28 mayo, 2017

Apoikia Àmfora 2016: en casa de nuevo

Apoikia 2016 vasija tras la katábasis
En un mundo casi desaparecido, en el que la naturaleza y la tierra cultivada modulaban el ser y el sentir del hombre, existían dos formas de conjurar la mortalidad de los cuerpos. La primera, y más habitual, consistía en aceptar que la clave de esa "inmortalidad" residía en la regeneración de las cosas: nada se perdía, todo se reciclaba. El ser humano observaba el ciclo de la vida a través de las estaciones, lo representaba en un círculo que, por definición, nunca empieza ni termina, y todas las energías se identificaban con él. Nada moría ni nacía. Todas las cosas que se vinculaban con la naturaleza de una forma cíclica, personas, cosechas, vidas y muertes, se transformaban. En 1847, Hermann von Helmholtz formuló exactamente ese sentimiento ancestral como  la "ley de conservación de la energía": las energías pueden adoptar otras formas, pero no ser destruidas. Así pues, la energía no nace ni muere, se transforma. Cualquier energía: la de las emociones y los sentimientos, también.

Existía una segunda forma de acceder a la inmortalidad, aunque fuera temporal. Si uno pactaba con los dioses porque tenía una misión transcendental que resolver, podía recibir permiso para visitar el mundo de los muertos y volver de él con vida. La transcendencia era metafórica, por supuesto, porque en esa misión concreta, se concentraban e identificaban los anhelos de todos los mortales. Por suerte para nosotros, siempre había además algún narrador de excepción que nos contaba cómo había ido la cosa. Así, por ejemplo, sabemos de los viajes de Gilgamesh, de Odiseo, de Orfeo y de Eneas. Todos ellos viajaron al reino de la oscuridad y fueron de nuevo llamados a la luz, con resultados y fortunas desiguales pero siempre con la idea de la superación personal como meta: acercarse a la frontera de lo desconocido, penetrar en ella, explorar y salir indemnes y más sabios como metáfora de un convencimiento. Somos instrumentos en manos de los dioses, es decir, de la naturaleza, para que la rueda de los acontecimientos siga moviéndose.

No suele relacionarse con estos descensos a la oscuridad otra aventura de Odiseo, la que Homero cuenta en el canto 9 de la Odisea, cuando el barco del héroe se adentra en la más absoluta oscuridad para atracar en la isla de los Cíclopes. Si a la isla llegan con ausencia de luz y con niebla, cuando entran a la cueva de Polifemo, la exploración es, ya directamente, otro viaje a los infiernos pero, de nuevo, en vida. Los compañeros de Odiseo van siendo devorados por el cíclope, quien acompaña su antropofagia delirante con leche de oveja recién ordeñada y pura. Pero nuestro astuto héroe se sirve del mejor vino que transportaba para emborrachar al bocazas de un solo ojo, clavarle una estaca de olivo ardiente, dejarle ciego y acabar saliendo de nuevo a la luz, que es la vida. Por primera vez en las historias que la literatura de los hombres nos ha legado, es el vino y la estrategia, además de la valentía acompañada de sensatez, las que permiten al héroe seguir su viaje tras visitar el reino de la muerte.

Agnès y Manel, de Apoikía, han buscado una vía intermedia y, en este sentido, tan nueva o tan vieja como es el mundo desde que los hombres hacen vino en él y lo entierran en vasijas en el suelo. Vieja porque desde muy antiguo (por lo menos desde los tiempos de Noé, si no estoy mal informado) el fruto de la tierra en forma de mosto que se está convirtiendo en vino, se lleva a vasijas que reposarán unos meses su embarazo para acabar "pariendo" un vino que será la más sincera manifestación de esa misma tierra. Nueva porque las tradiciones y personas que utilizan esta técnica suelen poder acceder a las vasijas de barro por su boca en superficie, por muy protegida o tapada que esté. No ha sido este el caso... Agnès y Manel decidieron someter a su aglianico a una suerte de muerte en vida. Lo pusieron en vasijas y las enterraron por completo bajo tierra. Sabían donde estaban y a los ocho meses lunares, en un momento especialmente propicio, decidieron convocar a los dioses, pactar con ellos e intentar que el vino, que estaba en el reino de la oscuridad, saliera de nuevo a la luz.

Creo que Gilgamesh no estaba presente, pero el resto sin duda sí: Odiseo, Orfeo y Eneas llegaron de la mano de Homero y de Virgilio. La luna, casi nueva, estaba frente a Aries. Y todos, en silencio y mirando al monte que había protegido a las vasijas, bajamos para llevarlas de nuevo a la luz. Sin darnos cuenta, el mundo se había convertido en una enorme cueva, Sileno yacía en ella y nosotros estábamos ya abriendo la primera vasija ante él, olíamos el vino y lo servíamos en una copa. Sin mediar petición ni ruego ni chantaje alguno, el tutor de Baco empezó a contarnos la historia del mundo a partir de unas uvas que, convertidas en vino, eran en realidad mucho más que vino. Representaban, en el suelo de la viña y bajo la protección de nuestro cielo azul, las cuentas de una esfera que no se ha roto y que seguimos dibujando porque sabemos que sólo en el respeto a la tierra y a uno de sus hijos emblemáticos, el vino, encontraremos  nuestra más profunda vinculación con ella y parte de la razón de nuestra inmortalidad.

Fuego y tierra, calor: energías contenidas en una copa, dureza y fluidez. Buscar una voz a través del vino. No hacer por hacer ni copiar por inercia. Tener una idea del vino y convertirla en tu voz. Que el vino sea tu voz. Aglianico pues, pero bajo la protección del Montgrí, no del Vulture (no tan lejos de donde Eneas descendió a los infiernos). No hay más que tierra comprendida y tratada con el máximo respeto, uva y fermentación. Vasija enterrada y ocho meses lunares. Rústico pero amable, discreto pero intenso, cerezas y mirto, violetas y corteza de naranja, flor de lavanda silvestre y retama, profundidad y luna nueva. La primavera sirve para esto: para que los seres que podrían parecer muertos vean la luz de nuevo, para que las energías se renueven y transformen, para que el vino auténtico fluya como metáfora de la vida nueva, de la vida que vuelve. La emoción y el deseo son energías que también se beben.

Ps. Esta  extraordinaria aventura no hubiera sido posible si Agnès y Manel no hubieran tenido una gran complicidad con Eloi, de Bonadona Terrissers, que les hizo las vasijas tal y como ellos las querían.

Ps.ii. Las botellas de este vino han sido llenadas en origen, es decir, en la viña. Supongo que algunas saldrán a la venta pero no estoy seguro. Por si alguien estuviera interesado, yo estaría pendiente de Monvínic Store.
Apoikia 2016 vasija vacía tras la katábasis

14 abril, 2017

W. Finnegan: mundos por cartografiar


Confesiones de un explorador que quiere compartir. Con la lectura de William Finnegan, Años salvajes. Mi vida y el surf (Barbarian Days: A Surfing Life), Libros del Asteroide, Barcelona, 2017 , traducción de Eduardo Jordá.

P.248: “Un escalofrío de mustia tristeza se apoderó de mí y un dolor que provenía de algo que no era exactamente la añoranza. Tenía la sensación de haberme salido de los límites del mundo conocido. Eso no me importaba: había muchas maneras distintas de cartografiar el mundo”.

P.249: “cerré los ojos. Sentí el peso de los mundos sin cartografiar, de los lenguajes por nacer. Y eso era justamente lo que yo iba buscando: no lo exótico, sino el vasto conocimiento que te permite descubrir lo que cada cosa es”.

Hay vinos y personas que te permiten

cartografiar sensaciones sin haber pisado la tierra donde crecen las uvas que las provocan.

Reconocer a esos vinos y personas porque compartes la intimidad que se encuentra en su nacimiento. Sin conocer físicamente a la persona que los hace.

Descubrir y conocer lo que cada cosa es más allá de las fronteras de lo reconocible porque sientes realmente qué es. Y porque lo sientes sin que nadie te haya dicho nada, sabes.

En el mundo de las sensaciones, se llega del sentimiento al conocimiento través de la energía de la emoción.

Sin emoción no hay sentimiento ni conocimiento ni reconocimiento.

Hawaii

¿Cómo cartografiar una emoción sin brújulas ni mapas? ¿Cómo describirla? Cómo ponerle palabras y situarla en un mapa que no existe? Nadie te lo puede contar. Yo sé cómo “poner alfileres”, que son palabras, en un mapa por dibujar, en un vino que no conocía, en una persona a la que no había encontrado jamás. Todos podemos hacerlo a partir de nuestro sentimiento y nuestros recuerdos. Y con nuestras palabras.

Cada palabra está por nacer para llenar de contenido los lugares de un mapa de emociones que todavía no hemos descubierto.

La toponimia de un mapa vínico por hacer, de un mundo de sensaciones por cartografiar, llena de sentido y de esperanza la vida del explorador. Nunca sabes cuándo entrarás en un territorio desconocido, pero siempre andas buscando esa puerta.

Por mucho que se empeñen en contarte historias, hay vinos y personas que no te permiten hacer ninguna de estas cosas. Parece que lo tienen todo claro pero no te permiten ver ni sentir.

¿Quién va más a ciegas? Repito (p.249 del libro de Finnegan): “…sino el vasto conocimiento que te permite descubrir lo que cada cosa es”: uastus es un adjetivo latino que significa muchas cosas en una familia de palabras relacionada con la grandeza. Finnegan tiene al océano en su cabeza, siempre, desde niño. Y cuando se usa “vasto” (confieso no tener el original inglés cuando escribo este post: parto de la traducción) para hablar de mar o de grandes extensiones, se alude a algo “que no tiene fin”. El cielo es inabarcable, no tiene fin: es vasto. El océano es enorme y poderoso, la vista jamás puede abarcarlo entero: es vasto. Así también el conocimiento. La capacidad física de cada cual para poseerlo y retenerlo existe, pero la ambición y la voluntad de pisar tierra desconocida para cartografiar nuevas emociones tiene que ser insaciable e inabarcable en cada uno de nosotros. Siempre. Como el cielo o el océano. Tiene que ser, en este sentido, vasta.

La limitación física no puede ser excusa para que el explorador no aspire al vasto conocimiento que le permitirá llegar a la esencia de lo que descubra.

Además: Alice Gregory, “The Riders of the Waves”, en The New York Review of Books, 13 de agosto de 2015 (su recensión del libro de Finnegan en mi traducción):

“Hay un pasaje cerca del inicio de Middlemarch  en el que el narrador describe la vista a través de una ventana. Esta descripción es la mejor que he leído yo jamás sobre el placer de conocer un lugar íntimamente: ‘los pequeños detalles daban a cada campo una fisiognomía particular, querida a los ojos de quien la había visto desde la infancia’ escribe George Eliot… Esta capacidad para la familiaridad geográfica conforma un tipo de conocimiento visceral, que se obtiene orgánicamente y que se atrofia con los años… Conocer un lugar a través del corazón es un lujo raramente ofrecido a los adultos”.

Creo, con George Eliot (que fue seudónimo de Mary Anne Evans), que los pequeños detalles son los que te permiten conocer en profundidad lo que sea. Pero también creo (y aquí no coincido con Alice Gregory) que si compartimos la idea de conocimiento como algo que se puede adquirir en la infancia, la juventud o la edad adulta, entonces siempre estaremos mentalmente preparados para una eterna “infancia” exploradora. En realidad, creo que esto es lo que William Finnegan nos propone: mantener una actitud salvaje y atrevida ante la frontera de lo desconocido, querer pasar al otro lado. Encontrar nuevas maneras de cartografiar un mundo desconocido.

“Conocer algo a través del corazón”, del sentimiento y de la emoción, es una puerta que cierto tipo de vinos me abre. Es un conocimiento visceral y muy orgánico, sin duda, muy vinculado a la tierra y a la transformación de la uva. Para llegar a él solo hay que estar dispuesto a verlo y sentirlo todo con los ojos de la “infancia” y con el sentimiento del explorador que se encuentra ante “mundos” por cartografiar y con  sensaciones a las que nombrar por primera vez.

27 marzo, 2017

A propósito de James Rebanks

Una cuestión de generaciones: a propósito del libro de James Rebanks, La vida del pastor. La historia de un hombre, un rebaño y un oficio eterno, Penguin Random House, Barcelona, 2016.

“Una cuestión de generaciones” me viene a la cabeza tras charlas, botellas y emociones con Joan Asens, del Masroig; Toni Carbó, de Subirats; y Albert Domingo de Les Ordes (Aiguamúrcia). Por decirlo con las palabras que corresponden, Joan de Cal Nicolau; Ton de Cal Ton de la Salada y Albert de Mas Tuets. Ellos son (junto con muchos otros que no cito, pero de los que podría explicar historias parecidas), la parte visible de un hilo de generaciones que llega hasta hoy. Joanet de Mas d’en Ferran, Jaumet de Cal Pati y Albert de Mas Tuets, son los eslabones necesarios para que los vinos de Albert Domingo en Mas Tuets estén empezando a emocionar. Antoni Carbó Pinyol, Antoni Carbó Gibert –Tonet-, y Ton Carbó Ferrer –Ton-  fueron los brazos y las voluntades que Antoni Carbó Galimany necesitaba para crear el Celler La Salada, un “nuevo” referente para el Penedès y para todos. Todos ellos, y sus descendientes (ya tenemos a un Ton Carbó Serra!), pertenecen a Cal Ton de La Salada. Nicolau, Ramon y Elionor (entre Cal Nicolau, Cal Tano y Cal Sens) abrieron el camino para que Joan Asens Masdeu (una de las almas de Orto Vins) y su hijo Genís sean hoy una de las realidades más importantes del Montsant desde El Masroig.

Les Tallades de Cal Nicolau y La Coma del Genís, Mas Tuets y L’Ermot son, en este sentido, vinos que se dejan beber como pocos, vinos que transmiten su tierra y hacen vibrar, vinos que trasladan la energía y personalidad de quienes los hacen.

Pero son mucho más que eso.

James Rebanks, La vida del pastor..., p.27: (paráfrasis) “mi abuelo fue, simplemente, uno de los miembros de esa gran mayoría silenciosa y olvidada de personas que vivieron, trabajaron, amaron y murieron sin dejar demasiado testimonio escrito de que alguna vez pasaron por aquí. Para el resto del mundo, mi abuelo fue en esencia un don nadie, y sus descendientes seguimos siéndolo. Pero de eso se trata”. ¿De eso se trata, me pregunto yo? Los paisajes como el nuestro fueron creados, y aún perviven, gracias a los esfuerzos de los “don nadie”… esta es una tierra de gente modesta que sabe trabajar duro. Quizá la verdadera historia de la tierra deba ser la historia de los "don nadie", pero al mismo tiempo, todos deberían saber que el bisabuelo de Joan Asens, Nicolau, ayudó a construir con sus manos el puente que uniría el Masroig con el Molar; como todo el mundo debería también saber que el bisabuelo y el abuelo de Ton de la Salada hicieron prosperar a los propietarios de Can Bas y que al abuelo, Tonet (con su hermano Jaume), lo apodaron “el cuatro brazos” porque trabajaba más fuerte y rápido que nadie; o que el abuelo de Albert de Mas Tuets, Joanet, cavó con sus propias manos, en la masovería en la que vivía y trabajaba, unos enormes lagares de más de 5000L. Todos, en fin, deberían también saber que una viña centenaria de picapoll tinto sobrevive y emociona en Les Tallades que Nicolau plantó; y que L’Ermot de macabeo, plantado en la tierra pobre que todos rechazaban, da hoy uno de los grandes vinos blancos de este país; o que los lagares y las terrazas que Joanet de Mas d’en Ferran construyó, respiran una vida nueva. Todos conocen, más o menos, a Joan Asens del Masroig, a Toni Carbó de Subirats y a Albert Domingo de Les Ordes (Aiguamúrcia). Pero nadie debería olvidar que la verdadera historia de su tierra, del paisaje y de los sabores que les y nos hacen ser como hoy somos la han construído “donnadies” como Nicolau, Tonet o Joanet.

P.56: “A lo largo de aproximadamente la última década, mi padre y yo hemos ido adoptando deliberadamente un modelo más tradicional y anticuado para nuestro sistema de cría, y hemos vuelto a un patrón que minimiza los aportes externos y los gastos, porque eso nos ayuda a escapar de la espiral de costes que está acabando con las pequeñas granjas como la nuestra. Y porque poco a poco nos hemos ido dando cuenta de que los sistemas tradicionales aún funcionan”.

En la alimentación del ganado y en la vida de una granja (por lo tanto, en qué comemos), se basa una parte del concepto de la biodinámica de Rudolph Steiner. En el fondo, se trata de darse cuenta de que un sistema más tradicional y que atiende desde la tierra a las necesidades de la tierra, es mejor para todos: para la propia tierra, para sus animales y plantas y para las personas que trabajan con ella y viven de ella. También, por supuesto, para los que lo vemos desde más lejos pero comemos y bebemos de ella buscando raíces y autenticidad. 

P.81: “El respeto iba asociado  sobre todo a la calidad de las ovejas  o las vacas de ese hombre o mujer, al cuidado de su granja, o a la pericia que demostraran en su trabajo y su gestión de la tierra. La comunidad tenía a los buenos pastores  y pastoras en la más alta estima, independientemente de que a los ojos de la modernidad fueran ‘simples empleados’”.

“Respeto” es la palabra clave: respeto hacia el trabajo bien hecho en el campo y en la bodega, respeto hacia las personas que a los ojos de la comunidad mejor hacían su trabajo, al margen de su condición social o de si eran o no propietarias de la tierra y los animales con que trabajaban. Menos "bla bla bla" y más fijarse en las cosas del campo y de la bodega, con transparencia y honestidad. Sólo así sabremos a quién tenemos que respetar y por qué, al margen de nombres, famas, etiquetas, ferias y propiedades.

P.210: “Sostengo respetuosamente que el trabajo, la labor y los usos y costumbres que han permanecido impertérritos durante siglos deben primar sobre el entretenimiento improductivo”. (Beatrix Potter, conocida como señora Heelis, en una carta a The Times de enero de 1912, en la que protesta por la instalación de una fábrica aeronáutica junto al lago Windermere).

P.250: “Clare” (John Clare, el poeta campesino) “vio la desconexión que se estaba creando entre la gente y la tierra, algo que desde entonces  solo ha empeorado año tras año”… “No hay nada mejor que trabajar en estas montañas. Al menos cuando no estás empapado o helándote, pero incluso entonces, te hace sentir vivo de una forma que yo no consigo sentirme en la vida moderna tras la vitrina. Aquí arriba sientes la emoción de lo intemporal. Siempre me ha gustado la sensación de estar perpetuando algo más grande que yo, algo que se remonta, a través de otras manos y de otros ojos, hasta las profundidades del tiempo”.

Veo en Joan Asens de Cal Nicolau, en Ton Carbó  de Cal Ton de La Salada y en Albert Domingo de Mas Tuets, en su actitud y en sus palabras, en sus gestos y miradas, que ellos también viven esa sensación: ellos perpetúan una historia de generaciones que modela paisajes, viñas, vinos y personas de una manera determinada, modesta, discreta, profundamente enraizada con su tierra y sus costumbres. Tienen el orgullo de quien sabe que, más allá de la condición social, ellos están en sus viñas para permanecer en ellas y para perpetuar algo que les supera, algo que tiene que ver con las manos y las miradas de quienes les han precedido. Transmiten la sensación de que esta es su tierra y de que aquí siguen, mirándola y trabajándola con el máximo respeto, para regalarnos la emoción de lo intemporal en una botella de su vino y con una copa en las manos. 

Son, también, mucho más que una botella o una copa de vino.

James Rebanks BY Phil Rigby in Cumbria Live
James Rebanks por Phil Rigby en Cumbria Live