31 julio, 2008

Daylight again

Tomo prestado el título de mi primera entrada desde el nuevo piso de un disco catártico de mis amados Crosby, Stills & Nash. Uno tiene ya una edad y sus referentes, incluso, se remontan a la época de los Flying Burrito Brothers. En fin...jamás hubiera pensado que tardaría tanto en publicar una entrada. Una semana entera sin escribir, una semana tremenda en la que, claro, uno bebía y empezaba a disfrutar de la nueva casa pero en la que, al final de cada día, sentía un cansancio tal, que le era imposible sentarse al ordenador y escribir nada sensato. Puede que hoy haya sido la primera noche en que he descansado de veras y me he dicho, al despertar, "de nuevo, la luz del día!". Y aquí estamos, para los pocos amigos y lectores que sobrevivan cerca de un ordenador y no anden desperdigados en vacaciones mil (¡bien merecidas!): se hizo de nuevo la luz y he amanecido con ganas de escribir.

Tomo prestado de un post anterior el collage alegórico que preparé para intentar definir el cava con el que brindamos la primera noche en la casa nueva: Celler Batlle 2000 de la casa Gramona. De los cavas catalanes de larga crianza (éste sólo se hace cuando hay buenísimas cosechas y pasa no menos de 7 años en la bodega: el 2000 ha salido al mercado hace pocos meses), Celler Batlle es el que más me gusta y con él nos estrenamos. Diréis, los lectores que lo conocéis (sólo se han hecho de él 15000 botellas), que es un infanticidio. Y os daré la razón: pero para mí era un símbolo y "sacrifiqué" una de mis botellas para hacer los honores a algo que nos ha costado tanto y tanto con otro algo, este cava, que aprecio sinceramente. Con mayoritaria xarel.lo, este es, casi un cava de pago, pues la uva procede de la viña La Plana. Es, ahora mismo, de un amarillo muy descansado, muy relajado, bastante transparente y, como todos los "Batlles", tiene una burbuja muy fina y persistente, muy delicada y pujante. Sus aromas son de gran juventud, frescos, con aires de melocotón de los que por aquí llamamos "gabachos / franceses" (de carne blanca, prieta y fragante), con puntas de hinojo, con ligeros toques de mantequilla y de cremosidad en boca pero con una estructura, con un esqueleto todavía muy livianos al paladar. Su posgusto empieza a evocar ya ciertos aires de bollería francesa, pero se nota que necesita años de guarda, en los que seguirá desarrollando los terciarios de su crianza y dando momentos de gran placer. Para comprar y para guardar.


De los otros vinos que he tomado durante estos días (ambos para comprar y consumir ya), me quedo con dos especialmente placenteros, aunque por razones bien distintas. Ambos, con todo (de hecho los tres que comento hoy), se dejan acariciar por la última sentencia del inefable Theise: "sólo los mejores vinos te dejan degustar el silencio", el silencio que provoca su presencia, el silencio y la discreción que acompañan a su creación. Poco ruido y mucho talento y tradición hay en este Josmeyer Gewürztraminer Grand Cru Hengst, vendange tardive, de 2001. Una de las mejores bodegas alsacianas mima su pago Hengst, del que saca impresionantes Gewürzt. y no menos grandes rieslings. Este vendimia tardía del 2001, con 12,5% y una temperatura de servicio sobre los 10 ºC, es puro, es delicado, es muy fino y te habla, directamente, a golpe de susurro. Agua de rosas, mango maduro (con su aire de madera), melocotón, con un punto de carbónico todavía. Es ligero también en boca, ágil y vivaz, y te regala con un posgusto de terpenos, de muscat y de pera de Puigcerdà bien madura. Llamadme loco pero este vino lo tomamos con un atún en ligero escabeche (si alguien quiere la receta, la daré muy gustoso) y el resultado fue muy atractivo.

El tercer vino de esta nueva presentación es uno de los mejores albariños que tenemos el gusto de poder tomar por estos pagos. Solemos hablar con grandes halagos del Cepas Vellas, y con razón (aunque algún día diré algo de mis últimas sensaciones con su 2006) pero Gerardo Méndez ofrece un albariño joven, en su marca Do Ferreiro, que es, también, una gran fuente de placer y de felicidad. Si se compra en la tienda saldrá por unos 10-12 euros. En restaurante, según la suerte que tengas...yo no tuve mucha y la primera cena fuera de casa fue en El Suquet del Almirall, un restaurante a pie de paseo de la Barceloneta (mirando al Port Vell), con una discreta y bastante tranquila terraza. Allí, cenamos bien (grandes buñuelos de bacalao, con el tropezón entero en el corazón del rebozado; gran pan con tomate, coca de pan, vaya; buenas croquetas de pollo, dignas; fritos de pescado bastante ligeros y sabrosos; buenos mejillones y caracoles de mar), aunque los vinos salían por bastante más del doble que en tienda. Cayó el Do Ferreiro 2007, sin crianza claro, con 13,5% , con buen servicio de copa (Spiegelau) y de cubo con hielo y agua. Embotellado en febrero de 2008, es un vino jovial, que te habla casi en sonrisa, fresco y muy vegetal, con aires de manzana ácida y de musgo. Es distinto a otros albariños de gran calidad, en los que el acero les ofrece un aire más agresivo y mineral. Proporcionó otra nota para añadir al código Theise: lo dice la segunda pista del CD que DJ Camblor No tuvo la gentileza de regalarme (¡y con el que paso grandes ratos en el coche!), en su Pequeña Serenata Atemporal, "Happyness is so hard to find...". Pues eso, añadamos un último punto al Código Theise y hablemos, también, de aquellos vinos que, sin más, nos ofrecen momentos de silencio, de placer y de felicidad en nuestras vidas. Los tres que hoy reseño, sin duda, podrían acogerse a estos principios. Por lo que a mí respecta, y en este momento de la mía, así fueron, y así os lo explico.

Lo dijo Epicuro mucho mejor que yo: "el límite de la magnitud de los placeres es la eliminación de todo dolor. En cualquier lugar donde hay placer, y duranto todo el tiempo en que éste dura, no hay dolor ni pena ni mezcla alguna de ambas." Estos vinos producen placer y, en consecuecia y mientras duran, provocan ausencia de dolor y de pena. ¡No es poco!

26 julio, 2008

Tiempo de mudanza


A la velocidad del caracol, apenas unos cientos de metros para una mudanza de dos días. He aquí la gran aventura: 19 años en un mismo lugar, dos hijos, miles de libros, muchas botellas, copas y un largo etc. de papeles, ollas, sartenes, ropa, bicis, cuadros... cambian de escenario. Hoy es el gran día y vamos a estar muy ocupados, tanto como para que me disculpéis la ausencia en la red, vaya. Intentaré que mi próxima entrada sea la del vino, cava, champagne (todavía no sé qué será) con que nos estrenemos en el piso nuevo. Y como se dice en italiano, la metáfora del caracol viene al pelo por aquella expresión de Augusto, festina lente, que por allí traducen "piano piano si va lontano". Como el caracol, ¡en la carretera estamos de nuevo!

La foto del caracol en mudanzas By Lemoox.

23 julio, 2008

Vinos antes de la partida















Con un calor sofocante a ratos (campo de trigo agostado y azotado por el sol canicular), con un frescor que casi recuerda el de una playa al atardecer, tras la tormenta y batida por el gregal, Barcelona debate si entra de lleno en el verano o se lanza de cabeza al otoño. Mientras, servidor de Ustedes y su familia, ultiman los preparativos de la mudanza con un frenesí casi impropio de la edad que me contempla. Y sin ánimos de beberse la bodega entera (por aquello de aligerar el traslado y minimizar el riesgo de botellas rotas), se da uno cuenta de que salen y salen botellas de las que por alguna razón le apetece dar cuenta. Los resultados son desiguales, la selección bien deslabazada, pero ahí van las notas apresuradas, sin asomo de documentación (llegarán tiempos mejores para ello, lo prometo), por si a alguno de los lectores que por aquí pasan le apetece contrastar opiniones o tomar ideas: empiezo con un claro disgusto, un Viña San Román 2004, de la DO Toro. Lo que pasaría por ser una de las máximas expresiones de la tinta de Toro llega con un maderazo que no sé si los años arreglarán. Entre la madera, el serrín y algunos atisbos de madera noble decapada se mueve la cosa, con restos dispersos de fruta casi irreconocible y un paladar pesado y fondón. Un vino y una añada del que esperaba mucho y que me ha decepcionado más, claro. Del celler Mata d'Abelló, en Gelida (DO Penedès), sus propietarios me mandan, y yo lo agredezco, varias botellas de las que reservo una para el próximo invierno por lo menos. Pruebo las dos de xarel.lo que produce la bodega y reconozco que le encuentro poca personalidad varietal al que sólo ha conocido el inoxidable. En cambio, el Mata d'Abelló tot tó 2007, fermentado en barrica (mi botella, la nº 1356), procedente de cepas viejas de Gelida y con 13%, es un vino que me gusta mucho: a pesar de su vinificación, tiene un amarillo bastante palido y aporta aromas de hinojo, el frescor de la mata de hierbaluisa. En boca es sápido y con gran estructura, con posgusto de pimienta blanca y de canela. La madera le cae muy bien y es agradable. Remata con notas de incienso y hace gozar de un frescor que casi recuerda el de un lejano carbónico Para conocerlo, sin duda. El segundo vino intercambiado con El Baranda es un Viña Salamanca 2007, rosado de lágrima y VT de Castilla-León. Procedente de frutas (rufete y tempranillo) de las laderas del Alagón, en la Sierra de Francia, y con 13,5%, se trata de un rosado hecho por Joan Milà para las Bodegas Valdeáguila, en Garcibuey (Salamanca). Tiene un color frambuesa brillante e intenso y huele a fresón no muy maduro. Tiene mayor cuerpo y taninos, más extracción que el otro rufete probado (la tempranillo le da más estructura). Con mínimo carbónico, es amplio y casi carnoso en boca. Es un vino que tomo con gran placer, un rosado que me gustaría tener con más frecuencia a mano, con una alianza que se muestra muy afortunada, suculenta y eficaz, entre la rufete y la tempranillo. Un gran blanco ha "caído" también antes de la partida: de una de las mejores bodegas del Mosela-Saar-Ruwer, Heymann-Löwenstein, 1990er Wininger Uhlen trocken. Con 11,5% y una decantación de un par de horas, servido a 12ºC, es de un amarillo intenso, casi de oro viejo, con un sequedad grande, acompañada, paradójicamente, de un gran frescor. Hierbaluisa, citronella, pedernal, fruta blanca de hueso, es un vino intenso y pletórico, todavía en plenitud. Termino con dos tintos de raza que me han hecho disfrutar en noches más bien frescas, tomados ambos sobre los 16ºC: procedentes de suelos probres, donde la cepa tiene que trabajarse a conciencia su futuro, el Parraleta Emoción 2005, de Bodegas Ballabriga, monovarietal de parraleta de la DO Somontano, es un vino de capa media, de aquellos que Manuel Camblor quizás definiría de "acuoso". Del color del fruto de la granada, huele intensamente a monte bajo, a orégano y tomillo, a cereza madura y a odre viejo. Remata con una nota de cedro noble y se deja beber con peligrosa facilidad. Dejo para el final el que más me ha emocionado: de Vinya Natura, Quatre Vents 2006, un vino de cepas castellonenses (entre Benlloch y Les Useres), con mucha merlot y menos cabernet sauvignon (80-20), que se presenta como vino de mesa (14%), y tiene una capa media alta de color rojo rubí intenso. Huele a oliva negra bien madura, a pimiento verde a la brasa, es tánico y poderoso en boca. Muy mineral y sabroso es, al mismo tiempo, austero y, casi, áspero. Cerezas maduras te regalan el posgusto y te recuerdan que cepas bordelesas como éstas tienen, también, un brillante futuro en tierras meridionales.

La puesta de sol en verano tras el campo de trigo By Victor Nuno. La de la playa de Kamamura tras la nube By Altus.

20 julio, 2008

La crónica del vino


Hace bien poco leía en El País, suplemento Babelia de 12 de julio de 2008, un espléndido reportaje sobre las nuevas formas del relato breve en Hispanoamérica. Se trata de una de mis pasiones, que se perpetúa desde hace ya muchos años, con maestros como Horacio Quiroga, como Borges, como Rulfo, Bioy, Monterroso, Cortázar... Entre la descripción de variados relatos breves y nuevos autores, surgía, de la mano de Toño Angulo, una definición de la crónica, con la que simpaticé de inmediato. Decía (p.6), que la crónica es "esa hija incestuosa de la historia y la literatura que es anterior al periodismo". La crónica, que se podría definir, también, como una forma literaria unida a la narración del viaje y de aquello que te sucede en él, permite formas breves. Permite, aunque no lo exige, una buena documentación sobre aquello de lo que hablas y se adapta, además, a cualquier tipo de experiencia, se trate del descubrimiento de las fuentes de Nilo, de un viaje por el Túnez romano, de la entrada del primer occidental no converso en La Meca, de una excursión por la Borgoña o de un nuevo vino probado quién sabe donde. Siempre he pensado que la crónica era la forma que mejor se adaptaba, con su acompañamiento gráfico, a la presentación del "blog" en pantalla. Digamos que me la planteo como un aforismo ampliado (con E. Vila-Matas citando a Nicolás Gómez Dávila en El País de hoy, 20 de julio de 2008, p.2 de Cataluña): "escribir corto, para concluir antes de hastiar". Y en eso estamos: cuando sea mayor, quiero llegar a escribir algo, corto y digno, que sea considerado una buena "crónica del vino y de la gastronomía".

La foto "Leika3 y Moleskine" es de R Silver.

17 julio, 2008

La Mancha en verano


La Mancha es una tierra que me gusta: gente austera y atenta, manda el paisaje, fantásticos quesos, grandes superficies de viñedo, buenos vinos y un montón de secretos por descubrir. Desde Barcelona se suele ir en coche, lo cual te permite, desde Valencia y la DO Utiel-Requena, ir gozando con el cambio de paisaje, con la incorporación de los modernos molinos de viento, con los campos de cereal, con la enorme variedad de pájaros que pueblan estos parajes (una de mis debilidades, sí)...En mis actuales circunstancias, no puedo escribir una crónica detallada de mi último viaje, pero no me resisto a dar un par de apuntes: La Mancha tiene una gastronomía contundente, ligada a las labores del campo y a los fríos intensos. Pero cuando llega el verano, las calores son, también, intensas, y aquellos pucheros, aquellos derivados del cerdo tienen que trocar en platos más refrescantes y en vinos más audaces. Y aquí se produce la entrada exultante del escabeche templado o fresco. En dos sitios tomé perdiz o codorniz y en ambos casos me decanté por acompañarla con rosados de la tierra. En la terraza del Hotel Juanito, en La Roda (Albacete), lugar acogedor, con gran cocina y mejor carta de vinos de la zona, cené la perdiz que encabeza este reportaje, con un suavísimo escabeche que contrastaba muy bien con la fragancia de las flores que la acompañaban y con un Rosa Rosae 2007, monovarietal de syrah de Bodegas Martínez Sáez (Villarrobledo). Buena fresa del monte envuelta en el color de la grosella madura, es un vino con cuerpo y presencia en boca y con un buen posgusto de sirope de grosella. Disfruté la combinación, sí.


El segundo escabeche lo tomé en San Clemente (Cuenca), un pueblo con un pequeño pero impresionante núcleo histórico. Allí palpé de veras qué es pasar calor: las piedras de la Iglesia de Santiago Apóstol ardían en contraste con un cielo abrumadoramente azul. En la plaza misma de la iglesia se encuentra Casa Jacinto (¡gracias, Roger!) un lugar de tradición, con muy atento servicio y terraza en la plaza misma. Servidor, que huye de los aires acondicionados como gato escaldado del agua caliente, vio que la clientela se aposentaba al fresco de los toldos, aireados por suave brisa. Y donde fueres... Allí mismo comí: unos estupendos espárragos trigueros a la brasa, con jamón, y otro escabeche, en este caso de codorniz de campo, tibio y servido en cazuela. Si nos ahorramos las patatas fritas, ahogadas en la salsa, la codorniz lució sus mejores galas, el escabeche era más contuntendente y, sin saberlo, di con una combinación de traca y pañuelo. El camarero me recomendó el Torre de Gazate 2007, de la Vinícola de Tomelloso (DO La Mancha), monovarietal de cabernet sauvignon. Es un VCPRD de 13,5% que, para mi sorpresa, se presentó en etiqueta como "semidulce". La página web de la bodega no da datos del azúcar residual, pero en efecto lo tenía, y seguramente entre 10 y 20gr/L. De bello color cereza en envero, asomaban aires de fresón maduro, con cuerpo y cierta contundencia en boca y un retro con aires de fresa del bosque. El poco del azúcar, su melosidad en boca y el frescor del vino ofrecieron un gran y adecuado contraste con el recio sabor de campo de la codorniz y sus prietas carnes. Mejor combinación todavía, creo.

Por cierto, de esta excursión manchega, volví con un queso impresionante, comprado en el mercado de los sábados en La Roda: de la casa Piqmar de Casas de Haro (Cuenca), C/ San Julián, 21, me traje dos cuñas de un semiseco de seis meses y de un curado de un año, que me hacen caer lágrimas de placer cada vez que los tomo. Los he probado con todo: con manzanillas, pasadas y no, con cava rosado de pinot noir, con auslese, con parraleta...quedan bien con casi todo. Y sobre todo, el curado de un año, tiene unos aromas de tomillo y de campo bajo, delicados pero bien presentes, que me seducen sin compasión.

14 julio, 2008

Xemei


Atravesar el Mediterráneo de Venezia ("xemei" significa "gemelos" en veneciano) a Barcelona puede que, hoy, no tenga un gran mérito. Desde el punto de vista técnico, seguro que no. Pero desde el punto de vista humano, el viaje de Mauri y su hermano me suena casi a odiseico: hay que ser valiente y atrevido, hay que tener una visión clara de qué y cómo se quiere hacer algo, y hay que lanzarse al "agua". Si uno tiene la suerte de no toparse con ninguna reina africana ni con ninguna maga encantadara, acaba llegando al destino y se instala. La misión: uno de los mejores restaurantes italianos en Barcelona, Xemei (sin duda, además, el mejor y más fiel veneciano de la ciudad). El objetivo: hacerlo de forma agradable, amable, casi divertida, conservando la pureza de los elementos originales y acompañando con una buena carta de vinos del norte de Italia (Enoteca d'Italia mediante, claro). Le tenía muchas ganas al lugar, la verdad, y la visita de unos queridos amigos sevillanos, nos proporcionó el "pretexto" (si falta hiciera), para acercarnos a Montjuïc y disfrutar de una excelente cena al aire libre.


Mauri escribe a mano cada día su carta (difícil su "caligrafía", aviso) y cada día puede uno encontrar platos nuevos. Algunos de ellos son clásicos: los spaghetti al nero di sepia; los bigoi con salsa veneziana; algún risotto; alguna receta con mejillones; entrantes a base de sardinas; segundos en los que siempre suele haber gallo de San Pedro, remo, hígado a la veneziana; y postres como el tiramisú, la crostata...Las pastas las prepara Mauri y su "lasagna" (casi un mil hojas) es, sencillamente, delirante. Yo me voy a concentrar en lo que comí en esa estupenda noche barcelonesa: al tratarse de una cena, nos decantamos por unos ligeros y sabrosos antipasti. Comimos una ligera, fina y delicada burrata (la antesala de la mozarella) con tomates y unas sabrosísimas sardinas "en salazón" (rezaba la carta): sardinas ligeramente fritas conservadas en ligera vinagreta y con abundante cebolla y perejil. Deliciosas.


Mi segundo consistió en una de las pastas que Mauri prepara cada día, como si de un pastificio se tratara. Los famosos bigoi (bigoli) con salsa veneziana. Se trata de una especie de spaghetti cortos y algo enrevesados, gruesos, que se sirven con un aderezo de anchoas frescas fritas, cebolla y perejil. Fresquísimos, al dente, estupendos. Elegí como vino bastante ideal para acompañar la diversidad de pedidos que había en la mesa el pinot nero básico de Hofstätter (por decir algo, claro está, en comparación con el pinot de pago de la Vigna Sant0'Urbano, el Barthenau, al que hay que dar de comer aparte), el Meczan 2006. Ya sabéis de mi debilidad por los vinos de Martin Foradori...pues bien, este pinot nero, de cepas de la zona de Mazon (DOC Alto Adige), casó de maravilla tanto con las carnes como con las pastas con pescado que se sirvieron. Tomado sobre los 15-16ºC, ofrece un bello color violeta de capa media, con aromas intensos de esa misma flor, con retazos de eucaliptus, con cierto aire (jamás lo había notado) de frescor casi cítrico (corteza de naranja amarga) y en posgusto (una boca sápida y con taninos redondos pero ligeros al mismo tiempo), con aromas de mirto y de cerezas maduras. El primogénito de nuestros amigos, avezado a los alcoholes garraferos de "calidad", supo dar con la clave descriptiva: "sabe a vodka y a alcohol". ¡¡¡le gustó, vaya!!! Bromas aparte, el estupendo pinot nero de Martin Foradori redondeó una gran noche veneciana en Barcelona. Xemei no es un restaurante barato (los entrantes y primeros están sobre los 12-14 euros; los segundos, sobre los 18-20 euros; y los vinos, con un 50% de recargo), pero todo lo que te da merece mucho la pena, recepción y servicio incluídos. Se trata de uno de los puntales que está convirtiendo a Barcelona en uno de los grandes lugares de la cocina italiana fuera de la península itálica.

11 julio, 2008

Núria y Montse: Ogum Vinus


Hace pocos meses, y teniendo a Marcel Gorgori como padrino, Núria y Montse, Montse y Núria, se lanzaron a la aventura. No procedían del mundo del vino, es cierto, pero tenían y tienen un arrojo, una valentía y una pasión por él que me han cautivado. Sin conocer a fondo el terreno que pisaban, se ampararon en el dios de la guerra y de la valentía, del hierro y del arrojo, Ogum (de ahí el nombre de su empresa), y se lanzaron a contratar una franquicia. Núria y Montse son las propietarias de la tienda de Vinus & Brindis que se encuentra en el Centre Comercial de les Glòries. Quienes me leen con frecuencia saben que no suelo hablar de este tipo de locales. Hoy voy a hacer una excepción. Porque me apetece y porque las ganas que he visto en ellas y su amor por el vino se lo merecen. No sé si les servirá de mucho pero yo, por lo menos, me quedaré más tranquilo. Entré en la tienda algo cohibido y con la idea de que me toparía con el habitual "déjà vu" en este tipo de franquicias. Pero me equivoqué: aunque el trato que reciben no sea el más favorable posible (sus pedidos a la franquicia les llegan tarde, aunque les cobran con rapidez), ellas han sabido encontrar en el catálogo algunas botellas que convierten a su local en un lugar que apetece visitar. Loco como soy, ya lo sabéis, del cava Elisabet Raventós, antes de acercarme, me aseguré: "¿tenéis botellas de E.R. 2002"?

Rápidas contestaron que sí. Las reservé ya por mail y para allá que me fui al cabo de unos días. Gente amable y atenta, me explicaron al detalle su proyecto, las condiciones de la franquicia y sus dificultades, el tipo de local y su ubicación y las ganas de crecer, de hacerse ver de otra manera en el mundo del vino. Economistas de profesión, pero con el vino por pasión, han empeñado sus ahorros en el asunto, y sólo por eso merecen ya mi respeto. Pero es que además de proporcionarme mis buenas botellas de E.R. 2002 (¡no leáis Elisabeth Regina por favor!), al empezar a mirar con calma el botellero, vi no pocas cosas que me gustaron mucho: tintos de calidad, por ejemplo, como los de Alfredo Arribas, Lasendal, Villa de Corullón o Salanques. Algunos de los mejores blancos de la Península estaban presentes también: El Rocallís de can Ràfols dels Caus, o As Sortes del pequeño Palacios, o los de Zárate. Alguna curiosidad me llamó la atención, pongamos por caso un monovarietal de prieto picudo (Dehesa de Rubiales), por no hablar de alguno de mis rosados de bandera (Roigenc o Pago del Vicario) y de un par o tres de mis burbujas preferidas (Berta; por supuesto E. R.; Gramona). También andaban por allí los dulces de montaña de Telmo Rodríguez. Es posible que no toda Barcelona sienta la necesidad de ir a comprar aquí, pero yo, si trabajara o viviera en las cercanías del Centro Comercial de les Glòries, ya sabría dónde se encuentra mi vinoteca de guardia y de referencia. Todo lo que os he citado se encuentra entre las cosas que me gustan mucho.

Por cierto, ¿me dejáis acabar con un pequeño acertijo? Prueba de agudeza visual: siendo como son las mismas protagonistas, ¿sabríais decirme en menos de cinco segundos cuál es la diferencia fundamental entre la primera y la segunda foto? No vale decir que en una está Marcel Gorgori y en la otra no.

Postcriptum. En el suplemento del diario Avui del domingo 13 de julio, publica Ogum Vinus una columna en la que destacan y comentan Montse y Núria alguno de los vinos que más me gustaron de los que vi en la tienda: Elisabeth Raventós 2002, por supuesto; el albariño básico de Zárate; La Garriga 2005 de Castell de Perelada y el prieto picudo de Dehesa Rubiales 2003.

08 julio, 2008

¿Calores de Barcelona? ¡Fríos de Suecia!


Hoy va de confesiones: digamos que no soporto las grandes superficies, los sitios donde miles de personas se dan cita, normalmente los sábados, para dar rienda suelta a no se sabe qué...me entra de todo, picores, sarpullidos, malestar, nervios, rabia, hasta que no puedo más y empiezo a montar el número. Comedido, sí, pero número: "¡que ya no aguanto más!", "que qué hacemos aquí?", "¿será posible? pero si parece que la gente se lo pasa bien!", y etc. Supongo que un psiquiatra llamaría a esto "agorafobia". Yo, sencillamente, intento evitar akís, decathlones, cortesvarios, ikeas, etc., siempre que puedo. Pero resulta que el otro día no pude escapar: niños fuera, piso por renovar, sábado por la tarde = gran superficie de capital sueco. Un desastre: intenté empezar en positivo y acabé preguntándome por qué le estaba haciendo de mozo de almacén a uno de los tipos más ricos del mundo. Eso, un desastre...hasta que al salir por la caja (rápida, me río yo de los 10 productos: nos tocó el cajero en prácticas!!!), mi cara cambió y mi sonrisa volvió porque vi algo que parecía un ¡supermercado sueco! ¡¡¡Comida sueca para los calores de Barcelona!!!

De golpe recordé una entrada de mis amigos Pistoynopisto (¡releía tu nota y veía que somos casi "almas gemelas"!) y ni corto ni perezoso, le propuse a mi santa adentrarnos en los fríos nórdicos para preparar una cena sueca en casa, sin tocar los fogones, que a ratos también apetece. El resultado de eso que se viene en llamar Ikea Food fue sencillo pero muy sabroso: un poco de pan de centeno, Siljans Knäckebröd, ligero, crujiente e ideal para acompañar tanto a salmón como a queso; un taco de Superior salmo salar, algo graso, casi rústico, con un ahumado fuerte y auténtico (me recordó mucho los panzones de salmón en los mercados finlandeses); unas huevas de falso caviar Abba Black, lo más discreto, poco yodadas y algo sosas, mínimas; Abba jämna fina bitar, trocitos de arenque con cebolla, vinagre, azúcar y eneldo: lo mejor, su combinación con el salmón en la boca (la conexión "eneldo", espectacular) y el vino que destiné a esta cena, fue afortunada. Para rematar, tomamos un Wanas ädel, un queso azul de leche bio, bastante correcto, sin más. Todo esto nos costó la "friolera" de 19 euros.

Ya advertido, por anteriores experiencias, de que un buen Riesling Auslese podía dar grandes resultados con este tipo de manjares, le regalé a esta fría cena sueca un ilustre representante de una de las grandes bodegas del Palatinado, una de mis preferidas: de Dr. Bürklin-Wolf, hizo las delicias de la concurrencia un Auslese de Wachenheim, Gerümpel, "R", de 1990 y con 10%. Decantado una hora antes de la cena y servido a 12ºC, este vino casi me hace llorar y, por supuesto, borró de mi mente todos los malos momentos, hedores y nervios vividos en la gran superficie. Con un color amarillo intenso, casi de piel de limón maduro, este 1990 está en un momento espléndido, con aromas de "lemon curd", de raspadura de corteza de limón, de esa misma corteza hervida con agua azucarada y convertida en caramelo ácido. Pleno y graso en boca, su combinación con el salmón y el eneldo, con el arenque agridulce y su cebolla fueron de traca. Al trasluz, el vino muestra todavía su juventud, si se me permite la expresión, con trazos de verdor y un largo posgusto con aires de lima-limón y el frescor del mojito, hierbabuena y limón. De golpe y porrazo me vi transportado al "Viktualien Markt" de Monaco en Baviera, donde un servidor, hace ya demasiados años, sobrevivía a base de bocadillos de arenque y de salmón y copas de riesling palatino del que, por aquel entonces, nada sabía. Bebía y disfrutaba, sin más. He descubierto que esos aromas, esos sabores persisten en mi mente y son los de la Hansa, los de las costas del Mar Báltico que llegan al mercado de vituallas del München de mi juventud. Señoras y señores: que no hay mal que por bien no venga, en pocas palabras. Y que cuando me "obliguen" a volver a Ikea, lo haré sumiso y con la sonrisa del "lindo pulgoso" entre los dientes...

La foto del muelle helado de Estocolmo es de fliptopheed.

04 julio, 2008

Terroir Vino en Genova: mis notas


Tigullio Vino (Fil Ronco y su increíble y eficaz equipo) convocaban una vez más a los amantes y aficionados del vino italiano a una maratoniana sesión el pasado 16 de junio en Génova. Génova no es lo que parece: se la tacha de gris, pero está llena de color; es una ciudad en plena ebullición, viva y dinámica que se me antoja como la Nápoles del norte: tiene aires de Parténope, sí, pero con cierto orden, como si de un principio de cosmos en el tremendo caos napolitano se tratara. Los que venimos del norte o de otros países en coche o en tren tendemos a pasar de largo de la ciudad. Mal hecho: Génova merece una visita atenta, merece un largo paseo por sus barrios céntricos, por su casco antiguo, por su puerto y su catedral. Génova, además, merece ser visitada porque alberga la muestra presencial de todos los vinos que, cada año, las mesas de degustación que trabajan con Tigulliovino prueban. Y son más de 140 expositores, más de 500 vinos que uno puede catar, con los que se da cuenta, por si no lo tuviera suficientemente claro, que la Italia vitivinícola, tampoco es lo que parece. El consumidor habitual se queda con cuatro clichés, con cinco marcas o variedades de uva y poco más. Y eso, lo comentaba la gente, sucede en Italia y fuera de ella.

Y es tremendamente injusto. Terroir Vino 2008 me dió la medida exacta de qué sucede en Italia, un país que posee en explotación más de 350 variedades auctóctonas (sic!) y que presenta una riqueza de vinificaciones, de estilos, de maneras de ser vínicas tan variadas que no se me ocurre ningún otro país que conozca con qué compararlas. Terroir Vino fue excepcional en este sentido porque desde el Alto Adige hasta Sicilia me permitió, de nuevo, palpar esa riqueza, conocer nuevas variedades y tipos de vino, nuevas bodegas y bodegueros y, ay las!, darme cuenta de que no completo ese mapa vinícola en una sola reencarnación...La perfecta organización en el Palazzo Ducale, la continua degustación de 11 de la mañana a 8 de la tarde, me sumieron casi en un estado de shock emocional y gustativo. Probé tanto, charlé con tantos bodegueros, amigos y colegas, descubrí o redescubrí tanto, que me es imposible hacer un resumen adecuado de todo lo que hice. Doy las gracias a Fil Ronco y a su equipo por darme esa oportunidad y me quedo, sin más pretensiones, con la idea de daros tan sólo la selección de lo que más me llamó la atención. No voy a poner enlaces a todas las bodegas: quien se sienta atraído por alguna de las cosas que escriba no tiene más que pedirme ampliación de datos, si no los encuentra en la red.

Me alucinó el Sciacchetrà 2005 de Luciano Capellini, un vino pasificado blanco hecho con la técnica del ripasso, de un color ambar impresionante, mezcla de frutas blancas, de flores, de miel, de frutos secos, de sal y de mineralidad pura. Una maravilla. Me sedujo, de nuevo, el Alto Adige a través de la bodega de Alois Lageder: no tengo dudas, para mí se trató de la bodega más completa, la que trajo más variedad de vinos y de mayor calidad media todos ellos. Sus blancos 2007 están en una línea impactante, sápida, poderosa y atractiva, para darte un verano de lujo (su pinot grigio, su Müller Thurgau, su Gewürztraminer, su moscato giallo), pero el pinot noir que trajo, el Krafuss 2004, fue de los tintos que más me gustó de toda la sesión. Sólo diré, para que entendáis cuánto me gustó, que me recordó mucho el Sant'Urbano de Hofstätter...me cautivó la colección de vinos blancos bio de I Clivi, con un Galea bianco y un Brazan, ambos de base tocai friuliano (con perdón), con largas fermentaciones naturales, nada de madera y largos reposos en lía: vinos de raza, poderosos y seductores, intensos, atípicos casos para el Friuli. La mejor colección de vinos dulces de la sala la presentó, en mi opinión, Marco Sara, de Udine, un especialista en botrytis cinerea, que ofreció un piculit de ensueño y sus increíbles Verduz y Muffis dal Sis. Marco Sara, desde la discreción y el amor por el vino botritizado, se está haciendo un hueco importante: ¡ved, si no!, Gaspare Buscemi es un caso único, una rarissima auis, que merece atención y respeto: un hombre ya mayor, convencido de lo que hace, pero harto de predicar en el desierto. Para que os hagáis una idea: es como si habláramos de los López de Heredia, pero en Italia. Presentó unos pinot grigio del 1988 y un bianco riserva massima, del 1987, que estaban perfectos, vivos y audaces, con una boca increíble y todos los sabores de la paleta de la miel. Su spumante de larguísima crianza (vino base del 1991, con degüelle en 2000, tal y como lo leéis), sans dosage, es un vino de una cremosidad absoluta, con unos tostados finos y unas galletas de mantequilla adorables. Único en la sala.

De algunas bodegas, bien conocidas de los lectores de este cuaderno y presentes en la sala, no hablaré, pero allí estaban, y llamando la atención, la Tenuta Grillo, Le Vigne di San Pietro y La Stoppa (integrantes, por lo demás, de la nómina de Enoteca d'Italia y, por lo tanto, accesibles desde Barcelona). Ageno 2005 está que se sale, como siempre, y Vigna del Volta protagonizó un encuentro inesperado con un queso erborinato de la Fattoria La Parrina (queso azul, de cabra 100%, con un reposo mínimo de 4 meses, extraordinario), que hizo saltar chispas a los amigos a los que propuse compartir esa combinación. Uno de los lugares que más llamó la atención fue el montaje de la Azienda BioVitivinicola de Emidio Pepe, que preparó una vertical salteada de su Montepulciano d'Abruzzo, que no toca madera para nada: ¡85, 95, 00, 01, 03, 05 y 07! En mi opinión, el 03 estaba muy en su punto, aunque algo fenólico, pero el que se salía era el 85, el mejor de la serie sin duda. Cascina Corte de Amalia Battaglia y Sandro Barosi presentó una de las mejores relaciones calidad-precio de la sala: vinos bio, de nuevo, agradables, atractivos y a precios imbatibles, con un dolcetto classico a 5 euros y un barbera bio a 7. Cerca de Sandro estaba uno de los grandes descubrimientos de la sesión: la hacienda Cà Richeta de Enrico Orlando (en Castiglione Tinella). Todo lo que probé me gustó pero quiero hacer mención especial de sus dos vinos pasificados: un passito rosso con brachetto (sí, sí, brachetto!) y cabernet sauvignon es un puntazo (me recuerda los dulces con monastrell/mataró), pero su bianco passito Cà Richeta 2003, con moscato bianco y un 20% de semillon, con la uva pasificada en la planta, está que se sale, un vino para tener muy en cuenta.


Erbaluna y Podere Erbolo fueron otras dos bodegas de corte "vino natural" que me llamaron la atención, la primera con un Barolo 2003 muy digno y a un precio muy bueno (sobre los 25 euros), la segunda con un Salvino 2004 (IGT Toscana), sangiovese de verdad con un mínimo de malvasia blanca. Fontanavecchia me atrajo con un Falanghina 2007 en pureza, mineralidad y frescor a pares y a raudales, y de las bodegas sicilianas, me llamaron la atención D'Angelo (en Catania), con un vino único (un frappato, pero vinificado en blanco, mineral, seco, tánico, increíble) y, por supuesto, Arianna Occhipinti (en Vittoria), con su también Frappato 2006, vinificado según la tradición, con largas maceraciones y un contenido fenólico y de bosque mediterráneo impresionantes: ¡qué bien explica ella sus vinos! Un vino para conocer y atrapar el alma de Sicilia en un trago: intensidad y poder, no exentos de belleza. Para finalizar mi recorrido, no quiero dejar de citar la bodega extrangera que más me impresionó: la alsaciana bio Bott-Geyl (de Blebenheim) me proporcionó una agradabilísima conversación con la propietaria, con su "vigneron" (¡y esposo!) y la degustación (por desgracia no trajeron sus grand cru) de sus básicos "Les Élements"(traminer, riesling). No descubro nada nuevo, lo sé, pero es una de las grandes y tradicionales bodegas alsacianas, sin duda.

Bien, éste es mi resumen, apresurado y que se deja no poco en el tintero, pero resumen al fin y al cabo de lo más destacado que probé en Genova. Ya veis, por lo demás (foto última), que en Italia no todos escupen lo que catan...Lo mejor de la jornada, con todo y sin la menor duda, fue el contacto con la gente, la charla distendida, el conocimiento de no pocos colegas a los que conocía sólo por la red y la organización. Poco podía yo imaginar, la verdad os digo, que todo acabaría con una cena a la mesa de la cual se sentaron, entre otros y ahí es nada, Mike Tomasi y Luca Risso, Gianpaolo Paglia (con cuyos excelentes vinos de Poggio Argentiera en la Maremma toscana, cenamos), Terry Hughes y Giampiero Natali: ¿¡Elisabetta, dónde estabas!? Me sentía casi como un marciano en la tierra y apenas me atreví a abrir la boca: gente que sabe mucho, que ha probado de todo, que ha viajado, que es culta e inteligente, que escribe y es respetada en el mundo entero. Un gran colofón para una jornada inolvidable. ¿La gran lección?: "L'Italia vitivinicola non ti la fai in una vita!" ¡No os la perdáis!

La foto multicolor de las casas de Génova es de honeycri. La de la vertical de Pepe, de Piperita Patty.

01 julio, 2008

Con estos vinos, ¡que me den calores!


Escribo esta nota entre el 28 y el 29 de junio de 2008. Casi nunca fecho mis comentarios, cuando los escribo: creo que todos hacemos lo mismo. Escribimos, pulimos, guardamos y publicamos cuando podemos o nos parece oportuno. Los calores llegaron a Barcelona, de forma seria y continuada, hace no más de una semana: noches en las que no se baja ya de 26-27ºC, pero con una humedad relativa alta, que hace que la temperatura parezca mayor y las noches sean como las de "la iguana". Paso por momentos complicados: mucho trabajo en varios frentes y un casi inminente traslado de piso (a finales de julio). Miles de obras, intentos de controlar todo (casi vanos) y en medio de este caos, un pobre cuaderno de anotaciones que, de vez en cuando me mira y me dice "¿y yo, qué?". Casi me da lástima: le tengo cariño y me gusta atender sus necesidades. Ahora la situación me desborda y escribo cuando puedo y mal, sin documentarme debidamente. Espero que me sepa perdonar y me gustaría que mis lectores fuerais indulgentes. Llegarán tiempos mejores, sin duda, y cuando la mudanza se complete, cuando todo funcione en el piso nuevo, cuando todas las botellas y copas reposen, ¡íntegras!, en su nuevo hogar, podré volver a escribir con tranquilidad y con el placer que, ahora, ni tengo ni encuentro. Pero por mucho que diga y cuente, por mucho que pase, llegó el verano, llegaron los calores, y un servidor y su familia y amigos siguen bebiendo, siguen buscando el placer y un poco de relajo en aquella copa refrescante y divertida, que hace que los atardeceres y las noches sean más transitables.


Aunque no sea mi estilo (no critico, conste, porque me encanta que cada cual encuentre el suyo), las actuales circunstancias personales casi me obligan a redactar notas más breves, en las que sólo os cuente mis sensaciones y, en los casos que ahora siguen, me permita recomendaros el consumo de algunos vinos y espumosos, que me han dado, en mi interior, aquella paz y frescor que uno consigue, en los duros días de verano, cuando se encuentra bajo una sombra como la de la foto. Es tiempo de buenos vinos blancos, de rosados fresquitos y de burbujas de todo tipo. ¡Vamos a por ellas! Mi santo y cumpleaños (por Sant Joan todo) se saldó con varias burbujas, todas ellas muy distintas entre sí, pero todas muy agradables: como aperitivo, un cava desconocido, Gausa rosado de pinot noir. Lo distribuyen mis amigas de Ogumvinus (de las que hablaré próximamente) y no sabía nada de él: un cava de un bello color frambuesa en el medio envero, con aires de fresa silvestre en la zarza, pero reposados, con un deje de bodega antigua y una boca suave y cremosa, con una burbuja fina y nada agresiva. Muy rico. Un clásico que no voy a descubrir aquí sirvió para brindar en la intimidad: el Spécial Club millésimé 1999 de Pierre Gimonet et Fils.

Se trata de un premier cru de Cuis, chardonnay en pureza, infanticidio casi por ser el de 1999, pero fresco y suave en boca, con recuerdos de horno bretón al amanecer y de manzana golden. Una pura delicia que, sin duda para mí, gana a las horas de haber sido abierto. Algunas de las pocas botellas que quedarán en Barcelona de Elisabet Raventós 2002 me fueron proporcionadas, de nuevo, por Ogumvinus, y cumplieron a la perfeccción para brindar con toda la familia. De este cava ya he hablado en otras ocasiones: sólo quiero decir que sigue estupendo. Quién pillara más botellas y supiera guardarlas un par de años...De mi incursión en Ogumvinus salió también un estupendo txakolí vizcaíno: el de Itsasmendi 2007. Está peligroso de veras este vino ahora mismo: citronela, aromas de pera limonera, recuerdos del roce con la planta de la hierbaluisa, carbónico perfectamente integrado, frescor y placer a raudales.


Termino con tres rosados, dos de ellos de características similares y que aconsejo buscar y consumir en su añada 2006. Hay rosados a los que favorece un año de reposo, en mi opinión, y Ètim Rosat 2006 es de esos. Con garnacha y syrah de viñas viejas, tiene un color entre el rojizo del pomelo rosa y la naranja sanguina, casi un clarete. Fresas silvestres cuando remueves su hogar, grosella madura, casi corpulento y algo tánico en boca, gran acidez, es un rosado muy sabroso, quizás poco al uso, pero de los que me gusta de veras. Como el Roigenc 2006, dels Cellers Capafons-Ossó, hecho básicamente con syrah, que sale algo más ligero en boca y con más aire de fresa madura y de lácticos que el anterior, pero que está ahora mismo pletórico. Cierro esta trilogía de rosados con una sorpresa y novedad absolutas para mí. Hacía tiempo que iba detrás de ellos porque había leído algunas notas "estimulantes", pero si no llega a ser por la ayuda y generosidad de El Baranda, no habría podido tener acceso fácil a ciertos rosados echos con la variedad rufete: ¡muchas gracias, Mario! Me apetecían y dedidimos con Mario cambiar un par de rosados de por aquí que le llamaban la atención por un par de rosados de sus tierras. Y ha caído ya el primero: un Tiriñuelo rosado 2007, Vino de la Tierra de Castilla y León, monovarietal de rufete. Con 13% y una temperatura deseable de servicio sobre los 9-10ºC, es un vino de capa muy muy leve, con un color entre la piel de cebolla subida de tono, casi violácea, y la cereza en envero. Huele a zarzamora y al zarzillo de la fresa. Es liviano, de cuerpo ligero en boca, algo astringente, pero sabroso y con un amable y delicado posgusto a fresón. Es un vino "peligroso", que pasa como si nada y se deja beber con agradecimiento. Acompañó a la perfección una pizza casera, invento de la casa (nuestra), con sardinas.

Con estos vinos, ¡que me den calores!

La foto del paisaje en verano procede de Fulgen.