12 enero, 2007

Soave classico de Pieropan La Rocca 2003


    Al noroeste de Verona se extiende la denominación de origen de Soave, cuyas raíces se hunden en la mejor tradición vinícola de los Romanos: ya Casiodoro, uno de los "notarios" de la muerte de la cultura clásica (en el siglo VI d.C.), hablaba del vino de esta zona como de un uinum suaue, nobile et pretiosum . La denominación específica de "classico" procede, en el fondo, de estos orígenes, pues sólo los viñedos que se encuentran en los pueblos históricos de la denominación, Soave y Monteforte d'Alpone, pueden incorporar tal adjetivo a su etiqueta. Dos son las uvas más características de la zona: la garganega (en la foto) y la trebbiano di Soave (de hecho, creo que una debe ser hija de la otra). Probablemente con ellas se hace el vino blanco más famoso y tradicional de Italia, el popularmente conocido como "soave". A mí me es especialmente querido: lo conocí en Bologna, con una fantástica botella del Vigneto di Lot , y me despedí de Roma (en noviembre) con una no menos espléndida botella de la casa Pieropan, La Rocca 2003, tomada en el restaurante Gusto. Con ella brindamos unos pocos y queridos amigos, en mi "última cena" romana, teniendo como testigos al mausoleo de Augusto y a su Altar de la Paz.

    Este restaurante, que es además tienda de artículos para la cocina y enoteca donde comprar y degustar vinos, está atendido por una enóloga que lleva la tienda y una sommelier que lleva el restaurante. Esta última fue quien, con discreción y sabiduría, me recomendó este "soave classico" de una de las bodegas con mayor tradición en la zona, fundada en 1890. Sin haber podido acceder a los datos de vinificación, puedo comentar que este vino, monovarietal de garganega y con 13%, habrá pasado por una fermentación alcohólica en grandes tinos, y habrá hecho la maloláctica en barricas de madera, por un buen tiempo con sus lías finas. Es un vino que necesita, casi, ser decantado, además de servido a 10-12ºC para explotar todas sus cualidades. Nosotros no lo decantamos y tardó mucho en empezar a abrirse en copa y a mostrar todas sus cualidades.



    Tiene el color amarillo profundo, intenso y brillante, de la miel de acacia. Tiene el deambular en copa de esa misma miel, algo licuada, con cierta languidez y majestuosidad. Empiezan sus aromas, intensos, con la madera de la barrica, pero si se tiene paciencia y se le ventila bien, te acaba obsequiando con aromas de miel y de avellanas tostadas y, tras otro rato, con aromas de flor blanca (acacia). Es un vino que te llena la boca, pero que no es untuoso. Posee una buena acidez y cuando la oxigenación consigue integrar la madera con las mejores esencias de la garganega, se nos ofrece como un vino amable y de trago largo, sincero y atrevido, aunque no a primera vista. Como la tierra que le vió nacer, hay que tener un poco de paciencia con él para descubrirle sus mejores virtudes.

    Fue un acompañante ideal de platos de fusión (¡vaya moda!) entre la cocina italiana y la china (¡woks con pasta sciuta!).




    Flor de acacia BY johanna de silentio

    No hay comentarios:

    Publicar un comentario