12 septiembre, 2006

Ponte della Lama rosato 2005 di Cefalicchio

Del territorio de Canosa di Puglia (casi en el extremo sureste de Italia) procede el vino que completa la trilogía que intercambié con Franco Ziliani. Se trata de una hacienda agrícola que usa la técnica biodinámica. No sin cierto deje de amargor, por el tiempo pasado y los esfuerzos quizás mal invertidos, leía hace poco de un profundo conocedor del campo mallorquín la siguiente reflexión: muchos productores lo que, en el fondo, están haciendo es volver a sus orígenes, pues hace 120 años todos eran "biológicos" por necesidad y sabían perfectamente qué hacer con sus plantas y en qué fase de la luna hacerlo. Como en tantas cosas, volvemos (en este caso, por fortuna) a los orígenes. Los viñedos de Cefalicchio (http://www.cefalicchio.it) se asientan entre 250 y 350 metros por encima del nivel del mar, en suelos calcáreo-arcillosos. Creo que esta condición, junto con las técnicas empleadas, confiere una peculiaridad grande al vino catado porque se quiere seguir un sistema "antiguo", tradicional, con vendimia manual y pisado de la uva (90% uva di Troia; 10% Montepulciano).

El mosto convive pocas horas con los hollejos, las suficientes como para hacer una extracción de color muy interesante, aunque de capa media (hoy se buscan extracciones más "llamativas": aquí no hay criomaceraciones ni ninguna de las otras técnicas nuevas al uso): tiene el color del geranio rojo con ribetes violáceos. Uno de sus puntos fuertes llega con los aromas. Tiene muchos y complejos: empecé con el palote de fresa y el sirope de grosella; seguí con algo de caramelo toffée y finalicé con algún ligero aroma vegetal, casi de geranio también. Pero no fue eso todo: en retronasal llegaron más frutos rojos, maduros (frambuesa) y muy al final de todo, apareció un suavísimo amargor, que primero me recordó al corazón de madera de la granada y, después, al sabor de las hierbas con las que se hacía el vermut del aperitivo. En boca, los 12,5 % de este vino son agradecidos, pues presenta una textura bastante grasa, casi un poco untuosa, que alarga más de lo esperable su posgusto. Me recordó, otra vez, al tacto casi aterciopelado, suave, de las hojas del geranio.
Se trata de un vino muy rico que, además, es un vino peculiar, de los que no se suele encontrar. A mí me llevó, directamente, a los olores y sabores de los bares de antes, en la penumbra del verano. La primera vez que tomé un Bàrbara Forés rosado pensé lo mismo.

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