15 noviembre, 2007

Un regalo precioso


Mi primera cena en Alessandria fue en el hotel Alli due buoi rossi, un céntrico e histórico establecimiento que tiene, además, un reputado restaurante con el mismo nombre. La Cámara de Comercio nos obsequió con esa primera cena y allí hice mi debú con los agnolotti all'alessandrina, de los que ya he hablado. No conocía, literalmente, a nadie (con excepción de las personas con las que viajé desde Milano) pero Fortuna hizo que me acomodara junto a Fabienne Cortadi (Directora del Challenge International du Vin), Gianni Cacciabue, de la Cámara, y Lorenzo Martinello, presidente de la Organizazzione Nazionale Assaggiatori Vini (ONAV), de Alessandria. Frente a mí, los Gatti y Waifro Cavaliere. Una representación del vino italiano, francés y canadiense como para quitar el hipo. La conversación fluía entre comentarios (el Priorat es el futuro polo de atracción de Mme. Cortadi y montaremos una excursión para que lo conozca a fondo) y chanzas hasta que en un momento dado, el Sr. Marinello se nos queda mirando y pregunta a algunos que en qué año habíamos nacido (en italiano se pregunta por "la classe").

Anotó mi fecha de nacimiento en un papel y no dijo más. Al día siguiente, vi cómo el Sr. Marinello era clave en el desarrollo del concurso, pues era él quien se encargaba del descorche de las botellas y coordinaba a la gente que servía los vinos. Su talante, amable y atento; su apetito voraz y su pasión por los vinos y la gastronomía me sugerían la reencarnación italiana de alguno de los personajes del gran Rabelais. Pasó la jornada del concurso y nos desplazamos al restaurante para la cena, Le Cicale. Y cuál no sería mi sorpresa cuando, tras los consabidos agnolotti, el Sr. Marinello se acerca, sigiloso, por detrás y me entrega una caja de madera. La caja, rotulada con la inscripción que tenéis a vuestra derecha, contenía una muy bien conservada botella de chianti classico de Villa Antinori (en la foto de arriba), ¡¡¡de 1960!!!, mi año de nacimiento. Por supuesto, no es de recibo que hable de valores materiales aquí, sino de la gran sorpresa que me llevé, de la emoción que me sobrecogió y del abrazo que le di, allí mismo, a un atónito pero muy satisfecho, Lorenzo Marinello, que no tenía idea del efecto que el regalo causaría en mí: se trataba de un detalle de generosidad y de humanidad que no hubiera esperado jamás de alguien a quien había conocido 24 horas antes. Por supuesto también, mis amigos italianos me dijeron, tajantemente, que una botella como esa ni se tocaba ni se abría jamás. En la vitrina y a lucir. Ahí está.

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