25 diciembre, 2012

Navidad sin formato

El Teide desde el Sauzal
Por decir algo. De vuelta de Tenerife y La Palma, confieso que he vivido alguna experiencia vínica intensa, siempre vinculada a personas que sienten las raíces de su tierra y de su territorio, que han convertido en paisaje embotellado. Hoya del Navío, en Tacoronte. Tierra de Frontos, en Abona y más arriba de Vilaflor. Tagalguén, en La Palma, en la Punta de Garafía. Blessed, en Tegueste.  Me han hecho volver a Barcelona con ganas de un reformateo. La habitual trinchera navideña se ha convertido en un valle sin fin, que va desde los 3000 metros a la profundidad del océano. La Navidad es, ahora mismo, un camino que me hace pasar, gozoso, por un cambio radical de botellas. Hay que seguir sintiendo raíces y gente que se asome a la tierra con una sensibilidad especial. Es un buen día para eso. Convirtamos esta Navidad en un día sin formato, démonos vinos que nos suban a lo más alto y nos obliguen a mirar nuestras cosas de otra manera. Para abstraerse, para disfrutar, para reformarse, para un reinicio. David Léclapart, L'Alchimiste 2008, representa la máxima sensibilidad en Champagne. Uno de los rosados más peculiares, pinot noir de Trépail. L'Arbossar 2008, carinyena de un viñedo especial de Torroja, en el que el trabajo de Dominik Huber y Jaume Sabater, devuelve a los Faunos lo que les pertenece. La Bota de Palo Cortado N.6, "bota punta", saca de abril de 2007, de Miguel Gil Luque. Un vino definitivamente cuántico, que trasciende cualquier dimensión conocida y nos arroja a los brazos de la más pura tradición jerezana. Del norte de Reims al sur de Jerez, pasando por Torroja. ¿Objetivo? Una Navidad sin formato. Lo aprendí en Igueste de San Andrés, el último pueblo habitado en la carretera que sale de Santa Cruz hacia el noreste. Allí donde termina la carretera de los vivos, empieza el reino de los muertos. Qué cementerio tan hermoso...allí no termina nada, empieza todo. Ya saben: nos lo escribió James Joyce en Los Dublineses y nos lo enseñó John Huston en su última película. Somos sombras camino de la inmortalidad. No se distraigan: que ustedes la disfruten y la beban bien.
Igueste de San Andrés

6 comentarios:

Smiorgan dijo...

Te ha quedado un post un tanto místico, eh Joan?
En cualquier caso, que tu lo disfrutes también.
Un abrazo.

Joan Gómez Pallarès dijo...

Este pueblo de Igueste, Elías, me dejó un oar de horas fuera de juego. Es un sitio especial. Cierto: en Tenerife hay unos cuantos pero éste me dejó cavilando y dando vueltas por todo el pubelo un par de horas. Una playa rodeada, vaya, cerrada por huetos, una carretera que muere en el sendero que lleva al cementario. Y nada más. Eso y el shock de temperatura (dejé Santa Cruz con 26 grados y un sol maravilloso) más el "efecto Navidad" (a ratos las sombras pesan lo suyo), me llevó a este post. Quédemenos con los vinos bebidos, que han salido extraordinarios los tres!!!
Abrazo,
Joan

Jose dijo...

Parece un buen camino ese, para ser el último.

Saludos,

Jose

Joan Gómez Pallarès dijo...

No quiero provocar nada, Jose, pero me imaginaba la procesión con el féretro desde la iglesia hasta ek cementerio. En Tenerife sigue esa tradición: salir a pie de la iglesia para acompañar, en comitiva, al difunto hasta el cementerio. Cuando íbamos con Fernando Luengo (Tierra de Frontos) de la bodega hasta Vilaflor, tuvimos que parar aqurellos buenos diez minutos porque tocaban a muertos desde el campananario. La iglesia quedaba a la izquierda de la carretera y el cementerio a la derecha...la iglesia de Igueste queda justo al principio de esa senda...pocos cementerios marinos como ese. Aunque pronto sacaré una foto de otro, en la Palma, tan atractivo como éste.
Saludos,
Joan

Jose dijo...

Según he visto la foto es en lo primero que he pensado; la natural comitiva que en ese último acto vital acompaña al difunto mientras resuenan las campanas de la iglesia.
Las campanas... Nos estamos olvidando, en nuestra adormecida ciudadanía, del significado de sus tañidos :-/

Saludos,

Jose

Joan Gómez Pallarès dijo...

En Granadilla de Abona las campanas sonaron aunque no exactamente a muertos, no por lo menos como se hace en los pueblos que yo conozco. Era un repique monótono, rítmico, pausado. En la ciudad eso, en efecto, ya no existe...
No sé si fue casualidad pero los dos únicos cementerios que vi estaban en dos confines al borde del óceano, el de Iguiste y el de Garafía (en la Palma). Este último tiene un valor añadido que también me impresionó. Creo que es el cementerio más occidental de España (de Europa, no, claro, porque están las islas atlánticas de Portiugal, con algún otro cementerio mítico), cuya paz alienta a uno de los vinos más interesantes que he bebido estos días...
Muerte y vino, vida y regeneración: puras raíces nuestras. Así nace el culto a Dioniso.
Buenas noches,
Joan

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