26 junio, 2009

Arbossar 2006



Si alguien se pregunta por qué un bávaro de München y un surafricano de Swartland hacen vino en el Priorat, no tiene más que mirar la foto de su viñedo de Les Tosses. Eben Sadie y Dominik A.Hüber llegaron hará casi diez años, atraídos por un paisaje único, quizás enamorados por la visión del vino que llevaban en sus cabezas. Empezaron por separado, Dominik con Arbossar, Eben con Dits del Terra. Pronto se encontraron y a fe que se reconocieron. Terroir al Límit es su asunto en Torroja, cerca del centro del Priorat pero con viñedos, como éste, que quieren tocar el cielo.

Les Tosses, les Manyes, Dits del Terra, Arbossar: desde 2006, pequeñas producciones (la mayor no supera las 2500 unidades) que embotellan y quieren hacernos beber cada viñedo con sus rasgos y su propio carácter. En los últimos meses, he tenido la suerte de charlar no poco con Dominik, de probar varias veces todos los vinos de Terroir al Límit, de comer y cenar con ellos y, hace bien poco, de conocer al grupo (Sabater siempre está al quite, Frida nunca anda lejos: ved su impresionante belleza, fuerza y serenidad en la foto inferior). Si uno no pisa los viñedos, si no se habla con quien hace el vino, si no se ve la bodega (o como quiera llamársele: aquí lo importante no es el utillaje enológico, ni mucho menos), se entiende peor el vino.

Ahora sé el por qué del nombre de su bodega, la implicación íntima y brutal con sus "terroir" (viñedos) en el Priorat, aplicada hasta sus últimas consecuencias, al límite. No son visionarios, tienen los pies muy firmes, anclados en sus viñas, y siguen el movimiento de su intuición al pie de la letra. Pasaron años muy difíciles, a punto estuvieron de echarlo todo a rodar, pero cambiaron por completo su forma de hacer las cosas. La tierra, la cepa están empezando a agradecerlo. Y nosotros empezamos a beberlo. No se pondrán nunca la etiqueta de biodinámicos porque eso no les importa. Pero la mula ha entrado ya en los viñedos, la naturaleza sigue su curso sin intervención de la química, la enología se ha concentrado en un termométro, las fermentaciones alcohólicas empiezan y terminan cuando quieren y las malolácticas, trasiegos y reposos van a golpe de nariz y de luna.

En una parte muy baja de Torroja (bendito territorio, casi como Porrera...), junto a una reencontrada mina de agua, reposan sus pocas botellas. Junto a ellas, las barricas bordelesas, usadas todas ellas, cuentan sus últimos días de vida: sus vinos necesitan más espacio y otras maderas. La última botella abierta y la reciente visita, abren mi apetito escritor. Arbossar, un viñedo que hay que conocer. Rodeadas de bosque y vegetación, en una pendiente natural hacia el barranco, en la zona más fresca y menos soleada (apenas el sol del atardecer), reposan, solas,y en inmejorable condición, las cariñenas. Pisar el lugar y oler el vino: todo es uno.

Arbosssar 2006, abierto el 19 de junio de 2009 (menudo día para ese vino: comprobad el calendario), al atardecer, sin decantar, media hora y copa amplia y alta que dé respiro a sus 14,5%, la fruta desborda por completo la sala y muestra una fragancia abrumadora: entrar en la copa es hacerlo en el viñedo. Raíces, tierra, vino que te envuelve y cautiva, tiene un frescor cítrico (corteja de naranja macerada). Lavanda y orégano, ofrece el punto casi dulzón de una coca con cerezas. Suavidad de terciopelo, raso fresco, oscuro, que envuelve tu garganta, sedoso, y amable. Esa mano de mujer que acaricia tu pelo y tu mano. Yesca y pedernal. Humedad. Qué grandes son estos dos tipos. No les perderé de vista.




Las fotos primera y tercera me las ha pasado Dominik, de Terroir al Límit. La segunda, del propio Dominik, ha sido hecha por Marcelo Isarrualde.

22 junio, 2009

¿Años? Tres


Son ya tres años. No voy a soltar ningún discurso pero no me quito de la cabeza la charla de Manolo Gago en el Fòrum de Girona'09. Estas cosas, per se, no duran más de cinco años y yo empiezo, a los tres, a notar la fórmula agotada. Ya lo decía el inmortal Joan Capri; el amor se va, pero ella se queda... Es como si escribir no bastara. Necesito encontrar nuevas fórmulas que traduzcan lo que llevo en la cabeza: texto e imagen. Los textos, a ratos, me satisfacen.

Las imágenes, muy pocas veces. Lo veo aquí y allá, en blogs que admiro: me falta esa capacidad de ofrecer la imagen que tengo en la cabeza para el texto que estoy escribiendo. No soy capaz de hacerlas y pocas veces las encuentro. A veces, me siento cómodo con los programas que las tratan y me parece que he avanzado. Pero me sucede poco. Tendría que echarle las horas y los días que no tengo. Que no suene esto a despedida porque no lo es.

Que suene a tirón de orejas porque llevo demasiado tiempo haciendo lo mismo. Y con poca variedad, innovación y alteraciones. No tiene nada que ver con mi pasión por los vinos, intacta y que sigue encontrando nuevas vías y, siempre, cosas interesantes que conocer, pisar y beber. Tiene que ver con la forma de decir, de comunicar, de transmitir a través de un blog. Tampoco creo que este medio esté decayendo. Pero sí noto, de un tiempo a esta parte, que la gente no tiene el tiempo necesario para cuidar la comunicación. Yo no puedo leer o atender a mis blogs de cabecera. No sé si la gente me lee (porque hace tiempo que no miro estadísticas), pero sí sé que los que solíamos frecuentarnos, lo hacemos ahora, nunca mejor dicho, de uvas a peras. Con honrosas y muy loables excepciones, entre las que no me puedo contar.

Tengo la sensación de que este blog está cayendo en una cierta, otoñal, languidez y que necesita un poco de reposo y de meditación para encontrar nuevas ideas de primavera y frescor. Publicar menos y mejor, puede... Me sueno a cansancio y esto, en mi forma de entender las cosas y vivir la vida, es malo, malo. Tengo que charlar con los amigos, tengo que buscar consejo, tengo que pensar qué hago aquí y cómo lo hago (el por qué sí está, por ahora, claro: el día que éste falle, el acabose), tengo que beber buenos vinos en mejores compañías para intentar ver hacia dónde va esto...como excusa, no está mal, ¿eh? ¡Que tengáis un buen día y un mejor solsticio de verano!



La Fogata, cuya textura y aires recoge muy bien mi sentir, pertenece a mi amigo Jesús Martín Camacho, un genio de las artes visuales y las letras.

19 junio, 2009

Va' dove ti porta il cuore


Tomo prestado el título del relato de Susana Tamaro porque es lo primero que me viene a la cabeza: cuando mi corazón italiano quiera sentirse bien y muy napolitano iré y volveré a Le Cucine Mandarosso. Entré y casi me sentí (con las debidas distancias y todo el respeto) como Odiseo siendo reconocido por su perro al volver a Ítaca. ¡Estaba en casa de nuevo! Callejón casi ravelliano (sólo le falta la cuesta), decoración hecha con esmero aunque a puro golpe de retazo (no hay tres mesas iguales ni dos sillas que casen), entrar y topar con la sonrisa de Joana me sonó a trompetas del Apocalipsis antes de que se me abran las puertas del Paraíso. Amabilidad, explicaciones detalladas que nunca se cansa de dar, atención sin desfallecer. Verla llegar con las bolsas del Pastificio Setaro de Torre Anunziata fue, ya, toda una revelación: la bahía de Nápoles hecha mujer. La cosa iba en serio. Una ojeada a los antipasti (calabacines con un punto de hierbabuena; berenjenas; pimientos; tortilla de macarrones) y las pastas que fueron desfilando, me lo dejaron claro: un pedazo del cielo napolitano, del sol y de la brisa de su mar, de los cítricos de sus colinas, de su genialidad y su predisposición innata a la sonrisa y al "benessere" se estaba abriendo sobre nuestras cabezas en Barcelona.

Una burrata excepcional (no tengo palabras cada vez que la recuerdo), unos gemelli al pesto (de los que cambiaría perejil por unas hojitas de salvia), unos fetuccini all'amatriciana, una lasagna con spek, orechietti con calamaretti, satisfacen el espíritu de cualquier enamorado de la buena pasta "casalinga". Soñaba con abrir los ojos en la terraza de Villa Ruffolo o Villa Cimbrone y descansar en el atardecer mágico de la costiera amalfitana. Los abrí, claro, pero me topé con la mejor culminación posible para una cena en Italia. ¡Dulces caseros! Me zarandearon sin compasión la memoria un delicado y suave canolo siciliano y una insuperable, fina y sabrosa, pastiera napolitana. Un buen Cerasuolo de Valle Reale (Montepulciano d'Abruzzo de viñas jóvenes) 2008, algo cerrado en nariz, al principio, pero de firmes taninos, austero y gran posgusto de frambuesa en boca, hizo de buen acompañante (la carta de vinos es corta pero tienen dos o tres detalles de buen gusto, éste es uno de ellos). ¿Qué podia rematar mi felicidad y hacerme cerrar la boca ante el espectáculo que, boquiabierto, se había ido desplegando? Por supuesto: una copita del mejor amaro de mi mundo, el de los hermanos Averna, en Caltanisetta, con un cubito de hielo. 22 euros por persona hicieron que saliéramos al fresco de la noche, casi estival, pellizcándonos los unos a los otros. ¿Ha sucedido lo que acabo de contaros? Miedo me da volver por allí y toparme con lo que cantaba Sabina: ¿fue todo un sueño? No sé ni por qué lo cuento...por si las moscas, volveré.

Las ilustraciones son de la web del restaurante.

15 junio, 2009

Dos Palillos


Haiku: ambición de la sencillez, el tiempo se detiene. Papeles blancos sobre la mesa del calor. Vuelan. Dos Palillos: perfección en la sencillez. Ambición en conseguir la felicidad de quien se sienta a su alta mesa. La vida en directo. La cocina en vivo. Emoción. Profesionalidad. Tensión. Albert Raurich. Intercambio. Formación en estado puro. Movimiento. Vinos y espumosos pensados para sus platos. Platos pensados para comer Japón en el Raval. Tamae Imachi. Genial propuesta. Magnífica ejecución. Kimchi de verduras con pulpo. Ligero picante. Casi gelatinoso pulpo. Firme y entero en su muda charla con las especias. Takeshi Sowekawa. Gyozas de carne. Delicadas. Suave textura de pasta y carne en armonía con la soja. Wok de verduras tiernas. Al momento, ante ti, el campo en un golpe de muñeca. Color. Sabor. Entereza. Lentitud. Contemplación.

Bertha Brut Nature. Colet Extra Brut. Burbuja y cocina japonesa, aquí: qué emocionante encuentro. Ningyo-yaki. Tradición del muñeco relleno de haba roja, a la catalana: perfección de la esfera. Emoción del chocolate que explota, tibio, en tu boca. Té verde. La segunda bola puede esperar, aconseja Albert. Estoy solo en El Raval. El mundo, ahí fuera, puede esperar. Oficio. Técnica. Pasión. Discreto deambular. "El mundo es efímero, pero yo estoy alegre". Sengai. Gracias, Tamae, Albert, Takeshi. Hoy he sido feliz comiendo, viendo, bebiendo, oyendo. Volveré.

11 junio, 2009

Estancia Piedra


Cuando un viaje empieza con algo tan extraordinario como esa cecina del Carpe Diem de Toro, uno sabe dos cosas: que está en buenas manos y que el viaje no puede ir mal de ninguna manera. Apenas 24 horas entre Valladolid, Toro y carreteras que van y llevan. Primavera desbordante, aunque no con mucha agua en la zona (Santiago seguía, ávido, los pronósticos); "aperitivo" de lujo con mi amigo Pedro, mostrándome con lógico orgullo los caminos que pasan por Pollos y Castronuño (su pueblo: bello promontorio sobre el río Duero ante el embalse de San José), antes de llegar a la bodega. Estancia Piedra, en la DO Toro (también con cepas de verdejo en Rueda), es el sueño de Grand Stein que Inma Cañibano y el cohesionado equipo de la bodega ha sabido convertir en vino que llevar a la copa. Las cepas estaban, pero el empeño, llevado a cabo en apenas diez años, tiene un mérito y un tesón enormes detrás. Ilusión, también. Amor por esta tierra y por conocer a fondo cómo explicarla, más.


Viñedos a ambos lados de las laderas que surca, discreto, el Garuña presiden el conjunto, que parece casi toscano, por su placidez en las laderas, por su amabilidad, por su pulcritud. Desde lo alto de la finca se intuye, a lo lejos, Toro. Más cerca, a nuestros pies, Inma muestra con amor de madre las cepas más viejas de la tinta de Toro de la casa y, para mi alegría, cepas de garnacha casi al abrigo del monte, en una parte bien soleada de la finca: tiene su miga, en Toro, que la garnacha sirva para dar alegría, matices y casi chispa a uno de sus vinos emblemáticos. A él volveré. El territorio se intuye (la foto basta) de una variedad mineral enorme y quienes trabajan las cepas lo saben bien y vinifican hileras por separado.


Tras el paseo por los viñedos y la bodega, apretaba el hambre. Inma, conocedora del buen diente de los conmilitones que en el vino somos, nos llevó a uno de los buenos restaurantes de Toro: Sarmiento. Mucha sensibilidad hacia los productos de la tierra, cruce de caminos entre Toro y Salamanca. Muy destacados sus entrantes y ensaladas: la de naranja, bacalao y pamplinas de la foto, por ejemplo; o el carpacio con cítricos, queso de Zamora y frescor de menta. Acompañó de maravilla (sí, sí, con el carpacio también) un mayúsculo Piedra Verdejo 2008. La medalla, por ahora, se la ha llevado el 2007, pero a mí me gusta más este 2008: un trabajo mucho más fino con las lías, una fruta más atractiva (terpenos, la levadura autóctona, la hierba segada, ese mínimo amargor) y una boca esplendorosa, fresca y bien armada al mismo tiempo, algo glicérica y con un posgusto de jazmín notable.

Ya de vuelta a la bodega, me tocaba dar una charla que, para mi orgullo, aunque no inauguración oficial del nuevo edificio emblemático de la casa (para vender, para explicar, para charlar y para tomar vinos), sí era la primera actividad en el mismo. Me armé de valor porque los obstáculos no eran pocos: una excelente comida, con sus vinos; una buena charla y un paisaje detrás de mi silla que, por su belleza, era a lo que iban a prestar atención los presentes...casi nada. Me sobrepuse y eché el resto. La cosa fue muy agradable, por lo menos para mí. Al haber pergeñado los inventores del asunto (Inma, Pedro, Juanma) un trasunto contenporáneo del simposio (Leyendas del Vinotauro), la cosa iba de explicación, sí, ¡pero copa en mano! Ahí me salvé, claro, porque el público estaba feliz, iba bebiendo del vino que se servía y sus rostros, a pesar de mi tostón, fueron mudando en felicidad y alegría. El mérito, pues, lo tuvo el vino que Inma había elegido para mi charla. Cada charla, cada narrador de leyendas, tuvo su vino, no al azar: Inma ha ido "ensamblando" vinos de Estancia Piedra con narradores. Yo tenía mi intuición. ¡Y acerté! Lagarona 2001 fue mi vino. Tinta de Toro con un 25% de garnacha de la casa. Inma sabía bien de mi pasión por esta última variedad, que ha ido creciendo en botella y le ha dado a la apersonada, a ratos corpulenta, tinta, unos aires casi de baile. La garnacha es también una variedad bastante masculina, pero la orientación casi noroeste de esas cepas (quizás no la mejor para esta cepa), le da una buena frescura a la uva. La fruta, ahí sigue, el vino está evolucionando muy bien y se está convirtiendo en algo casi delicado. Disfruté mucho esa elección y, claro, acabé pasando del asunto de la charla para dar rienda suelta a lo que me sugería el vino. Fueron 24 horas en la vida de un enópata (con permiso, Juan), que no olvidaré fácilmente. Gracias a todos los que las hicieron posibles. Aviso: volveré. Ya llevo a Toro dentro de mí.

07 junio, 2009

¡Joder, qué artículo!


Ya me perdonarán los lectores el exabrupto del títular, pero procede, directo, del texto que Xavi Sancho publicó ayer en El País, página 50 de mi edición catalana, "Tendencias, gastronomía": "El 'low cost' llega al vino". Después de leerlo unas cuantas veces, me sentí casi como el maniquí de Volkswagen en sus pruebas con el Golf GTI: algo asqueado. De la parte de quien firma ese artículo, se me ocurren algunos comentarios:
1. ¿No hay palabras más modernas que "caldo" para hablar de un vino "joven y moderno"? 2. No me parece de recibo que relacione el estrellato de un restaurante con las "ganas de estrellarse" que pueda suponer conseguir un reconocimiento. Mucha gente lo consigue y no se "estrella" (qué juego de palabras, por cierto...). 3. No hay que burlarse de un buen cristal para beber vino. No tiene por qué ser caro, además. Hay un montón de buenas copas en el mercado, que no son de metacrilato y que ofrecen una entidad no despreciable a lo que uno bebe. Por cierto, si leo el DRAE, "chasquear" no es verbo que uno pueda utilizar con una copa: podrías hacerte daño. 4. No hay que poner a todos los filósofos griegos en un mismo saco. Sobre todo si se quiere hablar con desprecio de ellos: no pocos no le pusieron mala cara a la buena vida y, además, escribieron cosas sobre ella que siguen siendo, hoy, motivo de buena reflexión. 5. ¿"Primer concepto democratizador, modernizador, joven y sobradamente desacomplejado de vino patrio"? No me haga reir el periodista de El País: ¿qué pensarán de su afirmación los jóvenes modernos democratizadores desacomplejados hacedores de vinos patrios (ñoña la iunctura, ¿no?) que hace años están ya andando ese camino? ¿Qué, Rafael Palacios con sus godellos en Valdeorras? ?Qué Raúl Pérez con sus mencías bercianas? ¿Qué Albert y Gerard Jané con sus garnachas del Montsant? ¿Qué Joan y Josep d'Anguera con sus syrahs? ¿Qué Dominik A. Huber y Eben Sadie con sus cariñenas prioratinas? Y docenas de etc, que me vienen a la cabeza. Me sonrojo, casi me avergüenzo por ellos, ante lo ignorante de la afirmación del periodista: "primer...".

De la parte de quien es entrevistado, Miguel Ángel Vaquer. 1. "¿Desdramatizar la cultura del vino"?, "¿cierta impostada necesidad por fingir saber más de lo que se sabe"? Estos profetas del vino "joder" no quieren hacer sólo vino, quieren hacer marca y negocio. Han decidido cuál es su objetivo de mercado y van a por él (en la foto, uno de sus símbolos). No lo critico, conste: cualquier inversor quiere ganar lo invertido y entrar lo antes posible en beneficios. Lo que no me gusta nada es que se tenga a que hacer a costa de proferir tanta sandez. Porque tras el vino este popular a 8 euros, llegan las copas de metacrilato (ahora entiendo las críticas a las de cristal, salvajemente chasqueadas), los taburetes con forma de corcho (sic) y los artilugios de todo tipo. Hagamos un ejercicio entre los lectores de este cuaderno: propongamos un listado de vinos populares y buenos, quizás también menos pijos, que cuesten menos de 8 euros. Empiezo yo: Viña Zorzal Graciano 2007, de Vinícola Corellana, por cinco (5) euros. 2. Me gustaría saber cuál es el paradigma de etiqueta de los "diseñadores más modernos", qué es lo que ellos no han sabido resolver y qué han resuelto, por el contrario, los hacedores de esta etiqueta. Me parece, como casi todo lo que he leído aquí, de una banalidad absoluta: ¿cómo se atreven a poner a todos los "diseñadores modernos" de etiquetas de vino bajo un solo paradigma? 3. "En nuestras catas el vino se bebe, no se escupe: eso sí que es snob (sic!)". ¿Escupir el vino es snob? (nota al margen: el periodista no ha leído el Libro de Estilo de su propio periódico, pues hay que escribir "esnob (plural, esnobs), no snob. Se escribe en redonda lo mismo que sus derivados ‘esnobismo’ y ‘esnobista’). Me da que cuando alguien tiene que probar treinta vinos en un día y no lo bebe todo, más que el esnobismo, lo que está practicando es la profilaxis para con su hígado.

4. Me ofende, sin más, por el resentimiento que destila y por la incultura absoluta que muestra (¡qué atrevida es la ignorancia!), la última afirmación del entrevistado: "los romanos tenían un vino de mierda". Por una parte, demuestra que no sabe nada de uno de los dos métodos que mueven a la humanidad, el deductivo: a. Los romanos tenían un vino de mierda. b. Los romanos se lo tragaban todo. c. Ergo (nosotros, que tenemos un vino "joder") podemos beber con más garantías que los romanos, con lo que "¿qué sentido tiene escupirlo?" Demoledor, no tengo palabras. Por la otra, me sugiere algunas preguntas: a. ¿qué culpa tienen los romanos de la existencia, hoy, de un vino "joder"? b. El Sr. Vaquer, que afirma que los romanos tenían "un vino de mierda", ¿ha probado un solo vino romano en su vida? c. ¿Quizás se está refiriendo, si la respuesta a b. es "no", a los vinos de Frascati o del Lazio...? Puesto que creo que se refiere a los vinos de los antiguos romanos, diré que nadie puede saber, hoy, cómo era y a qué sabía un vino en la antigua Roma. Diré más: si el entrecomillado entrevistado hubiera leído algo, sabría que no existe un "vino romano", sino vinos de muy distintas zonas que eran conocidos y valorados por ese origen: Albano, Cécubo, Falerno, Másico, Priverno, Signino, etc. Los vinos de la antigua Península Itálica y de Sicilia eran bebidos y entendidos en su contexto, como los vinos "joder" lo serán en el suyo, que para mi suerte no es el mío. Todo esto será muy moderno, muy emotivo, muy bello, muy mediterráneo (por usar los adjetivos del artículo; ya puestos a pedir, ¿alguién podría aclararme qué es un vino "mediterráneo": un monastrell, una malvasía, un bobal, una garnacha blanca o tinta...?), pero tiene poco que ver con el vino. Creo. Por si las moscas, voy a comprar una botella de este vino "joder", para comprobar qué tipo de interjección me arranca. Prometo beberlo, claro, no escupirlo.

Las fotografías segunda y tercera son de Dani Riera para este artículo de El País, por cierto, de página entera, publicidad aparte. Mi periódico de toda la vida, desde su número 1, está perdiendo músculo.

03 junio, 2009

A vivir


Hoy está siendo domingo. No me gustan los domingos: poca libertad, mucha obligación. Largas tardes... Cierta rutina familiar. Hoy le he dado unas notas a mi domingo. Paseo por el barrio de Gràcia, apacible, bondadoso, siempre abierto. Plazas soleadas, árboles generosos. Plaça de la Virreina. Música africana en el aire. Bar que homenajea a Mario Benedetti. Poesía en las paredes. Aire fresco de un octogenario que se comprometió con la vida. A vivir.

Quisiera conocerme y conocerte
y calmar esta sed entre tus labios
olvidarme de todos los resabios
y jugar sin el miedo de perderte

no es cosa de aceptar la mala suerte
y llenar el vacío con agravios
lo mejor es quedarse con los sabios
lo más lejos posible de la muerte

no está de más un poco de lujuria
para alegrar las tardes de la siesta
y desarmar la próxima penuria

con tus señas de azar o con las mías
el amor tiene siempre algo de fiesta
a vivir a vivir que son dos días.

Benedetti me inspira. Llego a casa y el periódico me regala con tres nuevos relatos de cronopios y famas de otro amado, Julio Cortázar. Está subiendo el nivel de mi domingo. ¿Agradable comida familiar? ¡Sí! Sabrosa ensalada de judía verde al dente, muy verde, con tomate cherry y orégano de Béjar. Decido echarme a ese monte y terminar en gloria. Recurro a lo que es un secreto a voces entre los que saben de Champagne: Bouzy, quizás la mejor pinot noir de la zona (de donde salen grandes vinos tranquilos) y un vigneron que se está dejando querer cada vez más. Benoît Lahaye. Le damos un buen repaso gracias a mi ángel custodio particular en estos temas: Julien. El Brut Essentiel (Bouzy es Grand Cru), 90% pinot noir, 10% chardonnay, muestra grandes maneras pero su degüelle (20.12.08) pide algo más de reposo en botella. Brioche, fina autolisis, manzana madura, vivo en nariz y en boca. Al tiempo. El que me desborda, literalmente, es el Rosé de Macération, 100% pinot noir embotellado en abril de 2006 y degollado el 28.07.08. Con un mínimo dosaje (5 g/l), este champagne se hace con una maceración corta de la pinot noir y largos meses de contacto del vino con sus lías. Impresiona su madurez actual, su finura, pura seda en el paladar, leve hinojo, cobre y cereza, absoluta integración de la burbuja, delicada. Su punto mejor está en el trago y en el posgusto. Es un champagne directamente esférico. Peligroso por adictivo. Sus 24 euros me suenan a pura bendición y me hacen pensar que mis maestros de buen vivir, Benedetti y Cortázar, andan hoy al acecho, guiñándome el ojo de su aprobación, cómplices junto a mí de esta bendita tarde de domingo.

PS. He tenido la suerte de que Marcelo Isarrualde leyera esta nota. Él, fotógrafo, tuvo la suerte de conocer y fotografiar a Benedetti en su casa. Me pasa algunas fotos, que agradezco de corazón, y publico una de ellas. Creo que el post gana mucho con la firma de Marcelo.