27 enero, 2012

Viña Gravonia blanco crianza 2000

Viña Gravonia 2000
Las uvas de viura del Viña Gravonia proceden del viñedo Viña Zaconia. Entre 444 y 472 metros sobre el nivel del mar. Sobre el Ebro, muy cerca de la bodega, en Haro, en suelos probres, de cascajo y pedregosos. Tierra de estructura suelta que permite que la planta (edad media de 45 años) penetre sus raíces con facilidad. La viura es tan de la Rioja como la tempranillo, la mazuelo, la graciano o la malvasía. Son uvas que se adaptan a las altitudes, al clima, al régimen de vientos, al suelo calizo y que ofrecen su mejor aspecto y rendimiento cuando todo coincide con una adecuada orientación del viñedo. Es el caso del Zaconia: mirando al sur, lo que permite una maduración muy buena y tardía. No es casualidad que de este viñedo, años ha, saliera el blanco con botrytis de la Casa.

2000 es añada calificada, genéricamente, de buena en La Rioja, pero en Viña Tondonia y en este viñedo en particular, la añada fue muy buena. Empezaron a vendimiar antes de lo habitual (finales de septiembre), pero el frío y las lluvias ralentizaron la maduración de la fruta. Tuvieron paciencia y terminaron la vendimia, con fruta bien sana, el 5 de noviembre. Este Viña Gravonia 2000, monovarietal de viura, ha envejecido 4 años en barrica usada (ni se sabe...bueno ellos sí lo saben, claro), con dos trasiegas cada año y clarificado con claras de huevos frescos. Se ha embotellado sin filtrar y salió al mercado hará unos tres años. Tiene un extracto seco brutal (aunque la bodega no lo identifica) y una acidez total de 5 gr/L. De alcohol: 12%. Se hicieron 30 mil botellas y la Casa pronostica 10 años buenos de conservación y más, si se guarda en perfectas condiciones.

Estamos en el "más", por supuesto. He tomado la botella a lo largo de esta semana, es decir en el 10 + 2 años y el vino está extraordinariamente joven, terso y con una acidez apabullante. Hay que darle una hora de oxígeno por lo menos, porque en los primeros aromas, la crianza y los terciarios dominan mucho. Pero ya en esos momentos iniciales, la boca impresiona. Anda la cosa entre la camomila y la mimosa en flor. Es penetrante como esa mimosa, acídulo al tiempo que muestra la madera: corteza seca de árbol en el camino. Alcornoque. Tiene un punto de maloláctica salvaje, entre la levadura de Paris y un queso poco curado de latxa. ¿Paradojas de la madera? Al día siguiente sigue penetrante pero ya recuerda más al acero sanluqueño. ¿Qué quieren que les diga? Entre los 10 y 15 años, casi prefiero una buena añada de Viña Gravonia que de Tondonia blanco...A partir de los 20 años, ya no. La diferencia es que el segundo aguanta abierto los días que quieras, mientras que el Gravonia empieza a debilitarse a partir del tercer día: eso sí, ¡sus 48 horas son gloriosas! Es cuestión de no dejarle llegar al cuarto día. En cualquier caso, se trata, siempre, de una experiencia muy gratificante y particular que suele andar sobre los 15€. Pruébenlo con unas alcachofas y verán cómo luce esa acidez y cómo se cruzan esos aceros.

20 comentarios:

Jose dijo...

Me he tenido que buscar a mi mismo en la red para ver cuándo fue la última vez que lo bebí. Como año y medio aproximadamente y lo cierto es que me recordó mucho al blanco de Marqués de Murrieta.

Hace menos bebí la 2001. Ouch, ¡qué extremadamente joven está!

Ambos, para beber, para disfrutar y para guardar.

Saludos,

Jose

el pingue dijo...

Que te decía que me dijiste una vez en Girona que lo mejor, mejor, mejorcísimo era una cerveza para las alcachofas. ¿No te acuerdas? (momento maldad)

Toni dijo...

¿Dejarlo 48 horas?. Ja, ja. Me recuerdas a Sibaritastur ;-). A mi no me dura dos horas. Suerte de que la parienta bebe como yo. :-)))

J. Gómez Pallarès dijo...

Puñetero Pingue!!! Cuenta toda la historia, compadre: te lo dije al hilo de una estupenda presentación de Inèdit que hizo mi amiga Meritxell Falgueras, en la que se puso de manifiesto la incompatibilidad entre la alcachofa y esa cerveza. En mi humilde opinión, claro...Era ironía!!! En fin, bromas aparte (que sí, que te has levantado malo, hoy), digamos que en mi ránking de aquello que he ebbido y conozco con alcachofas, el número uno se le llega de calle el fiano d'Avellino Don Chisciotte de los Zampaglione, cuanto más viejo (si se encuentra botella) mejor. En segundo lugar podemos poner, por ejemplo, la manzanilla pasada de la serie La Bota de...Y en tercer lugar, y con ese aire sanluqueño que mostraba el Gravonia, aunque comedido, a las 48 horas le metimos unas alcachofas hechas al horno, con un poco de ras-el-hanut, aceite y avellana. La alcachofa y el Gravonia, en vez de machacarse, se amplificaron mutuamente y fue como si en mi boca se abrieran las confluencias del LLobregat, del Guadalquivir y el tramo del Ebro que pasa frente a Haro!
Un abrazo,
Joan

J. Gómez Pallarès dijo...

Ahí le han dado, Toni, que no tenéis temple, ni ahuante ni mesura y las cosas os duran un padrenuestro!!!
Que sea a vuestra salud, caramba, duren lo que duren!
Joan

J. Gómez Pallarès dijo...

Caramba Jose, esto de autobiscarse tiene ya su miga!!! Muchois posts a cuestas llevamos, ¿verdad? Creo que llevas razón: yo tambíen me he buescaod aunque tengo presente el último Capellanía sobre el que escribí, el 2003, y el corazón de ambos vinos late de forma parecida. Puede que la menor crianza en madera, por una parte, pero que ésta sea más nueva, por la otra, hacen que el Capellanía tenga más presencia del tanino que aporta la barrica. En Gravonia hay otros terciarios presentes.
Pero llevas razón, vaya.
En cualquier caso, ambos son monovarietales de viura y con precios y perfiles más o menos parecidos. Y ambos son muy disfrutables, sobre todo con años de botella y sobre todo el Gravonia.
Por cierto, y en primicia, ayer uno de los cracks del vino en este país, Luis Gutiérrez nos dio a beber a unos cuantos privilegiados un blanco riojano ligeramente botritizado por los meses que pasó la uva en la planta (estamos hablando de la vendimia de 1939!!!), sencillamente único y extraordinario. De la noche de los tiempos, un trago de nuestra historia, croe que casi monovarietal de viura también, vivi, vivísimo, con cuerpo y estructura todavía. Una maravilla...
Joan

Jose dijo...

Bastantes posts y notas de cata (o algo así) echadas a volar en la red.

Debía haber precisado más y mejor. Cuando escribía blanco de Murrieta, eso quería escribir literalmente. Aquel blanco pre-Capellanía. Un blanco antigüo, un blanco viejo. Blanco que ya no existe.

Capellanía es otra cosa. Aunque de la añada 2003 sigo huyendo en todas sus formas y colores (todavía sudo el calor de aquel año) sí bebí alguna de las primeras añadas comercializadas de este vino y me desencantó. Pero la vida da unas cuantas vueltas y este año he vuelto a él y me ha resultado bastante distinto a aquel que bebí hace años. Distinto a Gravonia, y Tondonia, distinto a Marqués de Murrieta Blanco y también distinto a sí mismo en sus comienzos.
La 2005 que bebí hace poco se mostraba muy joven, muy viva y, al menos a mi, me ha dado un algo de esperanza en ese vino.

1939 y no sólo vivo, si no vivísimo... Son cosas que dan que pensar. Esos vinos jamás volverán a ocurrir.

Saludotes,

Jose

J. Gómez Pallarès dijo...

Sí, Jose, yo creo que Capellanía va mejorando, aunque nada tiene que ver con esa prefiguración de la que hablas, que sí era más cercana al Gravonia.
Estaba frente a Irene Alemany (Alemany i Corrió, Sot Lefriec, Pas Curtei, DO Penedès y mucho más), Octavio Batista y Luis Gutiérrez y junto a Elena Yepes, Valentí Prior, Luís Ariza e Ignacio Villalgordo. Y entonces, sin sacar la botella todavía Isabell Brunet, Luis empezó a desgranar la historia de una cosecha perdida durante meses en las cepas de una posguerra que justo empezaba (octubre-diciembre de 1939-enero de 1940), de unas mujeres sin hombre en el pueblo (¿qué pueblo? por supuesto no lo dijo, aunque uno tiene su hipótesis...) que se decidieron a vendimiar una uva que había botritizado noblemente, de un vino que quedó olvidado en viejas barricas no menos de 30 años y en alguueinq ue lo recuperó y empezó a hacerlo circular con ocasión de la boda de un hija. Y de golpe, allí estamos ante un precioso líquido rebotellado y reetiquetado, que lanzaba a los cuatro vientos su verdad: para hacer un vino grandioso la naturaleza se basta, manos que la recojan y tiempo para olvidar. Irene añadía, sabia como es: "y una tierra que era casi virgen y no conocía los desastres de la química y el laboreo intensivo de los 50-70". En efecto, el vino nace (éste es el caso) y ahora, el vino suele hacerse, que es bien distinto. Este vino, que creció con los estertores del odio y la muerte, nos devolvió ayer noche los mejores sabores de la noche del tiempo: oro brillante, infusión de camomila, paso de seda, flores marchitas, mínima volatil, estructura delicada. No sé por qué, pensé en Carnarvon y Carter ante la máscara de oro del joven faraón muerto hacía 2500 años. Qué descubrimiento. Y qué generosidad la de Luis e Ignacio.
En fin...que nunca terminaré de agradecer a este blog que me haya brindado, al cabo de cinco años, una ocasión como ésta. Y no hablo del Madeira de 1900 porque ya me voy...
Joan
Joan

J. Gómez Pallarès dijo...

Sí, Jose, yo creo que Capellanía va mejorando, aunque nada tiene que ver con esa prefiguración de la que hablas, que sí era más cercana al Gravonia.
Estaba frente a Irene Alemany (Alemany i Corrió, Sot Lefriec, Pas Curtei, DO Penedès y mucho más), Octavio Batista y Luis Gutiérrez y junto a Elena Yepes, Valentí Prior, Luís Ariza e Ignacio Villalgordo. Y entonces, sin sacar la botella todavía Isabell Brunet, Luis empezó a desgranar la historia de una cosecha perdida durante meses en las cepas de una posguerra que justo empezaba (octubre-diciembre de 1939-enero de 1940), de unas mujeres sin hombre en el pueblo (¿qué pueblo? por supuesto no lo dijo, aunque uno tiene su hipótesis...) que se decidieron a vendimiar una uva que había botritizado noblemente, de un vino que quedó olvidado en viejas barricas no menos de 30 años y en alguueinq ue lo recuperó y empezó a hacerlo circular con ocasión de la boda de un hija. Y de golpe, allí estamos ante un precioso líquido rebotellado y reetiquetado, que lanzaba a los cuatro vientos su verdad: para hacer un vino grandioso la naturaleza se basta, manos que la recojan y tiempo para olvidar. Irene añadía, sabia como es: "y una tierra que era casi virgen y no conocía los desastres de la química y el laboreo intensivo de los 50-70". En efecto, el vino nace (éste es el caso) y ahora, el vino suele hacerse, que es bien distinto. Este vino, que creció con los estertores del odio y la muerte, nos devolvió ayer noche los mejores sabores de la noche del tiempo: oro brillante, infusión de camomila, paso de seda, flores marchitas, mínima volatil, estructura delicada. No sé por qué, pensé en Carnarvon y Carter ante la máscara de oro del joven faraón muerto hacía 2500 años. Qué descubrimiento. Y qué generosidad la de Luis e Ignacio.
En fin...que nunca terminaré de agradecer a este blog que me haya brindado, al cabo de cinco años, una ocasión como ésta. Y no hablo del Madeira de 1900 porque ya me voy...
Joan
Joan

J. Gómez Pallarès dijo...

Misterios de este blogger de los demonios...me ha duplicado la publicación de la respuesta a Jose y mi firma. En fin...Lo siento.
Joan

jordi dijo...

Joan, lo que cuentas de la cosecha del 39 es emocionante y algunos seguro habríamos agradecido un post particular de esos en los que te explayas en los pormenores del asunto; pero algo has contado aquí, y con eso uno se conforma. Lo que da que pensar esta criptocosecha del 39 es que incluso un vino episódico como éste pueda llegar a tu boca hoy en las sorprendentes condiciones que cuentas porque está enraizado en una determinada tradición que ha continuado cultivándose con el paso de los decenios. A veces se echa de menos en nuestro entorno vinícola contar con bodegas que sigan practicando tradiciones centenarias como las que hay en muchas zonas de Francia o Alemania. Y no me refiero a la tradición en el sentido normativo asociado a lo reaccionario, sino al sentido descriptivo de prácticas realizadas y pulidas durante muchísimos años que dan una singularidad a los vinos que es muy placentero e instructivo comprender. En fin, que hoy se hacen excelentes vinos con enfoques muy distintos, pero que tienen un valor incalculable aquellos que cuentan cosas que sabíamos y quizás hemos dejado de saber.
Un saludo,
Jordi

Mariano dijo...

¡Qué grande Gravonia!, ¡y qué precio, pardiez!

Si alguien que pase por aquí, frecuenta el Alcampo de Torrelodones, y recuerda a un tipo semitumbado rebuscando, casi buceando, entre las estanterías bajas de la zona de vinos. No lo duden, fue el pelagatos que suscribe haciendo Gravoning.

Cuina Cinc dijo...

Alè, Alè, Alè....:)) Visca l'arte de Vinis i d'en Joan
que contenta estic de sentir-te
t'estic escoltant a la radio en directe,
petons i abraçades

J. Gómez Pallarès dijo...

Hola, Jordi! Probablemente tienes razón pero cuando Luis e Ignacio contaban la historia, la contaban un poco a retazos. Y sentí, cosa bien normal por otra parte, que la historia no me pertenecía, por lo menos no al completo. Los detalles los tienen ellos y supongo que ellos lo contarán (o lo habrán contado...no me consta pero vaya, no puedo leer Mundovino cada día). Yo me quedé con el aire extraordinario de la historia y, claro, al ser un vino primo hermano de los Tondonia y Gravonia, pues la historia cayó sola.
Y tienes mucha razón en lo que observas. Lo comentamos durante la cada del viernes en Monvínic (de esa sí espero poder escribir mis impresiones porque hubo algunos momentos emocionantes también) y Luis lo repitió varias veces. Hay viñedos y familias en Francia y en Alemania (también en Portugal!) sobre todo, que llevan más de trescientos años en el mismo viñedo y con la misma uva. Esa tradición vitivinícola en España es pràcticamente inexistente al nivel y profundidad con que se da en otros países. Podríamos hablar del Marco de Jerez, claro, y lo hicoimos al hilo de un único Carta Azul PX viejísimo de Agustín Blázquez. Incluso esa bodega ha desaparecido ya, absorbida en mayores empresas. Podríamos hablar de La Rioja, claro. Pero casi tendríamos que parar aquí. No queda prácticamente ni una tradición familiar seguida en España que llegue de más allá de los primeros años del siglo XX.
Ese vino del 39 (y otras maravillas que Luis e Ignacio tienen en cartera fruto de su extraordinaria arqueología vínica) representa, además de una historia conmovedora que te estás bebiendo en ese momento (ya forma parte de mí para siempre) un hilo conductor que no se ha roto todavía. Hablaban de un Castillo de Ygay blanco de los años veinte, podríamos hablar hoy de los grandes Tondonias blancos. Cuando bebí ese vino supe, además, de la grandeza de la gente auténtica del mundo del viuno: compartieron esa botella sin más, por el puro placer de bebérnosla entre doce personas (creo que éramos...), porque es mucho mejor compartir las grandes cosas que bebértelas solas. Chapeau también para Luis e Ignacio, caramba.
Saludos,
Joan

J. Gómez Pallarès dijo...

Realmente, Mariano, esa imagen tuya buceando en los anaqueles del Alcampo haciendo gravoning es ya una de las imágenes del año!!! Genial, sin más, el neologismo que te has inventado! Ese buceo de habrá dado algún buen premio, claro, aunque la gente que lleva los vinos de estas grandes superfícies, suele ser gente muy preparada y que no deja pasar grandes sorpresas. No hablo del encargado del almacén en concreto, sinó de quienes deciden qué compran y en qué almacén lo ponen.
Saludos!
Joan

J. Gómez Pallarès dijo...

Moltísimes gràcies, Cuina Cinc!!! Em va fer una mica de tall fer publicitat anticipada aquí, i com que Olleta de verdures ja havien activat la cosa, vaig pensar que no deia res en públic. I, vaja, ha funcionat!!! Ha trucat un munt de gent i hem apuntat alguns temes interessants.
Confesso, a més, que veure de tant en tant en Tàpias i en Jordi en directe està molt bé. Lo de la Cópulo ja és punt-i-apart: quan ha llegit Foix, pensava que em fonia. Què bé que diu aquesta dona.
Merci per escoltar-nos!
Joan

EuSaenz dijo...

Hace poco pude disfrutar de una botella de Corona 1939, un vino absolutamente brutal independientemente de la historia de tiene por detrás. Luis e Ignacio no paran, estuve con ellos el miércoles catando viejos Portos de Niepoort y luego fueron para Barcelona, espero verlos en Cantabria con los alemanes...

Saludos,
Eugenio

J. Gómez Pallarès dijo...

Por supuesto, Eugenio: un vino es grande por si mismo o no lo es. Pero cuando a un vino grande se le une una historia como ésta, se te saltan las lágrimas directamente!
Y en Cantabria, con un poco de suerte, nos veremos también. A ver si me las apaño, caramba, que si tú y tantos otros hacéis el esfuerzo de venir aquí tantas veces, Cantabria bien vale lo mismo, ¿no?
A ver si me salgo con la mía.
Saludos!
Joan

EuSaenz dijo...

Pues nada, a ver si nos vemos por allí, estamos preparando una buena acogida el domingo en mi pueblo (ya verás que maravilla), para continuar el lunes. Va a ser un gran fin de semana, así que anímate.

Saludos,
Eugenio.

J. Gómez Pallarès dijo...

Vamos a ver si puedo terminar de montármelo, Eugenio! Ya me ha contado el Herr algunos detalles de la organización en cierto restaurante del que tengo todas tus referencias leídas!!!
Saludos,
Joan

Publicar un comentario