10 agosto, 2009

La Fitorra, en el Hotel Cèsar


La primera vez, hace ya años, llegamos por casualidad. Quien conozca la zona sabrá que hay que estar casi predestinado para llegar por casualidad al Hotel Cèsar en Vilanova i la Geltrú. Hay que salir de la autopista del sur en algún lugar donde se intuya playa próxima a Barcelona pero sin grandes agobios. Hay que pasar por mil rotondas, hay que superar zonas industriales e hipermercados de pelajes mil. Hay que llegar a un casi desconocido paseo marítimo de Vilanova (invadido por mutantes convertidos en recaudadores de zona azul) y hay que seguir hacia el sur. De pronto, las cosas parecen cambiar. Superada la antigua torre de guardia, se llega a una playa que podría parecer desapacible, Ribes Roges, casi en la bocana del puerto. Pero resulta ser justo lo contrario: amplios arenales, aguas muy limpias, buena protección de dos espigones y, años ha (sólo restos se ven ahora), muchas casitas de veraneo de una planta. Esa playa tiene algo especial y junto a ella se divisa un hotel, encalado y con letras azules, que es mucho más especial todavía.

El Hotel Cèsar ha pasado de padres a hijos generación tras generación. Y van cinco, casi para seis. Esther y Maite Nolla le supieron dar el giro definitivo. Joanaina Escalas le está dando ya el lustre final. El Hotel ha sobrevivido sin apenas rasguños al marasmo inmobiliario de Vilanova i la Geltrú. Ha sabido recuperar las energías que ese lugar tan especial transmitía y a pesar de estar, literalmente, como el General Custer en Little Bighorn, ha sabido reinventarse. Es un lugar que transmite placer por lo cotidiano, sensualidad y gusto por los pequeños detalles, diálogo permanente con el Mediterráneo que le ama, paz y sosiego: el hotel de los sueños. Maderas poco trabajadas, naturalidad y sensibilidad, en el hotel y en la cocina. He sido cliente repetido de ambos lugares, pero hoy quiero hablar sólo del restaurante, de La Fitorra, porque en la última visita alcanzó la cosa cotas memorables, que no quiero dejar de advertir. Día de gran ajetreo, lleno de bandera y a pesar de ello, la maitre, Cristina Chas, estuvo a gran altura. Amable y atenta siempre, con una sonrisa incluso para la cretinez más osada, sabe escuchar y recomendar. Alberto Escuder, el chef, que no anda para visitas ni fotos, está haciendo cada vez mejor aquello que ya le conocía. Unos entrantes de sopas frías sabrosos, claros y precisos: trilogía con una sopa de melón, hierbabuena y jamón; la verde, con manzanas; y un gazpacho con cerezas. Acompañó de maravilla una tempura de verduras, calabacín, pimientos verdes y berenjenas, tersa y vibrante, crujiente, distinta, superior.

Para los segundos, nos dejamos aconsejar. Yo iba con la cabeza en el pescado azul, pero Cristina dijo que no era su día, que habían devuelto casi todo lo comprado y que nos quedábamos en la lonja de Vilanova, sí, pero con otros productos. Así fue: unos exquisitos, literalmente, calamares con dos texturas (rebozados y a la plancha), con fideos de verdura; y unas supremas de merluza del bou con mermelada de tomate, cebolla y verduritas. Ambos segundos de bandera, en su punto, cocina sencilla, resultona, sabrosa, con lo mejor de la costa y de la huerta. Acompañó muy bien, aunque sin tantas alegrías como en años pasados, el rosado de Joan Milà, Mas Comtal 2008. Monovarietal de merlot (certificado de agricultura ecológica), es uno de los clásicos de mis veranos. Este año se presenta más contenido (a pesar de la maceración prefermentativa de 12 horas y de los 15 días de fermentación), menos fallero vamos, con un grado alcohólico que hace que uno lo tenga que beber con buen tino (13,5%) y con unos aromas a cerezas maduras, a grosella y a campo (casi a hinojo salvaje por momentos), muy agradables. Con los postres, la traca: delicioso merengue que se sirve todavía algo tibio y que esconde, en sus entrañas, una cucharada de sorbete de limón. Contrastes que se exaltan y jalean mutuamente, el del dulzor del merengue con el cítrico del limón; el de la calidez del dulce recién horneado con el frío roto del sorbete. Mi único consejo: tal como se hace en otros sitios, pediría al chef que los hiciera más pequeños para que, de un solo bocado, los cuatro contrastes, dulce, ácido, tibio, fresco, explotaran en el agradecido paladar. Los precios, por lo que uno recibe a cambio, me parecen razonables: 40 euros por persona.

Ya no me quedan secretos para vosotros. Mis dos remansos de paz junto al mar, tan lejos el uno del otro, tan cerca por tantas cosas, el Hostal Empúries, en la playa de Empúries, y el Hotel Cèsar, en la playa de Ribes Roges de Vilanova i la Geltrú, han quedado al descubierto. Espero que los disfrutéis y no sólo por comer y beber bien en ellos. Valen mucho más que eso.

Una de las veces en que pasamos un par de días en el Hotel, en julio, el tiempo se mostró tal y como lo dibuja, sensible y atento a los detalles, JuanolO. El dibujo es suyo y lo publicó en su blog, que es sitio divertido y entretenido, lleno de talento. JuanolO tiene que ver, también, con el Hotel Cèsar, y me apetecía terminar el post con un dibujo suyo.

Las dos fotos de la derecha, en el primer collage, son de Teresa Miró.

6 comentarios:

SIBARITASTUR dijo...

Yo te hacía todavia en Mallorca. Desde luego sabes de unos sitios muy buenos como dices y con un buen precio, vas atener que hacer una guía para la crisis, jejeje.

SIBARITASTUR dijo...

Joan, has probado el Zorzal graciano 2007?, un navarro de unos 5 €, me pareció fantástico.

J. Gómez Pallarès dijo...

Estoy todavía en Mallorca, S.! Pero pasa que había dejado a medio cocinar un par de posts de cosas hechas antes de la partida, y ahora saco una. Me apetecía que saliera en pleno agosto porque quizás más gentes en Barcelona y alrededores puedan disfrutar ahora de este lugar, que me parece muy recomendable.
Pronto seguirá alguna cosilla más mallorquina y, todavía, otro post de un extraordinario vino italiano que probé antes de marchar.
Joan

J. Gómez Pallarès dijo...

Si, amigo S., lo he probado varias veces e incluso he escrito sobre él en una ocasión. La persona que lo lleva en Barcelona, Xabier, es un buen amigo, me lo dió a probar en una ocasión y después, he comprado varias botellas más. Me parece un extraordinario ejemplo de cómo se puede trabajar muy bien una variedad que muchops consideran como "de apoyo", por no decir sercundaria en los ensamblajes con tempranillo.
Un gran vino quer, además, está cosechando premios y reconocimientos por ahí.
Joan

Adictos dijo...

Tomo nota para septiembre, agosto en la costa no suele ser el mejor mes para el disfrute tranquilo de una buena mesa y además tengo la suerte de que mis padres viven en Vilanova y siempre es un placer pasear por su ramblas o por el paseo marítimo, si bien tengo otras playas preferidas.

Un saludo

J. Gómez Pallarès dijo...

Septiembre es un gran mes para este sitio, David, se palpa el relajo, la paz y la tranquilidad tras el bullicio del agosto.
Saludos,
Joan

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