24 noviembre, 2006

La colina del Celio y Fiore Sardo

Una de mis zonas preferidas en Roma es la del monte Celio: da para tanto que podrìa, casi, dedicarle un blog. De esta colina romana, el recorrido que màs me gusta es el que empieza en la Pzza. Santi Quattro Coronati y termina en la basilica de San Clemente (Pzza. San Clemente). Desde la primera plaza se accede a una serie compleja de edificios, de apariencia robusta y poco atractiva. Con un poco de paciencia, te abren sus secretos... el primero es que, en su interior, viven las monjas Agustinas de Roma. Vaya tonterìa, pensaréis! Cuando uno pasa al atrio (al aire libre) de entrada y gira a la derecha, encuentra la puerta del monasterio: todo siempre cerrado, con torno y campanilla. Si uno toca la campanilla, al cabo de un rato (nunca se sabe en qué andan las ocupadìsimas "hijas de San Agustìn", en la pintura, de Boticelli), aparece una hermana, te pide un euro, te da una llave y te dice que se la devuelvas en cuanto hayas abierto, tù mismo, la puerta que se halla a tus espaldas. Si uno le hace caso (y NO os voy a mostrar fotos porque tenéis que hacerlo algùn dìa), y abre esa puerta, entra en una de las maravillas màs absolutas de Roma: la Capilla de San Silvestre. Se trata de una capilla (casi siempre he estado solo en ella) pintada a finales del siglo XIII, con la historia de la conversiòn de Constantino a cargo del papa Silvestre, explicada en "vinyetas" a lo largo de sus paredes. Lo absolutamente increìble es que, no se sabe por qué milagro, la capilla se conserva intacta, con la inmensa mayorìa de pinturas en su lugar. Sin duda, se trata del mejor momento "medieval" en Roma. Si uno tiene un poco màs de paciencia, cuando sale de la capilla y entra en la iglesia a través de su nave izquierda, encontrarà otra puerta (Roma es la ciudad de las puertas cerradas, que piden paciencia y conocimiento para poder ser abiertas; también algunos euros!): una vez franqueada. se encontrarà con, quizàs, uno de los claustros màs bellos de Roma. Por fin, si uno hace todo esto, hacia las cinco de la tarde y deja que caigan los minutos hasta las seis, asistirà a uno de los momentos màs màgicos que esta ciudad puede ofrecer: todas las hermanas Agustinas van saliendo no se sabe bién de donde, ocupan su exacto lugar (siempre el mismo) en el coro y, a las seis en punto, empiezan a cantar las Vìsperas (nunca mejor dicho: "Vespri delle beate Vergini!"), acompanyadas de un òrgano. En la penumbra de la iglesia, asistir a ese momento ùnico, en que las hermanas alzan sus voces de oro al cielo para agradecer cuanto han vivido durante el dìa, es algo que se puede explicar, sì, pero que es mejor vivir.

En ese trance me hallaba yo ayer mismo, dìa 23 de noviembre, cuando un gran trueno rompiò la paz de la colina. Me levanté pensando que la lluvia habìa vuelto a la ciudad, pero cuando salì, el cielo lucìa claro y sereno. Bajé hacia la Pzza. de San Clemente: desde ella se entra a la basìlica dedicada al segundo obispo de la ciudad, Clemente, sucesor de Pedro, un espacio impresionante no sòlo por la basìlica que véis en la imagen, por su pavimento cosmatesco y sus mosaicos bizantinos, sino porque es el mejor palimpsesto en que leer la historia de esta ciudad. Su subsuelo esconde casas romanas del siglo II d.C., un mitreo, los restos de la iglesia medieval y sus pinturas, etc. Mi gran sorpresa viene cuando, a punto de entrar, rompe a tocar con gran estruendo una banda que se encontraba en el patio y, sin màs dilaciòn, unos hombres encienden unas antorchas fijadas en la puerta y sale una procesiòn con las reliquias del Santo a hombros. Me quedé literalmente cautivado: banda de mùsica, clérigos, monjes, militares, reliquias...en pleno centro de Roma y en procesiòn! Sin pensarlo dos veces, me anyadì al cortejo y, pasmado y junto a una gran masa de fieles, recorrì unas cuantas calles, a los pasos de la banda y del santo. De vuelta a la basìlica, nos esperaba el cardenal responsable de la basìlica (cada una tiene uno a su cargo) y se oficiò solemne oficio, acompanyado de coros de canto gregoriano. Resultò que el 23 de noviembre era el dìa de San Clemente y desde hace ya muchos anyos lo celebran asì.

Pero no sòlo! Ya se sabe que, en Roma, las cosas de la fe andan bastante cerca de las de la carne. Tras haber escuchado los primeros gregorianos y satisfecho mi espìritu por algunos dìas, paseé por el barrio. Detràs de la basìlica se encontraba un mercadillo casi navidenyo (aunque la "excusa" era la fiesta del santo: todo tan medieval, que me maravilla) y, para mi sorpresa, una de sus paradas estaba ìntegramente dedicada a los productos artesanales sardos. Una de las cosas de la que màs orgullosos de sienten en Cerdenya es de sus quesos. Màs de cuatro millones de ovejas de raza sarda pacen por la isla y eso da para una gran variedad de manufacturas. Dos son los que màs me gustan: el pecorino sardo y el que compré para cenar, el Fiore Sardo. Se trata del ùnico queso italiano con Denominaciòn de Origen Protegida, realizado con leche cruda de oveja (toda la informaciòn en www.fioresardo.it). Su caracterìstica principal es que se cuaja la leche justo tras su recogida, se corta con cuajo de cabra y tras formarse los quesos, se ahuman muy suavemente con humo de la quema de arbustos del sotobosque de la isla. El resultado es delicioso. El que compré habìa madurado alrededor de 3-4 meses (hay otro que se consume con mayor maduraciòn, tipo grana padano). Confieso que no habìa podido comprar nada en Cerdenya y que la oportunidad que me brindaba San Clemente me pareciò, casi, un milagro. Se trata de un queso con un color que va del amarillo ambarino al de la miel de acacia, con una pasta que se muestra bastante entera al corte, aunque con tendencia al desmenuzamiento y con un sabor ligeramente picante, que acaba con un retrogusto de miel de castanyo y de ahumado. Lo tomé con un vino dulce, con un giallo passito de moscatel de Alejandrìa (de Pantelleria, del que ya hablé en otra ocasiòn: quedaban los restos de la botella en la fresquera) y el ensamblaje fue perfecto.

Las Vìsperas cantadas por las hermanas Agustinas, la historia de San Silvestre y la conversiòn de Constantino contada en una iglesia medieval, las reliquias de San Clemente en procesiòn entre petardos, olor de pòlvora y canto gregoriano, un buen trozo de Fiore Sardo para cenar...estaréis de acuerdo conmigo en que Roma es ùnica.


1 comentario:

Carmen dijo...

¡Cómo disfruto leyendo tu blog! Lo descubrí un día buscando información sobre la pizzería "Ai marmi" en el Trastévere romano. Entonces escribí como anónima, esta vez dejo mi nombre.

Estuve en Roma unos días dentro de un periplo "lunático meloso" por Italia (¿qué mejor sitio para una luna de miel?), pero los días en la ciudad abierta y eterna nos supieron a muy poco. Ahora nos vamos a escapar cuatro o cinco días y lo primero que he hecho ha sido volver a tu blog, copiar y pegar e imprimir toda la información. No sé si vamos a necesitar más guía que la de tu literario cóctel de arte y gastronomía.

Dejaré más comentarios a mi vuelta.

Un saludo de una colega filóloga.

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