el que hacía mi abuela sabía tras la lluvia caída) y unas espléndidas albóndigas caseras. Con ellas rematamos la botella que habíamos medio llenado directamente de un depósito de inoxidable. Una garnacha de Sotillo de la Adrada (en Gredos), de cepas de más de 50 años, de un color bello como hacía tiempo que no veía: brillante, con luz propia, cardenalicio. Cantueso, madroño, frambuesa en posgusto, caramelo de violeta. Fresco, redondo, ligero y sencillo, sin madera y desde la fermentación, con sus hollejos. Llevaba unos seis meses así cuando lo bebimos. Para embotellar ya y beber a espuertas, si hubiera botellas para ello. Me fui de Morata con la sonrisa en los labios por haber conocido a Fabio, por haber pisado sus viñedos con él, por haber compartido su duda congénita en cuanto hace y por la historia de uno de sus vinos del 2012: la uva la pisaron su hijo y todos los compañeros de clase, unos veinte, más padres y madres. El jaleo fue tan descomunal que el cuaderno de bodega de Fabio, donde llevaba anotados todos los detalles de vendimia y vinificación, se perdió. ¿Problema? Qué va…experiencia acumulada y a empezar de nuevo, ¡que cada añada es distinta y pide cosas distintas! Así es Fabio, así son sus vinos.

08 marzo, 2013

Colonias de Galeón

La cooperativa de Colonias de Galeón La tradición arranca en el siglo XV pero la consolidación llega en el XIX, cuando más de setenta colonias (cada una cultivaba entre 10 y 12 Ha de viñedo) en la Sierra Norte de Sevilla (alrededor de Cazalla de la Sierra, que, en efecto, no era conocida por sus vinos sino por sus anisados) gestionaban y producían vino en más de 700 Ha. Esta parte de la Sierra Norte llegó a tener su Cooperativa (Colonias de Galeón, precisamente, por la exportación intensa de su vino) en un hermoso y, hoy, ruinoso edificio (para la vergüenza de las autoridades responsables que no sabrán qué hacer con él…) fechado en 1907, de mampostería y estilo neomudejar. Julián y Elena se enamoraron de este paraje de suaves colinas (a 700 msnm) y cuando conocieron a fondo la tradición vitivinícola de la zona, decidieron asentar su bodega, Colonias de Galeón, y su pasión por la naturaleza aquí.

Fue en 1998 y en la zona apenas quedaban restos de cepas abandonadas y, eso sí, abundante ganado, ovejas, cabras, toros, vacas y marranos ibéricos, en un reino semisalvaje donde la jara y las aves rapaces eran las reinas. En esa fecha empiezan a plantar en una colina que mira al sur sobre un suelo de pizarra desmoronada y caliza, de cierta profundidad y que recoge muy bien las aguas de la lluvia (desde 2005 no practican el riego). Amantes de lo natural con el menor aderezo posible, su querencia fue, de inmediato, hacia los vinos ecológicos. Les he visto crecer en el campo, con sus vinos, y en su intenso aprendizaje, y puedo asegurar que el viñedo es ya un magnífico vergel: no necesitan arar la tierra porque las hierbas del monte (su selección natural) y la beza y la avena que plantan ellos, les perforan y ventilan el suelo (pasan solo una máquina intercepas para abrir un poco la tierra junto a la cepa), les oxigenan y nitrogenan la tierra y, lo más importante para una colina de fuerte pendiente, les fijan el suelo para que las correntías de agua no les dejen sin viñedo…Impresiona ver cómo, con los años, las raíces de las cepas y las de las gramíneas, en acción conjunta con la lluvia y la erosión muy controlada, han acabado creando terrazas, bancales donde, de forma espontánea y sin que haya entrado bulldozer alguno, se asientan ahora sus hileras.

Plantaron variedades que se adaptaron bien a sus suelos, a la cierta altura y al gran contraste térmico entre el día y la noche, a pesar de venir de tierras bien distintas: cabernet franc, cabernet sauvignon, merlot, pinot noir, tempranillo y syrah, entre las tintas; y chardonnay y viognier entre las blancas (aunque algún experimento con palomino fino anda también en marcha…). Su “bread&butter wine”, el vino que les da de comer, vaya, es el Colonias de Galeón Maceración Carbónica, hecho con cabernet franc (50%), tempranillo (30%) y syrah. Es un vino de una calidad muy grande a un precio muy bueno también, su vino joven que, para mí, está a la altura, año tras año, de las mejores maceraciones carbónicas del país. Y sí, ¡se hace en la Sierra Norte de Sevilla! La base sobre la que asientan el resto de sus tintos es la cabernet franc. La que probé (en barrica) de la cosecha de 2011 tiene unos aromas sugerentes e intensos de mirto y también de cantueso, pimiento verde a la brasa, sí, y flor de violeta. Será un vino que, en sus ensamblajes (en el Silente, sobre todo, y tras su paso discreto por barrica), dará un trago largo y un sabor floral. De entre los blancos, me gusta la sutileza y ligereza de su Petit Ocnos 2011, un monovarietal de Chardonnay que ha hecho la fermentación maloláctica, con aromas suaves de mango, de cítricos y un paso muy sedoso por boca. De sus “experimentos” me quedo con uno de los que creo que llegará a las tiendas: un espumoso (segunda fermentación en botella, método champenoise tradicional) hecho con un vino base de pinot noir de gran calidad y fragancia. Llevará un tiraje de brut, es decir, un poco de azúcar, aunque me dejaron en el secreto de dónde lo sacarán. Cada maestrillo... Las colinas de Colonias de Galeón

04 marzo, 2013

La historia, como un río

El jardín de Schatz La Finca Sanguijuela debe su nombre al arroyo que baja de la Sierra Sanguijuela, en cuyas suaves laderas se posan las cepas, la bodega y la casa de Schatz (me gusta el verbo: las tierras de Federico no se imponen al paisaje, conviven en paz y armonía con él). Los médicos acudían a recoger las abundantes sanguijuelas que poblaban el río para sus sangrías. Y de allí el nombre. En la Sanguijuela Baja está la finca: una casa entre los viñedos, con un jardín en la parte delantera (que da al sur), que es el orgullo de Federico. “Mi jardín es mi protección”, dice. Los pájaros se entretienen antes con él que con las cepas (aunque por si acaso tiene también uva de mesa entre las viníferas) y los aromas de sus plantas protegen, desde una ligera elevación, la parte principal del viñedo que se extiende en ladera a sus pies. Proporciona, además, descanso a sus habitantes en los soleados días de verano. El viñedo tiene justo tres Ha, que rodean la casa, la bodega y el almacén de aperos: son las que Federico considera necesarias para que una sola familia gestione todo y pueda vivir de la vid. Así es: en Schatz trabaja la familia y todo está hecho a una escala de amable dimensión humana. Dimensión humana que se dirige, por completo y en todos los detalles de la vida, a una convivencia armoniosa con el paisaje vitícola.

En una tierra que siempre, desde los tiempos de Acinipo (que da nombre, además, a uno de sus vinos más premiados), ha sido de tradición agrícola, la llegada de Federico a principios de los 80 del siglo pasado supone una “revolución”: porque la cepa había sido abandonada casi por completo; porque algunas de las uvas con que quería trabajar eran tradicionales en la tierra en la que nació pero no en la que lo acogió, Ronda (Lemberger y Muskattröllinger, las más destacadas, del Südtirol y Würtemberg, donde los Schatz atesoran experiencia y tradición vitícola desde 1641); y porque desde el principio tiene claro que de la asociación (el corazón de lo que sería la DO actual) nace la fuerza en una zona que, en esos momentos, no representaba nada en el mundo del vino español.

Federico, además, es un biodinámico de corazón y de razón. Lo conoce todo, sí, pero antes, lo siente todo. Desde la preparación de su compost (con boñiga de animales que controla porque habitan a menos de un km de su casa), pasando por la forma en que trata a su viñedo (la cubierta verde y las hierbas aromáticas son atendidas de forma escrupulosa para potenciar sus efectos beneficiosos: aireación de la tierra; fijación de un suelo con arena negra, limo y arcilla y con tendencia a desplazarse hacia el arroyo; protección contra el sol; atracción y distracción para los insectos) y terminando en la recolección de las hierbas que forman parte de los distintos preparados. La finca, además, no tiene otros viñedos cerca y está protegida por bosques y por la vaguada del arroyo: ideal, pues, para un cultivo biodinámico. Tienen abejas también, hacen su pan, la casa se autoabastece energéticamente gracias a placas solares y al pozo. Todo, en Finca Sanguijuela, empezando por sus habitantes, respira un aire de buena convivencia con el entorno.

Por supuesto, esto es muy bonito para pasar un rato y describirlo pero crearlo y mantenerlo es, también, una tarea dura y diaria, que es todo menos idílica. En la finca, además de la Lemberger y la Muskattröllinger, tiene plantadas Federico las variedades pinot noir, petit verdot, cabernet sauvignon, merlot, tempranillo, melonera, rome, tintilla de Rota (las más propias de la tierra en muy pequeñas cantidades: ensayos para el futuro), además de la chardonnay. Sus vinos fermentan con las levaduras del viñedo y la bodega, no se han estabilizado más que con algo de bentonita y no se han filtrado ni sulfitado más allá de los 20 mg/L, justo lo que él añade a los sulfitos naturales si la fermentación no llega a esa cantidad. Así, el transporte queda garantizado. Utiliza gran variedad de maderas, controla su trazabilidad, el nivel y años de su secado y sabe jugar y combinar sus características. De todos sus vinos, uno fue el que me encantó ya desde la primera botella bebida, hace años: el Rosado monovarietal de Muskattröllinger, un vino criado durante cinco meses en barrica de roble francés de Nevers, con sus lías y con removido manual. El 2012, con 13,5%, viene intenso, floral y exuberante, con aromas de pétalos de rosa, grosellas y algo especiado (pimentón). En boca, en cambio, es seco y astringente, con aires de regaliz de palo. Un vino para disfrutar y beber en cualquier momento, sin más, por puro placer. Su otro vino que me seduce de una manera especial es el Acinipo (ahora en el mercado el 2004, pero pude probar también el vino en inox de la cosecha del 2012), monovarietal de Lemberger, con aromas rústicos, y muy agradables, de cereza silvestre, potencia y frescor cítrico (corteza de limón), mineralidad elegante (arcilla en posgusto) y una punta de chocolate con agua. Un vino muy especial hecho en un lugar especial por una persona especial. Federico se despedía diciéndome: “me crié con mi abuelo en la viña y yo quería que la naturaleza me acompañase”. No se me va de la cabeza la imagen del padre de Federico en la viña, atando cepas a los alambres con el cochecito de su nieta junto a él. Esta historia sigue y fluye como un río...
Schatz Vater und Sohn