25 noviembre, 2014

El microscopi 2013

El Microscopi 2013 de Irene Alemay, un vino solidario para luchar contra el cáncer de mama
Ando pensando en los pececillos de David Foster Wallace. Acaba de publicarse su único discurso académico (Esto es agua, Random House), seis años después de su suicidio. En él se pueden leer algunas cosas inspiradoras, una de las cuales enlaza, vía corazón y vísceras, con lo que Irene Alemany busca con su El Microscopio 2013. Dijo Foster Wallace (p.126): "el tipo realmente importante de libertad implica atención, y conciencia, y disciplina, y esfuerzo, y ser capaz de preocuparse de verdad por otras personas y sacrificarse por ellas, una y otra vez, en una infinidad de pequeñas y nada apetecibles formas, día tras día".

Irene Alemany (Alemany&Corrio) superó un cáncer de mama gracias al trabajo y a la investigación que se desarrollan y aplican en el Institut Universitari de la Vall d'Hebrón y en el Institut Oncològic Basselga. Y quiso mostrarse agradecida. Desarrollando un concepto que me encanta: ser solidario no significa dar algo sólo si te sobra. Ser solidario significa compartir todo lo que tienes. Ser solidario, añadiría, implica preocuparse de verdad (en los detalles de cada día) por los demás. Ser solidario, en el caso de Irene, significa hacer un vino, El Microscopi 2013, de merlot, cariñena y cabernet sauvignon (agricultura sostenible, levaduras de los viñedos, sin filtrar) y ponerlo a la venta por 8€ (gracias a la ayuda de Vila Viniteca, donde se puede comprar). El 100% de las ventas de este vino irán a la compra de un microscopio que los del Vall d'Hebrón necesitan.

Vamos a decidir cómo queremos ver las cosas, ¿no?, pedía Foster Wallace. La de Irene es una manera hermosa de verlas. Y la comparto. Yo voy a comprar el vino y creo que no hace ni falta que hable de él. Me sabrá a gloria. 

19 noviembre, 2014

Josep Ll. Pérez: las horas del otoño


Con las Hores de la tardor (del otoño), se completa el ciclo de las estaciones en Cal Compte. La uva reposa ya en las bodegas y las texturas del rojo y del ocre ocupan tierras y espíritus. Es el momento de combinar alegrías y decepciones, energía y reposo, efervescencia y bondad. Lenta pero tercamente tierra, cepas y personas adaptamos nuestro ritmo  a una luz menos intensa y a una temperatura más baja, que invitan al reposo. Es el momento, también, de la reflexión que lleva a la renovación constante. Nadie como Josep Lluis Pérez y Montse Ovejero para compartir, con los afortunados que pudimos estar con ellos, estas horas de otoño. Nadie como ellos para mostrarnos, con el pretexto (si así se le puede llamar porque es mucho más que eso) de los nuevos vinos naturales que han hecho en 2012 y 2013, su camino de experiencia, su manera de aprender, de comprender que para vivir hay que reflexionar y prosperar, hay que observar y escuchar, hay que comprender, proponer y avanzar. La renovación, la idea de que nada muere sino que todo se transforma, está en la base de su trabajo en el campo como lo estaba en la de nuestros antepasados, que centraban su vida en una discreta relación con la naturaleza y en la comprensión de lo que sucedía en ella a lo largo de las estaciones del año.

Los cuatro elementos fundacionales de cualquier civilización (aire, agua, fuego y tierra. Añadiría la luz, sin la que nada puede existir) servían para que un grupo de arriesgados se estableciera en un nuevo lugar, servían para crecer y para alimentarse de lo que la tierra quisiera ofrecer a través del cultivo. Existía un pacto entre dioses y hombres. Gracias a él, quien se establece por primera vez en una tierra, la habita en paz; por él, se obtiene la necesaria protección a cambio de ofrendas con las cosechas; y gracias a él, realizando con respeto y cuidado estas acciones, no sólo se cultiva la tierra para poder comer. El cultivo proporciona, también, alimento para el espíritu. De aquí procede la palabra "cultura". El alimento físico que proporcionan los elementos seminales de una civilización se convierte, a través del culto a las cuatro estaciones, en alimento espiritual, en camino que los hombres tienen que recorrer para superar la muerte física que saben que ha de llegar. La transformación de las uvas en mosto y del mosto en vino gracias a la metamorfosis de las levaduras te devuelve la tierra, el paisaje, el clima del año y la mano del hombre en una copa y es el símbolo que utilizaron nuestros antepasados para formular su deseo de inmortalidad.
Sortida de sol sobre el Priorat BY Rafael López-Monné
El invierno (cuanto más frío y duro, mejor) garantiza el reposo que anuncia una mejor cosecha. Todo parece muerto, pero no es así, todo reposa para renacer en forma de primavera. Las flores, la luz cada vez más intensa, el calor llaman a la naturaleza al renacimiento anual. La semilla crece, algunas se convierten en frutos que serán recogidos en verano o en otoño. Las que nuestros antepasados identificaron más intensamente con su relación con la tierra y con su deseo de pervivencia se recogen a finales de verano y en otoño. Las uvas. Baco preside, Baco es la simiente que todo lo puede, fertiliza y se convierte en fruta. Baco es la levadura que convierte al mosto en vino para decirnos: nada muere, todo se consume y transforma. Nada muere, todo renace.

Séneca lo explica tan bien como toda la iconografía de las cuatro estaciones vinculada a la muerte en la Antigüedad, que repasamos en Cal Compte.  Ad Lucil. 36, 9-12,  "La muerte no representa incomodidad alguna....Porque si tanto deseo tienes de prolongar tu vida, piensa que todas las cosas que desaparecen de tu vista y vuelven a la naturaleza de su ser, de la que salieron y a la que retornan, se reciclan: dejan de ser pero no mueren, y la muerte, que tememos más que nada y a la que rechazamos, interrumpe la vida pero no la quita. Fíjate cómo el mundo está formado por elementos cíclicos: verás cómo en él nada se extingue sino que desciende y asciende alternativamente. El verano marchará, pero el año siguiente nos traerá otro; el invierno ha muerto, pero los meses correspondientes nos traerán otro..."
Homo Vitruuianus
Josep Lluís Pérez es un hombre vitruviano en el siglo XXI. Él representa la medida de todas las cosas y de su observación atenta de la naturaleza y del trabajo con su fruto más emblemático, la uva, nace una visión y una reflexión que los demás vemos gracias a él. Vitruvio, en su libro III del tratado de arquitectura, decribe en qué consisten la proporción, la belleza, el equilibrio y la armonía de un templo. Lo hace, pero tuvimos que esperar a Leonardo da Vinci para comprender de verdad, gracias a ese Homo Vitruuianus de 1490, que lo que Vitruvio nos explicaba era algo tan sencillo como “el hombre es la medida de todas las cosas”. Se trata de que el hombre (algunos hombres...), con sus decisiones sobre las cosas que ve, con su actitud, con su reflexión sobre ellas, interpreta y ofrece una perspectiva renovada de las mismas. Josep Lluís Pérez y Montse Ovejero, en el mejor momento de sus vidas, recogen no sólo el fruto de sus viñedos sino, sobre todo, el fruto de su aprendizaje con un “nuevo” tipo de vinos…Diez años de observación y de trabajo, diez años que les permiten llegar a la conclusión de que trabajar la naturaleza no es intervenir en ella. Es observar y entenderla. Es actuar lo menos posible y cuando la acción se hace necesaria, es aplicarla de la forma menos intervencionista posible. Ellos hablan de agricultura regenerativa, otros usarán otras palabras...Se trata de que los viñedos reciban los ingredientes que la propia naturaleza proporciona para curar sus enfermedades, sólo si las hay. Se trata de que aquello que la propia naturaleza produce, consume y degrada (vegetación espontánea, cubiertas vegetales...) no se mueva de ella y dé su retorno en el mismo sitio en el que ha nacido. Se llama humus...Lo más importante sucede bajo tierra. Se trata de que actuemos lo menos posible porque hemos entendido lo más posible.

De ese trabajo fundamental en el viñedo y de un proceso tan complejo como lógico en la bodega (parten de la menor inversión en dinero y de la máxima invención posibles: de ahí que vea a Josep Lluís como a uno de nuestros leonardos contemporáneos) nacen vinos extraordinarios y, en apariencia, inverosímiles: el trabajo de la química ajena es radicalmente sustituido por el de la física del movimiento de las partículas (la enología de la cinética, me atrevería a llamarla). Nacen vinos por completo naturales que harían palidecer a los portaestandartes de las catas con analítica en la mesa. Nacen vinos que expresan como pocos las características de la añada, de las uvas en su combinación (garnacha, cariñena y syrah), de la tierra y del vigor de las cepas. Y que hablan como pocos de las personas que los hacen. 22 afortunados pudimos beber esa síntesis en sus añadas 2012 y 2013, tanto hechos en volúmenes grandes de madera o de inox como en barricas de 225L. Soy consciente de que me dejo en el tintero la mayor parte de detalles técnicos (Josep Lluís mismo los explica constantemente y me consta que piensa publicarlos en breve) pero hoy no son lo más importante. Lo que es importante (por lo menos, creo, para los que no pudieron estar en esa sesión) es que sea capaz de transmitir el valor que tienen este trabajo y estos vinos. Que sea capaz de deciros que nunca, como en esta ocasión, había sentido cómo puede llegar a cambiar el equilibrio de sabores un ensamblaje u otro de variedades de uva: en estas condiciones de máxima expresión de la fruta y nula intervención química en la bodega, la cariñena potencia los sabores de la syrah de forma increíble...y la combinación de garnacha, cariñena y algo de syrah transmite como pocas el sabor de las tierras de Mas Martinet. Que sea capaz de contaros que nunca como en esta ocasión había sido capaz de notar y describir el alma de un vino en su añada: sin la menor duda, los vinos que bebimos del 2013, con garnacha, cariñena y syrah, eran báquicos. Fijaos en la pompa triunfal del hijo de Zeus en la penúltima foto del post: eran vinos llenos de energía, de insultante alegría, de voluminosa y explosiva fruta, de abigarrada composición, llenos de música y de triunfo. Llega la tierra y nos anuncia, con el fruto de su fermentación más espontánea, que podemos llevárnosla al corazón con una copa. Rojo de Príapo, morado de Sileno. En cambio, los que nacieron de la cosecha de 2012, con garnacha y syrah, eran rotundamente apolíneos: ved la estatua de Apolo, llena de majestuosa serenidad, de clásica belleza, de equilibrio constante, sin perturbación alguna. Vinos rectos, serios, casi azules. Así fueron las añadas. Así supieron transmitirlas Josep Lluís y Montse. Así se mostraron esa noche los vinos.
Apollo of Belvedere by Dennis Jarvis
Todo esto vivimos en las Horas de otoño de Cal Compte. Todo esto aprendimos. Todo esto sabemos ahora: estamos en constante observación de la naturaleza y de nosotros mismos dentro de ella. Nada muere, todo se renueva y de la observación, aprendizaje y progreso que generan nuestro conocimiento, vivimos para no morir. De la íntima necesidad de compartir cuanto aprendemos y sabemos nace, en verdad, nuestra superación de la mortalidad. Hacerlo en la naturaleza del Priorat, entenderlo con los elementos clave que la Antigüedad nos legó, beberlo y asimilarlo en nuestros cuerpos y almas gracias a los vinos que hacen ahora Josep Lluís Pérez y Montse Ovejero en Mas Martinet, fue la mejor manera de completar un ciclo de cuatro estaciones que, no puede ser de otra forma, renacerá con otra apariencia. ¿Muere un ciclo? No: nace uno nuevo. Esperemos con expectación y alegría: a ver dónde nos lleva.
Thyasos báquico con 4 estaciones
La foto del Apolo del Belvedere es de Dennis Jarvis.
Josep Lluís Pérez i jo contents