29 junio, 2007

NPI de Sánchez Ayala: La bota de...n.5


NPI: así reza el rótulo de una viejísima bota que permanece por los siglos de los siglos (nunca mejor usada la expresión, pues ya está sobreviviendo a dos de ellos) en las oscuridades de la bodega Sánchez Ayala de Sanlúcar de Barrameda (¡¡¡fundada en 1789!!!). Una bota de la que, como comentaba el maestro Dianes, se pierde la pista de sus orígenes. Sí sabemos, por lo que ya comentaron en su momento Encantadísimo y Barbiano en un excelente post del primero, que hace más de cuarenta años que no se hacía una saca de ella. La saca, casi me atrevería a llamarla histórica, realizada en febrero de 2007, produjo 200 medias botellas (37,5 cl) que han ido a parar a manos de algunos privilegiados, entre los cuales me cuento. Le he dado sus meses de reposo al frágil viajero y me ha parecido que hoy, día del apostol Pedro y coincidiendo con una convocatoria de los amigos enófilos franceses (Olif) para hablar de vinos producidos en procesos oxidativos, era el momento de sacar a pasear a este monstruo.

Se trata de un amontillado viejísimo, único, cuyas características de crianza y organolépticas desbordan por completo mi marco de experiencias. Barbiano definía la complejidad a la que nos enfrentamos mucho mejor de lo que podría hacerlo yo jamas: "La maravilla de este vino es que siendo viejísimo, siga siendo clarísimamente un amontillado, y además, manzanillero. Téngase en cuenta que en el caso de los vinos viejísimos, las diferencias entre olorosos, amontillados, palos cortados se difumina grandemente, y lo más prudente es quedarse en aquello de 'Jerez muy viejo'. Pero en este palpita todavía el recuerdo claramente marcado de la lejanísima crianza biológica." Jesús Barquín y Álvaro Girón definían a la perfección el proceso y me permito reproducir su comentario para que los amigos franceses valoren el proceso oxidativo ante el que estamos: Los amontillados son finos y manzanillas" (aquí hablamos de una manzanilla en origen) "envejecidos que pasan un primer tramo de su vida criándose como tales (crianza biológica) y una segunda fase puramente oxidativa que, en el caso de los viejísimos, puede ser extraordinariamente larga. La calidad de un amontillado depende, en gran medida, del tiempo. Tiempo bajo una escrupulosa y larga crianza bajo velo de flor, determinante para que el vino adquiera (y después conserve) el carácter biológico y la finura tanto en nariz como en boca. Tiempo de crianza oxidativa, fundamental para que el vino integre los diferentes componentes aromáticos y el alcohol, y gane en concentración, profundidad, largura."

Mi nota de cata, lo reconozco, es precipitada, desbordado por sensaciones que no sé todavía cómo digerir ni describir. En primer lugar, y siguiendo el consejo de los expertos, abrí la botella 48 horas antes de la degustación. No han bastado. Temperatura de servicio: empecé sobre los 8ºC y terminé la cata sobre los 12ºC: creo que es un vino tan especial, tan reconcentrado en la esencia de la oxidación y de sus orígenes de crianza biológica, que una temperatura casi ambiente perjudica su paso en boca, demasiado poderoso y seco. El color del vino es el de un mueble de caoba del centro-este de África (Khaya-Ivorensis), recién pulido y barnizado, brillante, de auténtico impacto. Muy bello. Los aromas de la botella impregnan todo el espacio libre que encuentran: uno tiene que hacer el ejercicio de empezar a copa parada, aspirar lentamente y matizar de principio a fin: dominan los recuerdos de salinidad de la infancia del vino, fuertemente corregidos por una concentración muy inusual. Supongo que la oxidación de años y años en la bota, se ha comido toda la materia grasa del vino y tanto en nariz como en boca, permanece tan sólo la esencia más directa. No sé cómo interpretar un aroma muy directo que, en cada ocasión que he terminado la fase olfativa, surge con fuerza en la parte más alta de la paleta: ácido clorhídrico: ¿es posible que la pérdida absoluta de ácidos grasos en este vino se exprese a través de esa nota? No lo sé. No lo entiendo. Tras la intensidad y profundidad de la sal y de la complejidad de una vejez desconocida para mí, expresada, quizás, a través del clorhídrico, surgen aromas de almendras, pero en una combinación que me ha vuelto a desconcertar: como si formaran parte de un gató mallorquín hecho con almendras verdes y amargas, con un cierto deje, intenso también a ratos, de la miel más pura de castaño que, paradoja, no destaca por su carácter dulce, sino por la acritud y amargor del árbol. En boca agoto ya todas mis palabras. Jamás había probado algo parecido: sequedad absoluta, falta de apoyos en lengua y en paladar a los que acogerse para buscar densidad y cuerpo, aromas en estado puro, polvo del chocolate más amargo posible, trago del corazón más seco de la madera tras un incencio. Una experiencia única, irrepetible, de descripción salida casi con forceps. Lo siento pero no doy para más. Necesito más tiempo para aprender, entender y apreciar vinos tan únicos como éste.

La foto de cabezera ha sido realizada por V.F. y publicada en Polakia; la de la botella pertenece a Encantadísimo.

27 junio, 2007

Martin Foradori Hofstätter


No os dejéis engañar: aunque este hombre lleve una botella de agua en las manos, por su sangre corre el vino y por sus venas, la mejor tradición vitivinícola de Italia, encarnada en los vinos y terruños del Südtirol / Alto Adige. Es Martin Foradori Hofstätter, propietario y enólogo de una de las bodegas, en estos momentos y por lo que llevo catado en los dos últimos años, mejores y más representativas de Italia entera, la bodega J. Hofstätter, de Tramin / Termeno. Me explico con brevedad: desde mi estancia en Roma, he conocido muchas bodegas y sus productos, desde las imprescindibles islas de Pantelleria y Sicilia, pasando por Nápoles, los Colli Romani, la Toscana, le Langhe y el Alto Adige y pocas poseen un catálogo de vinificaciones tan completo y con tanta calidad media como el que presenta Hofstätter. Gracias a la inciativa de Alberto y Leo (de Enoteca d'Italia, que conviene seguir a través de su blog), Martin estuvo en Barcelona dirigiendo una cata comentada de alguno de sus vinos.

Martin me impresionó: conoce absolutamente al milímetro su territorio, las condiciones de microclima de cada palmo del Alto Adige y cómo y cuándo conviene tratar variedades a un lado o al otro del río. Martin rechaza por completo la madera para los blancos, busca maceraciones mínimas y fermentaciones no muy largas y el resto, que lo haga la bondad de la fruta y el acero en grandes tinos. Para los tintos, busca la expresión máxima de la fruta, maceraciones prefermentativas mínimas, siempre fermentaciones a temperatura controlada con hollejos, poca o nula madera y cuando ésta entra en juego (en alguno de los grandes vinos de la casa, del que hablo enseguida), combina con sabiduría una pequeña estancia en barricas francesas y, después, busca el afinamiento, de nuevo, en grandes tinos de madera (de 3000 a 5000 litros). Martin lo explica todo con claridad meridiana porque tiene los conceptos muy claros y porque conoce al dedillo las virtudes de cada una de sus uvas: sabe bién qué partido sacar a cada una de elllas.


Todos los vinos que catamos pertenecen a la DOC Alto Adige y quiero destacar algunos de ellos: probamos, por ejemplo, un monovarietal de Pinot Grigio 2006, amarillo pálido, con tonos verdosos, un vino joven para tomar joven, muy mineral, con suave flor blanca en nariz y profundo y seco en boca; un Müller Thurgau 2006 (también monovarietal), amarillo muy pálido, con flor de geranio, ligero carbónico en boca y esqueleto más fino que su madre (la riesling); y un Gewurztraminer 2006, un vino del color del trigo maduro, intenso, fruta madura blanca con hueso, que te llena por completo la boca y los sentidos (con sólo un 5% de azúcar residual, compensado por un bajísimo PH). Completó la gama de blancos, la gran sorpresa de la tarde, pues no estaba previsto y Martin se lo trajo en la maleta: el Kolbenhof 2006. Se trata, sin duda, de uno de los grandes vinos blancos de Italia, un gewurztraminer en pureza y de pago, vinificado en seco (con 8 gr de azúcar residual) también en grandes tinos de acero, con una nariz de humo al principio, con un brutal arranque de flor de tilo, con notas de muscat y de pera madura, con un poco de carbónico en boca y un posgusto larguísimo, amargo y con atisbos de miel de montaña. Martin se quejaba amargamente: "es un infanticidio" decía (recién embotellado el vino), pues él sabe que hay que esperar no menos de dos años para que el vino empiece a mostrarse tal cual es en verdad.


De los tintos, se probó el Lagrein 2005 monovarietal (la variedad autóctona del Alto Adige), de capa media alta, con una fermentación muy ligera, sin madera, y brillantes notas de fruta madura, de fresón y cierto amargor, con taninos algo secantes; y un pinot nero del pago Meczan 2006, un vino de color rubí intenso, con cerezas en kirsch, taninos suaves y sedosos que, al decir de los restauradores en la cata, casaba a las mil maravillas con unos espaghetti al nero (¡¡¡lo probaré!!!). Con todo, la superestrella de la tarde, aquel vino que permanecerá para siempre em mi memoria gustativa (hasta la próxima botella que abra) fue el monovarietal de pinot nero de la tenuta Barthenau 2002, el tinto sobre el que se ha cimentado el prestigio de la casa Hofstätter. Procede la fruta de las viñas de San Urbano (en la foto superior), algunas de 1942, otras de 1962, algunas sobre pérgola, las otras en guyot. Se trata de un vino cuyo impacto olfativo y sensorial jamás olvidaré (no lo había catado nunca y quienes me conocen, saben que trabajo el tema de la nariz): quizás estaba algo caliente (por encima de 20 grados seguro), pero aún así, tiene una profundidad, una mineralidad y una primera presentación olfativa, de vértigo. Como todos los grandes tintos italianos que conozco, la extracción de colorante es media, casi tirando a capa baja, es de color rubí brillante pero no muy intenso en su menisco, con ribete algo atejado. A copa parada, es muy fragante, casi diría perfumado, con uvas muy maduras, bastante alcohol en nariz, lágrimas densas y poderosas en copa y notas de grosella sutil, de frutos negros del bosque en compota, de regaliz en rama y notas minerales (pedernal), casi de bosque de elfos o de cueva de hobbits. Es un tipo de pinot negro que hay que conocer, sin duda.

Fue un impresionante colofón a una sesión muy bonita, instructiva y muy intensa: gracias a Martin, Leo y Alberto por permitirme participar y gozar de ella. No tengo ninguna duda en recomendar que tengáis siempre en cuenta a esta bodega (que se comercializa en España a través de Enoteca d'Italia), tanto para un blanco de ocasión (el placer de abrir y beber en fresca y amena conversación, sin más) como para un tinto de profundidad, que requiere silencio, emoción y concentración para ser tomado.

25 junio, 2007

Palermo y Collserola: ¿unión imposible?


La promesa y el intercambio entre unos queridos amigos y un servidor se estableció en los siguientes términos "contractuales": vosotros conseguís una botella de un vino difícil de encontrar (ay, los "wine geeks"!), en este caso un Vinyes de Barcelona, Finca Can Calopa, y yo os cocino una buena pasta. Y consiguieron la botella (no me preguntéis cómo porque son ejemplares no venales). Y yo cociné para ellos. En esta temporada extraordinaria de pescado azul, me apetecía mucho una receta palermitana, de la Osteria Paradiso, que es, sin más, una "pasta con le sarde": se sofríe abundante cebolla en AOVE y se le añaden piñones y uvas pasas. Cuando está al punto, se añade al conjunto hinojo cortado pequeño (que, previamente, se habrá hervido y dejado enfriar, conservando ese caldo) y unas anchoas (6 para seis personas) previamente desaladas y limpias. Con el calor del sofrito, las anchoas se deshacen suavemente. Se añade un poco de azafrán y pimienta negra y, a continuación, sardinas o boquerones (en la foto, lo último), que quedan al punto en 10-12 minutos, junto con un poco de caldo de hinojo. Una vez listo, el resultado es el que veis en la foto. No hay más que hervir al dente unos rigatoni o bucatini e incorporarlos, una vez escurridos, a esta farsa en la cazuela. Se suele servir con un poco de pan rallado pasado por una paella con un poco de azucar.

A esta maravilla (con mil variaciones, desde Nápoles hasta Selinunte), testimonio del paso de los árabes por la isla, acompañó a la perfección una brillante recuperación de las antiguas cepas y viñas de la sierra de Collserola, el pulmón verde (por así decir) de Barcelona. En tiempos del alcalde Clos, se decidió recuperar la tradición vitivinícola de la ciudad (un poco a imitación de los Colli Romani en relación con la capital del mundo civilizado), plantar vides en Can Calopa y recuperar variedades más habituales por estos pagos (garnacha y syrah) con otras venidas de allende los mares, pero siempre de tradición mediterránea (sangiovese, aglianico i agiorgitiko). El resultado es una mínima gama de dos "marcas": un "Vinyes de Collserola", con garnacha, syrah, sangiovese y aglianico y lo que los productores (embotella el Consorci del Parc de Collserola) consideran su opus primum: el "Vinyes de Barcelona" (con las cuatro variedades citadas, más la agiorgitiko, una variedad tinta griega de las más antiguas del Mediterráneo, originaria de la clásica Nemea, Agios Georgis).

Se trata de un vino en que predomina muy claramente la syrah, con pequeñas aportaciones de las otras variedades. A la espera de poder saber dónde se vinifica el vino (el enólogo asesor és José Luis Pérez), puedo decir que este 2003 tendrá no menos de 10-12 meses de madera y sale con 13,5%. Conviene servirlo a 16ºC y no es necesario decantarlo: abrir la botella media hora antes es suficiente. Es un vino de capa media, intensamente mediterráneo, con aromas de fruta madura, de grosella negra en mermelada y sotobosque de la zona, goloso y sabroso en boca , con unos taninos muy domados y agradables que dominan con autoridad el paladar y una buena gama de terciarios en nariz y en posgusto, en que destacan las maderas nobles (cedro) y las especias. Fue un delicioso compañero de esta pasta y ambos, vino y receta palermitana, contestaron a la perfección la pregunta que encabeza este comentario: ¿era posible una unión entre Palermo y Collserola? No sólo era posible: era deseable y se ha convertido ya en una realidad incuestionable.


22 junio, 2007

Rebholz Riesling "Im Sonnenschein" 2002



La prolongación hacia el sur de la Rheinessen (hasta la frontera con Francia), en Alemania, la ocupa la Weinstrasse. Se trata de una franja de unos 80 km de longitud, que corre paralela al Rin y cuyos viñedos discurren algo alejados del curso del río (unos pocos km). Es la tierra alemana donde los melocotones y los higos maduran casi como en el sur, es la tierra donde (ya dentro del Palatinado), las tierras calcáreas, con basalto, Löss y arcillas rojas, abrigan también zonas de pedruscos, gravas y arenas. Es la tierra donde se asienta Siebeldingen (en la zona de Landau), un pueblo de no más de 1000 habitantes que goza (última de sus características importantes) de más de 1800 horas de sol anuales.

Esta tierra, que vive por y para el vino (está en el corazón de la südliche Weinstrasse) y donde una de las variedades reinas (la Diva) es la riesling (aunque en el caso que nos ocupa "sólo" un 35% de sus 14 Ha sea de ella), reconoce a sus cultivadores hasta por el apellido: Rebholz, "madera de vid" es el nombre de esta bodega fundada en Siebeldingen por Eduard Rebholz (abuelo de su actual propietario, en la foto: Hansjörg con su esposa Birgit), revolucionario "avant la lettre", defensor de los bajos rendimientos por hectárea y de las vinificaciones en seco, en un momento en que eso no se llevaba todavía. A tal punto llegó su éxito y reconocimiento que se le otorgó el título que ahora, con orgullo, ostenta la bodega, "Ökonomierat", "Consejero Agrícola" del Ministro de Agricultura de su Land. Hoy la bodega sigue su estela y el 90% de su producción es, también, en seco, aunque Hansjörg haya ampliado el abanico de la casa, con variedades borgoñonas (entre las que destaca la pinot noir).

El pago "Im Sonnenschein" de Rebholz es uno de los privilegiados para la riesling (junto con "Kastanienbusch"), pues goza de un clima y unos suelos muy favorables a la uva reina; y es el único "siebeldinger" puro de la casa. El mosto macera con los hollejos durante un día y fermenta, a temperatura controlada, en grandes tinos de acero, con absoluta preponderancia para las levaduras autóctonas. El resultado es, en mi muy humilde opinión (me faltan muchos, muchos años para considerarme conocedor de los rieslings), uno de los mejores rieslings secos que he probado, un "spätlese trocken", que conviene tomar a unos 10 ºC y decantar, por lo menos, dos horas antes del servicio. Posee 12,5% de alcohol.

Lo tomé junto con muy buenos entendidos en la materia y todos coincidieron en la bondad del vino: presenta un tono dorado discreto y un deambular elegante en copa. Sus primeros aromas, a copa parada, son los de la profundidad mineral del combustible fósil, los propios de la riesling, que los entendidos definen desde el petroleado salvaje, pasando por el queroseno de los aviones y terminando por el refinado combustible del zippo. En una escala de intensidades, la mineralidad profunda de este vino hay que definirla como de gran elegancia, discreta y matizada, con suaves parafinas que dejan paso, con cierta lentitud, a notas de fruta con hueso (melocotón) y a cítricos (corteza de naranja). Su punto álgido, para mí, viene en boca, donde muestra un nervio increíble, una vivacidad y una sequedad intensas, una mineralidad caliza propias tan sólo de una bodega que domina con gran maestría el concepto de "trocken" con una riesling vendimiada tardíamente.

Su paso por boca es de los más elegantes que he probado yo en este tipo de vinos, casi sedoso, y su posgusto es largo, agradable, sin rastros ya de las bolsas de combustible fósil de la zona de Siebeldingen y dominado tan sólo por el corazón verde de este vino, que se muestra vivo y con una acidez tan apabullante que, creo, va a aguantar por lo menos otros diez años en botella. Éstas, por cierto, se pueden comprar (añada 2002) por encima de los 30 euros, que es precio muy notable para un blanco algo alejado de los gustos y sensibilidades de un bebedor tipo meridional. Ahora bien, quien quiera abrirse a este mundo del riesling, tiene aquí una oportunidad de oro. Por supuesto, puede acceder, también, a comprar botellas de añadas más recientes (2005 fue la última que probamos algunos colegas, tanto de "Im Sonnenschein" como de "Kastanienbusch", y estaba, especialmente esta última, muy interesante y ambas para guardar también largos años), que le darán grandes satisfacciones en un futuro no muy lejano (3/4 años), y a precios mucho más asequibles.

Este comentario forma parte de la convocatoria IBEROAMÉRICA EN CATA: EL DÍA DEL BLOG #2, cuyas características ha descrito y convocado Sobrevino y cuyos resultados podrán seguirse en su blog. Soy consciente de que el vino comentado escapa a uno de los parámetros propuestos por el moderador, pero tenía muchas ganas de hablar de Rebholz y no tenía nada más "discreto" a mano. Las últimas añadas se acercan al precio de referencia propuesto por Sobrevino.

20 junio, 2007

Roma en el alma y en la panza


Algunos flecos quedaron por resolver después de mi última, larga, intensa y fructífera estancia en Roma. Y Roma, que es ya mi ciudad de adopción para siempre, volvió a abrirse con la complicidad y el cariño que sólo muestran los íntimos amigos que hace tiempo que no has visto. Días de trabajo, claro, pero también de paseo y de solaz en una primavera, a ratos lluviosa: Roma, siempre abierta, siempre acogedora. No me resisto a mostraros algunas de las cosas en las que no me detuve en crónicas anteriores, pero que pertenecen a un recorrido que, en parte, hago de tanto en tanto cuando estoy allí.

Hagamos una primera parada en lo que es, para mí (¡y aquí, sí, que cada maestrillo saque su librillo!), la mejor pizzeria al taglio de la ciudad. Es muy céntrica, la Pizzeria Florida (Via Florida, 25), cerca de la parada del tram 8 y delante del área sacra di Largo Argentina: pizza de patata y funghi porcini; de mozzarella de buffala y tomate cherry; de flor de calabacín y anchoa (mi preferida, en la foto); pizza de salsicha...Una pasada a precio módico, de verdad.

Pero no sólo de pizza vive el hombre... Si dejamos la zona de Largo Argentina y "paseamos" por el Corso Vittorio Emanuele, toparemos con un museo del que casi todo el mundo pasa de largo, pero en el que una segunda parada se hace imprescindible: palazzo discreto (construido por Sangallo il Giovane en el Seicento), de tres pisos, sucio y de paredes tristes, el Museo Barraco esconde en su interior un tesoro. Se trata de una de las más emocionantes colecciones privadas de arte antiguo de Roma, la que el noble calabrés Giovanni Barraco construyó con tesón y pasión a lo largo de su vida, en el siglo XIX. Piezas maestras, selección de anticuario cuidadísima, que va desde el arte egipcio (3000 a.C.) hasta la Edad Media, con momentos mágicos, como los que proporciona, sobre todo, el arte griego de los siglos V a III a.C. (en la foto, cabeza de Venus).


Tras saciar el espíritu, os propongo que al salir del Barraco, torzáis a la derecha y callejeéis por la parte de Roma que va del corso al río, hasta encontrar la Via dei Banchi Vecchi. De hecho, se trata de una pequeña "vuelta", porque esta vía acaba de nuevo desembocando en el corso, pero es que se trata de una mis calles preferidas en la ciudad: pequeños comercios artesanos, alguno de los bares de vinos que más me gustan (otro día hablo del "mío"), anticuarios, restauradores y, justo al final de la calle, cuando ya se oye de nuevo el ruido del corso, un extraordinario negocio familiar: Pasticceria Pane e Pizza, en Via dei Banchi Vecchi, 106.

Papá, mamá, las dos hijas y el pizzaiolo que le echa los tejos a una de ellas, regentan este negocio que hace, para mí, la mejor pizza biancha (es decir, aquella que jamás piden los turistas: la masa de la pizza, sin más, con un poco de orégano y aceite) de la ciudad: una tercera parada aquí es muy reconfortante. La maravilla, además, es que a ratos, cuando tienen tiempo, abren la pizza biancha por la mitad y te la embuten con lo que más te apetezca (en la foto, con mozarella y jamón). Tienen unos pocos taburetes y una mínima barra acodada a la pared. donde puede uno recostarse, girar su vista hacia el mostrador y la puerta de entrada y, sin más, ver cómo la vida misma entra y sale a borbotones por la puerta: Roma en esencia, la Roma de la vida de cada día.

18 junio, 2007

Clio 2004 en Àpat


El restaurante Àpat se encuentra en pleno corazón de la izquierda del Eixample barcelonés. Yo había leído de él alguna referencia en mis blogs de cabecera, además de oído comentarios elogiosos de amigos y parientes que suelen recalar en él. Y le tenía ganas, la verdad. Confieso que la decepción, si no grande, fue apreciable. Supongo que mi error fue pensar que el servicio y la atención al cliente que va a la carta durante los mediodías serían los mismos que en la noche o el fin de semana. Y erré: los restaurantes que tienen pretensiones y cierto espíritu creador, los que intentan ofrecer una lista de vinos decente (como es el caso), tienen también que sobrevivir. Y durante los mediodías, en una zona de muchas oficinas, lo hacen gracias al menú diario. Y la cocina y el servicio están preparados y dimensionados para esa realidad. Y no para la de atender a unos "exigentes" clientes (ni una palabra de reparo salió de los labios de quienes comimos allí, conste), que quieren conocer los secretos de la carta y beber un buen vino. El resultado: largas esperas para el primer plato, mayores para los segundos y, lo peor para mí (claro) un servicio deplorable del vino. Yo tomé una sopa de guisantes con vieiras y caviar de arenque, sosa y con poca gracia (los guisantes sólo delataban su presencia por el color de la sopa); un bacalao del morro con pil pil de boletus y salteado de espárragos verdes (lo mejor de la comida, con un bacalao que se deshacía en la boca y se abría con gran facilidad) y una lamentable "tarta fina de manzana con helado de miel", que no era otra cosa que un pedazo de strudel, que no estaba a su temperatura adecuada y un cuenco, aparte, con dos bolas de helado de vainilla con miel.


Lo peor, con todo, estaba por llegar con el servicio del vino: mis amigos y yo queríamos un tinto con cuerpo y cierta contundencia. Ellos no conocían los productos de las Bodegas El Nido (DO Jumilla), y me decidí por el hermano "pequeño" de la casa, un Clío 2004, hecho a base de monastrell (70%) y el resto de cabernet sauvignon. Las copas no eran las adecuadas para este vino y, a pesar de esperar casi media hora para el primer plato, a nadie se le ocurrió decantarlo antes del servicio. Lo sirvieron directamente de la botella, con temblores de pulso y gotas por doquier, y dejaron ésta sobre la mesa, sin otra protección que nuestra mirada cariñosa. No entro más en el detalle del servicio, porque la persona que nos atendió no era, claramente, una profesional y se estaba ganando su sueldo para sobrevivir sin tener la menor idea de qué tenía que hacer con una botella de buen vino en las manos. Indigna escena de un restaurante que quiere situarse en el mercado barcelonés. Por lo demás, el caldo, que es bien conocido de los aficionados (buen detalle de Àpat es que no cargan el precio de la botella en origen: este Clío 2004 se puede comprar sobre los 27-28 euros en tienda y el recargo no superó el 30%), tras su aireación en copa, no defraudó en absoluto: un vino de capa media-alta, con un menisco del color del rubí intenso, casi cárdeno, y un ribete muy poco atejado; un vino con profundos aromas de la fruta madura (compota de grosella), con trazas de guinda macerada y especias (de clavo, de pimienta de cayena); y en boca, un vino de gran estructura, con un esqueleto enorme pero nada pesado (sus 15,5% declarados no entorpecen su degustación: buena acidez), con una madera perfectamente integrada y un larguísimo, eterno, posgusto en que destaca el café verde, antes de entrar al tostadero. A mí, lo confieso, me gusta más que su hermano mayor, con el que mis experiencias no han podido superar su exceso de alcohol.

Supongo que quien vaya a Àpat a comer su menú de diario (una buena lista de platos a un precio muy interesante) saldrá satisfecho. Supongo, también, que quien lo haga en momentos en que el servicio y la cocina se concentran sólo en la carta, también. Nosotros no tuvimos esa combinación y topamos, claremente, con la peor de todas. Creo que le voy a dar una segunda oportunidad.

La foto del restaurante es de Encantadisimo.

15 junio, 2007

Quinta Clarisa 2006


Ya definitivamente lanzados los calores del mes de junio, uno se aboca con cierta avidez a los rosados golosos y llamativos y a los blancos que, aún aportando frescor, poseen caracter y un buen armazón. Una de las bodegas que reune, en su catálogo de productos, dos de mis preferidos en estas dos "categorías" de vinos es, sin duda, la afincada en La Seca (Valladolid, cerca de la población de Rueda), Belondrade y Lurton. Asentado en España desde 1984, la bodega dirigida por Didier Belondrade ha sabido, no sólo con intuición, sino también aplicando los conocimientos borgoñones sobre la vinificación de blancos de cierta o mucha guarda, poner en el mercado un monovarietal de verdejo envejecido en barricas de roble muy mayoritariamente francés: el vino que lleva como estandarte el nombre de la casa, Belondrade y Lurton no ha dejado de darme satisfacciones desde que lo probé en 1999. Su relación con la madera suele aportar unos toques de avellana, de vainilla, de untuosidad que, junto con el corazón joven de la verdejo, me atraen irresistiblemente.

Junto al vino insignia de la casa, el joven verdejo sin madera, Quinta Apolonia, y el rosado Quinta Clarisa, completan el homenaje de Belondrade a su descendencia (son los nombres de sus hijas, junto al de la finca, Quinta San Diego, en honor de su hijo). Este Quinta Clarisa es un vino joven que hay que tomar al año siguiente al de su producción (2007 para el cosechado en 2006), bien fresco (9-10 ºC), pero no helado. El vino, monovarietal de tinto fino, se adscribe a los Vinos de la Tierra de Castilla y León y ha salido al mercado con 13% (un poco menos de grado que el 2005). No especifica la bodega el sistema de vinificación, pero por el color que describiré a continuación y su capa, supongo que el mosto habrá estado mínimamente en contacto con los hollejos, habrá fermentado sin ellos y puede que una pequeña parte del mismo lo haya hecho (como en añadas anteriores) en madera.

Este rosado tiene alma de clarete: todo en él es sutileza y voces susurradas. Su color es el del fruto del granado, pero cuando ya lleva un cierto tiempo de oxidación, fuera del caparazón protector. Cuando ésto sucede y no le has echado limón, el fruto se convierte en lo que véis en la foto y va dejando el color intenso del granado para acercarse algo más al color de la piel de cebolla de Figueres, como si quisiera parecerse a sus "primos" de la DO Cigales. Su intensidad es notable, brillante, pero su capa es baja, aunque compacta (sin ribetes). Su nariz es la de la grosella madura y la del arándano rojo estrujado en tus manos. En boca es donde el vino aporta sus mayores cualidades, con un paso delicado pero con cuerpo, algo untuoso y con carácter. Con el posgusto, te regala el vino ligeros dejes vegetales, que podrían parecerse a los del corazón de madera de la granada. Se trata de un grato compañero de platos con pasta, que no lleven fuertes condimentos: por ejemplo, yo lo he tomado en esta ocasión con unos espaguetti "paglia e fieno", pero no lo tomaría, pongamos por caso, con unos "aglio, olio e peperoncino". Se puede comprar sobre los 8 euros y es, sin duda, uno de los buenos rosados a tener en cuenta en las salidas de verano o en las comidas caseras: ofrece frescor, belleza y suavidad a un precio bien razonable.

12 junio, 2007

INDOCHINE


Ésta es la historia de un niño que huye de la guerra de los kmers rojos en Camboya y se refugia en Paris a los 13 años. Ésta es la historia de un niño que se ve obligado a sobrevivir en una habitación de pocos metros cuadrados en la rue d'Alesia, con otras tres personas y con la ausencia total de noticias de la familia dejada atrás, durante siete años. Ésta es la historia de un joven que empuja hacia arriba, trabajando y estudiando, hasta el punto de que consigue empezar medicina en Paris, carrera que se ve obligado a dejar a los tres años. Ésta es la historia de un hombre que decide abrirse camino en Barcelona y que encuentra la mejor manera de sobrevivir al recuerdo de su tierra de origen, abriendo un restaurante, INDOCHINE, hace ya cuatro años. Ésta es la historia de un restaurador de éxito que tiene un sueño: construir una escuela y un puente sobre el río Mekong, para ayudar a su pueblo y a los suyos.

Ésta es, también, la historia de una expedición que, en la cuarta etapa de su viaje alrededor del mundo sin salir de Barcelona, decide viajar hasta el delta del Mekong y conocer las maravillas y bondades de la cocina de los países que pueblan, ahora, la antigua península de Indochina y ese desbordante delta. Ésta es, en fin, la breve crónica del feliz encuentro de los agotados viajeros con el Sr. Leap Ly, quien con mano sabia, con generosidad extrema y con humanidad arrolladoras, nos obsequia con una introducción, ya imprescindible en nuestras biografías viajeras, al fondo de su alma y de su vida, mostrándonos algunos secretos de la cocina de su tierra: unos golosos entrantes con variedad de pastas de bric rellenas, que conviene tomar envueltos en hoja de lechuga y salsa agridulce; unas verduras salteadas; unas gambas "rebozadas" con carne de cordero; unas brochetas de cordero con salsa de coco; un arroz con cilantro; una ternera fileteada y picante; mangos con arroz con leche de coco; rambutanes; deliciosos y cremosos helados de fruta hechos en la casa...

Se trata de una cocina, como el alma de su propietario, con mil recovecos, densa, intensa, de la que apenas entrevimos una breve muestra. Se trata de una cocina que puede pasar de la extrema sutileza de ese arroz con especias o ese langostino rebozado a la rotunda contundencia y chocante fortaleza de la ternera o los langostinos picantes. Acompañó discretamente a estos manjares (yo hubiera tomado algo con burbujas o con maceración carbónica, pero ahí la carta de vinos es algo corta) un Raimat Merlot 2004, tan sólo correcto, de capa alta, con ciertos aromas de reducción, algo de frutas rojas compotadas y un poco de cuero en retrogusto. Unos deliciosos y fragantes tés aromatizados con frutas tropicales cerraron una cena que se nos antojó intensa y, por lo tanto, muy corta. Hay que volver, sin duda, a pesar de que el viajero suele no repetir etapas: quedan por explorar demasiadas cosas interesantes (el mundo de la salsa ñuoc mam, por ejemplo) como para que no me salte por una vez esa norma.

Indochine, C/ Aribau, 247, Barcelona. Teléfono 93.201.99.84.


10 junio, 2007

Gaba do Xil 2005


En su permanente deambular por la geografía hispánica, la Compañía de Vinos de Telmo Rodríguez fijó también sus reales en la emergente y llena de interés DO Valdeorras. Allí señorea, como los lectores de estas páginas saben bien, la variedad blanca godello (ya se han publicado aquí comentarios de As Sortes y de Guitián) que tratada en vinificaciones monovarietales, suele ofrecer productos llenos de fragancia y múltiples evoluciones en nariz y en boca. Aunque hay muy poca información pública sobre la elaboración de este vino y pocas añadas a disposición del consumidor (la Compañía sale en Valdeorras a la luz pública en 2002), este vino habrá pasado por una maceración con hollejos y por una fermentación a temperatura controlada, habrá reposado en acero durante unos meses (pocos) y no tiene ningún tipo de crianza con madera. Sale con 13%


Conviene servirlo entre 8-9ºC. Presenta un color amarillo pálido con reflejos verdosos y, a copa parada, se nota enseguida que ha pasado ya su mejor momento de consumo: es poco expresivo en nariz, con algunos apuntes herbáceos y notas de flores blancas, pero muy difuminadas. Contrasta largamente con otros monovarietales de godello que he probado en el último año. En boca gana algunos enteros, pues se ha conseguido un vino que conserva todavía un buen cuerpo, algo glicérico, estructurado y agradable. Su posgusto se queda tan corto como la primera impresión aromática, con apenas unos restos de mineralidad, muy difuminados. No hace falta que insista en que se trata de un vino que me ha decepcionado un poco. Su precio es interesante (sobre los 7,5 euros), sin duda, pero no es un vino (como sucede con no pocos de sus parientes de DO, ¡con o sin madera!: para que un vino envejezca con nobleza no es necesaria la madera) que, producido en 2005, no ha podido superar el breve lapso de tiempo transcurrido. Si lo compráis, aconsejo que la botella sea de 2006.

La foto de la botella es de vinissimus.

08 junio, 2007

"La Cumbre" en la Cruz de Tejeda


La Cruz de Tejeda se encuentra junto al punto más alto de la isla de Gran Canaria y desde diversos puntos en esa zona, puede uno ir viendo las maravillas que circundan la isla. El increíble fotomontaje de Payuta Louro (para una explicación completa, pinchad aquí) lo muestra de una forma bellísima. En esta zona acaban de reinaugurar el Parador de Tejeda, junto al cual un pequeño mercadillo fijo ofrece algunas de las maravillas de esta tierra: hay que saber buscar en él, pero los mejores quesos de pastor de la isla, madurados en cuevas y de cabra o cabra-oveja, se venden aquí.

Junto al cruce de carreteras que lleva a la cima, se encuentra el grill-restaurante (esta combinación, fruto de la pasión de los isleños por las carnes a la brasa, es muy habitual por estos pagos) La Cumbre. Se trata de un lugar tan sencilo como recomendable: una ensalada mixta (con aguacate), unas morcillas dulces a la brasa (con piñones), un chorizo a la parrilla y unas chuletas de ternera lechal con papas fritas, compusieron un menú que hubiera resucitado, sin mayor intermediación, al mismísimo Lázaro, con la ayuda de un imprescindible postre, muy casero, de la zona: un "bienmesabe". Hay que tener en cuenta este lugar si uno se acerca por allí.

Cuidan, además, aunque de forma algo desigual, la presencia de los vinos de la isla, sobre todo los tintos. Tomamos esas deliciosas viandas (a las fotos me remito) con uno de los monovarietales de listán negro, muy presentes en el municipio de Santa Brígida. Este Viña Centro 2005, con 13,5%, se sitúa en la parte alcohólica alta de lo que he probado en estos días pasados, pero no le pesa para nada. Como todos los listanes negros que he catado, presenta una capa media-baja, un bello color entre el rojo rubí y el cárdeno, unos aromas discretos de fruta roja de bosque, con un retrogusto amplio y poderoso, que recuerda al eucalipto (balsámico) y al matorral y una buena acidez y presencia en boca. Es un perfecto acompañante, por su frescor y poder desengrasante, para las carnes y embutidos a la parrilla que se suelen tomar en la isla. Eso sí, cosa que no ha sido habitual en los servicios que he tomado, convendría servirlo siempre algo fresco (16ºC) y, en mi opinión, no sobrepasar el concepto de vino de añada: un 2005 que no ha pasado por madera (no gusta mucho la madera a los bodegueros con los que he hablado, y cuando se usa, no siempre hace bien al vino que he probado) no debiera sobrepasar un consumo en 2007.



06 junio, 2007

Castillo de Monjardín rosado 2006



Castillo de Monjardín siempre han sido uno de mis referentes en la elaboración de rosados. Con viñedos en la DO Navarra (en el valle de San Esteban), su gran afición por usar para ellos la variedad merlot en tierra donde reina la tempranillo y, sobre todo, la garnacha (para rosados, ciertamente), me llamó la atención. Y en tierras donde lo más habitual para esta vinificación era la búsqueda descarnada de la frutalidad y del frescor, se soltaban con un rosado de merlot que había afinado en madera unos pocos meses. Sin alardes, pero ese vino me gustaba bastante, sí señor.
Pero desde hace cierto tiempo, sin abandonar la merlot (lo confieso, será por mi pasión bordelesa, y a pesar de la película "Entre copas", se trata de una de mis uvas preferidas), vuelven a vinificaciones más "habituales" en la zona. Entre comillas, en efecto, lo de habituales, porque en este caso el mosto fermenta sin hollejos y apenas sin maceración previa. Y tras la alcohólica, va directamente a las cubas de inoxidable, donde se asienta y estabiliza. No hay, aquí ya, madera para un vino que sale con 13%.

Su color es de capa baja tirando a media y es un vino que se mueve entre la fresa madura, por su tono, y la grosella roja, por su atractiva brillantez. Sus aromas son, de pronto, los del sirope de grosella de mi infancia, con un punto vegetal de zarzamora, y una nota como de bodega a oscuras. En boca es un vino muy goloso, con bastante cuerpo, que acaricia el paladar con ganas y voluntad y arrastra y atrae con sus puntas de carbónico. En retrogusto, asoman, quizás en demasía, notas de azúcar de algodón o del caramelo con que se suelen envolver las manzanas de la feria en verano. Es un vino franco, que no engaña en su sencillez, goloso y sin complejidad alguna, que ofrece una alternativa agradable para ciertos platos de verano o, simplemente, para una distendida charla entre amigos o amantes (amigos y amantes, ya se sabe desde que Harry se encontró con Sally, es una combinación difícil de encontrar). Castillo de Monjardín sigue acertando con sus rosados de merlot, en este caso, además, ¡a un precio de 3,2 euros la botella!

La foto de las grosellas rojas es de lilianamartinez.com.

03 junio, 2007

Iberoamérica en Cata #1: el resumen


El mundo conocido que se comunica en castellano, con una valiosa aportación de los amigos de Catavino (que trabajan en España pero escriben en inglés), se ha reunido el pasado 1 de junio y ha celebrado su primera cata virtual. La idea que propuse para esta primera sesión (podía haber sido cualquier otra y estoy seguro de que el siguiente compañero que convoque la #2 buscará una propuesta bien distinta) era sencilla: vinos tintos monovarietales, por debajo o hasta los 15 euros y que procedieran de variedades de uva características de la zona donde viviera el catador.

Creo que todos hemos disfrutado, tanto de la puesta en escena de la cata (lo ideal, claro está, es que juntos hubiéramos catado y comentado las propuestas de cada cual), como del proceso de selección que cada uno de nosotros ha seguido: se sucedían los mensajes de "creo que intentaré esto...", o "me gustaría hablar de aquello..." Y lo más interesante, en mi opinión, es que tenemos ahora, a disposición de todo el mundo lector de nuestros blogs, una bonita serie de ideas de monovarietales tintos (con alguna incursión, en forma de ensamblaje o, incluso, de vino blanco: ya se sabe, los antiguos agricultores iban poniendo, entre las variedades tintas, algunas parras de moscatel para que, en el calor del verano, los vendimiadores pudieran refrescarse un poquito con ella) a precios de interés, para que podamos ir localizándolos y probándolos con estas notas de cata como guía.

Desde Nueva York, Manuel Camblor tenía dos opciones principales (creo): o apostar por algo de uno de sus terruños de preferencia (la Rioja), o lanzarse a descubrir algo característico de su tierra actual de adopción, ¡Nueva York! Y para mi regocijo y tras árdua búsqueda, nos ofrece un cabernet franc,
Schneider Vineyards, “Le Breton” Cabernet Franc, North Fork of Long Island, New York 2004, un vino al gusto y estilo "nuevo mundo", de capa media, juguetón, agradable y sin grandes complejidades ni maderas, con recuerdos entre el pinot de California y el malbec del cono sur.

Gilberto Pagua, en la Casa de Antociano (desde Venezuela), constata la inexistencia de variedades de uva características de su zona, pero sigue con sus ganas enormes de participar (¡que se agradecen mucho! y nos habla de un Viña Altagracia 2005, de Bodegas Pomar, un ensamblaje de tempranillo, syrah y petit verdot, un vino de la Sierra de Baragua, de intenso color rubí, cierta volatilidad pero agradables sabores a frutillas rojas.

Carlos de Piérola escribe desde sus Barricas una bella historia para explicarnos por qué en el Perú, a pesar de la larga tradición vitivinícola, no hay variedades características y, después, el largo viaje familiar que hizo (por la Panamérica Sur, más de tres horas), para conocer dónde se hacía el vino elegido. Se trata de un Picasso Tempranillo Crianza 2005 de Bodegas Vista Alegre, un vino que, aunque quizás no haya entusiasmado a Carlos (aporta notas excesivas de madera a copa parada), sobresale por una buena fruta madura, en forma de cerezas.

Del Perú vamos a Chile, donde en Survino, Palet nos habla de un soberbio "tintóleo" (la forma como los chilenos denominan a sus vinos tintos, una de las reales señas de identidad del país) de carmenère ("tesoro enterrado en los viñedos de Chile", le denomina Palet), variedad mimada en el país andino, de la que nos habla a través de un buen Carmenère Gran Tarapacá Reserva 2004 (de 3,7 euros!!!), vino con buenas frutas rojas maduras, equilibrados tostados y una suave nota especiada (pimienta).

Simbolizo el paso de un continente a otro con los amigos de Catavino (norteamericanos ahora asentados en el Vallès, cerca de Barcelona), de la mano de Gabriella Opaz, quien ha elegido una bodega de la DO Penedès y su Eos 2005 de Loxarel. Se trata de un monovarietal de syrah, del que Gabriella destaca su color de capa alta, de tinta china casi, y sus aromas de frutas del bosque maduras y de cacao.

Ya en la Península, La Guarda de Navarra nos obsequia con la descripción de un monovarietal de graciano, una de las variedades reinas de la DOC Rioja pero que no gozaba en demasía de los favores de la soledad. Se trata del Por ti 2004 Graciano de Bodegas Martínez Laorden, un vino muy interesante, que precisa de buena oxigenación para expresarse con libertad: aromas de endrinas, betunes, incienso, junto a frutas maduras, madera de cedro, aromas balsámicos, arrojan un panorama francamente excitante.

Carlos, de Roco&Wines, sigue una línea similar a la de La Guarda y desde su Galicia natal, nos ofrece otra muestra de amor al terruño. De la DO Ribeira Sacra (en los viñedos más escarpados de la comarca) nos llega un monovarietal de la otrora denostada e infravalorada mencía, un Viña Regueiral 2006. Se trata de un vino joven, con el color de la cereza roja, intenso, una capa media y unos aromas en que se notan todavía los hollejos, pero donde ya dominan los toffees, las especias y las frutas rojas.

El acierto sigue presidiendo la elección en la zona norte, ahora de la mano de Sobrevino, quien escoge un monovarietal de garnacha, uva que, a no dudarlo, es de las que más prestigio y calidad da a la comunidad foral de Navarra. El monovarietal escogido es el Artazuri Tinto 2005, el vino básico de la bodega, sin madera alguna, con evidentes notas de juventud todavía en su color (rojo cereza brillante), muy frutal (frutas rojas), aromas de flor, carnes a la brasa y fondo mentolado. Nota: Sobrevino brinda, además, con música de Los Beatles que, a pesar de sus años, ¡se muestra tan joven como su vino escogido!

El club enópata de Adictos a la Lujuria nos desplaza hacia el sur, pues han elegido para esta cata un Veleta Tempranillo 2004 del Dominio Buenavista, un Vino de la Tierra Alpujarra / Contraviesa. Se trata de un vino que ha gustado mucho al catador, un vino intenso como la tierra donde ha nacido (de clones, por cierto, de Barranco Oscuro), mineral, con aromas de fruta roja madura, monte bajo, pimienta y posgusto a regaliz. Se trata de un bonito ejemplo de buen vino tinto andaluz.

Y ya que en el sur estamos, sigo con las notas del Club de Vinos AkatÁ. Los amigos de este reconocido club proponen un auténtico órdago: cinco notas de cata de cinco vinos representantes de los V.S.P.A (Vinos Singulares de Pagos Andaluces), entre las que se encuentra el Blancas Nobles 2005 de Barranco Oscuro (un muy recomendable ensamblaje del maestro Valenzuela, de siete, 7, variedades blancas) o el Ira Dei 2005 de Ramón Saavedra Saavedra (Vino de la Tierra Norte de Granada, con viñedos a más de 1000 metros), otro complejo ensamblaje, donde dominan la merlot y la cabernet sauvignon, con aromas de cereza, toques de mermelada, ricos tostados y un largo final de cacaos y chocolate negro con ligeros toques de regaliz.

Encantadísimo, y sigo en el sur aunque él viva en el norte, "protesta" amablemente (por las normas que propuse en su momento), pero lo hace de forma creativa y apuesta. Su comentario aporta más luz a un vino que merece honores: el monovarietal, pedro ximénez de añada, Casa del Inca 2005, un vino que ha entusiasmado al catador, denso y dulce pero, al mismo tiempo, fresco, "deliciosa y delicada golosina que vuela literalmente de la copa pidiendo a gritos volver a repostar".

Y ya termino este gratísimo y singular recorrido, otra vez en el norte, cerca de casa, donde mi amigo y comilitón Calamar (gran animador del blog de ETB), nos deleita con una descripción del monovarietal de samsó Castillo de Perelada "La Garriga" Samsó 2004. Esta variedad, denominación catalana de la cariñena o mazuelo, precisa también de una buena decantación para que muestre su corazón de fruta (melocotón, grosellas, naranja sanguina...) suavemente arropado por una delicada madera (cacao, tabaco, vainilla) y notas meridionales de lavanda y romero. Un gran colofón para una variedad que apenas goza de los beneficios de la expresión en solitario.


He contravenido, en esta ocasión, mis habituales "normas de redacción", en que intento combinar de forma equilibrada imágenes y texto. Hoy tocaba mucho texto, pues las notas de cata de todos los amigos que han participado merecían esta atención. De este texto, no quiero sacar muchas conclusiones, pues la riqueza y variedad de lo aportado no permite demasiadas notas comunes. Quiero constatar, conb todo, que el continente, la tierra, la altitud, marcan enormes diferencias en una misma variedad de uva vinificada de forma parecida. Y quiero resaltar, a través de las aportaciones sobre la carmenère, la graciano, la mencía, la samsó y la mataró (monastrell: la mía), que el estudio y los progresos de enólogos y viticultores da sus frutos, y uvas que antes difícilmente podían ser encontradas fuera de ensamblages muy corales, pueden ser degustadas, ahora, casi en soledad. A mí, que tengo especial predilección por los monovarietales (más que nada, por acabar conociendo a qué sabe una uva única) , eso me hace estar de enhorabuena.

He estado leyendo y trabajando unas cuantas horas para hacer este resumen. Espero no haberme dejado a nadie: si es así, vayan por delante mis disculpas y hacédmelo saber enseguida, para que enmiende o corrija lo que sea menester.





Muchas gracias a todos por vuestro entusiasmo y participación. Brindo porque la convocatoria tenga la continuidad que la enoblogosfera se merece. Por cierto: la persona encargada de convocar Iberoamérica en Cata #2, cómo, cuándo y con las normas que crea más oportunas, es
Sobrevino. ¡Ánimo y suerte, amigo!

Post Scriptum: si Polakia hubiera tenido tiempo, su propuesta hubiera sido el Cabernet Sauvignon Reserva de Jean Leon, "verdadero revolucionario del Penedés, zona más cercana, con permiso de Alella, a nuestra ciudad, Barcelona". Una sabia elección, sin duda, porque tendemos a pensar que la CS siempre ha estado con nosotros. ¡Y no es así!
Post Scriptum II: por problemas informáticos a los que todos estamos expuestos, El Baranda, que tenía previsto participaren IEC#1, no pudo publbicar sus notas hasta el 2 de junio, pero yo no me enterado hasta que me lo ha hecho notar. Dísculpame: y quede constancia tanto del enlace, como de la bondad de este sorprendente vino rosado monovarietal de rufete (variedad propia de la Sierra de Salamanca y, más en concreto, de San Esteban de la Sierra), Tiriñuelo 2006, con un brillante color, una acidez muy viva, un carbónico juguetón en boca y aromas de fresas maduras, de regaliz roja (de la de chuches, vaya) y de frutas tropicales. ¡Quiero probar eso! (¡muchas gracias por tu aportación, Baranda!)

01 junio, 2007

Dolç Mataró 2005 de Alta Alella


IBEROAMÉRICA EN CATA: EL DÍA DEL BLOG #1



Existe una variedad de uva en Catalunya a la que, en la comarca del Maresme (norte de Barcelona, antes de la Costa Brava) se denomina por el nombre de su capital: Mataró. La "mataró", en ampelonimia, es una de las variedades que más variantes fonéticas y nombres recibe, por supuesto no tantas como la tempranillo, pero casi: monastrell, alcayata, garrut, mourvedre, morastel, moristel, mounastèl, moristello, muristéddu, etc. Es un tipo de uva que se extiende por todo el Levante español, por el sur de Francia, por la cuenca mediterránea, desde Cerdeña hasta el norte de África. La razón es clara: ama el sol como pocas. Es una variedad de brotación tardía, ajena a los rigores de las heladas primaverales, de buena fertilidad y que necesita suelos calizos, bien drenados y de cierta profundidad. Es, pues, en todos los sentidos, una uva muy mediterránea.


El Dolç Mataró 2005 de la bodega Alta Alella (DO Alella) es un vino tinto dulce natural que se presenta en una bellísima botella de 50 cl, de alargado cuello y espaldas caídas. La "mataró" (monastrell) se deja sobremadurar en la planta pero se vendimia antes de que empiece su pasificación (agricultura ecológica). La maceración tiene lugar durante seis meses en depósitos de acero inoxidable, con remontes diarios. Tras un prensado de la pasta, el vino se afina durante dos meses en barricas de roble francés, se estabiliza y se embotella. Su grado es de 14,8% y sus azúcares residuales, de 180 g/l. Es ideal servirlo sobre los 9-10 ºC y para mí, sin duda alguna y por sus característcas en boca, es un acompañante ideal de los postres con chocolate, por una parte, y de los quesos azules y semicurados, por la otra. A los primeros, les ofrece un dulzor complementario; a los segundos, un contrapunto a la pasta punzante del queso; a ambos, un frescor y equilibrada acidez en boca.
El vino es de capa media-alta y ofrece un bello color cárdeno subido. Integra, en un todo muy armónico y seductor, los aromas del "bouquet garni", de las violetas del bosque, de las olivas negras muertas y de las ciruelas pasas que maceran, en el pollo de Navidad, con otros frutos como el albaricoque, dentro de la panza del animal. En boca es un vino de taninos sedosos, de paso suave y elegante, de trago casi voluptuoso pero con un frescor y una acidez muy compensadas. En posgusto, bastante largo, asoman aromas de café torrefacto. En mi opinión, se trata de uno de los más innovadores y seductores vinos dulces tintos hechos en Catalunya en los últimos años, con una variedad local, por supuesto, y a un precio razonable (mi botella, en efecto, costó 15 euros).


Pétalos de violeta BY the cosmic cat


NOTA BENE: hoy hace un año empecé a escribir este cuaderno de comentarios sobre mis experiencias en el mundo del vino y de la gastronomía. No sé si tendré capacidad y tiempo para seguir haciéndolo con regularidad (¡las circunstancias de la vida cambian!) , pero os confieso que lo he pasado en grande durante este año. He conocido a un montón de gente interesante, he aprendido muchísimo de mis nuevos amigos enófilos y enólogos, aquí y por todo el mundo, he practicado una nueva forma de comunicarme y de explicar mis experiencias y, vaya, ha valido, muy de veras, la pena: ¡muchas gracias a todos por haberme aguantado!