06 julio, 2006

Barceloneta

Ayer cumplimos con unos amigos, una de aquellas tradiciones a las que los barceloneses, de nación o de adopción, siempre acudimos: una cena de verano al aire libre en la Barceloneta. Para quien no conozca el barrio, la foto de la derecha es perfecta: se trata de un triángulo muy especial, uno de cuyos lados vive de cara al mar y los otros dos, de cara a las grandezas y miserias de sus habitantes. Es uno de los antiguos barrios de pescadores de Barcelona, de los más humildes (pisos de 25 m2), donde con el paso de los años, fue creciendo el concepto de chiringuito ilustrado, que en otras partes del país tanta solera tiene y tantas alegrías da (en mi recuerdo, imborrables chiringuitos en las costas malagueña y gaditana). Antes de la última ley de costas, la gente podía comer y cenar con los pies en la playa, con una alegría en las terrazas y con un saber hacer en las cocinas que, con el paso de los años, se ha ido perdiendo. La "sofisticación" y remoción de los viejos chiringuitos, el aumento desbocado de los precios, el burdo afeite cosmético de este trozo de costa, junto con un turismo de masas poco exigente y muy complaciente, ha echo estragos.

La última experiencia, ayer. Me sabe mal saber de cosas tan buenas e interesantes por mis blogs de referencia (columna de la derecha), pero a mí me toca, hoy, hablar mal de uno de ellos. Can Majó tenía fama, ganada a pulso, de buenas frituras y mejores arroces. El amado, leído y llorado MVM (www.vespito.net/mvm/gastr.html) cantaba años ha sus excelencias: ¡y eso es a lo máximo a que podía aspirar un restaurante de la ciudad!

Ayer fue, casi todo, un auténtico desastre: un servicio de terraza inexperto y sin entrenamiento adecuado, con unos ritmos absolutamente descoordinados entre mesa y cocina; unos entrantes discretísimos, en los que se salvaban unas "cañaíllas", pero en los que el concepto de "peixet fregit" (pescaíto frito), cuya base es, precisamente, el punto de la fritura y la mezcla de especies marinas, entraba en barrena (un rebozado burdo, de capa de medio cm y un solo tipo de pescado, anchoa). Los segundos fueron de auténtico desastre: un arroz de bogavante que llegó absolutamente destrozado a la mesa, pasado no menos de diez minutos de su punto de cocción, con el grano partido ya y con una base, cuyo aceite todavía estoy intentando digerir; una fideuà con gambas congeladas y mejillones de lata (nada en contra de las conservas de pescado, al contrario, pero donde tocan), con un fideo de un calibre exagerado y también muy pasado de cocción.

Lo único bueno (aunque también mal servido, a temperatura demasiado alta y en copas de caña de cerveza) no era responsabilidad de la casa: un Palacio de Bornos 2005, monovarietal de verdejo, DO Rueda. Un buen vino, prodigio de equilibrio entre calidad y precio, de color amarillo pajizo, de potente nariz al varietal (flores blancas, heno, campo segado, manzana), de boca sabrosa, aunque ácida, que habría sido un buen complemento para el arroz y la fideuà, si estos se hubieran dejado cortejar.

No fue posible, pues incluso en eso fallo el tempo: las botellas llegaban tarde y mal a la mesa, y nunca con la misma y adecuada temperatura.

Tuvimos, para rematar la cena, un probema de "interpretación" entre las botellas que bebimos (éramos diez) y los palitroques que el servicio iba anotando cuando pedíamos una nueva botella (la diferencia: ¡tres botellas de más a favor del restaurante!). Finalmente el responsable se avino a razones, aunque el mal sabor de boca como remate final estaba, también, "servido". Eso sí, lo que os acabo de narrar salió por la bonita cantidad de 75 euros por pareja (sic!).

No sé, la verdad, quién es el actual responsable del lugar, pero me gustaría que se pusiera un poco las pilas, que corrigiera y que dignificara el nombre de un restaurante que hacía que el mismísimo Pepe Carvalho (¿o era Manolo Vázquez Montalbán?) bajara, raudo, la Rambla hasta la Barceloneta de nuestros amores (de antaño), para comer en él sus arroces.

4 comentarios:

encantadisimo dijo...

Menudo despropósito. Hace muchos años que no voy a Can Majó. Antes se comía muy bien, pero ya hace tiempo que me llegan voces con comentarios parecidos a los de tu experiencia. Hace poco comimos muy bien en Andaira: www.encantadisimo.com/?p=368

Respecto a la Barceloneta, sigue siendo un barrio con mucho encanto. Me gusta pasear por allí, mejor fuera del verano.

Esos pisos, parece ser que en sus inicios eran más grandes, pero para hacerlos accesibles a la gente humilde, se dividían en tres o cuatro porciones cada uno.

J. Gómez Pallarès dijo...

Sí, en efecto, los famosos "quartets", es decir, "un cuarto de piso". Ahora, poco a poco, se asiste, de nuevo a la operación inversa: se intenta, con propósitos de especulación (hay que ver qué piden por algo en la Barceloneta) casi siempre, la reunificación de estos pisos.
Comparto contigo el amor por la Barceloneta y los paseos por ella, que hago con cierta frecuencia. Mi última experiencia positiva fue en el Salamanca, en la terraza también, pero no estaba todavía en la blogosfera cuando eso pasó. Leeré tu comentario sobre el Andaira: necesito reencontrarme con lo bueno y mejor de ese barrio!
Salut! Joan

Anónimo dijo...

La definición del triángulo de la Barceloneta "(…) uno de cuyos lados vive de cara al mar y los otros dos, de cara a las grandezas y miserias de sus habitantes" me ha parecido acertadamente bellísima.

En la playa de Badalona, de donde yo soy, antes también de la Ley de Costas, había, desde el llamado “Pont d’en Butifarreta” hasta Montgat, lo que se conocía como “els belluguets”, unos chiringuitos muy parecidos a los que había en la Barceloneta. Cubiertos de cañizo, tenían en su interior casetas de madera donde poder guardar la ropa, y multitud de largas mesas y bancos donde sentarse para comer, hechos con tablones de madera dispuestos encima de la arena.

Tu post me ha evocado inmediatamente aquel incomparable olor a brisa marina y a arena de playa, que se mezclaban armoniosamente con el aroma del aceite chirriante donde se freía pescado, con el de los sofritos preparatorios de las paellas, y con el del inconfundible y festivo olor de la salsa casera para los berberechos, en un ambiente bullicioso y lleno de vida. Al vivir muy cerca de la playa, nosotros íbamos a comer siempre a casa, pero algún domingo nuestra precaria situación económica permitía hacer un “extra” y yo, claro está, todavía un niño, me sentía entonces, y no exagero, el ser más afortunado de la vida por el hecho de poder comer con los pies descalzos sobre la arena.

¡Puñeta, que me he emocionado!

Enhorabuena por tu blog.

enric.

J. Gómez Pallarès dijo...

"Anónimo" Enric,
me gusta mucho que te agrade lo que has leído. Al menos para mí, uno de los objetivos de haber decidido escribir aquí consiste, no sólo en informar o comentar, sino sobre todo, en hacerlo intentando captar el "espíritu" de las cosas, ante todo vinos y comidas, pero, claro, también lugares y personas. Tu sensación de placer es la misma que yo sentía años ha: la de los pies en la arena, húmeda en mi caso (yo cenaba de vez en cuando en esa Barceloneta de nuestros recuerdos) porque era de noche. Un placer que, como tú comentas, se extendía a lo largo de la costa catalana (y de otras zonas de España, sin duda): de l'Empordà hasta el delta de l'Ebre. Tú tienes un imborrable recuerdo de Montgat (por cierto, alguien me dijo hace poco que había comido en un local cerca de Montgat, no sé si en el Masnou, muy parecido a lo que intentamos describir: tengo que descubrirlo) y yo, por ejemplo, lo tengo también de Caldes d'Estrac, donde los padres de un amigo, tenían unos "banys" en la playa misma, claro, donde merendábamos. En Castelldefels disfrutábamos de la misma forma, con espléndidos arroces, y etc.
Muchas gracias por tu comentario.
Un saludo muy cordial,
Joan

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