11 junio, 2009

Estancia Piedra


Cuando un viaje empieza con algo tan extraordinario como esa cecina del Carpe Diem de Toro, uno sabe dos cosas: que está en buenas manos y que el viaje no puede ir mal de ninguna manera. Apenas 24 horas entre Valladolid, Toro y carreteras que van y llevan. Primavera desbordante, aunque no con mucha agua en la zona (Santiago seguía, ávido, los pronósticos); "aperitivo" de lujo con mi amigo Pedro, mostrándome con lógico orgullo los caminos que pasan por Pollos y Castronuño (su pueblo: bello promontorio sobre el río Duero ante el embalse de San José), antes de llegar a la bodega. Estancia Piedra, en la DO Toro (también con cepas de verdejo en Rueda), es el sueño de Grand Stein que Inma Cañibano y el cohesionado equipo de la bodega ha sabido convertir en vino que llevar a la copa. Las cepas estaban, pero el empeño, llevado a cabo en apenas diez años, tiene un mérito y un tesón enormes detrás. Ilusión, también. Amor por esta tierra y por conocer a fondo cómo explicarla, más.


Viñedos a ambos lados de las laderas que surca, discreto, el Garuña presiden el conjunto, que parece casi toscano, por su placidez en las laderas, por su amabilidad, por su pulcritud. Desde lo alto de la finca se intuye, a lo lejos, Toro. Más cerca, a nuestros pies, Inma muestra con amor de madre las cepas más viejas de la tinta de Toro de la casa y, para mi alegría, cepas de garnacha casi al abrigo del monte, en una parte bien soleada de la finca: tiene su miga, en Toro, que la garnacha sirva para dar alegría, matices y casi chispa a uno de sus vinos emblemáticos. A él volveré. El territorio se intuye (la foto basta) de una variedad mineral enorme y quienes trabajan las cepas lo saben bien y vinifican hileras por separado.


Tras el paseo por los viñedos y la bodega, apretaba el hambre. Inma, conocedora del buen diente de los conmilitones que en el vino somos, nos llevó a uno de los buenos restaurantes de Toro: Sarmiento. Mucha sensibilidad hacia los productos de la tierra, cruce de caminos entre Toro y Salamanca. Muy destacados sus entrantes y ensaladas: la de naranja, bacalao y pamplinas de la foto, por ejemplo; o el carpacio con cítricos, queso de Zamora y frescor de menta. Acompañó de maravilla (sí, sí, con el carpacio también) un mayúsculo Piedra Verdejo 2008. La medalla, por ahora, se la ha llevado el 2007, pero a mí me gusta más este 2008: un trabajo mucho más fino con las lías, una fruta más atractiva (terpenos, la levadura autóctona, la hierba segada, ese mínimo amargor) y una boca esplendorosa, fresca y bien armada al mismo tiempo, algo glicérica y con un posgusto de jazmín notable.

Ya de vuelta a la bodega, me tocaba dar una charla que, para mi orgullo, aunque no inauguración oficial del nuevo edificio emblemático de la casa (para vender, para explicar, para charlar y para tomar vinos), sí era la primera actividad en el mismo. Me armé de valor porque los obstáculos no eran pocos: una excelente comida, con sus vinos; una buena charla y un paisaje detrás de mi silla que, por su belleza, era a lo que iban a prestar atención los presentes...casi nada. Me sobrepuse y eché el resto. La cosa fue muy agradable, por lo menos para mí. Al haber pergeñado los inventores del asunto (Inma, Pedro, Juanma) un trasunto contenporáneo del simposio (Leyendas del Vinotauro), la cosa iba de explicación, sí, ¡pero copa en mano! Ahí me salvé, claro, porque el público estaba feliz, iba bebiendo del vino que se servía y sus rostros, a pesar de mi tostón, fueron mudando en felicidad y alegría. El mérito, pues, lo tuvo el vino que Inma había elegido para mi charla. Cada charla, cada narrador de leyendas, tuvo su vino, no al azar: Inma ha ido "ensamblando" vinos de Estancia Piedra con narradores. Yo tenía mi intuición. ¡Y acerté! Lagarona 2001 fue mi vino. Tinta de Toro con un 25% de garnacha de la casa. Inma sabía bien de mi pasión por esta última variedad, que ha ido creciendo en botella y le ha dado a la apersonada, a ratos corpulenta, tinta, unos aires casi de baile. La garnacha es también una variedad bastante masculina, pero la orientación casi noroeste de esas cepas (quizás no la mejor para esta cepa), le da una buena frescura a la uva. La fruta, ahí sigue, el vino está evolucionando muy bien y se está convirtiendo en algo casi delicado. Disfruté mucho esa elección y, claro, acabé pasando del asunto de la charla para dar rienda suelta a lo que me sugería el vino. Fueron 24 horas en la vida de un enópata (con permiso, Juan), que no olvidaré fácilmente. Gracias a todos los que las hicieron posibles. Aviso: volveré. Ya llevo a Toro dentro de mí.

12 comentarios:

SIBARITASTUR dijo...

Pues fijate que mañana me voy a Toro, quería visitar esta bodega pero no me han contestado, otra vez será. Compre el otro dia la garona 2003, tengo curiosidad. Intentaré tambien ir al sarmiento.
Me alegro que hayas disfrutado.

J. Gómez Pallarès dijo...

Yoi no he probado el 2003, S., pero el 2001 aseguro que estaba muy muy bioen. Esa orientación de la garnacha le da una calidad grande al vino. En Sarmiento, por lo demás, tienen una sensibilidad especial para el vino, como no podía ser de otra forma en un sitio como Toro!
Buern viaje,
Joan

el pingue dijo...

O sea. Te tratamos bien por mi tierra.
Un saludo

J. Gómez Pallarès dijo...

Estoy como en casa, Roberto!!! De narices!!!
Saludos,
Joan

La Guarda de Navarra dijo...

No está mal volver "encantadisimo" de una visita de 24h. Intensidad, calidad y simpatía por doquier, por lo visto.
Excepcional manera de cargar pilas y papilas.
Saludos.

el pingue dijo...

La Guarda de Navarra:

Es que aquí, en Castilla y León somos muy majos. Desconocidos pero majos.

Inma Cañibano dijo...

Bajaba poco dormida del avión, y también un poco triste por haber dejado Milán esta mañana,ese Milán tan de Vinotauros,tan gastrónomo y tan bello,y me he encontrado contigo, con nosotros, en el blog,Joan.

Gracias.

J. Gómez Pallarès dijo...

Fue poc tiempl, en efecto, La Guarda, pero intenso. Así saben mejor las cosas, creo.
Saludos,
Joan

J. Gómez Pallarès dijo...

Buenas, Inma, tú en Milán y yo en Burdeos!!! En finl que nos reencontraremos en Toro.
Milán siempre me ha dejado un poco frío, la verdad, pero comparto contigo al 100% esa sensación de morriña que te deja Italia en cuanto la dejas. Puede que me pase más con otras ciudades, pero esa la misma senación que describes.
Ha sido un placer conocerte y por supuesto que nos seguiremos encontrando en los vinos, en los campos y en las ciudades!
Un abrazo,
Joan

J. Gómez Pallarès dijo...

Coincido con Roberto, pero esperemos que, entre todos, lo del desconocimiemnto se vaya arreglando. La tierra y sus gentes ois lo merecéis.
Saludos desde Burdeosn donde acabo de cenarme un Tomme y un Comté con un Cérons, de muerte!!!
Y es que son cuatro días...
Joan

Anónimo dijo...

Querido Joan
Ya sabes que no solo te espera Toro, sino también, y siempre, Duero arriba, mi Castronuño natal. Como magister que eres, diste una lección, soberana, de todo y en todo, de Toro y en Toro. Eres un modelo: por eso, cuídate mucho, por favor, y no nos des más sustos, que te necesitamos en el Latín, en la Epigrafía, en la Enología, en la Enofilia y en la vid(a)...
Con un grande abrazo.

Pedro Conde
Ya ex-Ignotus.

J. Gómez Pallarès dijo...

Así me gusta, Pedro, que salgas de las profundidades de esa gruta homérica!!!
La verdad es que lo pasamos en grande y, por supuesto, aprendí la lección posterior. Para que veas: acabo de pasar cuatro días en Burdeos (bien, en el Bordelais), sí, trabajando, claro, pero también paseando entre viñedos, probando buenos y grandes vinos y casi viviendo "entre-deux-mers". Cuanto saben estos franceses...
Un gran abrazo,
Joan

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