02 octubre, 2008

Urta y Ribera en la "ciudad del sol"



Heliópolis es uno de mis barrios preferidos en Sevilla. La gente suele acercarse, por razones casi obvias, a otras zonas de mayor reclamo turístico, pero a mí me gusta Heliópolis. Y no es que sea por el tema futbolístico, vaya. Veo en mi memoria una foto, de los años 50, en que mis abuelos, con cara sonriente ella, aspecto resignado él, ofrecen sus productos de la huerta y frutales a los clientes. Forma parte de la historia minúscula de este país, pero el barniz rojo y catalanista de mi familia materna, les echó del mercado de trabajo en la dura posguerra civil (en mi pueblo, donde todos se conocían demasiado) y les hizo emigrar de Igualada a Sevilla. Abrieron una frutería y mi madre y tíos pasaron una buena temporada, precisamente en Heliópolis. Años después, me he acercado a Sevilla con frecuencia y he disfrutado de la ciudad, gracias al cariño y amistad de no poca gente. Y el barrio en el que, de siempre, me he sentido más cómodo ha sido Heliópolis: es como una isla de sosiego y paz dentro de la gran ciudad, con muchas casas de dos plantas (los hotelitos del Guadalquivir, de la Exposición Iberoamericana del 29), una distribución de calles racional y cuidada (casi hipodámica) y mucho naranjo y limonero en los patios. El encalado de las casas y el amarillo casi toscano de muchos detalles de las mismas, completa el milagro en pleno siglo XXI.


Otra de las razones de mis estancias en el barrio es que se encuentra en él uno de los restaurantes históricos de Sevilla, un lugar que no engaña a nadie, que ofrece con transparencia y buen hacer desde hace años (ahí es nada: ¡raíces en 1951 y restaurante en 1963!) muestras de la gran riqueza de la cocina andaluza. El Jamaica es un sitio tranquilo, donde se come con sosiego y se dedican generosas raciones de tiempo al aperitivo y a la sobremesa: no te achuchan para que te vayas. Servicio atento sin empalagos y una decoración sobria y algo "atemporal", completan el panorama de uno de mis sitios de referencia en la ciudad. Sin saber nada, pero nada, de todo esto, un querido amigo celebró el otro día un acontecimiento importante en su vida. ¡Y no se le ocurre otra cosa que llevarnos al Jamaica! Mi felicidad fue doble, claro: por celebrar con él lo que en Sevilla nos reunía y por hacerlo en mi Heliópolis. Una manzanilla correcta, con gordales de la casa, buen jamón, croquetas y un manchego superior, oficiaron de correcto entrante. Pero la traca y los pañuelos llegaron con el segundo. Me despaché, como varios compañeros de mesa, con una urta a la Roteña, receta que bordan en el Jamaica. Con el pescado en su punto y el aderezo de un gran aceite de oliva en que se habían confabulado tomates, cebollas, pimientos verdes y pimienta, resultó un segundo sabroso y a la altura de lo habitual en esta casa.


Andaba la bodega del restaurante un poco floja en vinos blancos de empaque y cierta crianza y, sabedor mi amigo de mi pasión, me dejó hacer. Y nos fuimos hacia la Ribera del Duero, donde trabaja Matarromera. Se trata de uno de los grandes grupos de la DO, con fama y prestigio consolidados que se tienen que ir contrastando a cada botella que uno prueba. No en vano, mis disgustos con los riberas en los últimos años, me hacen ir con tiento en su elección. Este Matarromera Crianza 2005 ofrecía dos cosas importantes: un período ajustado de madera, por una parte, y el suficiente reposo en botella en buenas condiciones, por la otra. 12 meses en roble americano y monovarietal de tinta del país, se mostró, ya de entrada, como gran aliado del plato que tomé. Sus colores armonizaban a la perfección, el rojo casi granate del tomate sofrito con cariño y tiempo y el rubí ya apaciguado del vino. Con 14,5%, fue tomado a 16ºC (más o menos) y se ofreció con una capa media y un recuerdo casi lejano de la madera. La nariz asombró por los aires limpios de mora a medio madurar, de mirto y, ya en boca y en posgusto, de compota de grosellas (dulce, pero no dulzona) y de un mínimo de vainilla y de regaliz. Taninos medios, amables y bien torneados, completaron un panorama que me reconcilió plenamente con la Ribera. Salí al sol de mi barrio con la gratitud rebosándome los poros de la piel, hacia mi amigo por su celebración y por el acierto del lugar y hacia Heliópolis y el Jamaica, por seguir estando ahí, haciendo las delicias de los amantes de la buena gastronomia en ambiente distendido y en lugar amable.

La foto de Heliópolis procede de la página web del Hotel Holos.

10 comentarios:

Iesus dijo...

Me enorgullece tímidamente ser el primero en escribir en esta entrada, me emociono con la –desconocida- historia de tu familia, me alegro de tus calificativos y disfruto de nuevo de la comida con tus palabras, querido Joan. Imposible que fallaras (ni en aquella elección ni en esta entrada).
Un abrazo.

J. Gómez Pallarès dijo...

Nunca se sabe cómo andará lo de los comentarios, querido Jesús! Así que esta es tu entrada, en efecto, y este tu artículo. Disfruté como cochino en alberca de la jornada (con perdón), entera toda ella.
Y por supuesto de lo que aquí se cuenta, no sabías nada de nada. Así que ya entenderás los saltos (interiores) que iba dando cuando me enteré del colofón.
Pena d avión que lo interrumpió todo...
Un abrazo y gracias de nuevo por todo.
Joan

Tony dijo...

Tomo buena nota del sitio. Gran post y mucho sentimiento leo en él.

Enhorabuena !!!

J. Gómez Pallarès dijo...

Hola, Tony, encantado de verte de nuevo por aquí!
La verdad es que en ese día y lugar se destilaron muchos años de trabajo de mi amigo y, también, de un servidor junto con otras personas. Y fue, claro, un día emocionante. Y sin haber comentado nada, terminamos en Heliópolis...la verdad es que tengo un poco la sensación de estar como en casa allí. El campo del Betis se come mucho espacio, la parte sur, ya urbanizada de forma moderna y bárbara, también. Peroel corazón de Heliópolis sigue allí, vivo y latiendo! Y en ese corazón, el Jamaica que es, casi, un restaurante de otros tiempos que ha sobrevivido hasta los nuestros. Uno se siente a gusto, también de vez en cuando, sin tantas deconstrucciones y moderneces, con una receta de toda la vida, buen sitio, mejor vino y todavía mejor compañía.
Es casi seguro que si preguntas a la gente de Sevilla por los restaurantes en el candelero de la ciudad, no te nombrarán el Jamaica. Por eso vale la pena conocerlo!
Gracias por tus palabras!
Joan

el pingue dijo...

Me alegro de la reconcialización. Algún día te sorprenderá, que es lo que va después.....

Un saludo

Roberto

Anónimo dijo...

Caro Joan
Aquí Ignoto (vale, me quedo con el alias: me gusta...) después de unos días de ajetreo (ya sabes por qué, tú que eres colega de profesión).
Yo también celebro que te hayas reconciliado. Se están haciendo algunas cositas -no muchas- deliciosas por acá, a orillas de mi río padre. No sé si lo conoces (la más seguro es que no: si lo gugleas unido a "ribera del duero" salen 31 entradas frente a las 18000 de Matarromera) ni si te lo conseguirán tus sabuesos de por ahí. En fin, se llama Montelaguna (2006, por ejemplo) y es de Pesquera.

Abrazos báquicos como siempre.

Ign.

Ps. Creo que vendimio el fin de semana próximo. Ya te contaré...

J. Gómez Pallarès dijo...

Hola, Roberto, la verdad es que además de tus sugerencias, en estos últimos días he probado un Sentido de los de Neo, el más básico (entre comillas) de la casa, 2007, que me ha encantado, con mucha fruta bastante madura y poco más. Una delicia. Seguiremos la huella de la tinta del país con poca madera, que es la que me apetece en esta zona ahora mismo.
Saludos!
Joan

J. Gómez Pallarès dijo...

Me parece bien que sigas con tu supernomen, Ign.!
No he probado este Torrelaguna 2006 pero lo buscaré, claro que sí, si tú me lo recomiendas. A día de hoy (cuando nos vimos la última vez andaba yo bastante en secreto con mis aficiones y, por supuesto, el blog no había ni nacido en mi cabeza) la única recomendación seria que me hiciste (procedente de tu otro padre, no el río!), fue y ha sido espléndida.
Hoy estaba en una cata de prioratos y cuando ha salido un brett o casi (mucho fondo de cuadra, mucho gallinero, olor bastante poco franco y casi sucio) me ha recordado de inmediato mis peores y últimas experiencias con Chateauneu-du-Pape y alguna con Riberas. Mis colegas de cata han comentado lo mismo. Y ya va siendo hora de que una DO con tanto prestigio e importancia dé nuevas alegrías a los aficionados, como decía, algo lejos de los maderazos y de las uvas sobremaduradas.
Saludos!
Joan

Miguel dijo...

Enhorabuena por esta poesía, perdón entrada, escrita con el corazón, prosa selecta y precisa que transmite a la perfección el éxtasis, el duende, que pocas veces se consigue, ese nirvana gastronómcio en dónde los detalles más pequeños cobran vida e importancia y son los que se recuerdan.

Ahora eso sí, la próxima vez un tinto andaluz, que los hay y buenos sin nada que envidiar a nadie.

J. Gómez Pallarès dijo...

Buenas noches, Miguel. Y muchas gracias por tus palabras. La verdad es que uno de los pocos problemas que tiene el Jamaica (así se le llama) es que su carta de vinos andaluces tintos es muy limitada. Con las maravillas que se hacen en Ronda, en la Sierra de Sevilla (Cazalla), en las Alpujarras, en Cádiz...en fin, que es una asignatura pendiente de tantos y tantos restaurantes, andaluces y no. Pero debieran empezar por la propia tierra, vaya.
Saludos cordiales!
Joan
PS. ¿No serás el Miguel con quien compartimos mesa y alegrías en Sevilla ese día...? Porque si sí, menuda sorpresa que hayas dejado caer unas palabras por aquí.

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