24 septiembre, 2006

Vuelta del Priorat en otoño


El Priorat es un sitio muy especial. Nosotros, que nos movemos entre Poboleda, Scala Dei y la Morera del Montsant, sabemos de su magia especial, de la tirada que tiene y de por qué los primeros monjes escogieron precisamente ese lugar, bajo el espadado del Montsant, para plantar sus primeras viñas.

Cuando para la lluvia por la tarde, cuando el sol empieza a iluminar de nuevo el valle (como pasa en la foto), se te hace un nudo en la garganta. Cuando ves cómo, al fondo, las casas y sus chimeneas humean, piensas que Virgilio, hace más de dos mil años, describía exactamente la misma escena, a la caída de la tarde, en la entrada del otoño. Y te sientes privilegiado, único en la tierra por poder disfrutar de esos momentos.

Cuando te vas del Priorat y enfilas el Coll de l'Alforja y sabes que no volverás en tiempo, se te hace un nudo en la garganta. Dejas a un montón de amigos queridos y de compañeros de trabajo y de vendimia: los abuelos Joan y Celestino (ellos saben como nadie qué hacer, cómo y cuándo en la viña: junto a ellos no hay más que callar y aprender), Maite y Josep María, Sònia y Sandra (con sus novios), Òscar y Ton, Mario (con ellos en la viña y en el celler no hay problema que no pueda resolverse). Una ventaja nos queda: cuando abramos una botella de su vino, estaremos con ellos y sabremos que ellos están con nosotros.

Cuando te vas del Priorat, tras haber acabado la vendimia (mañana os explicaré algunas de las cosas que hemos hecho), se te hace un nudo en la garganta, pero en tu cabeza y en tu corazón, dos imágenes se repiten y alivian un poco esa nostalgia (la alivian porque sabes que, si los dioses lo quieren, ¡volverás a vivirlas!): el Priorat cuando el estío cede sus ligeras ropas al poderoso otoño, ofrece una de sus imágenes más bellas. Por otra parte, aquello por lo que hemos venido, aquello por lo que ha trabajado tanto tanta gente durante un año entero, empieza a ser ya una realidad, que se puede oler: amigos míos, el olor del mosto, cuando empieza a perder su frutosidad azucarada y avanza en su metamorfosis alcohólica, es algo incomparable, imparable. Cuando entras en la bodega y todas sus tinas, todas sus paredes huelen y rezuman fermentación alcohólica, te llevas una impresión casi sápida que es imposible olvidar y borrar de tu mente.


Vivimos, también, para renovarla año tras año. Que así sea y vosotros lo veáis para beberlo.

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