14 noviembre, 2009

Goré (y final)



La isla de Goré está a 15 minutos en barco del puerto de Dakar. La excursión merece la pena, sobre todo si, como es mi caso, se hace todavía en temporada turística muy baja, es decir con escasos blancos y muchos negros. Sin proponérnoslo, cogimos el primer barco, el que llevaba a todos los que trabajan en los mercadillos que hay en la isla. Fue una minitravesía divertida porque las vendedoras (prácticamente no hay hombres), en cuanto ven un toubab, se lanzan a por él, pero con gracia y simpatía, intentando averiguar nacionalidad e idioma. Es su primer paso para conseguir alguna venta posterior.

La isla de Goré, en principio, no hace gracia ninguna. Fue en su tiempo una de las cárceles y punto de embarco más importante de esclavos del África occidental. Muchos millones de esclavos llegaron a ella, muchos millones de familias fueron separadas (padres, madres, hijos, cada uno hacia un destino distinto) y muchos murieron, en sus celdas o en los barcos a los que les hicieron subir.



Pero Goré ha asumido su historia, vive de ella, claro, y lo que uno percibe en cuanto ve la isla, sus colores, su perfume, es algo bien distinto. 95 metros de ancho por 300 de largo, con una altura máxima de 50 metros y 300 habitantes estables. No hay una calle asfaltada, no hay un solo coche en ella, ni una moto. Sólo barcas. La gente circula libremente y se la ve feliz en ese reducto que, a ratos, casi me parece fuera de Senegal. Oigo a los niños en la escuela, sonrien a través de la ventana y la maestra del parvulario incluso nos permite saludar a la niña que está con ella. Sonrisas y complicidad, artesanía, comunidades de rastas, avenidas de baobabs. La casa de los esclavos, reconstruída, se me antoja casi una pieza de atrezzo. Intento explicarle mis sensaciones al guía que hemos contratado, Bécaye Bussama, que compara el Holocausto con la muerte allí de millones de africanos. Y yo le doy la razón, pero le digo que lo que percibo en la isla, hoy, es algo muy distinto a lo que pasó en ella.



Decidimos concentrarnos en el placer del momento y tras una trabajada caminata a 35ºC y 95% de humedad (¡jamás había sudado tanto!), llega el merecido reposo. Junto al mar, a buen resguardo del sol y con un especialista en el pescado de la zona, Chez Poulot. Como casi todo lo que nos ha pasado en la isla, se trata de amigos de Bécaye y nos tratan bien. El guía se autoinvita a comer y nosotros callamos y aceptamos: digamos que forma parte de su propina...Gambas del mar cercano con gengibre (el otro condimento nacional), hechas a la brasa de un buen fuego de leña junto al mar. Suculentas, de carne prieta y cabeza rellena y sabrosa, el contraste dulzón con el punto picante del gengibre, me ofrece uno de los buenos momentos de la estancia. Y aquí ya no me he aguantado: ha caído uno de los monumentos del país, la célebre Gazelle. Junto con la Flag y la Castel, es la cerveza de las Brasseries de l'Ouest Africain. De todas ellas, es la más popular (la Flag es la más elitista) y se sirve en botellas de 63 cl. Con 4,2% de alcohol, es una cerveza muy ligera, de color algo pálido pero buena espuma, que con las gambas y el calor, sentó de maravilla. Volvimos en el barco que llevaba a algunos escolares a Dakar, tras la comida en casa. Dos marineros se aprestaban, con sus alfombras, a la cuarta oración del día, mientras yo me preguntaba cómo diantres habían encontrado La Meca si el barco había cambiado tres veces de dirección...

4 comentarios:

Benjamín Berjón dijo...

Hola Joan:

Esos viajes dejan mucho. Y esas gambas me han hecho agua la boca... mira que estoy en ayunas, y en la mañana no se me antojan los mariscos.

Saludos

Bentley dijo...

Joan
Una etiqueta bastante representativa.
Por un lado el negro, de la gacela y de otro la palidez de la cerveza.
Representa un oasis en medio de la isla. Lo mismo que para la gacela supone encontrar una charca con agua. El viajero con un fresca y ligera lager.
Vuelvo a recordar armonías de otras cocinas con esas gambas y el jengibre.
Los océanos las mayores autopistas del mundo.
Saludos.

J. Gómez Pallarès dijo...

Gambas prietas, Benjamín, de cabezas rellenas y preñadas de sabor, suculentas... a cualquier hora son buenas!!!
Saludos,
Joan

J. Gómez Pallarès dijo...

El mercado senegalés está copado por la Gazelle y en los lugares finos, la Flag. A mí me va más esta expresión tan senegalesa de "flecher la gazelle": ésa fue una buena diana, sí señor. Y en efecto, en el Sudeste asiático, en China también, se da esa combinación de gengibre y de crustáceo. El gengibre da para mucho: todavía tengo en la cabeza una sopa de caldo corto con los huesos de un pato laqueado, con unas rodajas de gengibre que me dejó el estómago como un guante de seda. La sirven casi de postres.
Como ya demostrara Heyerdahl, en efecto, no hay mejor medio de comunicación, aunque no nos lo creamos, que el océano!
Saludos,
Joan

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