28 octubre, 2008

Iberoamérica en cata #12: vinos para el otoño


El otoño es estación de tránsito, de cierto recogimiento, de un mucho mirando hacia el exterior (la belleza de según qué parajes lo pide casi a gritos) y de un poco (¡así lo veo yo!) hacia nuestro interior. El otoño es estación de plenitud, de frutos del bosque, de paseos, de hogar reencontrado y de renovado disfrute de vinos que los calores postergaron. Los amigos que habéis acudido a esta convocatoria de IEC #12, sin haberos dicho nada entre vosotros (creo), habéis dibujado un claro perfil vínico para esta estación. "Vinos para el otoño" es el subtítulo que todos hemos firmado y que ofrece el claro contorno de un cierto tipo de vinificación, hayan sido blancos, rosados, tintos o generosos los vinos aconsejados. Por todo ello, creo que IEC#12, no habiendo sido la convocatoria más numerosa, ha sido una de las más redondas, porque todos (¡incluso desde el Caribe!) hemos escogido una pequeña pieza para construir, en las mentes de nuestros lectores, este "puzzle" emocional y sensorial, que es el otoño a través de sus vinos.

La Guarda empezaba con un Fuente Elvira 2004, un verdejo fermentado en barrica y suficientemente reposado en botella. El carácter de este vino, en sus palabras, anuncia a la perfección, qué será este otoño: "color dorado, limpio y brillante...complejidad...fruta aromática (albaricoque y lichis), mantequilla y frutos secos conviven con una, todavía, extraordinaria frescura...especiado, con recuerdos a hierbas aromáticas, a monte bajo. Notas amieladas junto a cáscara de cítricos o naranja glaseada...boca amplia, carnosa, con buenísima acidez, larga y sabrosa." No podíamos empezar mejor pero seguimos a un nivel parecido y con un vino similar: Vizcayno proponía un Organistrum 2005 de Martín Codax, un albariño también fermentado en barrica. Nos acogemos a las brisas atlánticas pero el vino muestra un carácter similar al anterior, con unos pajizos intensos y maduros, especias matizadas que le otorga la madera y algo que se irá repitiendo porque la estación, claro, lo pide y nosotros lo buscamos: "En boca, aunque esperábamos un aguijonazo de acidez, resulta mucho más redondo, embaucador, dulce con un ligero amargor final, como diciendo que quiere permanecer en el tiempo. Trago muy largo". La variedad de uva es la que es, pero la madera bien puesta le otorga un toque muy otoñal, si me permitís la expresión.

Adictos a la Lujuria suben un peldaño con su propuesta y se van a una de las cumbres de la enofilia hispana, Viña Tondonia Rosado crianza 1997. La apuesta de un rosado en este contexto era arriesgada pero ellos saben bién qué proponen: "un rosado con alma de tinto y de blanco a la vez, un vino de entretiempo y no precisamente de primavera, en primavera seria un vino fresco con poquitos meses en botella, y este viña Tondonia Rosado es un vino con historia, un vino del 1997, un vino de otoño". Es un vino único, sin duda, un rosado que es, todavía, joven a sus once años y que ofrece un paladar "potente, complejo, fruta roja, cítricos, especias, pimentón, albero, tierra seca, muchísimo equilibrio postgusto largo, mutante...". Extraordinario reflejo de cómo una gratificante juventud frutal torna en apacible inquietud otoñal. Dos vinos hispanos inician el panorama de los tintos: El Baranda nos ofrece una syrah en pureza (¡qué variedad tan de la estación!), la del Pago de Calzadilla 1999, VT de Castilla, en Huete (Cuenca). Se trata de un vino que, por su color (ligera teja), denota ya su plena entrada en madurez y que ofrece otros rasgos muy de la estación, "nariz limpia y sin defectos en la que muestra todo su potencial. Notas de cacao, torrefactos, carne y excelente bouquet. Elegante. Apuntes de hojarasca y monte bajo." Eso es pasear por el monte en otoño y oler a vino y, además, ¡qué bonita la palabra "bouquet", buqué (DRAE: "aroma de los vinos de BUENA calidad", ¡que viva la Academia!). Carlos, de Roco&Wines, completa la oferta con un atractivo Picea 650 2004, de Hacienda Ternero (Rioja burgalesa). Se trata de un vino de capa alta, con densidad y concentración de torrefactos, de taninos jugosos, de cacao y, por lo tanto, mucha presencia de madera. Me gustó sobremanera qué evocaba en Carlos esa copa: "La nariz me recordó al viñedo, me llevó a otros tiempos en los que tenía más contacto con la naturaleza, y con los minutos sumó notas cremosas e incluso algún lácteo a las comentadas anteriormente." Todos los vinos que evocan otoño en mis amigos muestran lazos sentimentales notables con la naturaleza. Y es que el otoño, sin duda, es el bosque hecho reclamo: ¡ay, si alguien hubiera sacado a pasear a Urbasa por aquí...!

Dos últimas aportaciones tintas nos acercan a dos países amigos, queridos por sus vinos y, cómo no, por sus extraordinarios parajes otoñales. Olaf, en Uno +, nos pasea por la Côte de Nuits, en Chambolle-Musigny, primero con un Pacalet 2004, de "nariz muy bonita, fruta roja fresca, muchas sensaciones florales...buena carga de especias como el clavo, la canela, nuez moscada...buena mineralidad y unos suaves tonos ahumados al fondo...buena acidez y un recorrido amplio, dejando un final bastante largo y especiado en retronasal" (¡qué grande es este Pacalet!); después con un Alain Burguet 2004, "más cerrado que el Pacalet, fruta más discreta y madura...madera mas intensa, ya que muestra bastantes notas tostadas y ahumadas." Si uno tiene paciencia, acaban asomando otras dos características muy de la estación: "interesantes notas de rosas secas y ese sotobosque otoñal...", junto con una cierta terrosidad. Borgoña es, sin duda, tierra de otoño ("Les Trois Glorieuses"), también en sus "vinos con esas notas de flores secas y de sotobosque que en ocasiones muestran...además, son vinos que suelen combinar bastante bien con una joya culinaria del otoño, ¡las setas! ". Olaf da en el clavo de nuevo: ¡los vinos de otoño tienen que combinar con esa explosión de frutos del bosque! Manuel tuvo que hacer un doble esfuerzo, y se lo agrazco públicamente: quiso superar la ley seca que, precisamente le impuso su médico durante los días de IEC #12; y, además, no le costó mucho vadear la evidente falta de estacionalidad del lugar en que ahora vive, ¡el Caribe! Manuel nos lleva a la Toscana donde sigue bien vivo el debate sobre la autenticidad del Brunello di Montalcino (parece que, ahora, el 60% se decanta por la autentuicidad), sobre los amaños en las variedades de uvas que se encuentran en sus botellas y sobre un falso debate tradición"-"modernización" (¡qué mayor modernidad que darle entidad a la uva de toda la vida, la brunello / sangiovese!). Los Col d’Orcia han sido vinos muy característicos de la sangiovese y aquí, más allá de las analíticas y las denuncias, sacan a relucir sus características fundamentales, algunas de las cuales también muy otoñales: vinos bastante cerrados a los que cuesta sacar su fruta; vinos terreos con cierta sequedad en boca; vinos de colores algo avaros y capa media; vinos que, al fin, sacan sus especias (canela, tomillo), su fruta algo esquiva y sus flores secas al final. Col d'Orcia DOCG 2003 y Riserva DOCG 2000 fueron los vinos. Ahí queda la duda, en el catador, en la empresa y en el lector, sobre si esto es sangiovese sin más o hay algún añadido de variedad internacional..."Faciamo finta di niente".

IEC #12 terminó en apoteosis. No de otra forma puede calificarse el vino con que Iñaki celebró la estación: el amontillado del Equipo Navazos que inició la ya mítica serie de La Bota de...Un vino y una botella a los que uno no se cansa de volver, un vino que es "una joya de color ambarino-caoba que te transporta a un viaje maravilloso. Llegar a casa, una copita de este vino para beber despacio, buena música de fondo…y el disfrute que te ofrece es bien satisfactorio." He aquí el espíritu de una estación, el otoño, que pide, quedamente, vinos con madera, poca o mucha qué más da, siempre que ésta se nos ofrezca con mimo, sin gritos tánicos ni dientes de serrucho, con calma y recogimiento; vinos con aromas a tierra, a flores marchitas, a hojarasca, con taninos de tacto agradable y bastante redondos, con fruta contenida y matizada. La selección de consejos de nuestros amigos así lo proclama. Yo seguiré haciéndoles caso y diré, de paso, que me encantaría que siguieran otras convocactorias estacionales: que este grupo, heterogéneo pero bien informado y mejor bebido, que es IEC, siga ofreciendo sus consejos estación tras estación. Qué gran homenaje sería ése a nuestra pasión, al vino. Casi se me olvidaba: ¿y mi vino? Mi vino ha servido para que yo haya escrito esta nota, tomando una copa a pequeños sorbos, y me haya sentido tan feliz como Bilbo Bolsón, con su panza llena y los pies bien calentitos: en el interior de su vivienda, en el corazón de la colina de los hobbits, al calor del hogar y contando historias sin fin a quien quiera escucharle.

La primera foto es de Jeny Plante. La segunda ha sido hecha por AusInLA. La tercera me ha sido proporcionada por Mas Doix. La cuarta, la colina de los hobbits dibujada por Tolkien, procede de El Anillo Unico.

23 octubre, 2008

Castillo de Ygay 1925 en Celler de l'Aspic


La botella que podéis admirar a vuestra izquierda hubiera merecido, ella sola, un comentario en este cuaderno. Quienes me conocen saben que tengo poca experiencia, y bastante traumática, con la "arqueología" vínica, es decir, con la degustación de botellas históricas. Del período de entreguerras, por ejemplo, servidor no había probado jamás nada. Y bien, un conocido (no me atrevo todavía a llamarle amigo), una persona a quien admiro por sus profundos y sólidos conocimientos, cambió el curso de ese destino mío. La botella fue tomada en inmejorable compaña, con platillos, además, de mucho respeto y a explicar esta pequeña historia me aplicaré. Estábamos en plena faena de cata prioratina Toni Bru, Peter Hodder-Williams y un servidor, cuando se nos apareció (nunca mejor usada la expresión) Michael Wöhr. Venía de trabajar en Valencia y Falset era una parada inexcusable para saludar a su gran amigo Toni y para reponer fuerzas. Nadie en el mundo sabe como él de rieslings, no digo más. Pero conoce muchas otras zonas, sin duda. Una de ellas es el Priorat de sus amores y sin más, se unió a la cata. Tras ella, Toni había dispuesto un menú de platillos (fantásticos "rovellons" a la brasa; deliciosas croquetas...) para el que anunció, además, una sorpresa que había traído Michael. También nos acompañó Salus Àlvarez.

¡Menuda sorpresa cuando nos acercamos a la mesa! Marqués de Murrieta Castillo de Ygay de 1925. Me quedé epustuflado, de veras. Un primer golpe de nariz aconsejó, sin más, darle por lo menos 3/4 de hora extra para que fuera cogiendo aire y llegara en las mejores condiciones posibles al arroz que estaba preparando Toni. Un Ungeheuer 2001 de Bürklin-Wolf (una de las bodegas de referencia del Palatinado) limpió de taninos el paladar (se ofreció joven todavía, con puntas casi verdes, pero bastante en su punto, con una mineralidad ajustada, discreta, volumen en boca y buena fruta de hueso) y dos prioratos, casi imberbes, oficiaron de chambelanes del Igay: Finca Dofí 2000 y Mas de Masos 2000. El Dofí se mostró con una juventud y color casi sorprendentes, muy redondo en nariz y con una panoplia de bosque bajo y matorral mediterráneo bien bonita. Remató con una pinzelada de hinojo de manual. El Mas de Masos agradó mucho por su mineralidad, discreta pero muy presente: pizarra desmoronada tras la lluvia de septiembre, a eso olía este vino que, cuanto más "viejo", más alegrías está dando a los buenos aficionados.


El arroz, un punto caldoso, con costilla de cerdo, boletus y una punta de foie marcado levemente, fue una delicia: sabroso el bomba del Delta, en su punto, un arroz "de troç", con su pizca de sofisticación. Igay empezaba a mostrar su alma escondida pero tuvo que llegar el último platillo para que "explotara". Una carrillera ligeramente ahumada y a la brasa, con puré de patatas casero y espinacas fritas sirvió de detonante: el "abuelo" de 83 años había echado a andar monte arriba, silencioso y tenaz, y no paró en toda la comida. De un color caoba intenso, los aires de una acidez sulfurosa y de la acetona, fueron dando paso a un vino todavía muy vino, con tres notas preponderantes, a mi nariz por lo menos: aceto balsamico di Modena; un viento subterráneo que andaba entre la trufa y el boletus; y un frescor balsámico de eucaliptus, en tercer lugar. Con el arroz se mostró amable, con la carrillera explotó de gozo. ¡Había vuelto a casa!

Una jornada memorable, sin duda, que finalizó en gloria porque Toni se sacó de la manga una botella (ni etiquetas ni nada, aquí: la muestra de una "bota del racó" que está valorando comprar entera) de vino rancio de más de 80 años de solera. Impresionante, me quedé sin palabras. Un rancio que se movía entre los aromas de un oloroso y un palo cortado como por el patio de su casa, lozano, fresco, punzante, redondo en boca. No hubo dudas: "¡cómprala, Toni!". Y es que el Priorato tiene esa ventaja para sus visitantes: si uno lo deja (o entra a él) por la zona de Falset, recibe las bendiciones para seguir su camino en el Celler de l'Aspic, donde aconteció la jornada ahora narrada. Si uno lo hace por el Coll de l'Alforja, la parada tiene que ser en La Fonda Emilio, ahí es nada. En esta ocasión entré por El Celler y salí por La Fonda, ¡perdón! entré por Falset y salí por el Coll de l'Alforja. Difícil elección, ¿eh? Próximamente, en estas mismas páginas, sabréis cómo la alegre compaña finalizó su viaje...

21 octubre, 2008

Dos citas para degustadores de altura


Dos citas proponen varios amigos que, creo, cualquier amante del buen vino tendría que anotar en su agenda. La primera procede de la Enoteca d'Italia. Hal y Leo se han inventado unos Encuentros, que son temáticos, duran hora y medio y en los que se catan entre cuatro y seis vinos. Ofrecen un amplio recorrido por algunos de los mejores vinos del Norte de Italia, lo cual quiere decir, sin más, de la península entera:
a) VENETO 1 (Soave, Prosecco, Custoza)
b) VENETO 2 (Bardolino, Valpolicella, Amarone, Recioto della Valpolicella)
c) PIEMONTE (Dolcetto, Barbera, Langhe Rosso, Barolo)
d) FRIULI VENEZIA GIULIA (Tocai Friulano, Sauvignon, Refosco dal Peduncolo Rosso)
e) TRENTINO (Moscato Giallo, Teroldego, Marzemino, Pinot Nero)
f) ALTO ADIGE (Muller Thurgau, Gewurztraminer, Lagrein, Pinot Nero)
g) VINOS EXTREMOS (vinos biologicos, biodinamicos, cultivados en condiciones extremas). Aquí podéis leer el calendario (¡empezó la semana pasada!), días, horarios y precios.

Dominic, de Clos Dominic, pionera en el uso del blog entre viticultores para difundir la vida de su bodega y la calidad de sus vinos, nos pasa una información que algunos esperábamos de hace tiempo. Resulta que TODAS las bodegas ubicadas en Porrera (DOQ Priorat) se han puesto de acuerdo por primera vez para ofrecer una degustación de todos sus vinos durante la fiesta mayor. La cita será el próximo 8 de noviembre en la Plaça Catalunya de Porrera, de 11 a 13 horas. Por si ello fuera poco, todos los vinos en degustación se ofrecerán a precio especial en un punto de venta ad hoc. Señores, estamos ante la posibilidad del nacimiento de un nuevo concepto (en el Priorat, claro; si nos fuéramos a la Borgoña...): la del vino de demarcación municipal concreta, de pueblo vaya, no de DO o VT. La ocasión merece la pena, sin duda.

La primera foto pocede del blog de la Enoteca d'Italia. La segunda, de Porrera, es del libro Priorat. El territorio y el vino de la DOC Priorat, Lunwerg Editores, Barcelona, 2004.

17 octubre, 2008

Rosal 34


"Restaurante de tapas": ¿puede parecerle a alguien contradictoria la expresión? ¿No es la tapa un bocado que se toma casi siempre en determinadas condiciones "quasitabernarias"? ¿No es la tapa algo que, por definición se comparte y sirve para picotear con desenfado? Y ¿no es el restaurante aquel lugar de primeros y segundos más o menos bien establecidos donde, normalmente, cada cual toma lo suyo? Aquello que podría parecer un galimatías conceptual, se convierte en Rosal 34 en algo lleno de sentido, de gracia y de buen hacer. Óscar Adelantado y Josep Nicolau (en la sala y en la cocina, en la cocina y en la sala) se encargan con tesón y acierto de ello. En el corazón del barrio del Poble Sec, en Barcelona, y configurando un eje irrepetible en la ciudad con Quimet y Quimet (a cinco minutos a pie), Rosal 34 ofrece una decoración sobria pero acogedora; mesas separadas y que dejan espacio para una comida o cena muy relajadas; una recepción y una atención al cliente de las que ya no se encuentran en la ciudad y, lo más importante, una concepción especial de los entrantes fríos, de los calientes, de las conservas entendidas como algo digno de un restaurante, de las verduras y de los platillos de respeto (tanto pescados como carnes). Una concepción que te permite, sentado con gran comodidad y con copas adecuadas, disfrutar de una cena de tapas (léase pequeñas raciones o platillos para compartir) en un ambiente de buen restaurante.


La estrategia ya da como para quitarse el sombrero. Pero claro, si a comer vamos, la comida tiene que estar a la altura del concepto. Y vaya si lo está: con un servicio y una desenvoltura enormes, empezamos, como aperitivo, con unos boquerones marinados con dados de tomate confitado y una cerveza de presión en su punto. No soy experto en cervezas, aunque sí buen bebedor y me supo a gloria cómo tiraron ésta. Y el contraste de boquerón, aceite y tomate, hummm...Siguieron algunas cosillas a guisa de primeros, compartidos por los tres comensales: unos tomates con ventresca de atún y mezclum, unas croquetas de boletus y unos dados de lomo bacalao con tomate y tomillo. La ventresca con el tomate como si estuviera en Sanlúcar; las croquetas parecían un concentrado de bosque en otoño y el bacalao, muy en su punto y jugoso. Yo me despaché con un segundo de vieiras (un homenaje a Toñi Vicente) con caldo de setas y sus setas salteadas, que estaba como para hacer saltar lágrimas (ya sabéis de mi devoción por los maresymontañas alternativos).

Con esta variedad de viandas de gran calidad, orientadas mayormente hacia el mar (¡aunque siempre con el monte a la vista!), y tras previos comentarios con Encantadísimo (a quien agradezco la foto de portada), la cabeza se me iba de forma natural hacia Galicia, esa combinación de monte, viñedo y brisas marinas casi única en España. La carta de vinos es proporcionada, compensada, de precios adecuados y tiene alguna joyita. Nosotros tomamos una de ellas: aunque fuera el básico del 2007, Zárate es una garantía y, a no dudarlo, uno de los grandes albariños que en este mundo son, es decir, uno de los grandes blancos del país. A su buena temperatura y con copas que permitan un poco de aireación, Zárate 2007 es un vino de delicado color amarillo pálido; muy mineral con aromas de talco matizados; es un vino que llena la boca de forma espléndida, con pomelo y algo de lima-limón y, todavía, un mínimo toque de carbónico. Fue un buen complemento de esta gran cena. De los postres (¡qué bien trabajan el chocolate, caramba!), yo me quedo con los contrastes de ácido, dulce, cálido y frío que me dio el tocinillo de cielo con sorbete de limón-jenjibre, yogur y cacao. Muy logrado. Sólo me falló el servicio para el MR 2006: una copa de grappa no es lo adecuado, creo yo. De los precios, nada sé porque tuve la fortuna de ser invitado, pero por lo que vi, son ajustados y, en cualquier caso, a la altura de la calidad y atención recibidas. Se trata, sin duda, de uno de los pequeños-medio escondidos-grandes sitios de Barcelona. Hay que conocerlo.

14 octubre, 2008

Iberoamérica en cata #12: un vino de otoño


El otoño es una estación que me gusta. Creo que una parte de este querer ha ido creciendo con la edad: no me recuerdo, de niño o joven, expectante ante el otoño, más bién al contrario, me veo mosqueado porque había que dejar las chanclas, la bici, el bañador y el dolce far niente; o bien, inquieto y nervioso ante un nuevo curso y sus renovadas obligaciones (¡cada vez mayores también!). Con los años, le he encontrado su qué a la caída de las hojas, a la calidez de sus colores, a la llegada de cielos más limpios y puros y, por qué no confesarlo, a unas temperaturas que me permiten acoger vinos distintos a los más veraniegos. Me dejo envolver por esta sensación de recogimiento y, esté donde esté, si palpo y huelo otoño, me siento como en casa. No soy de los que piensa, por lo demás, que sea la estación de la decrepitud y la podredumbre. Si así fuera, tampoco me disgustaría: algunos de los momentos de mayor placidez en mi relación con el vino, los asocio al olor del humus en el bosque otoñal, a la aparición de las setas más sabrosas, al musgo...

Pero es que, además, desde que vivo las estaciones al socaire de mi pasión por el vino y el viñedo, sé que el otoño es la estación en que todo culmina y, al mismo tiempo, un nuevo ciclo empieza: vendimia en la zona que más frecuento (el Priorat), uva en la bodega, fermentación, nacimiento del nuevo vino. El otoño es, también, una estación de alegría y de punto de partida. Así es, amigos, que tenía dos posibilidades ante mí: escoger un vino que definiera este segundo estado de ánimo, u otro que me acercara a aquél primero. Ha ganado el recuerdo de una botella que tenía guardada desde hace unos meses y que se acerca con claridad al primer ámbito. El Moscato Passito 2006 de Cantine Viola es un baluarte de Slow Food, un tipo de vinificación calabresa que estuvo a punto de desaparecer, por lenta y costosa, y que esa acción ha ayudado a preservar. Es un vino IGT de Calabria que se conoce como "moscato di Saracena" (por el nombre del pueblo calabrés donde se concentra su producción), y se hace con malvasía, garnacha blanca, odoraca y moscatel autóctono de Saracena.

Las tres primeras variedades se vendimian en su punto y se vinifican por separado de la moscatel, que se recoge y se deja pasificar, lejos de la planta y a la sombra, durante dos-tres semanas. La concentración de azúcares de la moscatel Saracena y su larga fermentación acaban produciendo un vino que se ensambla con las otras variedades y se deja madurar en roble por lo menos durante seis meses.Este 2006 llega con 14% y conviene tomarlo sobre los 10ºC. La foto da toda la información sobre el color, pero me gusta darle palabras. Éste lo he visto, según le diera más o menos luz, entre el ámbar oscuro, la miel de castaño reciente y el cobre, siempre brillante. Sabe y huele a hojarasca de otoño (¡claro!), a miel de azahar, a confitura de naranja (¡no amarga!) a higos pajareros y, tras el trago, glicérico y untuoso, a pan de higos. Con un poco más de temperatura asoman pasas de Corinto bien maceradas, aguardiente de cerezas y una punta de madera. Esa traza me ha encantado, al final: la madera cortada, que ha reposado casi a la intemperie, ha recibido agua, frío y sol, antes de consumirse en las brasas del hogar. A eso sabe este vino, a sol tibio de otoño y a larga sobremesa a la lumbre del hogar. Otoño, en casa de nuevo.

Este vino se puede comprar en la Enoteca d'Italia. Como casi siempre, no anoté su precio pero creo que anda sobre los 30 y pico. No es un vino barato, pero la experiencia merece la pena.

La foto de portada es una cepa en el otoño del Priorat, obra de Rafael López-Monné, publicada en la p.61 del libro Priorat. El territorio y el vino de la DOC Priorat, Lunwerg Editores, Barcelona, 2004.

12 octubre, 2008

Priorat, siempre



Acabo de pasar siete días de privilegio. Resulta que Slow Food Editore, que publica una de las revistas gastronómicas de mayor tirada en Italia (ahí es nada entre 40 y 50 mil ejemplares por número), Slow Food, decidió que ya era hora de que Italia comenzara a conocer en serio los vinos del Priorat. Tenía claro, de mis estancias en ese país, que ni las vinotecas ni los comercios ni, en buena parte, los medios de opinión y de información, sabían qué son los vinos del Priorat: muy escasa, si no nula, presencia. Fabio Giavedoni, periodista especializado en el mundo del vino en Slow Food y uno de los responsables, además, de la guía del Gambero Rosso (una de las más serias y de mayor influencia en Italia), es el encargado de redactar un extenso artículo sobre la DOQ Priorat, además de dar su opinión sobre un buen número de sus vinos.



Fabio pidió ayuda, para organizar su visita (de diez días) a algunas personas: Toni Bru, del Celler de l'Aspic, sin duda uno de los mayores conocedores de toda la producción prioratina y de sus territorios; Peter Hodder-Williams, de phwdesign, especialista en la relación entre el mundo del vino e internet y gran catador y conocedor de vinos catalanes e italianos (entre otros); y un servidor, que se ha pateado bastante el territorio y tiene una nariz más o menos entrenada. Visitamos varias zonas de producción (por desgracia no todas las que hubiera querido yo, por falta de tiempo); comimos una variada muestra de cosas muy interesantes y catamos más de 50 prioratos en dos sesiones (en la foto, Toni preside; Peter a la izquierda y Fabio tomando notas). Creo que, entre todos (también apoyó el CRDOQPriorat, con su dinámico presidente, Salus Àlvarez, a la cabeza), conseguimos que Fabio documentara con profusión y muchos comentarios y datos, ese futuro artículo, que desde ya esperamos con ansia. Como decía al inicio, ha sido un privilegio poder compartir horas, días y aprendizaje con personajes de este calado. He profundizado mucho en mi conocimiento del Priorat y sus vinos y, además, me lo he pasado muy bien. Gracias a todos y, sobre todo, a Fabio y a Slow Food por darme su confianza y esa oportunidad.


La foto del Montsant es obra de Rafael López-Monné, publicada en las pp.42-43 del libro Priorat. El territorio y el vino de la DOC Priorat, Lunwerg Editores, Barcelona, 2004.

09 octubre, 2008

Guia de vins de Catalunya 2008-2009


La Guia de Vins de Catalunya 2008-2009 es un proyecto singular y digno de toda la atención. No nace como "vocero" de las empresas que trabajan en el sector (no admite publicidad de las mismas y este detalle dice mucho de la indepencia del asunto) o con una orientación administrativista. Tal y como la veo yo, su único norte es el beneficio del consumidor final. Su objetivo es ofrecer mucha información de los vinos que se catan (todos los de las DOs catalanas), hacerlo rigurosamente a ciegas y cruzar las opiniones sobre cada botella de 8 personas que proceden de todos los sectores implicados en el mundo del vino (consumidores, ¡también!). El resultado es una valoración exhaustiva de cada muestra, imparcial y estrictamente en función de su contenido. Pero no se contentan sólo con eso (no dejaría de ser una guía más, en este sentido, en un mercado ya algo saturado). Tras catar y puntuar, destapan la botella y valoran otra serie de parámetros, muy importantes también para ese consumidor final: información de las etiquetas, diseño de las mismas, tapón, precio en relación con la puntuación ya otorgada, posibilidades de combinación del vino con la comida...Toda esta información la ofrecen, después, precedida de una breve introducción a cada DO y a sus cifras de producción en la cronología de referencia. Cada botella catada viene acompañada de su puntuación, coloreada según el tipo de vinificación del vino; de las variedades de uva que lo forman; de los meses de crianza y del precio de la botella. Tres notas muy breves (por ejemplo "complejo, original, afrutado"), dan una mínima orientación de cata al lector y una serie de iconos gráficos anotan trazas de combinación del vino con gastronomía variada. Cuesta adaptarse un poco a la información servida de esta forma, pero cuando tu memoria te va dando las claves, la guía se convierte en un instrumento realmente útil y valioso.

La completan una descripción del método de trabajo empleado (importante: es el que da credibilidad a estas páginas), firmado por su director y alma máter, Jordi Alcover; unas páginas dedicadas a los vinos mejor puntuados, los que más han gustado al equipo de cata; y otra, dedicada a los vinos "troballa", a aquellos vinos emergentes que más han sorprendido al equipo. Por supuesto, un completo e imprescindible índice sirve, al final, para moverse con soltura por las 300 páginas de la Guía. Me quedo con dos palabras para condensar su espíritu: "equipo", es la primera, pues éste ha sido un extraordinario trabajo coral, dirigido por Jordi Alcover, sí, pero que no hubiera llegado a buen puerto sin la participación de un montón de gente entusiasta y muy competente: Silvia Naranjo, Francesc Ortiz, Jordi Benach y un largo etc. de apoyo en la cata y en la gestión de tanta información. Y "credibilidad útil" es la segunda: éste es un trabajo que me da confianza (en la lista de vinos mejor puntuados, por ejemplo, coincidiría con ellos en mucho de lo valorado), su información es buena y, lo más importante, es útil para el consumidor. Cuando me la regalaron, me pidieron que escribiera con sinceridad sobre ella. Lo he hecho, por supuesto, y también quiero apuntar un par de cosas que yo intentaría hacer evolucionar: las tres palabras que suelen usarse para la descripción organoléptica del vino son demasiado genéricas y eso no ayuda mucho a quien quiere ser informado. Propondría, por ejemplo, que en vez de "afrutado", se dijera el tipo de fruta que recuerda, y etc. La segunda es que, en ocasiones, se acumula demasiada información gráfica, de iconos y colores, en una página. La idea es muy buena pero tendería a unificar o simplificar iconos y colores.

Creo que éste es un primer paso muy importante, bien dado, con competencia y transparencia. Me parece que el equipo y sus impulsores van a conseguir su objetivo, que no es otro que el de elevar el nivel de consumo consciente y bien informado del vino que se produce en las DOs catalanas. Yo, en la medida de mis posibilidades, les ayudaré, claro. Caramba, casi me olvidaba: la Guía la distribuía El Periódico de Catalunya en quioscos, aunque también la he visto en muchas tiendas de vinos. Su precio es de 10,95 euros. Estará en circulación por lo menos hasta enero de 2009.

El dibujo de la garnacha procede de la página web de Bodegas Jesús Díaz.

06 octubre, 2008

Día de acción de gracias y momento Theise


En mi particular día de acción de gracias (¡el día después de que me dieran el premio al blog! y sin dar todavía demasiado crédito al asunto), mi santa hizo un pastel para celebrar la fiesta mayor de Barcelona, la Mercè. Huevos, harina, levadura, azúcar, mantequilla, ralladura de limón, tres melocotones de viña maduros y un poco de azúcar glaseado dieron como resultado un afrancesado, casi otoñal pastel de aquellos que nos vuelven locos en casa: con los sabores de la más casera pastelería bretona y ese toque mediterráneo y algo decadente del melocotón maduro. Decidí convertirlo en un "momento Theise". Sin muchas explicaciones, con sencillez, asistimos todos a una mágica combinación, a un instante que yo, en mi intimidad ya compartida con vosotros, llamo un "momento Theise", por Terry Theise, en "The Fun Principle", WFW, 18 2007, p.130: "...and I had my bottle of Muscat...sat on muy little balcony, and glugged a wine that seemed to encapsulate the keen mountain air.

...the wine was perfect, the moment was perfect, and it was perfect because the wine was content not to occupy my whole attention, but rather to keep me company". Eso fue exactamente lo que pasó con la combinación que propuse entre este delicado pastel de melocotón y el Beerenauslese 2004 de Stiegelmar. Con bodega en Gols (Austria) y una fuerte dedicación durante cuatro generaciones a las variedades características de la zona (más alguna foránea), sobresale entre sus vinos, la dedicación a la Muskat Ottonel, una variedad de moscatel de grano menudo. Un BA de moscatel ottonel (¡el muscat es la variedad preferida de Theise!) tenía que ser un candidato ideal para lo que buscaba. Vendimia seleccionada el 17 de noviembre de un solo pago (en Podersdorf), fermentación larga y controlada, reposo y embotellado al año, este BA posee 12% y 105gr/L de azúcar residual. Lo tomamos sobre los 10-11ºC y nos dió ese momento "Theise" tan deseado, aunque no siempre encontrado: de un color ambarino discreto, es un vino de matices moderados, no muy concentrados. Orejones de melocotón, aires de la moscatel suavemente perfilados, un poquitín de miel de milflores y un paladar amplio, jugoso y generoso, que ve invadidos todos sus recovecos por la suave brisa del lago que ha visto crecer estas uvas. No es un vino, en efecto, que exija gran concentración o que pida a gritos soledad y meditación, sino un vino ideal para acompañar un buen postre, en agradable compañía, charla de sobremesa y en día de acción de gracias. Es un vino que te acompaña fielmente y no te pide mucho a cambio. Bueno sí, 14 euros la botella, pero para lo que nos dió parece un precio casi ridículo.

02 octubre, 2008

Urta y Ribera en la "ciudad del sol"



Heliópolis es uno de mis barrios preferidos en Sevilla. La gente suele acercarse, por razones casi obvias, a otras zonas de mayor reclamo turístico, pero a mí me gusta Heliópolis. Y no es que sea por el tema futbolístico, vaya. Veo en mi memoria una foto, de los años 50, en que mis abuelos, con cara sonriente ella, aspecto resignado él, ofrecen sus productos de la huerta y frutales a los clientes. Forma parte de la historia minúscula de este país, pero el barniz rojo y catalanista de mi familia materna, les echó del mercado de trabajo en la dura posguerra civil (en mi pueblo, donde todos se conocían demasiado) y les hizo emigrar de Igualada a Sevilla. Abrieron una frutería y mi madre y tíos pasaron una buena temporada, precisamente en Heliópolis. Años después, me he acercado a Sevilla con frecuencia y he disfrutado de la ciudad, gracias al cariño y amistad de no poca gente. Y el barrio en el que, de siempre, me he sentido más cómodo ha sido Heliópolis: es como una isla de sosiego y paz dentro de la gran ciudad, con muchas casas de dos plantas (los hotelitos del Guadalquivir, de la Exposición Iberoamericana del 29), una distribución de calles racional y cuidada (casi hipodámica) y mucho naranjo y limonero en los patios. El encalado de las casas y el amarillo casi toscano de muchos detalles de las mismas, completa el milagro en pleno siglo XXI.


Otra de las razones de mis estancias en el barrio es que se encuentra en él uno de los restaurantes históricos de Sevilla, un lugar que no engaña a nadie, que ofrece con transparencia y buen hacer desde hace años (ahí es nada: ¡raíces en 1951 y restaurante en 1963!) muestras de la gran riqueza de la cocina andaluza. El Jamaica es un sitio tranquilo, donde se come con sosiego y se dedican generosas raciones de tiempo al aperitivo y a la sobremesa: no te achuchan para que te vayas. Servicio atento sin empalagos y una decoración sobria y algo "atemporal", completan el panorama de uno de mis sitios de referencia en la ciudad. Sin saber nada, pero nada, de todo esto, un querido amigo celebró el otro día un acontecimiento importante en su vida. ¡Y no se le ocurre otra cosa que llevarnos al Jamaica! Mi felicidad fue doble, claro: por celebrar con él lo que en Sevilla nos reunía y por hacerlo en mi Heliópolis. Una manzanilla correcta, con gordales de la casa, buen jamón, croquetas y un manchego superior, oficiaron de correcto entrante. Pero la traca y los pañuelos llegaron con el segundo. Me despaché, como varios compañeros de mesa, con una urta a la Roteña, receta que bordan en el Jamaica. Con el pescado en su punto y el aderezo de un gran aceite de oliva en que se habían confabulado tomates, cebollas, pimientos verdes y pimienta, resultó un segundo sabroso y a la altura de lo habitual en esta casa.


Andaba la bodega del restaurante un poco floja en vinos blancos de empaque y cierta crianza y, sabedor mi amigo de mi pasión, me dejó hacer. Y nos fuimos hacia la Ribera del Duero, donde trabaja Matarromera. Se trata de uno de los grandes grupos de la DO, con fama y prestigio consolidados que se tienen que ir contrastando a cada botella que uno prueba. No en vano, mis disgustos con los riberas en los últimos años, me hacen ir con tiento en su elección. Este Matarromera Crianza 2005 ofrecía dos cosas importantes: un período ajustado de madera, por una parte, y el suficiente reposo en botella en buenas condiciones, por la otra. 12 meses en roble americano y monovarietal de tinta del país, se mostró, ya de entrada, como gran aliado del plato que tomé. Sus colores armonizaban a la perfección, el rojo casi granate del tomate sofrito con cariño y tiempo y el rubí ya apaciguado del vino. Con 14,5%, fue tomado a 16ºC (más o menos) y se ofreció con una capa media y un recuerdo casi lejano de la madera. La nariz asombró por los aires limpios de mora a medio madurar, de mirto y, ya en boca y en posgusto, de compota de grosellas (dulce, pero no dulzona) y de un mínimo de vainilla y de regaliz. Taninos medios, amables y bien torneados, completaron un panorama que me reconcilió plenamente con la Ribera. Salí al sol de mi barrio con la gratitud rebosándome los poros de la piel, hacia mi amigo por su celebración y por el acierto del lugar y hacia Heliópolis y el Jamaica, por seguir estando ahí, haciendo las delicias de los amantes de la buena gastronomia en ambiente distendido y en lugar amable.

La foto de Heliópolis procede de la página web del Hotel Holos.