15 junio, 2007

Quinta Clarisa 2006


Ya definitivamente lanzados los calores del mes de junio, uno se aboca con cierta avidez a los rosados golosos y llamativos y a los blancos que, aún aportando frescor, poseen caracter y un buen armazón. Una de las bodegas que reune, en su catálogo de productos, dos de mis preferidos en estas dos "categorías" de vinos es, sin duda, la afincada en La Seca (Valladolid, cerca de la población de Rueda), Belondrade y Lurton. Asentado en España desde 1984, la bodega dirigida por Didier Belondrade ha sabido, no sólo con intuición, sino también aplicando los conocimientos borgoñones sobre la vinificación de blancos de cierta o mucha guarda, poner en el mercado un monovarietal de verdejo envejecido en barricas de roble muy mayoritariamente francés: el vino que lleva como estandarte el nombre de la casa, Belondrade y Lurton no ha dejado de darme satisfacciones desde que lo probé en 1999. Su relación con la madera suele aportar unos toques de avellana, de vainilla, de untuosidad que, junto con el corazón joven de la verdejo, me atraen irresistiblemente.

Junto al vino insignia de la casa, el joven verdejo sin madera, Quinta Apolonia, y el rosado Quinta Clarisa, completan el homenaje de Belondrade a su descendencia (son los nombres de sus hijas, junto al de la finca, Quinta San Diego, en honor de su hijo). Este Quinta Clarisa es un vino joven que hay que tomar al año siguiente al de su producción (2007 para el cosechado en 2006), bien fresco (9-10 ºC), pero no helado. El vino, monovarietal de tinto fino, se adscribe a los Vinos de la Tierra de Castilla y León y ha salido al mercado con 13% (un poco menos de grado que el 2005). No especifica la bodega el sistema de vinificación, pero por el color que describiré a continuación y su capa, supongo que el mosto habrá estado mínimamente en contacto con los hollejos, habrá fermentado sin ellos y puede que una pequeña parte del mismo lo haya hecho (como en añadas anteriores) en madera.

Este rosado tiene alma de clarete: todo en él es sutileza y voces susurradas. Su color es el del fruto del granado, pero cuando ya lleva un cierto tiempo de oxidación, fuera del caparazón protector. Cuando ésto sucede y no le has echado limón, el fruto se convierte en lo que véis en la foto y va dejando el color intenso del granado para acercarse algo más al color de la piel de cebolla de Figueres, como si quisiera parecerse a sus "primos" de la DO Cigales. Su intensidad es notable, brillante, pero su capa es baja, aunque compacta (sin ribetes). Su nariz es la de la grosella madura y la del arándano rojo estrujado en tus manos. En boca es donde el vino aporta sus mayores cualidades, con un paso delicado pero con cuerpo, algo untuoso y con carácter. Con el posgusto, te regala el vino ligeros dejes vegetales, que podrían parecerse a los del corazón de madera de la granada. Se trata de un grato compañero de platos con pasta, que no lleven fuertes condimentos: por ejemplo, yo lo he tomado en esta ocasión con unos espaguetti "paglia e fieno", pero no lo tomaría, pongamos por caso, con unos "aglio, olio e peperoncino". Se puede comprar sobre los 8 euros y es, sin duda, uno de los buenos rosados a tener en cuenta en las salidas de verano o en las comidas caseras: ofrece frescor, belleza y suavidad a un precio bien razonable.

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