17 septiembre, 2009

Sensaciones




No puede ser de otra forma: hicimos tantas cosas ayer, en el primer día de nuestro viaje por la Rioja, que me conformaré con escribir sobre alguna las sensaciones que tuve a lo largo de la jornada. Empezó a las 9 de la mañana y terminó a medianoche (sin siesta ni pausa...). Con buen criterio, los organizadores han pensado que "puesto que están, les vamos a ofrecer de todo y variado". Y para la carretera que nos fuimos, con una extraordinaria guía, Estíbaliz (familiarmente, MegaEsti), que lleva la Rioja entera en la cabeza, y una ruta por la Rioja Baja, quizás la menos transitada por el viajero. Una pasada. Primera sensación: "Joan, quítate las telarañas de la cabeza". La Rioja es tan variada que si te limitas a vivir de los topicazos que ha alimentado en el siglo pasado, te quedas en nada. Hay mucha vida más allá de las grandes empresas y las enormes bodegas, más allá de los edificios de grandes firmas y las inversiones multimillonarias. La Rioja, como cualquier región vitivinícola de larga tradición, tiene que ser recorrida poco a poco y con buena guía. Sólo así descubres lo que merece la pena. Que es mucho. Segunda sensación: una casita con lumbre casi en la cima de la propiedad de Alicia Rojas. Conversación deliciosa, salpicada de anécdotas, con Alicia (extraordinaria mujer) al calor de una malvasía seca y otra semidulce que hicieron las delicias de este cronista, bien acompañadas de un chorizo hecho a la brasa. Un entorno de belleza sobrecogedora.

Tercera sensación: la tradición del aceite, aunque casi enterrada por la fama del vino, es muy poderosa y hay mucha gente empeñada en devolverle su sitio de privilegio en el reino de la alimentación. Jon nos hizo una visita de lujo a sus instalaciones y, lo más importante, nos paseó por sus campos, nos mostró el incesante trabajo de investigación y nos remató la faena con un único (en mi vida por lo menos) aperitivo troglodita: sentados en el interior de una de las cuevas que servían de refugio a los pastores y labriegos de antaño, gozamos de un Lectus, monovarietal de arbequina (poderoso, fragante, enorme, contenidamente amargo) y de otro de arbosana (delicado, femenino, insinuante). Cuarta sensación: ¡nada es lo que parece! En un polígono industrial de Logroño se esconde Ontañón, que ha colonizado, regenerado y metamorfoseado la antigua fábrica de la Viuda Solano y la ha convertido en un espacio donde arte y vino descubren nuevas fronteras. Con Raquel comimos de maravilla (¡qué patatas riojanas y qué verdura a la brasa...!) y descubrí el brillo en los ojos de la nueva generación que avanza imparable. Su monovarietal de viura del 2005, con seis meses de barrica, me pareció soberbio, con unas notas oxidativas que me gustaron mucho. Un vino que no dejó de crecer en copa en dos horas.

Quinta sensación: lo mínimo también existe en la Rioja. Aunque haya que buscarlo con esfuerzo, existe y merece la pena que se conozca. En Navarrete nos lo topamos: ARAR, quizás la bodega más pequeña de la DOC, es el proyecto de Arranz y Argote. No tenía la menor idea que les iba a conocer (todo es sorpresa antes de que nos metamos a ello) y ya había escrito en una ocasión de su 2003. Me encantó conocerles, pisar su mínima pero cuidada bodega y constatar que su 2004, con un poco más de botella, sigue con las buenas sensaciones que ya me diera el 2003.
La guinda llegó con mi sexta sensación: en La Rioja existen viñedos y bodega institucionales. La Bodega La Grajera, apenas a 5 km de Logroño, es un paraje mágico para quienes amamos el vino. Junto a un lago, en un entorno protegido por pequeños cerros, Juan B. Chavarri y su equipo están haciendo una labor extraordinaria en el estudio de las variedades de la DOC, en todas las modalidades de vinificación que aceptan éstas y en todas sus posibilidades de cultivo. Me quedo, aquí, con la profunda, emotiva, charla que nos dió JuanB, sobre una variedad por completo desconocida para mí a nivel organoléptico: la tempranillo blanca. Había leído de ella, claro, pero jamás la había probado (no se comercializa que yo sepa). Y estaba ante la única Ha de España con esta variedad y ante el hombre que está haciendo decir a esta uva cosas de vértigo, de impacto. Mosto, vino fermentado en acacia, en roble frances, muestras del 2007, nos ofrecieron un abanico que sólo me permite decir: ¡qué poder, que versatilidad, qué capacidad tiene esta uva! Cuando esto se expanda, va a ser una bomba, señores. Otros dos hitos gustativos tuvimos en La Grajera, un 2004, casi a partes iguales tempranillo y graciano, vibrante y de un poderío sápido y una alegría...JuanB y un servidor coincidimos en nuestra pasión por estas variedades ácidas, que dan un juego tremendo en el medio plazo; y el primer vino en el que intervino JuanB, su 1982, que estaba en la línea de los grandes riojas que saben envejecer muy bien. Casi joven en su color, ligeramente balsámico, con puntas de violeta, de pan de higos, de violeta, ácido y vivo en boca, enorme en el posgusto, cuero fino, nos ofreció el fin de la jornada un rioja clásico (muy en la línea de los viejos Ygay que he probado en mi vida) que tiene muchos años de vida por delante. Pena que apenas queden 100 botellas...

Última sensación: ¡qué amable, hospitalaria y generosa es esta gente de La Rioja, caramba!

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Es verdad que entre la gran estructura del Rioja, en la comunidad de La Rioja existen muchos y variados pequeños tesoros.
Os invito a descubrirlos.

Pedro Barrio.

J. Gómez Pallarès dijo...

Gracias, Pedro, la verdad es que han sido dos días intensos en los que sólo me ha faltado poder saludar a más amigos como tú.
Pero ahí queda la invitación y el carácter tan acodegdor de los riojanos para empezar o proseguir ese descubrimiento!
Saludos,
Joan

el pingue dijo...

Muy grande lo allí vivido, Joan. Todo un placer. Y la gente "de atrás" son tema aparte.
Abrazos

J. Gómez Pallarès dijo...

Tú sí que eres grande, Roberto, aunque estoy por completo de acuerdo en todo el resto de grandezas que apuntas.
Tenme al corriente del proceso de adopción, por favor!

Un abrazo, brasileiro!!!
Joao

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