19 diciembre, 2007

En Montpellier, Brasserie du Théâtre


Reconozco que me pirran las ciudades medias y pequeñas de Francia. Tienen un ritmo de vida plácido, un amor por las cosas de la buena vida, de la mesa y de la bebida, que aquí son difíciles de encontrar. En ciudades como Nîmes, como Arles, como Montpellier, como Rennes, como Nantes, es facilísimo encontrar restaurantes decentes, incluso buenos, donde comer a precios fijos, tiendas donde miman los productos autóctonos, y buenos lugares donde tomar una copa de vino o donde comprar las botellas de la zona. Estos días pasados, en Montpellier, se cumplió cuanto digo: un bar de copas extraordinario, con más de 300 referencias y comida casera, como l'Acolyte; una tienda, Les vins du Terroir, dedicada a los vinos de la zona; y la brasserie más de moda, ahora mismo, junto a la Comédie: Brasserie du Théâtre. Pasear por la ciudad, ir admirando la belleza de la restauración de su casco antiguo, entorno a la Comédie, gozar de su nuevo tram e ir encontrando lugares como éste, te hace sentir muy a gusto.

Esta brasserie tiene los aromas de lo antiguo, de lo tradicional tratado con gusto y con esmero, es muy francesa, muy Lipp (en Paris) o George (en Lyon), pero más pequeña. Estaba llena a rebosar y a pesar de ello, el servicio fue rápido y atento. Tomé de entrante una típica ensalada mezclada con queso de cabra tibio, que estaba muy rica: ¡por algo son los franceses los inventores de estas ensaladas!
De segundo cayeron unos filetes de dorada con cuscus a la menta: un plato raro, distinto, pero que respetaba con esmero la tradición "pied noir" de la ciudad. Muy en su punto. Del vino que sirvieron de entrada mejor no digo nada. Muy malo.

Mis anfitriones franceses reaccionaron rápido y bien y eligieron de inmediato algo digno de la tierra: un Clos des Clapisses 2005, de Bruno Peyre. Este Vin de pays des Coteaux du Salagou, con 12,5%, es un monovarietal de cariñena, de capa media con aromas de grosella y de cassis no muy maduro; en boca es suave, de buena estructura, con posgusto de frutillos rojos. Se trata de una cariñena casi inusitada, pura, dulce, delicada, una delicia, que acompañó bien la dorada y, claro, mucho mejor las carnes que también se pidieron. Tan sólo falló el servicio de copas, que no estuvo a la altura del vino.
Hay que reconocer que los que vivimos cerca de la frontera con Francia estamos de suerte porque pequeñas "escapadas" como ésta son fáciles de hacer (Montpellier está a 340 km de Barcelona) y siempre encuentra uno cosas interesantes que comer y que beber. Conste, con todo, que yo iba a trabajar, ¡eh!

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